STU

¿Que cómo fue mi primera vez? La verdad es que la recuerdo con alegría… y vergüenza. Ya sabéis lo que dicen, ¿no? Que si es ridícula, penosa, torpe… Sí, la verdad que fue todo eso. ¿Para qué mentir? Si desde el momento en que la perdí reconocí que el nivel de patetismo solo era equiparable al del cuñado que admite como válida cualquier fotografía hecha con inteligencia artificial de unos alienígenas construyendo las pirámides de Egipto porque una cuenta enigmática llamada «El despertar» —o cualquier título que contenga «despertar»— la ha compartido. Pero ese momento fue el inicio de algo que nos encanta y que no hemos dejado de practicar a lo largo de los años.
Rememorando ese instante se me dibuja una sonrisa en el rostro, porque han pasado muchas cosas desde entonces. Además, también hemos mejorado. A ver, ¿quién en su primera vez tiene claros los conceptos y sabe dónde introducirlo? Sin equivocación, por supuesto. Pero no solo es saber el lugar, sino cómo y en qué momento. Yo, de hecho, me puse nervioso, me enredé y para salvar la situación apreté donde no debía. Maldita sea, qué ridículo fue. Luego ella rectificó el fallo y lo introdujo donde debía… con una brusquedad famélica que me sorprendió demasiado. La conocía e intuía sus deseos, pero no imaginaba que fueran tan vehementes. Entonces, ¿qué iba a hacer después de esa demostración salvaje? Unirme a su marcha. Para mi sorpresa, que esperaba encontrar una oposición más férrea que un muro de escudos vikingo, su interior admitió con plena voluntad la entrada de un cuerpo extraño. Con cada reiteración, sus paredes se abrían con una acuosidad armoniosa. Y cada vez se deslizaba con mayor felicidad. Observaba cómo salía cubierto de una capa humedecida y viscosa cuyo fluido impregnaba el tronco. Y su forma de gritar… Jamás olvidaré la inestable vibración de sus cuerdas vocales, de pronto débiles y alargadas, de pronto sordas como el estallido de una bolsa de aire. Era estar dentro y sentirme cobijado. Mis dedos, también envueltos en ese líquido, tendían un pegajoso hilo al separarse.
Cuando terminamos, seguía sin creer que lo hubiéramos hecho. Me invadía una adrenalina que agitaba cada músculo, tembloroso por el esfuerzo. Los nervios que sentía se desvanecieron y, a pesar de la torpeza inicial y del frustrante pesimismo que invade a uno cuando comete un error, la determinación de hacerlo fue mayor que la vergüenza del fallo. La verdad es que me habría encantado seguir, pero no teníamos mucho tiempo y estábamos obligados a ser rápidos. Fue orgásmico, al menos para mí, pero me quedé ligeramente insatisfecho. La primera vez, aunque pensemos que está planeada, la mayoría de las veces surge de forma inesperada, y es esa sorpresa la que hace que erremos. Y cuando ya estamos acostumbrados, cuando la conexión es plena, alcanzamos un culmen que interrumpe el placer y sesga nuestra ferviente inspiración.
Hubo más veces, y mejor preparadas, más creativas y menos torpes. Todo se perfecciona a base de prueba y error, en realidad. Pero esa primera vez… Todavía me recorre el mismo escalofrío placentero y mi vello se eriza extasiado por el recuerdo. La primera vez es la peor, pero no se olvida. Aunque a ella le hubiera gustado hacerlo con más personas, no podíamos dejarnos llevar y experimentar, no al menos en esa ocasión. Sin embargo, tengo que reconocer que fuimos bastante atrevidos en nuestra primera vez. Para empezar, lo hicimos en un sitio público, que fueron los aseos de un centro comercial. Vale, era a última hora, pero había gente fuera. Luego, dado que decidimos hacerlo con los disfraces puestos —no queríamos arriesgarnos a que nos pillaran. Imaginad la que se hubiera liado—, nos hicimos una foto frente al espejo después de terminar… con tan mala suerte que se asomó un adolescente y nos pilló. Salimos huyendo mientras él, todavía procesando lo que había pasado, se quedaba inmóvil en el umbral. Eso me dijo Jill, porque yo directamente me fui corriendo por la salida de emergencia. Más adelante aprendimos a cómo hacerlo con otros, incluso a la vista del resto y sin que se dieran cuenta de que estábamos en plena faena. Y, lo más importante, sin que nos pillaran. Esto último es evidente, porque, si eso hubiera pasado, no habría habido una segunda.
Así que, sí, mi primera vez fue especial. Lo sé, lo sé, es un tópico manido y salido de un sueño de unicornio que han estampado en una libreta, pero es así. Sabía el tipo de persona que era Jill, pero hacerlo con ella fue la corrobación de un sentimiento que cosechó en nosotros la primera vez que nos encontramos. Sin que las palabras mediaran, transmitimos nuestros deseos con una mirada y un gesto. Nuestra forma de vestir fue la que rompió el mutismo mientras nuestras mentes conectaban:
—¿Tu favorito es Jill Roberts? —le pregunté, fascinado.
Asintió con incredulidad
—¿Y el tuyo Stu Macher? —me dijo con un tono entre la conmoción y la alegría.
Moví la cabeza como un juguete de salpicadero.
A partir de ese momento, supe que nuestro destino sería el mismo, o al menos una de sus escisiones.
La mayoría de adolescentes buscaría en el otro un vínculo amoroso duradero o esporádico, pero la visceralidad palpitante entre nosotros era distinta. Nuestras pulsiones primitivas no se reducían al desenfreno sexual, sino a la hórrida y placentera satisfacción homicida. Y cuando nuestros cuchillos hendieron la carne y le arrebatamos el último hálito de vida, supe que sería con ella con quien quería asesinar el resto de mi vida.
(Joder, Stu, qué coñazo has sido siempre escribiendo. Me toca a mí ahora, pero sin tanta pedantería).