Silencios

Lentamente se deslizaban las gotas de lluvia por el vidrio de la ventana, despacio iban dejando su rastro y poco a poco desaparecían de la faz de la tierra, esfumándose.
El cielo estaba oscuro, amenazante y gris, el viento ondeaba las pocas hojas que seguían resistiendo el paso del invierno, y las nubes parecían tristes y acabadas.
Nada de eso parecían notar los dos cuerpos entre las sábanas de negro y sedoso color, ni sus movimientos acelerados; tampoco el vaivén de sus besos ni la ternura de sus caricias, tampoco sus gemidos contenidos debido a tanto placer, ni sus miradas cristalinas. En ese momento solo eran ellos amándose, sin importar el mañana, ni la noche siguiente, ni lo que podría suceder.
Y como cada atardecer, luego de terminar con sus ansias, Harry se levantaría y en silencio se vestiría para salir y volver a su vida, una ligeramente distinta.
Apenas un beso tímido y un frío “nos vemos después” era la despedida de siempre, mientras Louis se quedaba envuelto de soledad en la fría cama, pensando en si algún día llegará el momento de despertar abrazando a quien es, ha sido y será su gran amor, uno que no lo ve con los mismos ojos, uno que jamás le ha prometido un mañana, ni siquiera un tal vez.
Y cómo duele.
Esa noche duele más.
Porque hace cuatro meses fue la primera vez, porque preparó una pequeña celebración y porque como siempre, Harry no quiso saber nada, solo necesitaba que estuviera a su disposición para poder descargar en él la frustración de una vida de mentiras.
Y Louis sufría con cada desplante, con cada silencio, con cada interrupción y con cada mirada llena de enigmas y misterios que jamás podría descifrar.
Y aunque sentía a su pobre corazón romperse cada vez más, necesitaba esos momentos en que nublados por el deseo lograban conectarse y desconectarse de todo y todos. Porque en medio de las sábanas eran otros, eran una amalgama preciosa, perfecta y llena de colores... Que luego se transformaba en vacío, en dolor, en ausencia y en falta de oxígeno en los pulmones de Louis.
Porque sólo Louis sufría, porque sólo Louis anhelaba un juntos para siempre, porque sólo Louis entendía el significado de la palabra amor, y de la palabra tristeza al mismo tiempo.
Sólo Louis se doblaba de dolor al perder cada vez a Harry, porque sólo él se había grabado las palabra esperanza en su corazón y sólo él llevaba tatuado a Harry en su alma y también en su piel.
Como cada noche, solo Louis lloraría hasta dormirse abrazado a la almohada.
Como cada día, solo Louis se levantaría con las marcas del insomnio en sus ojos.
Como cada hora, solo Louis sería un chico enamorado sin amor.
Porque hiciera lo que fuera, porque aunque lo intentara mil veces antes, porque si incluso imaginara un mundo diferente, su destino era la soledad. La más cruel y desoladora, una que poco a poco iba terminando con su vida.
Recibía las migajas de lo que Harry quisiera darle, recibía un cuerpo sin alma, recibía una falsa atención, unas caricias que alimentaban su deseo pero no su esencia.
Y como siempre, Louis solo podía intentar seguir con su vida. Levantarse herido, caminar como un zombie y trabajar en la bonita cafetería a dos cuadras del metro y servir pedidos con una falsa sonrisa, pedidos cargados de amargura y melancolía, pedidos que tenían un dulce sabor y una triste historia.
Y así pasarían los días, las semanas y los meses, y toda su enferma locura desaparecería por un par de horas, cuando recibiera un pequeño mensaje en su teléfono, un mensaje que le hacía recuperar su vida, un mensaje que tenía el valor del universo encerrado en esas escuetas palabras tan superficiales.
Siete, siete eran las palabras que lograban cambiar su mundo, siete palabras frías, siete palabras que formaban esa oración incompleta, álgida y glacial.
“Te veo a la hora de siempre”
Eso era todo.
¿Cómo podía ser posible? ¿Cómo unas letras tenían tanto poder en su sangre, en sus neuronas... incluso en su propia sombra? Lo hacían, significaban el mundo completo para Louis, lo iluminaban, lo hacían ruidoso y rodeado de arcoiris.
Lo hacían feliz.
¿Feliz?
¿Lo ha sido alguna vez realmente?
No. La felicidad y Louis jamás caminaron juntos, lo de Louis fueron apenas destellos de buenos momentos, porque si no podía ser el dueño del corazón de Harry, nada tenía sentido, nada tenía valor, ni razón ni lógica.
Todo lo que hacía al volver a su pequeño departamento, era sentarse a mirar por la ventana, imaginando que ellos dos eran como alguna de esas parejas que caminaban tomadas de las manos. Él tomando la mano de Harry... Lo imaginaba y lograba sonreír, lograba sentir un pequeño calor en su garganta que se desvanecía al entender que no, que eso no pasaría, que un gesto como ese que podía parecer sencillo y fácil, era prohibido. Por lo menos para él. Jamás podría sentir esa emoción de tener sus dedos entrelazados con los de Harry, ni podría acariciar su mano mientras caminan conversando sobre qué cenaran o qué harán el fin de semana. No.
Le gustaba atormentarse y recordar cada uno de sus encuentros, amaba descubrir cómo Harry cambiaba una vez que comenzaban a besarse... A veces lograba tener una esperanza, porque no podía ser posible que alguien te besara de esa manera sin sentir algo profundo por ti, nadie te acariciaba así, nadie se volvía uno contigo de esa manera... Muchas veces pudo jurar que eso no solo era sexo, era amor.
Quizás, y solo quizás, tenía que ver con su falta de cariño en su vida; quizás era su pasado hablando lo que lo hacía aferrarse a Harry; quizás solo era una relación tóxica que debería terminar de una vez y para siempre. Inevitable era recordar su infancia, cuando fue abandonado por su madre, y quedó a cargo de un padre violento y de un tío abusador que hicieron su niñez oscura y triste hasta el hastío. Nadie merecía crecer en un ambiente así, buscando afecto y atención; nadie debería luchar por mantenerse con vida, ni hacer todo su esfuerzo por seguir adelante sin buscar alivio en la muerte.
Y por eso cuando conoció a Harry fue fácil caer. Ese chico de hermosos rizos le había sonreído, lo invitó a bailar en el bar del callejón oculto y le pidió su número. En apenas unos minutos Louis se había entregado a lo que Harry quisiera darle, porque era lo normal, ¿no? ¿Así no funcionaba? No estaba seguro, quizás debería haber prestado más atención a sus anteriores experiencias, donde siempre salió herido, pero había vuelto a intentarlo, una y otra vez.
Una vez llegó a pensar que realmente el problema era él. Tal vez simplemente el amor estaba prohibido, tal vez no merecía que lo quisieran, porque... Ni siquiera su madre lo pudo amar, seguramente estaba maldito.
Pero esa noche, cuando su mirada se cruzó con la de Harry y el lo escuchó hablar y contar su historia, simplemente lo abrazó y le dijo que todo estaría bien, él le creyó, porque no tendría sentido que le mintiera, ¿verdad?
Esa semana Louis estuvo menos triste. Amaba despertar y tener la ilusión de que Harry lo llamaría y todo seguiría igual de perfecto, pero pasaban los días y nada, ninguna noticia. Hasta que el viernes, seis días después, un pequeño mensaje.
“Quiero verte, ¿me das tu dirección?”
Y Louis por primera vez sintió vergüenza del lugar donde vivía. Una pequeña pieza que rentaba y que si bien estaba limpia y ordenada, no era el mejor lugar para recibir a alguien tan especial como Harry. Pero pese a eso, le dio la dirección y aunque nunca imaginó que el saludo sería un beso tan ardiente, solo se dejó llevar y terminaron en la cama rápidamente, sin timidez, sin demoras, sin miedos.
Y luego de esa primera vez, el dolor del silencio y de una fría despedida, que dejó a Louis llorando por horas. Sin embargo, la misma escena se repitió una y otra vez hasta completar cuatro meses y tal vez, solo tal vez, Louis empezaba a darse cuenta de lo poco sano que era seguir esperando por algo que podría no llegar. No podía culpar a Harry, porque nunca le prometió ni siquiera un tal vez. Pero sí podía empezar a responsabilizarse por no insistir en tener una conversación abierta y sincera, una que le aclare las cosas y le diga de frente que solo quiere sexo, aunque es obvio, necesita que se lo grite a la cara.
Se juraba que la próxima vez lo haría, que no haría caso cuando Harry le diga que lo necesita, que mejor hablen otro día, que tienen poco tiempo, y su corazón se apriete y solo, una vez más, le encuentre razón. Pero es que su cuerpo lo reclama, solo de verlo y escucharlo sus entrañas se aprietan, sus pulmones quedan sin aire y su corazón deja de latir y solo vuelven a la normalidad cuando lo desnuda y lo acaricia con todo su amor hasta hacerlo suyo una y otra vez.
Jamás, nunca, ni en este mundo ni en otro podría saber que Harry sufre incluso más que él, que su vida afuera de esas cuatro paredes es falsa, vacía y dolorosa.
Porque está obligado a callar, porque no puede ser libre y tiene que someterse a la voluntad de otros. ¿Y todo por qué? Por ser un maldito cobarde.
Debe aparentar algo que no es. Su familia no puede enterarse de que es gay, menos que lleva meses enamorado del chico más hermoso y perfecto del mundo, uno al que sabe que hiere cada vez y que ha intentado dejar muchas veces.
Su madre, esa que le decía que él era su orgullo, que esperaba nietos por montón y navidades junto a una preciosa nuera decente y con valores, era su gran piedra de tope. ¿Cómo podría desilusionarla de esa manera? No podía, sencillamente no podía. Lo mismo pasaba con su padre, con sus dos hermanos, con sus tíos y primos. La homosexualidad no se nombraba, era algo malo y sucio y su corazón ya no podía soportar más. Tendría que dejar todo, sus estudios, su familia y quedarse en la calle y no podía, tenía miedo. Los meses pasaban y aún no lograba salir de ese pozo horrible que era la incomprensión de quienes deberían amarte por lo que eres y no por las etiquetas.
Quizás sería más fácil si confiara todo su terror en Louis, si buscara en su chico de ojos azules la calma y la comprensión, pero no puede hacerlo. No quiere arrastrarlo, quiere que sea feliz, quiere que ame a alguien que no tenga vergüenza ni miedo, alguien que se atreva a luchar por él.
Pero tampoco lo deja ir, está obsesionado con sus besos, con su forma de amarlo, con la sensación de su piel que tiembla de deseo de solo saber que se verán y que podrá, por unos instantes, ser él mismo, sin caretas ni máscaras.
Los únicos momentos en que sonreía de verdad, era cuando recordaba esa noche hace cuatro meses, cuando sin querer entró a ese bar en ese callejón. No pudo evitar caer flechado en ese mismo instante, al ver la sonrisa tan luminosa de Louis ni su manera tan linda de mirarlo. Quiso morir cuando escuchó todo lo triste de su vida, cuando supo que era alguien que necesitaba mucho amor, y él, egoístamente, lo había reclamado. No pudo evitar quererlo para sí mismo, no era justo, eran como esas parejas de destinados, a los que nada ni nadie puede separar.
Tuvo en un momento el valor necesario para enfrentar a su familia, y no logró hacerlo porque a su padre le habían detectado un agresivo cáncer de páncreas y todos sus sueños se derrumbaron. De eso había pasado un mes, y cada vez dolía más. Pensó, tontamente, que en algún momento se acostumbraría a esa rutina de ser amante del amor de su vida, y que el tiempo se encargaría de mostrarle señales y caminos para alejarse de Louis. Y por el contrario, cada hora que pasaba le restregaba la falta del dueño de sus sueños.
La última vez que se vieron pudo sentir algo extraño, quizás era su imaginación, pero creyó ver un poco de tristeza en los ojos de Louis y cuando salió de esa pieza se juró no volver porque ya era demasiado y ahora sus manos le picaban por volver a enviar esos horribles mensajes, esas siete palabras que odiaba con su vida y que sin embargo, eran lo único que lo unía a su hermoso Louis.
Imaginaba cada noche cómo sería su vida si fuera libre, si pudieran caminar de la mano sin miedos, si Louis pudiera besarlo en cada semáforo y bajo cualquier árbol. Si pudieran despertar juntos, enredados, con sus pieles oliendo al otro, entregando todo de sí mismos y conversando sin parar de todo lo que hay en sus cabezas. Preparar el desayuno, discutir por tonteras y reconciliarse en medio de esas cuatro paredes que los han visto sufrir y también amarse con cada célula.
Entregarse a Louis era el acto más sublime, lo mejor de su vida, eso que lo ha hecho mantenerse con vida y con una ligera esperanza de que Dios lo hizo conocer a Louis por algo, porque quizás era la pieza que completaba su vida aunque perdiera todo lo demás.
Y sí, volvía una y otra vez a enviar el mensaje.
Y sí, volvía una y otra vez a actuar cobardemente.
Y sí, volvía una y otra vez a herirse y a herir a Louis.
Una semana después, un día sábado, antes de mandar el mensaje, ocurrió algo. El padre de Harry murió.
Y Harry sufrió como nunca antes, y solo podía llorar y odiarse por no pasar el tiempo suficiente con él. Se sentía culpable, un mal hijo, una mala persona, y al mismo tiempo entendió que la vida es algo que puede cambiar en cualquier momento y que no hay nada que puedas hacer para evitar ese momento. Que tampoco te llevas algo al otro mundo, si es que existe; que solo somos una parte insignificante y que lo mínimo que podemos hacer, es intentar ser felices.
En medio de todo su dolor, mientras todo era caos y confusión en su casa, corrió. Salió corriendo en medio de sus lágrimas, hasta llegar a la pieza de Louis. Golpeó con fuerza la puerta, y esperó.
Louis abrió sorprendido y no podía creer que era Harry quien lo buscaba en medio de un notable estado de desesperación.
—¿Qué pasó?
—Sólo abrázame...
Y eso hizo Louis. Lo hizo pasar, lo acostó en la cama, le quitó las zapatillas y luego lo acurrucó entre sus brazos.
—Mi papá acaba de morir...
—Lo siento... —No era mucho lo que Louis podía hacer, apenas sabía lo mínimo de la familia de Harry. —Perdóname por no saber qué más decir...
—Sólo necesito que no me dejes, no me sueltes...
—No lo haré, estoy contigo, llora todo lo que necesites, yo te espero.
Casi una hora estuvo Harry enterrado en el pecho de Louis, que en ningún momento dejó de acariciar su espalda. Pronto se durmió, y Louis se sentía como jamás imaginó. Harry lo había buscado para que lo consolara.
A él.
A Louis.
Harry lo buscó.
¿Por qué?
Intentaba no crear mundos fantásticos en su cabeza, pero era primera vez que estaban juntos de esa manera, tan íntima y vulnerable y era imposible no hacerlo. Era un regalo imaginar esa misma situación, con ellos desnudos, después de hacer el amor, conversando de sus sueños, besándose letárgicamente.
Cuando Harry despertó, estaba más tranquilo.
—Debo irme... —dijo despacio, casi sin mirar a Louis.
—Está bien.
—No lo está. Louis, tenemos que conversar.
—Estaré esperando que vengas, en el momento que sea.
Y Harry caminó hacia la puerta, pero se devolvió para besar suavemente la boca de Louis que quedó pasmado.
Harry lo besó. ¿Entienden eso?
Lo besó.
Fuera de la cama.
De inmediato el mundo se volvió hermoso, de inmediato su amor creció y de inmediato se ilusionó. Sus labios palpitaban con el mismo ritmo de su corazón y sonrió. Pero al mismo tiempo una nueva pena lo embargó. Su amor estaba sufriendo, su amor necesitaba contención y él no podía estar a su lado. ¿Podría algún día estarlo sin miedos? ¿Querría Harry que él fuera su apoyo en los malos momentos?
Solo le quedaba esperar, una vez más, a que Harry moviera las fichas y pudiera encontrar un tiempo para hablar y quizás decirse todo lo que tienen guardado.
Una semana más pasó, donde no hubo comunicación, y donde otra vez, Louis se sintió morir. Pero hubo algo diferente, había decidido buscar ayuda, porque independiente de lo que pasara con Harry, empezaba a sentir que no era sana su manera de amar, y aunque Harry no lo amara, Louis quería amarlo mejor, más bonito y más sanamente.
Encontró una simpática psicóloga con quien se sintió en confianza de inmediato y a quien en esa primera sesión le habló de su familia, de su pasado, de su dolor y de sus miedos.
Luego de ese primer acercamiento con su pasado, se quedó toda la tarde mirando por la ventana. Le gustaba ver a la gente caminar, al viento mecer las verdes hojas, descubrir detalles en el paisaje y llorar. Ese día lloró con cada fibra de su cuerpo, porque había recordado cosas que quería olvidar, porque su infancia le golpeaba duro una vez más.
Se quedó con la frente pegada al vidrio por varios, muchos minutos, sin darse cuenta de cómo pasaba el tiempo. Agradecía que su horario en la cafetería era muy flexible, porque ya era una persona de confianza y la mayoría del tiempo trabajaba en dobles turnos, incluso de lunes a domingo. No tenía problemas económicos, había ahorrado casi todos sus sueldos, ocupaba lo mínimo ya que en la misma cafetería podía comer.
Mientras Louis dejaba pasar el tiempo, Harry estaba más decidido cada vez a enfrentar a su familia, aunque fuera en un momento tan sensible como el que estaban atravesando. Se dio cuenta de que sus hermanos simplemente se fueron, les dio lo mismo su madre y su familia, ya tenían sus vidas echas fuera del hogar paterno. Su propia madre parecía demasiado tranquila, y eso le parecía muy extraño. Armándose de valor, se acercó a ella un jueves en la tarde.
—Mamá, ¿podemos hablar?
—Claro que sí hijo, dime.
—Soy gay.
No hubo necesidad de decir más, la cachetada que recibió fue tan fuerte que removió cada una de sus células, hiriendo su corazón y al mismo tiempo, quitándole un peso de encima.
—¡No digas estupideces! Ni siquiera puedo nombrar esa asquerosa palabra y más te vale que sea una broma Harry, si no quieres que te muela a palos, ¿me oyes?
—Soy gay, y lo he escondido mucho tiempo por miedo a esto, y ¿sabes qué? Ya no más, no quiero vivir mi vida como ustedes, siempre aparentando algo que no son. Ms hermanos, esos con los que te llenabas la boca de tanto orgullo, se largaron porque ya no soportaban tanta hipocresía. Mi padre murió solo, toda su gran familia desapareció y ni siquiera tú estás triste... Yo no quiero eso para mi vida mamá... Y si no lo puedes entender, aceptaré que debo irme de aquí y buscar mi propia familia en otro lugar...
—Pero, ¿es que no lo entiendes? No es natural, es una aberración, es... es repugnante, inmundo... —Su cara decía más que las palabras, terminando de hundir el corazón de Harry.
—Soy tu hijo y soy gay, —dijo llorando. —No soy asqueroso ni sucio, solo soy un chico enamorado, alguien que merece que le pasen cosas buenas... Pero entiendo, me voy...
—Saca todas tus mugres y olvídate de que seguiré pagando tu carrera. Desde ahora estás muerto para mí.
Harry caminó lentamente hasta llegar a su habitación. No esperaba otra reacción, pero no por eso no le quemaba el pecho. ¿A dónde iría? ¿Qué haría de su vida? ¿De su carrera de arquitectura donde apenas le faltaba un año para terminar?
Empezó a sentir terror y pánico, y entonces pensó en Louis y en cómo solo con su abrazo logró calmarlo. Era tiempo de hablar y de dejar atrás todos los secretos. Era tiempo de verdad.
Juntó todas sus cosas en dos maletas, incluso lo que no usaba, porque podía vender algunas cosas y generar un poco de dinero. Salió en silencio, y al pasar vio a su mamá tomar el té, sentada muy cómoda en el living de esa casa que nunca fue su hogar.
Caminó con rumbo al edificio donde estaba la pieza de Louis, y su pobre corazón no daba más de pena. No solo por todo lo recién sucedido con su madre, si no que por toda su historia con Louis, por haber priorizado a una familia que jamás lo hubiese aceptado, y por la que dañó al chico que amaba con sus silencios.
Pero ya no más, el tiempo llegó y solo esperaba que Louis tuviera ganas de escucharlo, de entenderlo y tal vez, de amarlo más allá de su cuerpo y del sexo que compartían.
Tenía mucho temor de cómo fueran a salir las cosas. Como sea, llevaban más de cuatro meses de “relación” en la que ninguno ni siquiera sabía si era exclusiva o si había más involucrados, donde no sabían si había amor por parte del otro, donde aún no podía saberse el daño que había causado la falta de comunicación. Y Harry no quería más, solo quería desmayarse por unas horas en el abrazo de Louis, sin complicaciones, pero no iba a hacerlo, Louis merecía mucho más y ya no podía seguir escapando.
Cuando tocó la puerta, estaba a punto de vomitar de tantos nervios y tantas emociones. Pero al mismo tiempo, estaba decidido, no tenía más opciones. Sin embargo, Louis no abrió la puerta. Volvió a tocar y nada cambió, quizás andaba comprando. Se sentó en el piso a esperar, de todas maneras no tenía mucho más qué hacer, no en sus condiciones.
El día pasó lentamente, tenía hambre, y había estado cabeceando por horas. Se había tenido que colocar una chaqueta y un gorro porque el frío apareció cruel. Cuando había decidido sacar más ropa para taparse y dormir en el piso, apareció Louis.
—¿Qué haces ahí? —Preguntó sorprendido, no solo de verlo, sino también de ver las maletas.
—Te estaba esperando.
—¿Por qué no me mandaste un mensaje?
—No sabía si estabas ocupado...
—Pasa, ¿quieres un té?
—Sí, por favor, —contestó con timidez porque el tono de Louis no era afectuoso como siempre. Por el contrario, parecía ligeramente frío.
—¿Cómo estás? —Se atrevió a preguntar Louis, mientras ponía el agua a calentar y preparaba dos tazas.
—Mal... Tengo muchas cosas para decirte, pero no quiero hacerlo así... Siento que estás tan lejos... y te necesito más cerca que nunca...
Y Louis sintió una mezcla de sensaciones, solo pudo sonreír tímidamente. —No sé a qué te refieres, tienes que decirme cómo puedo ayudarte.
Harry se levantó y se acercó hasta besarlo, con ganas, de manera distinta, con dolor, con confianza. Y después de eso, lo abrazó, se abrazaron, sintiendo como sus pechos juntos de mecían al mismo compás.
—¿Podemos ir a la cama? Y no, no es para lo que piensas, y te puede parecer extraño, pero me siento más tranquilo ahí...
—Prefiero que no, si hay que hablar tiene que ser lejos de mi cama...
—Oh... Entiendo.
A Louis le estaba costando la vida no tomar a Harry y simplemente dejarse llevar otra vez, pero su pobre corazón ya no podría soportar una despedida más.
—No sé qué es lo que tengas para decir, pero necesito decirte que me duele, me dueles... —Suspiró con tristeza. —Lo siento, te escucho...
—Me cuesta mucho empezar, porque, yo jamás te dejé tener esta conversación y me arrepiento tanto, no te imaginas cuánto. Tengo dudas, tengo certezas y siento que todo es un gran enredo...
—¿Tienes tiempo?
—Todo el tiempo del mundo...
—Dices que tienes dudas, también yo.
—¿Quieres contármelas?
—Sí, ¿hay alguien en tu vida? ¿Lo ha habido en este tiempo?
—Solo tú, puedo jurarlo. No he tocado ni con un dedo a alguien más... ¿Y tú?
—Nadie, has sido el único durante estos meses, —contestó sintiendo un gran alivio. —Dime por qué estás aquí, qué ha cambiado.
—Mi familia cree que la homosexualidad es lo peor del mundo. Jamás, ninguno de sus integrantes podía siquiera nombrar la palabra gay. Estuve aparentando que no lo era, hasta hoy, cuando se lo conté a mi mamá. Creo que aún tengo marcada su mano en mi mejilla del golpe que me dio... Tuve que irme de esa casa, ahora estoy en la calle, también dijo que no seguirá pagando mi carrera... Me quedé solo...
—Lo siento mucho, déjame verte...
Se acercó con cuidado, y se veía claramente la zona aún roja en la cara de Harry. Fue a buscar un gel frío y se lo fue poniendo con ligeros toques, hasta que la pequeña hinchazón bajó.
—Gracias, —dijo Harry, tímido aún.
—¿Estás nervioso?
—Sí, un poco.
—También yo... No es fácil de buenas a primeras estar así, no después de tantos silencios...
Y ese enemigo mortal parecía no querer irse. Ninguno sabía muy bien cómo seguir esa conversación, el miedo los tenía paralizados, tenían terror de que el otro no sintiera lo mismo.
—No tienes dónde quedarte, ¿verdad?
—No... Es decir, llamé a un amigo de la universidad pero no puede recibirme... Pensé en acomodarme por ahí...
—¿Por ahí? ¿Por ahí dónde, Harry? ¿Estás loco? ¿Y si te pasa algo?
—No tengo muchas opciones... —dijo sonriendo, y a Louis se le reinició la vida.
—Puedes quedarte aquí... si quieres... —ofreció temeroso.
Harry lo miró, sintiendo algo nuevo, algo que sonaba a seguridad en la voz de Louis. —No quiero molestarte...
—Te amo Harry, jamás me molestarías. —Palideció cuando se dio cuenta de lo que había dicho.
—¿Me amas? —Preguntó, Harry, con sus mejillas encendiéndose en fracción de segundos. —¿Tanto como yo a ti?
—¿De qué hablas? ¿Me amas también? ¿Por qué nunca lo dijiste?
—Te lo dije de mil maneras, nunca con palabras, —susurró mordiéndose el labio. —No podía, no quería que te sintieras presionado, porque creí que para ti siempre se trató de sexo...
—Yo pensé lo mismo... Por eso nunca insistí en hablarlo. Pensé que si no querías era porque no te interesaba, porque tenías otra vida lejos de esta habitación.
—La tenía, una de mentira, una que por fin puedo dejar atrás.
—Entonces quiero que entiendas algo. No te voy a dejar ir. Entraste aquí y ya no saldrás más, pero vamos a hacer las cosas bien y diferentes.
Harry sonrió, porque entendió el real sentido de esas palabras. —No voy a irme.
—Tenemos mucho que contarnos, mucho en lo que ponernos de acuerdo... Pero necesito hacer contigo algunas cosas que son muy importantes para mí y por las que no quiero esperar, —afirmó, completamente dispuesto a lanzarse al vacío.
—¿Cómo por ejemplo?
—Pedirte que vayas conmigo a caminar, y que me dejes tomar tu mano, y besarte bajo cada árbol y cada vez que quiera hacerlo.
La sonrisa de Harry era inmensa. No podía creer lo que había escuchado, ni tampoco cómo la mirada de Louis había cambiado tanto. Ahora era clara, segura, intensa, posesiva.
—Puedes hacer lo que quieras conmigo, porque estoy seguro de lo que sentimos, porque todos los momentos que hemos tenido juntos nos ayudarán a formar algo nuevo, porque...
No pudo terminar. Louis lo tenía firmemente agarrado por la cintura y había empezado a besar su cuello.
—No te detengas. Quiero que de ahora en adelante, jamás dejemos de decir lo que queramos y lo que necesitemos.
—No puedo... seguir...
Louis se detuvo, sonriendo.
—Porque desde hoy vamos a juntar nuevos momentos, porque nos merecemos ser felices, porque nos amamos... Y no voy a hacer lo que yo quiera contigo, voy a hacer lo que quieras que haga...
—Ya sabes lo que quiero...
Y los dos sonrieron.










Ay, espero que Harry lo sepa
Que hermosa historia!!!