Al Norte De Mongolia by Zarustiekes at Inkitt
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Al norte de Mongolia

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Summary

En una era marcada por el desastre ocasionado por el Calentamiento Global, el nuevo mundo se ha divido en varias facciones rivales, que luchan por el control del planeta. En Nueva América, un agente caído en desgracia tiene la oportunidad de redimirse llevando a cabo una peligrosa misión en el Protectorado de Oriente para investigar una misteriosa explosión ocurrida en el Norte de Mongolia, allí se topa con algo inesperado que podría poner en peligro el futuro del mundo.

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UNO

TOMÁS WANG ENCENDIÓ UN CIGARRILLO y aspiró hondo, consciente de que esta simple acción le costaría al menos cinco años de trabajos forzados en algunos lugares del planeta. El aroma de la nicotina le inundaba el paladar con un sabor acre y pegajoso. Alzó la vista, deleitándose con las formas extrañas que producía el humo al ser acariciado por el brillo pálido del neón que zumbaba sobre su cabeza.

Se puso de pie y recorrió de nuevo la claustrofóbica habitación que había sido su hogar durante las últimas cuatro horas. Su mente trabajaba sin descanso, imaginando el motivo que había impulsado a los perros del Ministerio a arrastrarle hasta aquel lugar en medio de la noche.

Contempló las paredes de acero que se cerraban sobre él como un sarcófago gélido, tratando de discernir qué tipo de sensores estarían escaneando su mente ycuerpo en esos momentos. Se sentía desnudo y en franca desventaja, mientras una sensación incómoda comenzaba a agrietar sus nervios de acero. Pensó en los miembros de Triunvirato, creyendo que, tal vez, habría dejado escapar algún comentario mordaz acerca de alguno de ellos en el sitio equivocado. Nueva América era un lugar con oídos por todas partes y élmismo reconocía que no era una persona muy popular entre las altas esferas del gobierno, menos aún, después del último fiasco en la zona libre de la Federación del Norte. Al rememorar aquellos hechos, Wang advirtió que el frío que hacía en la habitación parecía empeorar aún más.

El eco de los pasos en el corredor disparó la adrenalina que bullía en sus venas; de un modo u otro, muy pronto conocería el motivo de su presencia en aquel lugar.

La puerta de metal se abrió con un silbido y advirtió un fuerte aroma a desinfectante, un olor penetrante que le recordó los pasillos de un hospital o de un laboratorio.

Las dos figuras que ingresaron a la habitación parecían haber salido de un sitio semejante. Vestían trajes baratos y tenían el mismo corte a ras que solían utilizar los gorilas del gobierno. Los finos labios de Wang se curvaron en algo parecido a una sonrisa, al tratar de imaginar a estos payasos intentando pasar desapercibidos en medio de una multitud. Sin embargo, esta expresión se borró de su rostro al recordar que estos individuos provocaban toda clase de emociones en el ciudadano corriente, y ninguna de ellas estaba relacionada con la diversión.

—Señor Wang —la voz resonó mecánica e impersonal en medio de las cuatro paredes; el rostro del hombre que había pronunciado estas palabras se contrajo en una mueca de estupefacción al percibir el aire viciado por el humo.

Por un fugaz instante, Tomás percibió la lucha interna del individuo por controlarse. Las facciones huesudas adquirieron una extraña calma, semejante a la paz que flota en el aire antes de una tormenta, mientras sus ojos brillaban airados en las cuencas hundidas, paseándose con recelo de un lado a otro de la habitación. El hombre soltó un largo suspiro y luego centró su atención en Wang, quien le contemplaba en silencio desde el otro lado de la mesa.

—¿Conoce usted la pena por contaminación? —ahora la voz tenía un tinte de ira contenida.

Wang se alzó de hombros y sonrió sin alegría.

—¿Por ese motivo me han arrastrado hasta este lugar en medio de la noche? —inquirió con cinismo.

—¿Dónde ha conseguido los cigarrillos? —esta vez, el tono del hombre de cara huesuda tenía un timbre más humano, casi amistoso.

Tomás movió la cabeza de un lado a otro, con lentitud, mientras se acariciaba el cuello adolorido. Desde el incidente en la zona libre, aquel molesto dolor solía aparecer en momentos de tensión.

Los ojos de hielo permanecieron impertérritos, esperando una respuesta.

—Haber pertenecido al Bureau de Asuntos Especiales tiene sus ventajas —respondió sin apartar la atención de aquel rostro de piedra—, le permite a uno codearse con gente muy interesante —por unos segundos tuvo la maravillosa idea de encender otro cigarrillo, pero imaginó que esto no leharía mucha gracia a su interlocutor.

El hombre de cara huesuda no respondió, se limitó a dibujar un gesto inquietanteque Wang no pudo descifrar.

—Tal vez se debería preocupar más de la manera cómo pude meter un producto ilegal al edificio más resguardado de la ciudad.

En esta ocasión, el semblante de aquel individuo recobró las cualidades que le hacían formar parte de la raza humana; con el ceño fruncido, se volvió hacia el gigante que esperaba parado a un lado de la puerta.

—Ese es un asunto que voy a tratar más tarde —murmuró en tono sibilino, fulminando a su compañero con la mirada.

Wang creyó percibir un gota de sudor rodando por el semblante cetrino del aquel gorila. Por lo visto, su interlocutor era más importante de lo que había pensado. No obstante, estaba acostumbrado a bailar con individuos de esa calaña y estaba seguro de que en esta ocasión no sería muy diferente.

El hombre se giró de nuevo, en su cara se podía ver una expresión de falsa afabilidad que no consiguió engañar a Tomás; cruzó los dedos enfrente de la mesa de metal, y por unos segundos que se hicieron eternos, el único sonido que se escuchó en la habitación fue el zumbido monocorde de las luces de neón.

—Tomás Wang de Souza —al decir estas palabras, una pantalla holográfica se materializó enfrente de ambos hombres; los caracteres azulados comenzaron a flotar en el aire, mientras los códigos binarios recorrían el espacio virtual a una velocidad inconcebible. De repente, las hileras interminables se condensaron y la imagen de un rostro conocido apareció frente a un sorprendido Wang.

Aquel severo semblante consiguió removerle las entrañas, una sensación que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

—Profesor Boris Wang, experto en física quántica, uno de los precursores del partido Purista.

Tomás apretó los labios, mientras el resumen de la vida de su padre recorría la pantalla virtual. Fechas, nombres y lugares, familiares y no tan familiares, vinieron a su mente en un torrente abrumador.

De pronto, la imagen cambio con brusquedad, dando paso al rostro sereno y hermoso de una mujer de edad mediana, con ojos almendrados, cabello negro y piel dorada.

Su madre.

—Susana de Souza, Licenciada en Ciencias Naturales, con doctorados en Geología y Vulcanología —el hombre de rostro huesudo hizo una ligera pausa, su timbrede voz se agudizó—, fallecida hace diez años en un atentado perpetrado por reaccionarios ambientalistas.

Tomás levantó la cabeza y pudo ver un atisbo de recelo en la cara de su interlocutor. Parecía que esperaba algún tipo de reacción ante la información impresa en la pantalla; quería encontrar un punto débil, una brecha en la voluntad del interrogado, para así poder penetrar en su interior y manipular la situación a su favor.

Wang apretó los puños bajo la mesa, el recuerdo de la muerte de su madre le había rasgado una herida que creía cerrada tiempo atrás. Ocultando la indignación que hervía en su pecho, trató de bloquear cualquier grieta que sus inquisidores pudiesen vislumbrar. Sabía como trabajaban estos bastardos y no iba a permitir que se salieran con la suya, aunque aún no tenía idea de que diablos querrían con él en primer lugar.

—Interesante —sonrió con sorna, desafiando al interrogador—, no tenia ni idea de que estas personas eran mis padres.

Si el hombre de cara huesuda estaba decepcionado, no lo demostró en ningún momento; su semblante se extendió en un rictus parecido a una sonrisa.

—Veo que tiene la fortuna de venir de una línea muy distinguida, señor Wang; es una pena que usted no esté a la altura de sus progenitores.

Tomás soltó un bufido sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Era consciente de que aquel individuo estaba tratando de sacarle de sus casillas de manera deliberada. Sonrió para sí mismo, se trataba de uno de lo trucos más viejos del libro, y no podía creer que estos payasos estuviesen tratándole como a un aficionado.

—Déjeme decirle una cosa amigo —exclamó con ironía—, si pretenden utilizar esos métodos anticuados conmigo, es mejor que ordene una buena comida y unas mantas, porque nos vamos a quedar aquí adentro por lo menos unas dos semanas.

En ese momento, Wang captó una leve vacilación en la mirada del interrogador. Un destello confuso detrás de las cuencas hundidas, que le confirmaba que su cinismo estaba sacando a aquel hombre de quicio. Ahora faltaba el toque final para cerrar su actuación con broche de oro.

Ante la atónita mirada de los dos funcionarios, Tomás Wang extrajo un cigarrillo del bolsillo de su chaqueta, lo golpeó con suavidad contra la mesa y lo colocó entre sus labios.

—Ahora… ¿por qué no dejamos atrás toda esta mierda y vamos al grano? —comentó con tranquilidad, mientras sacaba un encendedor plateado de la camisa.

El hombre de rostro huesudo estaba consternado, por su expresión cenicienta, parecía que nunca se había topado con un personaje tan singular como el que tenía enfrente. Estaba acostumbrado a intimidar con su sola presencia, pero esto no parecía funcionar con el señor Wang.

—¿Qué demonios cree usted que está haciendo? —consiguió modular con los labios apretados y el ceño fruncido.

Los ojos de Wang despidieron un destello burlón mientras la llama de encendedor avivaba el cigarrillo. Esperaba una reacción ante este desplante, yno tuvo que esperar durante mucho tiempo para que algo ocurriera.

Todo sobrevino tan rápido, que tuvo que rebobinar la imagen en su cerebro para comprender lo que había sucedido.

En una milésima de segundo, el gorila de la puerta se abalanzó sobre él con la intención de arrebatarle el cigarrillo de los labios.

A pesar de sus treinta y ocho años, Tomás era un hombre atlético, algo que demostró muy bien al saltar hacia un lado, en el momento justo en que el bruto pretendía cerrar las zarpas sobre su cuello.

Los ojos del gigante se abrieron como platos, al advertir que no tenia forma de escapar de la llave que le propinaba aquel individuo. Un leve quejido emanó de su boca al verse volando por los aires antes de estrellarse con violencia en contra de la mesa de metal.

El hombre de cara huesuda intentó sacar algo del interior de su chaqueta barata, pero el zumbido del arma electrónica que se materializó en manos de Wang, le hizo desistir de la idea. Tan sólo un estúpido tentaría su suerte frente a un cañón de munición explosiva de 7.5 milímetros.

El rostro del agente se tornó aún más cadavérico al percibir la mirada fría, casi inhumana, que emanaba de aquel rostro oriental. Se estremeció al descubrir que estaba parado enfrente de un profesional, un hombre que no dudaría en esparcir su cerebro por toda la habitación sin la menor vacilación.

—Muy despacio, por favor —le indicó Wang en tono monocorde, su rostro convertido en una pantalla inexpresiva.

El hombre de cara huesuda tragó en seco e introdujo la mano en el interior de su chaqueta; la forma abultada de una pistola electrónica apareció entre sus dedos.

—No podrá salir de aquí con vida —exclamó con un hilo de voz, mientras colocaba el arma sobre la mesa.

Wang dibujó una mueca que le heló la sangre en las venas.

—Estoy seguro que tú te irás primero en caso de que eso suceda.

El gorila que yacía en el piso recobró el conocimiento, para descubrir con horror que su arma se encontraba en manos del prisionero.

—Bienvenido a la fiesta —sonrió Tomás con acritud, al notar el desconcierto en el gigantón.

Las puertas se abrieron con un zumbido y Wang apuntó el arma hacia la figura que se perfilaba contra la luz del corredor.

—Muy impresionante Tomás, muy impresionante —aquella voz le puso la carne la gallina; una sensación gélida le bajó por la espina dorsal al rememorar la tensión y el sufrimiento que asociaba con aquel timbre grave y sonoro.

—No has perdido un ápice de tus habilidades en todos estos años —la voz pertenecía a un hombre de unos cincuenta y cinco años, con aspecto enérgico y mirada dura. Se acercó al grupo de consternados oficiales y palmeó el hombro del individuo de cara huesuda.

—Creo que han sido demasiadas emociones por un día —dijo el recién llegado con gesto de complicidad—, ya se pueden retirar.

Una mueca de estupefacción se apoderó del rostro del interrogador. Miró a Wang y luego volvió la vista hacia el hombre de expresión afable.

—Pero, señor —exclamó sorprendido—…este individuo ha violado el Código de Regeneración Ambiental y, además, se ha atrevido a atacar a dos funcionarios de la ley.

—He dicho que yo me haré cargo. —Esta vez, todo rastro de afabilidad desapareció del rostro de aquel individuo, revelando un brillo de piedra detrás de sus ojos azules; el hombre de cara huesuda comprendió que se había pasado de la raya y agachó la cabeza.

—Lo siento, señor —se disculpó. Miró al bruto que le acompañaba, indicándolecon un leve gesto que le siguiera fuera de la habitación.

El gigante se puso de pie, no sin antes contemplar al prisionero y a su superior con desconcierto. Esto era algo más allá de su comprensión.

—¡Oye, amigo! —la voz de Wang le sacó de su letargo. Se volvió, y éste le devolvió el arma con un guiño.

—Sin resentimientos —le dijo en tono burlón.

El gorila esbozó una mueca de agradecimiento y abandonó la habitación, sin entender aún qué diablos había sucedido allí adentro.

—Cada vez es más difícil conseguir personal competente —señaló el hombre tomando asiento en la mesa; percibió el recelo en el semblante de Wang y dibujó una sonrisa como la que se dedica a un viejo amigo que no se ha visto en mucho tiempo.

—¿Qué demonios está pasando aquí, Calderón? —la voz de Tomás se escuchaba pausada, aunque se advertía una tensión oculta detrás de sus palabras.

—Tan sólo una charla entre viejos amigos, eso es todo —contestó éste con un gesto amable.

Wang frunció el ceño y encendió otro cigarrillo ante la atenta mirada del recién llegado.

Calderón permaneció impasible, mientras la columna de humo ascendía hasta el techo y el olor de la nicotina invadía sus pulmones. Se sorprendió, después de tantos años, el aroma del tabaco aún le resultaba agradable.

—Podría enviarte a un campo de trabajo por infligir la ley de esta manera —comentó con sarcasmo.

El aludido se alzó de hombros, mientras expulsaba una larga bocanada en forma de aro de su boca.

—¿Y qué estás esperando? —replicó con altivez.

Calderón se removió con inquietud, en su expresión se dibujaba un leve malestar.

—Creo que hemos comenzado el día con el pie izquierdo, compañero —aseguró entrelazando los dedos sobre la mesa.

Wang soltó una leve carcajada.

—Creo que esa es la definición correcta —replicó, sacudiendo la cabeza—. Pero no comenzó hoy, sino hace tres años, justo después del debacle en la zona libre. — Al decir esto, sus orbes oscuros se endurecieron como vetas de carbón.

—Fallaste, Tomás. No hay más que decir —el semblante curtido se tornó en una máscara despiadada, que le recordó a Wang que estaba hablando con el Director del Bureau de Asuntos Especiales.

—¡Cómo puedes decir tal cosa! —replicó airado, no podía comprender el desparpajo de aquel individuo—. Fue un fallo de inteligencia, un error que se originó en el interior de esta maldita oficina —señaló con el dedo el rostro del Director y añadió—. Un disparate que causó la muerte de tres buenos hombres. —Al decir aquellas palabras, una sombra de dolor e impotencia cruzó su semblante; el recuerdo de sus compañeros caídos le desgarraba el corazón.

A esto siguió un tenso silencio que pareció durar eones.

—El Ministerio necesitaba un chivo expiatorio, muchacho —aseguró Calderón con tranquilidad—, todo aquello fue un verdadero fiasco, que nos hizo quedar muy mal frente al resto del mundo —las palabras del viejo no parecían hacer eco en Wang, quien continuaba fumando, con la mirada perdida en un rincón de la habitación—.Por desgracia, sobreviviste a la misión y eso te convirtió en la excusa perfecta.

Esta vez, Tomás si estaba prestando atención a los que estaba escuchando. Se volvió airado y traspasó al Director con las pupilas encendidas.

—Maldito bastardo —musitó con tono sibilante, semejante al sonido producido por un ofidio antes de saltar sobre una presa indefensa—. ¿Y me entregaste a esos perros, conociendo la verdad? —añadió, perdiendo el control.

»No sabes la vida de paria que he llevado desde aquel momento. He perdido a mi familia, a mis amigos, y casi todos mis derechos ciudadanos han sido limitados al mínimo. ¡Soy como un maldito leproso que todo mundo trata de evitar!

—Podría ser peor —repuso Calderón, sin mostrar ninguna emoción.

Con increíble agilidad, Wang saltó como un resorte hasta el otro lado de la mesa; su aliento acre asaltó las fosas nasales del Director.

Cualquier hombre se hubiese sentido intimidado por aquella mirada enloquecida, pero Alexander Calderón se limitó a esbozar un gesto descomplicado.

—Vamos muchacho, no seas tan melodramático —objetó con un leve suspiro. Luego, sus profundos ojos azules se centraron en el semblante acontecido de Wang. —Si no hubiese sido por mí, los malditos te hubieran enviado a un campo de concentración en Tierra de Fuego —la expresión de Tomás se fue suavizando a medida que su cabeza comenzaba a entender la dimensión de lo que acababa de oír.

—Eras uno de mis mejores efectivos, Wang —las palabras del Director tenían un tinte de sinceridad que nadie podía negar—. No iba a permitir que estos puristas del demonio te desaparecieran para borrar el rastro de su propia ineptitud—. Tuve que hacer algunas concesiones, pero al final los hijos de perra se tuvieron que contentar con hacerte la vida imposible. De todos modos, tú eras un chico duro y podrías soportarlo.

En ese momento, Tomás comprendió que la patética vida que llevaba hasta ahora, se la debía al hombre que había aborrecido con toda su alma durante los últimos tres años; sintió un temblor en el pecho al experimentar un profundo remordimiento. Después de todo, parecía que Calderón había movido todas sus influencias para salvarle de un destino oscuro y terrible.

—Entonces ¿qué diablos estoy haciendo aquí? —inquirió con recelo.

Calderón se puso de pie y caminó hacia él.

—Nunca he dejado de abogar por ti, Tomás —dijo posando una mano sobre el hombro del antiguo agente—, sabía que te iba a necesitar tarde o temprano —hizo una pausa y sus ojos resplandecieron de manera inquietante—.Y ese momento por fin ha llegado —exclamó con sequedad.

Wang frunció el ceño y su cara adquirió un tinte espectral.

— ¿Y si me niego? —las palabras retumbaron cómo una hoja afilada en el pecho de Director del Bureau de Asuntos Especiales.

Calderón se volvió hacia la pared, meditabundo. Entonces su tono de voz se convirtió en un sonido vago, casi imperceptible.

—En ese caso, ni mis influencias ni el noble recuerdo de tus padres, podrán salvarte del primer tren hacia Tierra de Fuego.

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