Aphrodite's Mercy
En un sitio muy lejano, en antiguos tiempos; un rey más que hermoso, logró criar a la niña de sus ojos. Desde su nacimiento, todos la miraban en grandes maravillas: Sus ojos azules reflejaban aquella hermosura, y lo que su padre llamaba un grato recuerdo de su amada fallecida.
Él miraba a su hija crecer en gran plenitud, pero un gran temor asomo en sus pensamientos en la hermosura de la pequeña: Él recordaba el destino de su amada esposa al desarrollar una de las mayores bellezas de sus tiempos. En su preocupación, preguntó al mayor de los oráculos, el destino que sus ojos lloraban:
- Querido soberano, no ha de temer; su pequeña princesa encontrará un camino favorable en la pureza de sus pupilas. Más, debo advertirte qué, en sus fieros campos, encontrará las venenosas palabras y anhelos de los demás.
- ¿De qué manera lograré salvarla? - indagó.
Su sabio ceño le sonrió en su mayor sorpresa:
- Permite que el mundo la conozca, permite cada una de las dichas que los ojos de tú pueblo anhelaran; permite que hablen y que en ellos se encuentre la única salvación de tú desdichada hija.
Entre dudas, aquel rey aceptó el consejo del sabio oráculo:
El tiempo transcurrió con rapidez y el número de admiradores por la joven creció en los alrededores. Muchos llamaban a la hermosa princesa la propia reencarnación de la diosa Afrodita, la cuál, al escuchar tales blasfemias, no fue capaz de creerlas.
En el fugaz fuego de sus envidias, uno de sus hijos acudió a su llamado.
- Nunca escuché un alarido tan acometedor.
Inmediatamente, las llamas llamaron a su mirada apagada; tan acompañada de su socarrona escoria.
- Lo dudo; con tantos sufrimientos provocados por tus flechas, ya has de estar acostumbrada al sufrimiento. - Bebiendo aquella copa embriagante, continúo -: Hoy no cazaras a más centauros descontrolados, hoy harás algo mucho más importante.
- ¿Debo adivinar? - insinúo.
- Eres la más sosiega de todos ellos; supondré que has escuchado los rumores de la reencarnación de Afrodita - bebió.
Aquella seriedad sobre sus fauces oscuras le dieron una respuesta.
- ¿Desde cuándo te has llamado por un nombre que no fuera del natalicio, madre? - avanzando hacía la mujer, y prosiguió -: Sólo me haces suponer que has encontrado nuevos celos hacía una mortal.
- Y no has de equivocarte, querida. Pero no tengo más envidia que repartir cuándo son sólo eso, rumores - respondió.
Merlina suspiró.
- Entonces, ¿a quién he de flechar?
Morticia negó con aquel sedoso dedo.
- Aún no. Aún debes darme informe de la verdad de esos sucios plegarios - contestó. - Ellos... Debes ir y ver porqué esos inmundos han dejado mis recintos sin plegarias, sin ni una gota de vino que ofrecer. - Ante la rabia, fijó su dura mirada en ella -: Fija tus alas al palacio del Rey Murray de los Sinclair, inmediatamente.
Con aires burlones, la diosa Merlina voló al alba en la búsqueda de tales rumores: Sobre las nubes, aquel castillo encontró su astucia, y de la manera más cautiva, ella se escabulló por aquellos muros. Entre las riquezas de la familia, escondió sus alas y espero pacíficamente la burla que le daría a su diosa progenitora.
Pero, en cuanto el tiempo inició su cauce, una bella joven se presentó ante los ojos de la diosa:
Sus pupilas dilatadas se carcomieron en un sinfín de anomalías; sus pasos titubearon por unos segundos y sus manos le llevaron a la reacción más inédita, al intentar sujetar sin mucha delicadeza aquel arco. Sus labios moribundos fueron equívocos al tartamudear en su completa soledad. Su belleza era tan grande que, en su distracción, dejó caer sus flechas.
- ¿Quién está ahí?
Ella no respondió.
- ¡Guardias!
Esa fue su señal para salir huyendo por una de las ventanas más cercanas. Intentando no flaquear en su vuelo, llegó a las tierras de la belleza innata, aún con el aliento desenfrenado recorriendo sus fosas.
- Nunca he dudado de tú rapidez.
Sin perder la causa sobre su pecho, reconfortó su postura y respondió a la diosa:
- Madre... Yo... Yo he cumplido su mandato... - murmuró.
Morticia le miró de pies a cabeza, encontrando las evidencias de una sorpresiva rival.
- ¿Es tan bella la hija del Sinclair para cautivar tú aliento?
Merlina relamió sus labios ante la pregunta, y sin dudar más de la sádica mirada de su progenitora, se arrodilló ante sus pies.
- Juró en solemne muerte qué esa joven era hermosa... Mucho más que otras mujeres mortales... Y otras diosas celestiales... - confesó.
El rechinar de su dentadura no llamó más que al temor que acechaba sus manos; la historia era pura e inigualable, tanto para repetirse.
- Eros; con una de esas flechas, atarás el destino de aquella joven al hombre más indecoroso que el mundo haya conocido - ordenó.
Paso a paso, Afrodita subió aquellas escaleras ante el retumbar de sus furias, pero antes, miró a su hija solemne.
- No me decepciones.
Merlina tomó una de sus flechas, y acompañada de su arco, se puso en pie y caminó hacía el precipicio de esas tierras, y antes de dar vuelo a sus ordenes, fijó sus borrosos ojos hacía su pecho: Ante sus milenios, nunca miró a las mujeres cómo el símbolo del amor, cómo aquel deseo que otros dioses afanaban por doquier. Pero ella, esa princesa... Ella era diferente a cualquier ser que hubiera conocido, a cualquier amor que haya forzado.
- La punta de mis flechas no serán para ti... Nunca lo serán. Ni por Zeus, ni por Poseidón, ni por Hades, ni por Ares... Mucho menos por Afrodita - sentenció.
Decidida, alzó su vuelo hacía tierras mortales, con el camuflaje de las estrellas tras sus espaldas. Hacía aquel castillo despedido de guardias conmovidos por el dulce sueño de la noche.
Con sumo cuidado, ella atravesó el marco de aquella habitación, hacía los aposentos principales de aquella princesa. El poco tiempo que camino por aquellos pasillos fue suficiente para encontrar a la susodicha, recostada sobre las más finas telas.
Aquel semblante sumido en las más hondas profundidades le aliviaron en una sonrisa; con aquellos suspiros llenó aquel pecho vacío; y en la figura de esas curvas sábanas, encendió la única llama que había llamado al fogoso anhelo, al cálido abrazo de la ternura.
- No te conozco, princesa. No conozco tú nombre. Ni siquiera sé sí una tierna mirada tuya aceptaría a esta fiel odisea. Pero reconozco tú belleza, reconozco la eterna perspectiva de tú desconocido carácter. Acepto cualquier atraco que me lleve al abismo de esos mares azules. - susurrando, tomó la punta de aquella flecha. - Qué el tiempo me llame desquiciada, soberbia y egoísta, pero de mí nunca te alejarás... Y no permitiré que nadie más te haga daño. Ni siquiera el Dios más escandaloso y envidioso. Ni siquiera Afrodita. - Con la punta de aquella flecha, asomó aquella dirección hacía el punto exacto. - Porqué siempre serás mía, y yo siempre seré tuya, Sinclair. - Declaró.
Ante la filosa punta, llevó a sus rosas manos hacía aquel pecho, sellando el destino que su amor había declarado.
- Usted siempre ha cumplido con sus cometidos - escuchó.
Ante la sorpresiva voz, la diosa fijó la mirada en aquel ser de estrellas celestiales.
- Lo ha visto un centenar de veces, oráculo. Por ello sabe lo que he de aclamarle - sentenció.
- Sus deseos siempre han sido escuchados con claridad, Eros. De otra manera, nunca me encontraría en está situación junto a un celestial.
- Dicho ello, debes de saber lo que sucederá sí osas describir el destino de la joven tras de mí con un sumo apuesto del pueblo - declaró.
En total tranquilidad, aquel contestó:
- Le puedo asegurar que el destino se ha escrito bajo las leyes de los dioses... Y nada en ello cambiará. Ni siquiera su mano, señoría... Aunque, podría mencionar el destino que lo llevó a estos tiempos; con aquel Ares, su padre. Vaya amantes de Afrodita, sin mencionar el que se encuentra en su cama cada noche. Pobre del Homero con el que la prometieron - mancillo.
Merlina suspiró.
- Sí los dioses han escrito el destino de todos, ¿cuál era el destino de aquella joven antes de mí sangre?
- En ella había un destino desmedido por el flechazo de sus flechas... O una gran astucia de parte suya, mí Dios - evitó.
- No ha respondido cómo es correspondiente - le recrimino.
- El destino se marcó mucho antes de que sus flechas intervinieran - respondió.
APHRODITE’S MERCY