Prólogo

En el sexto día, Dios creó al hombre y a la mujer. Los creó en el mismo instante, del mismo polvo y aliento de vida. Al hombre lo llamó Adán y a la mujer, Lilith.
Lilith no estaba de acuerdo en someterse a las órdenes de Adán ni en renunciar a sus convicciones y sus deseos carnales. Entonces, pronunció el verdadero nombre de Dios, le crecieron alas y abandonó el Edén.
Voló al mar Rojo, donde habitaban demonios y seres libidinosos. Entre ellos estaba el arcángel Samael, con el que se entregó a la lujuria.
Adán le rogó a Dios que la trajera de vuelta, y Dios envió tres ángeles a buscarla: Senoy, Sansenoy y Semangelof. Pero Lilith ya se había emparejado con Samael y se negó a regresar. Como castigo a su desobediencia, los ángeles le dijeron que todo lo que engendrase serían demonios que deberían morir. Ella respondió que prefería eso a volver al Edén y someterse a Adán.

La nueva mujer se llamó Eva.
Adán, aún celoso porque Lilith no había regresado con él, le pidió a Eva que la matase con el pretexto de evitar que siguiera concibiendo a los lilim, demonios capaces de destruir la creación. Eva hizo caso al ruego de su hombre y la mató.
Samael le reclamó a Dios la vida de Eva, pero Dios se la negó. El ángel caído lloró ríos de sangre, sumió a la Tierra en tinieblas por la muerte de su amante y, en venganza, pronunció un conjuro: a aquel que reviviese a su amada le cumpliría su más oscuro deseo. Y, para impedir que Eva matase de nuevo a Lilith, ató la vida de una a la de la otra.
Desde entonces, Eva revive y muere a la vez que Lilith. Lilith lo hace para traer la oscuridad al mundo y Eva para acabar con ella.