Reunión

Summary

Cuando Yūji avanzó, Gojō dio un paso hacia atrás; sabía que el chico tenía un lado fiero, determinado y honesto. Esa era una de las razones por las que confiaba demasiado en él, por lo que disfrutaba permanecer a su lado; no obstante, ¿por qué escuchó a sus rodillas preguntarle si debían caer al suelo?

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Capítulo único

Yūji apretó los puños y la mandíbula. Estaba nervioso, angustiado y dudaba en estar haciendo lo correcto. Sin embargo, recordó los últimos momentos junto a su abuelo, Junpei, Kugisaki, Nanami…

«¡Suficiente!» exclamó dentro de sí, frunciendo un poco el ceño en una mirada decisiva.

Giró el picaporte de la puerta frente a la que estuvo dubitando y se topó con su profesor, Gojō Satoru, quien se ataba a la cintura el cinto de unos pantalones holgados que hacían juego con la playera negra y ceñida al torso, en la que se marcaba a la perfección cada músculo.

Tragó saliva. No recordaba si alguna vez había apreciado cada surco de tan bien esculpido de un cuerpo ajeno al propio.

Satoru tuvo que fingir ignorancia ante la mirada profunda de Yūji, que parecía desnudarlo con pasión. Después de todo, era la primera vez que se encontraban a solas desde que salió de la prisión confinadora.

—¡Kya! ¡Yūji! —Satoru agudizó la voz en un ridículo dramatismo—. Es de mala suerte verme antes de mi gran momento.

—¡No se va a casar! —Yūji le siguió el juego en automático; captó la referencia de “ver a la novia o al novio previo a ceremonia da mala suerte en el matrimonio”.

Tras una risa burlona, Gojō colocó las manos a cada lado de la cadera y echó los hombros hacia atrás, como si quisiera estirar la columna.

—Es bueno que hayas venido, planeaba llamarte en un rato —habló Satoru, mientras elongaba el brazo izquierdo hacia el lado derecho, presionando con el opuesto durante unos segundos antes de hacer lo mismo en dirección contraria—. Siento el cuerpo fuera de forma y creo que entrenar un poco me ayudaría a…

—¡Sensei! —Yūji elevó la voz, no a modo de reclamo, sino para llamar la atención—. Yo… —Levantó la vista, la mano sobre el pecho—, quiero que me tomes.

Satoru parpadeó dos veces seguidas. Tal vez había escuchado mal.

—S-sí. Últimamente te he tomado como mi compañero de entrenamiento, así que planeaba…

—No estoy hablando de eso.

Cuando Yūji avanzó, Gojō dio un paso hacia atrás; sabía que el chico tenía un lado fiero, determinado y honesto. Esa era una de las razones por las que confiaba demasiado en él, por lo que disfrutaba permanecer a su lado; no obstante, ¿por qué escuchó a sus rodillas preguntarle si debían caer al suelo?

Yūji se detuvo a un paso de su profesor. Ahora que había salido de la prisión confinadora, no planeaba esperar un segundo más. Se retiró la chamarra y la playera, dejando la parte superior de su cuerpo expuesta.

Acto seguido, tomó la muñeca de Satoru y se la llevó al pecho, aguantando a duras penas un suspiro tras percibir la calidez de todo lo que esa gran mano abarcaba de sí.

—Hablo de esto —continuó Yūji, soportando la inseguridad del rechazo al no encontrar nada más que estupefacción en los ojos azules que se mantenían atentos sobre él—. Por mucho tiempo yo… —tal vez, decir que estaba enamorado de él sería un error, por lo que cambió sus palabras en el último instante—, he querido hacer este tipo de cosas con Gojō-sensei.

»Sé que no soy una chica —agregó, luego de segundos en los que no hubo respuesta—, quizá le resulte desagradable, pero… ¡Estoy siendo completamente serio!

La realidad era que, con el paso del tiempo, Yūji había desarrollado sentimientos más que afectivos por su profesor y, más temprano que tarde, descubrió que aquello correspondía al «amor» del que había sido testigo −principalmente en películas−, pero que hasta ese momento no había experimentado.

Se reprimió en innumerables ocasiones porque ¿quién querría salir con el recipiente de Sukuna? ¿Quién buscaría dedicar tiempo al chico que tenía ganada la guillotina? ¿Quién se fijaría en un hechicero en formación, sin nada en la vida y con un linaje inexistente?

¿Cómo podría alguien así perseguir o siquiera atreverse a soñar con tener “algo” a lado de quien ostentaba el título del “hechicero más fuerte de la actualidad”?

Inclusive con todo eso, Yūji era incapaz de rendirse o despreciarse a sí mismo. Él también tenía derecho a buscar la felicidad y, además, de conseguirla manteniendo una promesa, lo haría dejando de lado sus temores y arrepentimientos.

Lo correcto para Satoru era rechazarlo y suavizar el tema para no lastimar al muchacho; sin embargo, con el caos reinando en el maldito mundo y la arena del reloj disminuyendo a cada segundo, ¿importaba seguir actuando como un adulto respetable mientras ignoraba los gritos del corazón?

Satoru no lo admitiría de manera abierta, pero la prisión confinadora le dio mucho tiempo para pensar, no sólo en un plan que le permitiera seguir adelante, sino en la manera de resolver cuestiones personales que evadió durante meses.

Satoru, más que nadie, se hallaba harto de mantener las apariencias y, si las cicatrices y la mirada de Yūji no eran suficientes para probarle que ya no era un niño, lo que acababa de decir sí que lo era.

Sólo restaba un pequeño detalle.

—No voy a tomarte —dijo Satoru con voz solemne.

El corazón de Yūji se estrujó con fuerza, tanta, que experimentó náuseas, mas no por eso se echaría para atrás.

—¡Yo…!

—Aunque tal vez lo correcto sería decir que no quiero que esto sea cosa de una noche —interrumpió Satoru, deslizando sus dedos sobre esa piel tan fina, que mucho tiempo ansió acariciar.

Yūji abrió los ojos de par en par, incrédulo ante lo que acababa de escuchar. Cada fibra de su cuerpo se estremeció con el tacto.

—Esto… ¿Significa que vamos a fijar fecha para repetir sin haberlo hecho todavía? —¿O a qué rayos se refería?

Satoru se llevó una mano al rostro, incapaz de suprimir una risa lacónica.

—En verdad eres “algo” de clase especial, mi chico.

Yūji no alcanzó a preguntar a qué se refería con eso. Lo siguiente que percibió fueron los suaves, humectados y carnosos labios de Satoru apoderándose de los suyos. Poco tiempo pasó para advertir un movimiento que no demoró en imitar, dejando entreabierta la boca para recibir una lengua más grande y caliente que la suya, que no dudó en acariciar y disfrutar.

Satoru no pasó por alto el estremecimiento ocasional del cuerpo que tenía entre sus brazos, ni los suspiros que se ahogaban con el sonido húmedo del primer beso pasional que daba en su vida.

Pese a lo irónico y descabellado que sonara, se había enamorado de Yūji. Por supuesto que tuvo un intenso debate en lo inmoral que parecía, no sólo porque ambos eran del mismo sexo, sino que se trataba de su preciado estudiante. Se supone que debía guiarlo y protegerlo, no corromperlo.

No obstante, ahora que estaba seguro de que entre ellos había algo mutuo, podía dar el siguiente paso o, mejor dicho, los siguientes mil, porque lo que Yūji le había pedido que le hiciera no era algo para tomarse a la ligera.

—Respondiendo a tu pregunta. —Satoru dejó de besar aquellos labios que moría por devorar, ni siquiera su postre favorito le resultaba tan delicioso en comparación a lo que acababa de probar—: Significa que hablaremos de esto cuando el combate termine.

La desesperación en el rostro del muchacho fue evidente para Satoru, más cuando éste se aferró a él de los costados. ¿Acaso pensaba que lo había rechazado? ¡Si lo acababa de besar como en una película francesa! En fin, esos detalles lo cautivaban todavía más.

«Es muy lindo».

—¿No puede ser un poco antes? —insistió Yūji—. Yo vine…

—A devorar a tu increíblemente apuesto profesor. —Se pasó una mano por el cabello, esperando que las exageraciones disminuyeran la tensión del ambiente—. Los jóvenes de ahora ya no se fijan en los sentimientos.

Yūji entrecerró los ojos, murmurando un «ay, no invente». Después, recargó la frente en el pecho contrario y soltó el suspiro de preocupación que contuvo desde antes de cruzar la puerta.

—También me preocupan los sentimientos de sensei.

—¿Entonces por qué no me citaste detrás del edificio de la escuela? —Yūji levantó la vista al escuchar eso—. ¿No se supone que tenías que esperarme allí después de las clases y entregarme una carta bonita con todos tus sentimientos escritos en ella?

—Debe de dejar de ver tanto anime. Algo raro le está haciendo a su percepción de la realidad, está toda alterada.

Satoru rio de nuevo. Le fascinaba cada segundo que pasaba cerca de Yūji, lo sensible que era, lo lindo que resultaba a la vista y la honesta elocuencia en cada frase que soltaba.

—Pero, volviendo a lo anterior —habló Yūji—, en verdad quiero pasar la noche con Gojō-sensei.

Satoru elevó el rostro de su estudiante con una mano, de forma delicada, tomándolo por el mentón antes de hablar.

—Sabes, no quiero sonar arrogante ni presionarte con este tema en específico, pero eres consciente de que no hay tiempo suficiente para que esto sea algo romántico, ¿cierto?

Yūji asintió con lentitud.

—Incluso si soy considerado, puede que sea doloroso.

—Lo sé. —A decir verdad, Yūji esperaba que fuera brusco o poco gentil, no porque su profesor diera esa vibra, sino para terminar rápido con eso—. Lo sé.

—¿Aun así quieres hacerlo?

—Sí.

La respuesta tan rápida y concreta le dio a Satoru la seguridad para llevar el asunto al siguiente nivel.

Yūji no supo en qué momento ocurrió, pero ahora se encontraba sobre la cama, con su mentor encima.

—En cuanto termine todo esto —dijo Satoru—, hablaremos del asunto con calma, ¿entendido?

Yūji asintió con efusividad.

—Y de una vez te advierto que el gran Satoru Gojō ya quiere sentar cabeza, por lo que no tienes permitido echarte para atrás.

—¡No lo haré!

A Satoru le fascinó que luciera más emocionado con lo que le dijo, en comparación a lo que estaban por hacer.

Aprovechó que Yūji todavía tenía pantalones para besar cada centímetro de piel que desnudaba. Le habría gustado tener mayor oportunidad de intensificar el juego previo, pero, en verdad, tiempo era lo menos que tenían en esos momentos.

No obstante, con cada segundo que pasaba, Satoru se centraba cada vez más en una sola cosa: ganar la pelea del día siguiente.

Él era la única esperanza y, esta vez, no perdería. No ganaría para “salvar el mundo”, lo haría para salvar “su” mundo, que no era nada más ni nada menos que cierto joven de cabello rosado y ojos ámbar que jadeaba y se estremecía con cada roce entre sus pieles.

Ahora estaba seguro de que él, y nadie más que él, podía darle a Yūji la vida que se merecía, el apoyo que requería y el cariño que ambos necesitaban.

Satoru sabía que con el paso del tiempo tendrían muchas citas divertidas y emocionantes, comerían toda clase de platillos deliciosos; se aseguraría de que Yūji progresara como hechicero y no le quitaría la vista de encima ni por un segundo.

Tal vez Yūji no fuera consciente de lo que estaba haciendo con él, pero su determinación y su coraje eran contagiosos, así como su felicidad y sus tristezas, por lo que a Satoru no le vendría nada mal aprender algo de su muchacho y comenzar a ser más firme y radical con sus decisiones.

Al demonio con lo que pensaran todos los demás. Si Yūji estaba a su lado, poco o nada le afectaba quien se pusiera en su contra.