卍 [ El Amante Del Oficial ] 卍 / Toll Twc Nr. by 𝓛𝓮𝓪𝓱...☠ at Inkitt
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卍 [ EL AMANTE DEL OFICIAL ] 卍 / TOLL - TWC NR.

Summary

Tom Trümper experimenta en carne propia cuando los tanques nazis entraron en su Polonia natal y unos días después, acaba prisionero en el gueto judío de Cracovia hasta que la resistencia lo ayuda a salir. Entonces, Tom adquiere una falsa identidad y renuncia a su religión. Pero la precaria situación de Trümper no hizo más que empeorar cuando conoce al comandante Kaulitz, un alto oficial nazi que la contrata como ayudante, obligado a poner en peligro su vida... y sus irrevocables sentimientos. Mira las etiquetas✔ ADAPTACIÓN al fandom TOLL✔ Autor Original: Pam Jenoff✔ Todos los créditos a la autora✔ Algunas cosas serán modificadas para que los protagonistas coincidan con el Libro✔ Dark Bill (?)✔ Contenido Bottom y mpreg(?) ✔ Twincest No Relacionado ✔ Sino te agrada este tipo de Genero o Historia, no la leas ✔

Status
Complete
Chapters
27
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

1.



Mientras atajamos por la plaza del mercado, pasando junto a las palomas que se agolpan alrededor de algunos charcos malolientes, miro hacia el cielo con desconfianza y agarro con fuerza la mano de Lukasz para que camine más deprisa. Sin embargo, el niño chupa su helado, ajeno al color cada vez más oscuro del cielo, con una gota prendida a sus rizos rubios. Gracias a Dios por sus rizos rubios. Un viento afilado de marzo sopla por la plaza, y yo lucho contra el impulso de soltarle la mano y arrebujarme el saco. 


Pasamos por el arco central del Sukenmce, el enorme mercado amarillo que divide la plaza en dos. Quedan todavía varias manzanas hasta Nowy Kleparz, el mercado al aire libre del centro de Cracovia, y ya noto que la marcha de Lukasz se hace más lenta, y que arrastra los pies contra el empedrado a cada paso. 


Se me ocurre llevarlo en brazos pero tiene tres años, y pesa. Si yo estuviera mejor alimentado, quizá lo intentaría, pero sé que ahora sólo conseguiría avanzar unos cuantos metros. Ojalá el niño caminara más aprisa. 


 —Szybko, kochana —le ruego en voz baja—. Chocz! 


Entonces, sus pasos se aligeran, a medida que avanzamos entre los puestos de flores que hay a la sombra de los capiteles de la basílica de Santa María. Un momento después, llegamos al otro extremo de la plaza y yo noto bajo los pies una vibración que me resulta familiar. Me detengo. Hace casi un año que no subo a un tranvía. Me imagino subiendo con Lukasz a uno de ellos y acomodándome en uno de los asientos, observando los edificios y a los peatones. Podríamos llegar en pocos minutos al mercado. 


Entonces hago un gesto negativo con la cabeza. La tinta de nuestros nuevos documentos apenas ha tenido tiempo de secarse, y seguramente, la cara de maravilla de Lukasz al disfrutar de su primer paseo en tranvía levantaría sospechas. No puedo arriesgar nuestra seguridad por un trayecto más cómodo y pijo, así que seguimos caminando. 


Aunque intento recordar que debo llevar la cabeza baja y evitar el contacto visual con los vendedores que flanquean la calle, no puedo evitar empaparme de todo. Hace más de un año que estuve por última vez en el centro de la ciudad. Respiro profundamente; el aire, húmedo a causa de los últimos restos de nieve, está perfumado con el aroma de las castañas asadas del quiosco de la esquina. Entonces, el trompeta de la torre de la catedral comienza a tocar el hejnal, la breve melodía que inunda la plaza cada hora para conmemorar la invasión tártara de Cracovia de siglos antes. También contengo el deseo de volverme hacia el sonido, que me saluda como un viejo amigo.


A medida que nos acercamos al final de la calle Florianska, Lukasz se queda inmóvil de repente y me aprieta la mano con fuerza. Yo miro hacia abajo. Se le ha caído el último pedacito de su helado al suelo, pero creo que no se ha dado cuenta. Su cara, ya pálida después de pasar meses escondido, se ha tornado gris. 


 —¿Qué ocurre? —le pregunto en un susurro, agachándome junto a él; pero el niño no responde.Yo sigo su mirada hasta el punto donde ha quedado fija. Diez metros más adelante, junto a la arcada de la puerta Florian, hay dos nazis armados con metralletas. Lukasz se estremece. —Vamos, vamos, kochana. No pasa nada. 


Le pongo el brazo sobre los hombros, pero no puedo hacer nada para calmarlo. Mueve los labios, pero no emite ningún sonido. 


 —Vamos —le digo. 


Lo tomo en brazos y él oculta la cara en mi cuello. Yo miro a mi alrededor y busco otra calle por la que continuar, pero no hay ninguna, y dar la vuelta podría llamar la atención. Con una mirada furtiva para asegurarme de que nadie nos mira, empujo el resto de cucurucho del helado hacia una alcantarilla y paso por delante de los nazis, que no se fijan en nosotros. Unos minutos después, cuando noto que la respiración del niño se ha calmado, lo dejo en el suelo. 


Pronto nos acercamos al mercado de Nowy Kleparz. Me resulta difícil contener el entusiasmo de ser libre de nuevo, de caminar e ir a la compra como una persona normal. Mientras recorremos los estrechos pasillos que hay entre los puestos, oigo quejarse a la gente. La col está pálida y marchita, el pan duro y seco. La carne es de un animal no identificable y de ella emana un extraño olor. Tanto para la gente de la ciudad como para la de los pueblos, acostumbrada a la riqueza del campo polaco antes de la guerra, la comida es una abominación. Para mí es como estar en el paraíso. El estómago se me encoge. 


—Dos rebanadas —le digo al panadero, manteniendo la cabeza baja mientras le entrego los cupones de racionamiento. Me mira con curiosidad, y yo me digo que es mi imaginación. Calma. Para un extraño, sé que soy como cualquier otro polaco. Tengo la piel bronceada, mi acento es impecable y mi ropa no tiene ninguna característica distintiva. Heidi eligió este mercado de la parte norte de la ciudad porque sabía que ninguno de mis conocidos haría allí la compra. Es muy importante que nadie me reconozca. 


Voy de puesto en puesto, recitando mentalmente las cosas que necesitamos: harina, huevos y un pollo, si es que lo encuentro. Nunca he hecho ni necesite de listas, y eso me resulta muy útil ahora que el papel es tan preciado. Los tenderos son amables, pero eficientes. Después de seis meses de guerra, la comida escasea. Nadie da un pedazo de queso por una sonrisa, ni una galleta para el niño de enormes ojos azules. Muy pronto he gastado todos los cupones, y sin embargo, la cesta está medio vacía. Entonces, comenzamos la larga caminata de vuelta a casa. 


Llevo a Lukasz por las callejuelas de la ciudad y, unos minutos después, llegamos a la calle Grodzka, una avenida llena de tiendas elegantes y casas. Titubeo. No tenía intención de llegar hasta aquí. Noto una opresión en la garganta, que no me deja respirar. Tranquilo, puedes hacerlo. Es sólo otra calle. Camino unos metros más y me detengo. Estoy frente a una casa de color amarillo claro con la puerta blanca, y con macetas de flores en las ventanas. Elevo la mirada hasta el segundo piso. Se me forma un nudo en el estómago y no puedo tragar. No lo hagas... pero es demasiado tarde. Ésta es la casa de Georg. Nuestra refugio. 


Conocí a Georg Listing dieciocho meses antes, cuando yo trabajaba en la biblioteca de la universidad. Era viernes por la tarde, recuerdo, porque estaba poniendo al día el catálogo de ejemplares antes de irme a casa para el sabbat. 


 —Disculpa —dijo alguien de voz grave. Yo levanté la vista de mi trabajo, molesto por la interrupción. Quien había hablado era un chico de estatura mediana, que llevaba una pequeña kipá y tenía una amistosa sonrisa. Su pelo era de color castaño con reflejos rojizos. —¿Puedes recomendarme un buen libro? 


 —¿Un buen libro? 


Yo me quedé desconcertado, tanto por el verde de sus ojos como por la naturaleza general de su pregunta. 


 —Sí, algo ligero para leer durante el fin de semana, y apartar la cabeza de los estudios. ¿Quizá "La Ilíada"? 


Yo me reí sin poder evitarlo. 


 —¿Te parece que Homero es una lectura ligera? 


—En comparación con los textos de física, sí —respondió él con una sonrisa. 


Yo lo conduje a la sección de Literatura, donde él mostró un inusual interés por un volumen de las comedias de Shakespeare. Nuestros nudillos se rozaron cuando yo le entregué el libro, y sentí un escalofrío recorrer por mi espalda. Le presté el libro, pero después, él permaneció allí un rato. Entonces supe que se llamaba Georg Listing Hagen y que tenía veintidós años, dos más que yo. Después de aquello, vino a visitarme todos los días. 


Era estudiante de Ciencias, pero su verdadera pasión era la política, y colaboraba con varios grupos de activistas. Escribía artículos y los publicaba en periódicos locales y de estudiantes, y no sólo era crítico con el gobierno polaco, sino también con la dominación de los alemanes sobre sus vecinos. A mí me preocupaba que expresar sus opiniones de un modo tan abierto que pudiera resultar peligroso. 


Aunque los judíos de mi barrio discutían acaloradamente en las entradas de sus casas, en las puertas de las sinagogas y en los almacenes de la situación política y de todo lo demás, a mí me habían criado creyendo que era más seguro mantener la voz baja o incluso cerrada cuando se trataba con el mundo. Sin embargo, Georg era hijo del prominente sociólogo Maximillian Listing, y no tenía tales preocupaciones. Además, mientras yo lo escuchaba, mientras observaba brillar sus ojos verdes y volar sus manos, se me olvidó sentir temor. 


A mí me asombraba que un estudiante de una familia rica se acercara a mí, el hijo de un pobre panadero ortodoxo, pero si él se daba cuenta de nuestras diferencias sociales, no parecía que le importara. Comenzamos a pasar las tardes del domingo juntos, hablando y paseando por las orillas del río Vístula. 


—Debería volver a casa —dije un domingo de abril, cuando atardecía. Georg y yo habíamos estado paseando, hablando con tanta intensidad que yo había perdido la noción del tiempo—. Mis padres se estarán preguntando qué ha sido de mí. 


—Sí... creo que yo debería conocerlos pronto —respondió él con naturalidad. Yo me detuve en seco, y él prosiguió—: Es lo que hace uno cuando quiere pedir permiso para cortejar a alguien, ¿no? 


Yo me quedé demasiado sorprendido como para responder. Aunque Listing y yo habíamos pasado mucho tiempo juntos durante aquellos últimos meses, nunca pensé que nuestra extraña amistad fuera o terminaría en otra cosa, pidiendo permiso para salir conmigo formalmente. Pero él me tomó la barbilla con los dedos enguantados, suavemente, me besó por primera vez.


Nuestras bocas se unieron y los labios se separaron ligeramente. Yo me sentí tan aturdido que pensé que iba a desmayarme. Pensando ahora en el beso de Listing, noto una súbita calidez. Me digo que debo evitarlo, pero no lo consigo. Hace casi seis meses que no lo veo y que no compartimos caricias. Mi cuerpo entero sufre de anhelo. 


Un ruido me saca de mi ensimismamiento. La puerta principal se abre, y por ella sale una mujer mayor, bien vestida. Al vernos a Lukasz y a mí, vacila. Me doy cuenta de que se pregunta quiénes somos, por qué nos hemos detenido ante su puerta. Después, nos da la espalda, cierra la puerta y baja los escalones hasta la calle. Ésta es ahora su casa. Ya es suficiente, me digo. No puedo permitirme hacer nada que pueda llamar la atención. Sacudo la cabeza para intentar quitarme a Georg de la mente. 


 —Vamos, Lukasz —le digo, tirando con suavidad de la mano del niño. 


Continuamos caminando y pronto cruzamos el Planty, el anillo de parque que rodea el centro de la ciudad. Los árboles tienen brotes prematuros, que seguramente morirán a causa de alguna helada tardía. Lukasz se aferra a mi mano mientras mira, con los ojos abiertos como platos, a las pocas ardillas que juegan entre los arbustos como si ya fuera primavera. 


A medida que avanzamos, noto que la ciudad va quedando detrás de nosotros. Cinco minutos después llegamos a Aleje, el gran bulevar que conduce, por la izquierda, hacia el río. Me detengo y miro más allá del puente. Justo al otro lado, a medio kilómetro al sur, está el gueto.Voy a tomar esa dirección, pensando en mis padres. Quizá si llego hasta los muros pueda verlos, encontrar un modo de pasarles algo de la comida que he comprado. A Heidi no le importaría. Entonces, me detengo. No puedo arriesgarme a plena luz del día, y menos con el niño. Siento vergüenza de mi estómago, que ya no se me encoge de hambre, y de mi libertad, que me permite caminar por la calle como si no existiera la ocupación que me hace continuar mi camino.


Media hora después, Lukasz y yo llegamos a Chelmska, el barrio rural en el que vivimos. Me duelen los pies de caminar por una carretera de tierra y los brazos de llevar la comida y al niño durante la última parte del trayecto. Mirando las granjas que salpican el campo, inhalando el aire frío, diviso la casa de Heidi, un chalet de tres pisos de madera oscura, situado en un bosquecillo de pinos. 


Dejo al niño en el suelo y él echa a correr. Al oír nuestros pasos, Heidi aparece desde detrás de la casa y camina hacia la puerta principal. Con su cabello rubio cobrizo recogido en un moño alto, parece que va a asistir a la ópera, salvo que tiene las manos protegidas por unos guantes de jardinería, en vez de unos guantes de encaje o de seda. El bajo de su vestido de trabajo, que es más bonito y nuevo está manchado de tierra. Al ver a Lukasz, sonríe. Altera su postura perfecta, se inclina hacia el niño y lo toma en brazos. 


 —¿Ha ido todo bien? —me pregunta cuando me acerco, con Lukasz sentado en su cadera, sin dejar de observar el rostro del niño. A mí no me mira. No me ofendo por su preocupación respecto a Lukasz. En el tiempo que lleva con nosotros, aún no ha sonreído ni hablado, y eso es una inquietud constante para ambos. 


 —Más o menos. 


—¿Ah? —pregunta, alzando la vista—. ¿Qué ha ocurrido? 


Yo titubeo, porque no quiero contarlo delante del niño. 


—Hemos visto a unos... eh... alemanes —digo, y señalo ligeramente a Lukasz con la cabeza—. Y fue algo angustioso para el pequeño. Pero ellos no nos vieron. 


—Bien. ¿Has podido comprar todo en el mercado? 


—Algunas cosas, pero creo que no tantas como esperábamos. 


—No importa, nos las arreglaremos. Estaba removiendo el suelo del jardín para poder sembrar el mes que viene. 


Sin decir una palabra, sigo a Heidi al interior de la casa, asombrado como siempre por su aplomo y su fuerza. Su porte decidido y sus movimientos me recuerdan irónicamente a Georg. Arriba, Heidi toma la cesta del mercado y comienza a desenvolver la comida. Yo voy al salón. Después de vivir aquí durante dos semanas, aún me atemoriza el lujoso mobiliario y las obras de arte que adornan las paredes. 


Sobre la chimenea hay tres fotografías enmarcadas. Una es de Marcin, el difunto marido de Heidi, que está sentado con su chelo frente a sí; otra es de Georg de niño, jugando junto a un lago. Tomo la tercera fotografía. Somos Geo y yo, el día de su graduación y nuestro compromiso secreto. Estamos en la escalera de la entrada de la casa de los Listing, en la calle Grodzka, Geo con su traje oscuro y yo vestido más informal, con pantalones oscuros, camisa blanca y tirantes a juego. Y aunque se supone que debemos mirar a la cámara, nuestras cabezas están inclinadas la una hacia la otra, y yo me estoy riendo por una broma que Listing acababa de susurrarme. 


Al principio, pensábamos esperar para llevar acabo la promesa de casarnos hasta que Georg hubiera obtenido algo estable, el año siguiente. Sin embargo, a últimos de julio de mil novecientos treinta y nueve, Alemania había llegado hasta Checoslovaquia, y los demás países europeos no habían hecho nada por evitarlo. Hitler estaba en la frontera con Polonia, listo para atacar. Habíamos tenido noticias del brutal tratamiento que les daban a los judíos en Alemania y Austria. Si los nazis entraban en Polonia, ¿cómo serían nuestras vidas? Geo y yo decidimos que sería mejor casarnos a escondidas para enfrentarnos juntos a la incertidumbre del futuro. 


Habíamos contraído nupcias en el elegante salón de los Listing con la sola compañía de nuestras familias. Después de la sencilla ceremonia, yo me mudé con mis escasas pertenencias a la habitación de invitados de casa de los Listing, la cual íbamos a compartir juntos. El profesor y la señora Listing se marcharon a descansar a Ginebra, y nos dejaron a solas a Georg y a mí. 


Como yo me había criado en un modesto apartamento de tres habitaciones, no estaba acostumbrado a vivir entre tanto esplendor. Los techos altos y los suelos de madera brillante me parecían propios de un museo. Al principio me sentía fuera de lugar, pero poco a poco fui enamorándome de aquella casa llena de música, arte y libros. Georg y yo nos quedábamos despiertos por la noche y nos susurrábamos sueños sobre el año siguiente, cuando él consiguiera un buen trabajo, yo me licenciara futuramente y pudiéramos comprarnos nuestra propia casa. 


Un viernes por la tarde, unas tres semanas después de las nupcias, decidí ir caminando hasta el barrio judío, Kazimierz, a comprar pan a la panadería de mi padre. Cuando llegué a la tienda, estaba abarrotada de clientes que se preparaban para el sabbat, así que entré tras el mostrador para ayudar a mi padre a despachar. Acababa de entregarle las vueltas a una mujer cuando la puerta de la tienda se abrió de par en par y un muchacho entró corriendo. 


—¡Los alemanes han atacado! —gritó. Yo me quedé helado. 


La panadería quedó en silencio al instante. Rápidamente, mi padre sacó su radio y todos nos agrupamos a su alrededor para escuchar las noticias. Los alemanes habían atacado el puerto de Westerplatte, cerca de la ciudad norteña de Gdansk; Polonia y Alemania estaban en guerra. Algunas de las mujeres comenzaron a llorar. El locutor dejó de hablar y comenzó a sonar el himno nacional; entonces, varios clientes comenzaron a cantarlo. 


—El ejército polaco nos defenderá —dijo Pan Klopowitz, un arrugado veterano de la Gran Guerra. Sin embargo, yo sabía cuál era la verdad. El ejército polaco, que estaba formado en su mayor parte por soldados de caballería y de infantería, no podría hacer nada contra los tanques y ametralladoras de los alemanes. 


Yo miré a mi padre y él me miró a mí. Estaba agarrado al mostrador con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Yo supe que se estaba imaginando lo peor. 


—Vete —me dijo, después de que los clientes se hubieran marchado con su pan. Yo no volví a la biblioteca, sino que fui directamente a casa. Georg ya estaba en el apartamento cuando llegué, pálido. Sin decir una palabra, me abrazó. En dos semanas, el ejército alemán aplastó al polaco. De repente, las calles de Cracovia se llenaron de tanques y de hombres altos, con la mandíbula cuadrada, vestidos con uniformes marrones. A mí me despidieron de la biblioteca. Y unos días después, el jefe del departamento de la facultad me aviso que ya no podía asistir a la universidad y Geo fue igualmente comunicado en su trabajo.


Yo esperaba que, una vez que Georg había sido expulsado del trabajo y yo de la Universidad, estaría más unidos y en casa, pero en vez de eso, sus actividades políticas adoptaron un ritmo frenético. Las reuniones se celebraban en pisos de toda la ciudad, por la noche. Aunque él no lo decía, yo sabía que aquellas reuniones estaban relacionadas con la oposición a los nazis. Quería pedirle, rogarle, que lo dejara. Tenía terror a que lo arrestaran, o algo peor. Sabía, sin embargo, que mi miedo no ahogaría su pasión. Un martes por la noche, en septiembre, yo estaba dormitando mientras lo esperaba. Un rato después me desperté. El reloj de nuestra mesilla marcaba más de las doce. Él ya debería haber llegado. 


Yo me levanté de un salto y noté que el apartamento estaba en completo silencio, salvo por el sonido de mis pisadas. La mente se me aceleró, y comencé a recorrer la casa a zancadas como si fuera un loco psicópata, asomándome cada cinco minutos a la ventana para observar la calle. Un poco después de la una y media, oí un ruido en la cocina. Listing había entrado por la escalera trasera. Estaba despeinado y sudoroso. Yo me abracé a él, preocupado. Sin decir nada, Georg me tomó de la mano y me llevó a nuestro dormitorio. Yo no intenté decir nada más cuando me empujó suavemente hacia el colchón y se tendió sobre mí con una urgencia que yo nunca había sentido antes. 


—Tom, tengo que marcharme —me dijo más tarde, aquella noche, mientras estábamos tumbados en la oscuridad. El sudor de nuestros cuerpos y nuestras esencias habían comenzado a secarse sobre nuestra piel por el aire fresco del otoño, y me había dejado con un frío inevitable. Entonces mí estomago no había evitado encogerse.


—¿Por tu trabajo? 


—Sí. 


—¿Cuándo? —le pregunté, con en voz baja. 


—Pronto... días, creo —la inseguridad de su voz me dio a entender que no estaba diciendo todo lo que sabía—. Te dejaré dinero por si necesitas algo. 


—No lo quiero —dije yo, con las mandíbulas apretadas y reteniendo la humedad en mis ojos. Sólo quería rogarle que se quedara. Y lo habría hecho si hubiera valido de algo. 


—Tom, deberías volver con tus padres. 


—Lo haré. 


—Otra cosa —me dijo. Se apartó de mí, privándome de su calor, y tomó algo del cajón de la mesilla de noche. Me entregó un papel —. Quema esto. 


Era nuestro kittubah, nuestro certificado de matrimonio hebreo. Con todos aquellos acontecimientos, no habíamos tenido tiempo de registrar nuestro matrimonio con las autoridades civiles pero era suficiente para mi. Era importante. 


—No, nunca —respondí seguro. 


—Debes quitarte los anillos y fingir que no estamos casados. Pídele a tu familia que no diga nada. Una vez que me haya ido, será peligroso que alguien sepa de nosotros o lo que tenemos.


—¿Peligroso? Geo, soy un judío más en un país ocupado por los nazis. ¿Puede haber algo más peligroso? 


—Hazlo —insistió él, tajante. 


—Está bien —le dije. Pero mentía. 


Tomé el papel y lo puse bajo el colchón. No iba a quemar la única cosa que siempre me uniría a él. Me quedé despierto después de que Georg se hubiera dormido. Lo observe, le acaricié el pelo suavemente y escondí la nariz en su cuello para inhalar su olor. Intenté grabarme todo de él en mi mente, hasta el más pequeño detalle. Él se movió y gruñó, como si ya estuviera luchando contra el enemigo en sueños. Los párpados me pesaban cada vez más, y tuve que esforzarme por permanecer despierto. Ya tendría tiempo para dormir después. Sin embargo, finalmente me venció el agotamiento. 


Me desperté horas después, con los sonidos de los barrenderos que limpiaban las aceras. Afuera todavía estaba oscuro. Pasé la mano por el espacio vacío que había a mi lado, en la cama, y las sábanas aún estaban calientes en el lugar donde había dormido. No tuve que incorporarme para saber que su bolsa y sus pertenencias habían desaparecido. Georg se había marchado.


 Tan solo llevábamos seis meses unidos. 


—...hambre? 


La voz de Heidi me sobresalta. Me doy cuenta de que ha entrado en el salón y de que ha estado hablándome, pero yo no he oído lo que me decía. Me vuelvo hacia ella de mala gana, como si hubiera despertado de un sueño agradable. Heidi me tiende un plato de pan y queso. 


—No, gracias —le digo, y niego con la cabeza, aún medio absorto en mis recuerdos. Heidi deja el plato sobre la mesa y se acerca a mí. 


—Es una fotografía preciosa —me dice, señalando la imagen de nuestra unión y graduación. Yo no respondo. Ella, por otra lado, toma la foto de Georg cuando era niño—. Pero deberíamos guardarlas para que nadie las vea. 


—¿Y quién iba a verlas? —le pregunto—. Quiero decir, aquí sólo estamos los tres. 


—Nunca se sabe —replica ella en tono extraño—. Es mejor estar a salvo. 


Extiende la mano y yo vacilo. No quiero renunciar a los últimos lazos que me unen a él. Sin embargo, me doy cuenta de que tiene razón. No hay otro remedio. Con un suspiro, le entrego la fotografía y observo cómo se la lleva de la habitación.



Primero que nada, estoy emocionada de traer algo nuevo y adaptar otro de mis libros favoritos 💕🤗🙌🏻 asi que espero también les guste mucho.... 😈


Y si, tendremos tematica nuevamente de la Segunda Guerra Mundial 😌💅

Pero espero sea de su agrado!!


Por lo mientras, estare tambien subiendo nuevos capitulos de las historias que deje en Pause y las nuevas que estan en borradores, pero pido paciencia 🙇🏻🙈


Asi que estaré paseando muy seguido por acá 😚 y estare encantada de responder sus comentarios 💋


Pd: Les mando un abrazo de oso! 💕

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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author

Muy interesante, o sea Tom se casó con Georg, y tuvieron un hijo, pero luego se separaron, me pregunto cómo será cuando conozca a Bill, que es justamente un oficial :3 gracias

2 years
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author

Es todo tan bonito, ay mi Tom le tocó ahora estar del otro lado, gracias Leah!

2 years
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