Nota
Este testimonio lo escribió él mientras pudo. Mientras las musarañas asquerosas que se comían su cerebro en decadencia se lo permitieron, en cambio, yo, le di los últimos retoques. Es una realidad que, así como él lo concibió, no iba a llegar hasta dónde yo quería, por lo que me tomé la libertad de garabatear el papel a mi antojo. Desde su punto de vista nadie entendería nada, así como él, que dejó este mundo sin entender nada de lo que hizo ni por qué.
Él estaba muriendo
Las palabras se pegaban en este pálido papel, pero no era él quien escribía. La tinta se gastaba con cada oración y aun así las palabras no dejaban de aparecer.
Él estaba muriendo y nadie más veía cómo pasaba, solo yo.
Las gotas de aquel líquido rojo, que ya se habían convertido en nuestro día a día, manchaban los textos. Las palabras que dijo antes de abandonar este mundo se repiten como vitrola rayada en mi cabeza.
“Maldigo el día en que llegué aquí. Maldigo mi mente por no tener ideas claras y divagar en busca de inspiración. Te maldigo a ti y si yo muero, haré que vengas conmigo.”
Pobre, no tenía sentido explicarle nada en ese entonces y no tiene sentido explicárselo ahora. Pero me estoy encargando de que todo el mundo lo sepa, de poner todo en su lugar.
Él moría cada día un poco y nadie notaba su ausencia.
Su ser desaparecía junto con su memoria. Nadie lo recordará ni sabrá lo que realmente pasó o al menos eso pensó mientras pegaba las palabras al papel.
A estas alturas me pregunto si algo de lo que vivió fue real para él o todo estuvo en su cabeza. No creo que entendiera nada de lo que estaba pasando ni qué fue lo que sus manos estuvieron escribiendo por tanto tiempo. Solo sé que, finalmente, murió..., pero se llevó a todos consigo.








