El Bibliotecario
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El Bibliotecario

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Summary

El Señor Hathaway es el director de la biblioteca local, un sujeto anodino y sencillo del que nadie sospecharía nada y menos aún que tenga que ver con las extrañas desapariciones que están aconteciendo en la ciudad de Stanton. Pero la realidad es más siniestra de lo que cualquiera pudiera llegar a imaginar.

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El Bibliotecario

¿Qué es un hombre sin familia?... Una mera sombra que discurre bajo un manto de doloroso anonimato hasta fundirse para siempre en el olvido.Empieza a escribir aquí...

—Señor Hathaway... ¿Podría usted ayudarme?

La voz retumbó casi como un trueno en medio del sepulcral silencio que envolvía la biblioteca pública de la ciudad de Stanton.

Una inmensa sonrisa se dibujaba en el rostro de Marcus Hathaway mientras se levantaba el marco de las gafas por encima de la nariz.

—Estoy buscando la sección de poesía, en especial algo relacionado congestas medievales.

—Tiempos tenebrosos aquellos, jovencita —replicó el bibliotecario con una extraña mueca que dejo turbada a la chica; sin embargo, no era una expresión morbosa como las que tenía que aguantar a diario cuando caminaba por las atestadas calles de la ciudad, sobre todo cuando tenía que cruzar por el distrito de Adamtown en medio de la noche al regresar a casa después de un largo día de clases en la universidad. Era algo más que una expresión; había algo siniestro detrás de aquella sonrisa paternal que le provocó una incómoda sensación en la boca del estómago que no pudo comprender.

— Sección 22, detrás del estante de trofeos—replicó el señor Hathaway sin borrar la extraña expresión de su rostro huesudo.

El cabello plateado amontonado sobre la cabeza le daba un aspecto divertido que muchos solían asociar con las extravagantes pelucas que utilizaban los payasos de circo. Al notar esta peculiaridad, Erika Dorset le resto importancia a la extraña sensación que la había estremecido. En ese momento contempló al inofensivo bibliotecario y respiró aliviada ¿Cómo pudo haber asociado a aquel patético hombrecillo de pecho hundido, espalda encorvada y expresión nerviosa con algo siniestro y oscuro?

Esa noche los pasos de Erika retumbaban con un eco ahogado mientras caminaba por las calles desiertas en dirección asu casa. No le gustaba mucho andar por allí, sobre todos después de los escalofriantes rumores acerca de las extrañas desapariciones que estaban ocurriendo la ciudad; ansiaba con todo el corazón alcanzar la calle principal y enfilar hacia Adamtown, por lo menos allí tan sólo tendría que soportar las molestas insinuaciones de cualquier borrachín inofensivo que se topara en su camino. En ese instante la muchacha se quedó paralizada al notar un sonido que salía de un callejón; aminoró el paso, mientras sus manos ansiosas hurgaban con ansiedad en el interior del bolso en busca del cilindro de gas que solía cargar siempre.

Avanzó con sigilo; podía sentir el corazón desbocado en medio del pecho. Un estrépito rompió el tenso silencio de la noche y de pronto una sombra negra cruzaba a unos cuantos centímetros de sus piernas. Se trataba de un gato callejero hurgando en un bote de desperdicios.

Erika tuvo que sentarse por unos momentos en la acera, mientras intentaba recobrar el aliento. En ese instante, y sin comprender porqué, la imagen del Señor Hathaway, con su aspecto triste y patético, se materializaba en su mente, provocándole un histérico ataque de risa que la hizo sentirse mucho mejor.

Dolor... dolor... mucho dolor... Erika se despertaba bañada en sudor, con nauseas y un dolor palpitante en el lado izquierdo de la cabeza. Aún no comprendía que estaba sucediendo, lo único que recordaba era que estaba a punto de alcanzar el bullicioso distrito de Adamtown, cuando de repente todo su mundo se oscureció de repente…

Un escalofrío le recorría la espina dorsal al darse cuenta que se encontraba inmovilizada en una especie de silla. En medio de las tinieblas que la rodeaban, movió las manos y los pies con desesperación hasta que sus articulaciones sangraron al rozar una y otra vez con las ásperas correas de cuero que la mantenían atada.Un horror visceral comenzaba a surgir del fondo de su alma, un temor atávico que nunca había sentido en toda su vida y que ahora parecía perforarle el pecho con la certeza de que algo oscuro e innombrable estaba a punto de suceder. Desesperada, se removió de manera frenética sin importarle el intenso dolor que acosaba sus muñecas mientras dejaba escapar espeluznantes alaridos que parecían multiplicarse contra las oscuras paredes de la habitación.

Un sonido casi inaudible la despertó de nuevo. Parecía música...si, era música, del tipo que solía escuchar su abuelo en el porche de su casa en las frescas tardes de primavera. Conocía muy bien aquella melodía, se trataba de “Blue birds in the moonlight” de Benny Goodman. En ese momento la luz castigaba sus pupilas como agujas de hielo. Con un nudo en la garganta, abrió de nuevo los ojos y descubrió que se encontraba en medio de una macabra habitación repleta de animales disecados; fijó su atención en una cabeza de alce que parecía traspasarla con la mirada de vidrio.

— ¡Mi querida niña! —Estas palabras hicieron que el todo el vello del cuerpo de Erika Dorset se erizara antes de voltear la cabeza y descubrir al señor Hathaway parado en el marco de la puerta, ataviado de pies a cabeza con un vetusto traje de los años cuarenta, que lo dotaba con una apariencia macabra y siniestra.

—Vamos a llegar tarde a nuestro encuentro con el resto de la familia —exclamó el bibliotecario con alegría; llevaba el cabello peinado hacía atrás, lo que provocaba que sus facciones huesudas sobresalieran de forma dramática.

—¿Señor Hathaway?... ¿Pero qué cree usted qué está haciendo? — inquirió la aterrada joven con la saliva congelada en la boca, mientras sus piernas no dejaban de temblar; todo los horrores que habían acosado su mente en la biblioteca se estaban tornando en una escalofriante realidad.

—Mi pequeña Rose, sabía que eras tú cuando te reconocí en la biblioteca —aseguró con una gran sonrisa—. Ahora seremos de nuevo una gran familia, al igual que en los viejos tiempos —agregó extrayendo una jeringa de uno de los bolsillos del anticuado traje.

La chica se estremeció, pero antes de que pudiera abrir la boca el anciano ya había clavado la aguja en su hombro.

—¡Por el amor de dios, señor Hathaway esto no es divertido! !Por favor, déjeme salir de aquí y le juró que no le diré nada a nadie! —En ese momento, la cabeza de Erika comenzó a dar vueltas y el rostro ceniciento del bibliotecario se convirtió en mil imágenes difusas que parecían hablar entre murmullos inaudibles.

—Rose... Rose... despierta querida, la fiesta esta a punto de empezar— susurró la voz en los oídos de Erika.

Ésta abrió unos ojos plagados de terror y se encontró con la pálida figura de Marcus Hathaway probándose dos sombreros de ala ancha; éste volvió la vista e hizo estremecer a la chica al dibujar en el rostro la misma mueca perturbadora que ella había visto en la biblioteca.

— ¿Cuál sombrero debería usar esta noche querida? —preguntó con una sonrisa, sin reparar en la profunda expresión de horror cincelada en el semblante de la muchacha.

—¡Por favor señor Hathaway déjeme ir, se lo ruego por favor! —gimió Erika con desesperación al verse ataviada con un traje de seda azul de los años treinta; se encontraba atada a una vetusta silla de ruedas en lo que parecía ser un pequeño corredor, mal iluminado, en el cual el tiempo parecía haberse detenido para siempre.

—Tonterías, Rose, no te puedo dejar ir aún. Además, la fiesta esta a punto de empezar —apuntó el anciano eligiendo un sombrero blanco. Después de acomodarse el corbatín ajedrezado, abrió dos puertas de madera que conducían a un gran salón dominado por las tinieblas y luego impulsó la silla de ruedas al interior.

Al principio, Erika sólo pudo percibir vagas formas amorfas en medio de las tinieblas; un hedor rancio y decadente que parecía flotar en el ambiente invadió sus pulmones provocándole nauseas y ganas de vomitar. De pronto otra melodía comenzó a sonar al tiempo que el brillo de la luz atacaba los ojos de la chica.

Lo que vio en esos momentos la dejó paralizada; era como encontrarse en medio de una de las exposiciones del museo de cera de la ciudad de Stanton, sólo que en ésta ocasión un horror indescriptible le decía a la chica que estas figuras inanimadas y grotescas no eran de ningún modo figuras de cera.

Se trataba de la macabra representación de una cena de los años cuarenta: Había seis personas sentadas a la mesa; todos ellos llevaban trajes de época y todos sin excepción parecían charlar unos con otros. Muda de horror, Erika Dorset reconoció a un hombre joven que había visto en una foto del periódico local; se trataba de una de las personas desaparecidas durante las últimas semanas. Horrorizada por la escalofriante escena, la chica comenzó a llorar con angustia.

Con los ojos inyectados de sangre y el corazón a punto de estallar, pudo ver como el señor Hathaway recorría la siniestra representación, besando las mejillas amarillentas de las dos mujeres que parecían estar inmortalizadas en medio de placenteras sonrisas, para luego abrazar con felicidad a los cuatro despojos masculinos que escenificaban una animada charla.

En medio de aquella demencial situación, Erika reconoció que el fuerte hedor adherido a su piel no era otra cosa que Formol..., Formol para embalsamar muertos.

Un grito desgarrador emanó del fondo de su alma al comprender la pavorosa situación en la que se encontraba. Aún conservaba la esperanza de que alguien en el exterior escuchara sus gritos y avisara a la policía; mientras “On the sunny side of the street” de Benny Goodman, sonaba en el gramófono y el viejo psicópata bailaba con alegría alrededor del salón.

—Bienvenida a la familia, Rose —exclamó el señor Hathaway con una cálida sonrisa y un escalofriante destello en su mirada desteñida, al tiempo que apartaba una silla en medio de dos de sus invitados embalsamados.

Marcus Hathaway sabía que esa noche no descansaría, tenía mucho trabajo por hacer; sin embargo, estaba feliz por qué muy pronto su adorada hermana Rose sería inmortalizada en un inigualable momento de felicidad que perduraría para siempre en aquel hermoso salón, lejos del paso del tiempo.

Fin

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