Prólogo
Jimin
Había miradas capaces de atraparte en el momento en el que hacías contacto visual. Miradas que te follaban y te hacían sentirte como si fueras el hombre más deseado del mundo, que hacían que tu corazón se acelerara y que tu sangre hirviera en el interior de las venas mientras deseabas con cada poro de tu ser que se acercara, que acortara la distancia entre ambos y llevara a cabo la promesa que llameaba en sus ojos.
Y luego estaban las manos… Esas manos grandes, fuertes, trabajadas y diseñadas para acariciarte por todas partes y moldearte como si fueras de arcilla. Esos dedos largos y con señales de haber estado trabajando en algo manual y que anhelabas sentir por cada centímetro de tu piel.
Pues mi jefe tenía esa mirada de depredador y esas manos destinadas a arrancarte orgasmos con tan solo rozarte.
Lo nuestro solo comenzó como un rollo pasajero cuyo objetivo era aliviar la tensión sexual que nos perseguía en la oficina. Sin embargo, para mí siempre fue mucho más, incluso cuando, después del primer encuentro, quise engañarme y taparme los ojos para no ponerle fin a algo que acabaría destrozándome el alma.
Dios, decir que Jungkook me alteraba hasta lo inimaginable era quedarse corto.
Mi respiración se volvía pesada cuando venía a mi despacho para pedirme, con esa voz ronca y aterciopelada, que reorganizara la agenda o que tomara reserva para algún almuerzo de negocios. Mi boca se secaba cuando él sonreía, cuando sus labios se curvaban hacia arriba y mostraba esos hoyuelos tan sensuales y juveniles que restaban seriedad a su rostro.
Lo que comenzó como un simple polvo en una cena de negocios terminó por afectar a mi vida entera. Fui incapaz de verlo en la oficina y no imaginármelo desnudo, o, más bien, no recordarlo de la noche anterior, mientras se arrodillaba entre mis piernas y sus anchos hombros me obligaban a exponerme por completo. Cada pequeño momento que habíamos compartido se me había grabado en la retina, y dudaba que fuese a olvidarlo algún día.
Estaba jodido. Muy jodid.
¿Y ahora cómo te voy a olvidar, Jungkook?
Saliendo del portal del ático en el que Jungkook vivía, una de las mejores zonas de Filadelfia, me rodeé el cuerpo con los brazos, como si de esa forma pudiese recomponer los pedazos de mi corazón. Una suave brisa me acarició el rostro, e inspiré temblorosamente.
Aguanté de la mejor forma que pude el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando su olor vino hasta mí.
Maldita sea la hora en que me enamoré de ti, Jungkook.