𝕰𝖑 𝖕𝖗𝖎𝖒𝖊𝖗 𝖊𝖓𝖈𝖚𝖊𝖓𝖙𝖗𝖔

El cielo nocturno sobre la Tierra parecía un mar de estrellas imperturbable, pero desde la distancia, Sunoo podía sentir la tensión en el aire. Había sido enviado por las fuerzas celestiales para observar y proteger a los humanos de las influencias demoníacas que acechaban en la oscuridad. Sin embargo, esa noche, algo era diferente. Algo perturbaba su sentido de paz.
Sunoo descendió a la Tierra en un halo de luz dorada, posándose en un pequeño parque desierto. Era un rincón escondido entre edificios altos, donde apenas llegaba el sonido del tráfico y la vida de la ciudad. Los árboles alrededor se mecían con una brisa suave, y una farola titilaba en la esquina, proyectando sombras alargadas y tenebrosas.
El ángel se quedó inmóvil un momento, percibiendo la tranquilidad del lugar. Sin embargo, no tardó en sentir una presencia desconocida. Su entrenamiento como guardián celestial le había enseñado a ser cauto, a estar alerta ante las energías malignas que se filtraban desde el Abismo. Y en ese instante, sintió una presencia que no podía ignorar.
Una sombra se deslizó desde los árboles cercanos. Al principio, parecía una mera ilusión, una figura oscura que se desvanecía entre las sombras del parque. Pero cuando la figura salió al claro, revelándose bajo la luz mortecina de la farola, Sunoo sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.
Era un chico, de cabello oscuro y ojos profundos, pero en él había algo que Sunoo no podía definir completamente. Su sonrisa era afilada, peligrosa, y sus movimientos tenían una gracia innatural, como si flotara más que caminara. A pesar de su apariencia juvenil, algo en él emanaba una energía antigua y oscura, como un pozo sin fondo de corrupción.
—No esperaba encontrar a un ángel tan cerca de los mortales —dijo el chico, su voz como un susurro seductor que parecía deslizarse por los rincones de la mente de Sunoo.
Sunoo, aunque sorprendido por el inesperado encuentro, no mostró ninguna señal de debilidad. Su expresión permaneció calmada, aunque sus ojos seguían cada movimiento de la figura con una mezcla de curiosidad y cautela.
—¿Quién eres? —preguntó el ángel, aunque la respuesta era casi obvia. Aquel chico no era humano.
—Jungwon —respondió el demonio, inclinando ligeramente la cabeza con una sonrisa juguetona—. Y tú... eres Sunoo, ¿verdad? El ángel guardián enviado a este rincón olvidado de la Tierra.
El hecho de que Jungwon supiera su nombre lo inquietó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sunoo no era un ángel cualquiera; había sido seleccionado especialmente para esta misión debido a su pureza y su dedicación a la causa celestial. Que un demonio como Jungwon conociera detalles sobre él significaba que estaba siendo observado... desde hacía mucho tiempo.
—No deberías estar aquí, demonio —replicó Sunoo, su tono firme pero controlado. El brillo suave de sus alas doradas, apenas visibles en la penumbra, se intensificó un poco como una advertencia—. Tu lugar está en el Abismo, no entre los mortales.
Jungwon rió suavemente, acercándose un poco más. Sus ojos oscuros brillaban con malicia, pero también con algo más, una curiosidad peligrosa.
—Oh, pero la Tierra es tan... entretenida. Los humanos, con sus deseos reprimidos y sus corazones llenos de sombras, son fascinantes. Y, por supuesto —hizo una pausa, sus ojos recorriendo la figura de Sunoo como si lo estuviera evaluando—, los ángeles son aún más intrigantes.
Sunoo sintió un leve calor subir por su cuello. Era la primera vez que un demonio se dirigía a él de esa manera, con una mezcla de fascinación y tentación. No podía permitirse distraerse, no frente a una criatura como Jungwon, que claramente sabía cómo manipular los deseos y debilidades ajenas.
—No soy como los humanos —respondió Sunoo, su voz más firme de lo que esperaba—. No puedes corromperme.
—¿Corromperte? —repitió Jungwon, ladeando la cabeza con un aire despreocupado—. Nunca dije que quisiera corromperte, Sunoo. Solo me pregunto... qué se siente ser tan perfecto, tan... intocable.
Con un movimiento rápido, Jungwon se acercó lo suficiente como para que Sunoo pudiera sentir el calor de su presencia. El ángel retrocedió instintivamente, pero Jungwon lo siguió, manteniendo la distancia entre ellos peligrosamente corta.
—¿Nunca has sentido curiosidad, ángel? —preguntó Jungwon en un tono bajo, su aliento casi rozando la piel de Sunoo—. ¿Nunca has querido saber qué se siente ceder, solo una vez, a los deseos que tanto te esfuerzas por reprimir?
Sunoo apretó los dientes. Sabía que Jungwon estaba jugando con él, buscando cualquier grieta en su voluntad para explotarla. Los demonios eran maestros de la seducción y el engaño, y aunque Sunoo se había entrenado para resistir tales tentaciones, nunca había enfrentado algo tan directo.
—Tu presencia aquí es una violación de las leyes celestiales —espetó Sunoo, intentando mantener su compostura—. Te lo advierto, Jungwon. No te acerques más.
Jungwon se detuvo, pero su sonrisa no desapareció. En lugar de retirarse, inclinó la cabeza hacia un lado, como si estuviera considerando las palabras de Sunoo.
—Lo que me resulta curioso, Sunoo, es que, aunque dices que no quieres que me acerque... no me has detenido. —Su voz se volvió un susurro, casi como si fuera un secreto entre ellos—. ¿No sientes al menos un poco de curiosidad? ¿Un poco de deseo?
Sunoo sintió que su corazón latía con fuerza. No era miedo lo que lo perturbaba, sino la confusión que empezaba a nublar su mente. ¿Por qué no se había movido? ¿Por qué no había invocado sus poderes para alejar al demonio de inmediato? Algo en Jungwon, en su cercanía, en la suavidad de su voz, le impedía actuar con la frialdad que había entrenado durante siglos.
—Nos volveremos a ver, Sunoo —dijo Jungwon, dando un paso atrás lentamente, pero sin apartar la mirada del ángel—. Y la próxima vez, quizás te sientas un poco más... tentado.
Antes de que Sunoo pudiera replicar, Jungwon se desvaneció en las sombras, como si nunca hubiera estado allí. El ángel se quedó solo en el parque, con el viento susurrando a su alrededor y las sombras danzando a su alrededor.
Sunoo apretó los puños, sintiendo la tensión aún presente en su cuerpo. Sabía que había estado cerca de algo peligroso, algo que podía poner en riesgo su misión... y su propia alma. Pero, a pesar de todo, una parte de él no podía negar la curiosidad que Jungwon había despertado en su interior.
Y eso lo aterrorizaba más que cualquier cosa.








