"El ritual del Artesano"

Summary

Kenjaku está a punto de finalizar su ambicioso plan, y mi hermano, aquel que creía haber dejado en el pasado, está cerca de regresar. He fallado en cada intento, cada vida ha sido un fracaso... Pero mi hijo, Yuji, aún puede cambiar el curso del destino. Le dejaré mi última voluntad, porque él es nuestra última esperanza. ╼Jin Itadori

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Celestial x Celestial

Prologo:

Celestial x Celestial

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《Lo reconozco, lo acepto... no lograré ganar ni en esta ni en las siguientes vidas. 》

Jin caminaba lentamente, el eco de sus pasos resonando en el silencio. La desesperanza pesaba en sus hombros, hundiéndolo más con cada paso.

El sol se desvanecía entre sombras alargadas, cubriendo la casa donde una vez fue feliz. El frío viento le recordaba que no había escapatoria, la dura realidad que enfrentaba

“¿Cuántas veces más?” La rabia lo devoraba, una herida que nunca sanaba. Reencarnación tras reencarnación, fracaso tras fracaso.

«¿Cuántas veces más?» La pregunta lo perseguía, pero conocía la respuesta.

Desde antes de nacer, el ciclo de reencarnación lo había maldecido. Devorado por su propio hermano en el útero, su primera vida fue robada antes de tener siquiera la oportunidad de existir.

Desde entonces, cada intento de detenerlo había sido inútil.

-Intenté salvarlos en la era Heian, pero no pude... vi morir a miles, escuché sus gritos mientras Sukuna los masacraba sin compasión.

Fue humillado, aplastado por el poder devastador de Sukuna. Y así había sido en cada vida: siempre un paso detrás, siempre un fracaso.

-No importa cuántas veces vuelva, no puedo detenerlo.

“Esta es mi vida más débil... no me importaría tanto, si no fuera por Yuji. Mi único hijo.”

Los recuerdos del nacimiento de Yuji aparecieron brevemente en su mente, destellos de una felicidad que ya no tenía cabida en su corazón. Esos momentos desaparecían bajo el peso de las derrotas.

Yuji, en ese momento, solo era un niño de tres años, pequeño e inocente, ajeno al caos que lo rodeaba.

-No debería cargar con este destino- murmuró Jin.

Jin sabía que Yuji no merecía pagar el precio de sus errores.

«He fallado tantas veces, ¿por qué él debería soportar el peso de mi fracaso?»

Pero cada vez que lo miraba, sentía la misma culpa crecer.

«Kenjaku ha metido a mi hijo en esto... lo ha marcado desde su nacimiento. Y no puedo protegerlo.»

Esa impotencia lo desgarraba. Yuji ni siquiera era consciente de lo que le esperaba, y Jin ya se sentía como si hubiera fallado de nuevo.

El suelo parecía querer tragárselo, resistiendo sus pasos. Temblaba, no solo de cansancio, sino de la furia al recordar a su hermano.

-Yuji es fuerte... no solo por mí. Kenjaku le hizo esto. Puedo sentir la sombra de mi hermano en él- dijo con amargura.

«Sukuna.»

El nombre resonaba en su mente como un eco interminable. Su hermano. El mismo que lo había devorado antes de que tuviera una oportunidad de vivir.

Y ahora, en cada vida, Jin había intentado corregir ese error, detener a Sukuna de su cruel dominio. Pero había fallado. Siempre.

Y ahora, la sombra de su hermano se cernía sobre Yuji.

-Es irónico... el mismo poder que me destruyó está ahora dentro de mi hijo-. La idea lo torturaba.-¿Es esto lo que Kenjaku quería desde el principio? ¿Hacer de Yuji un recipiente de Sukuna para burlarse de mí?

-He intentado escapar, vencer, proteger... y todo ha sido en vano.

“¿Debería dejar que Yuji lo resuelva todo?” La pregunta lo desgarraba. En el fondo, Jin se sentía pequeño, insignificante ante la magnitud de lo que enfrentaba.

“No tengo la fuerza para detenerlo. Ni siquiera en esta vida... y tal vez nunca lo haga.”

La duda lo consumía. ¿Debería abandonar? ¿Debería rendirse y dejar que Yuji lo resolviera?

«¿Realmente puedo protegerlo?»

Jin temblaba, no solo de furia, sino de miedo. Miedo a fallar de nuevo. Miedo a condenar a su único hijo al mismo ciclo de sufrimiento.

Había recuperado sus memorias justo antes del nacimiento de Yuji.

-Kenjaku sabía que lo recordaba... y no hizo nada. ¿Por qué? ¿Curiosidad? ¿Compasión? No... algo más grotesco, tan típico de él.

Su marcha continuó, con cada paso sintiendo el peso de todas sus vidas anteriores. Yuji... Kaori... los recuerdos de amor y felicidad se volvían crueles, una ironía dolorosa.

-Mi hijo... el único que he tenido en todas mis vidas-. Esa verdad lo atormentaba.-No dejaré que Yuji pague por mis errores. No otra vez.

Se detuvo brevemente, mirando al horizonte con ojos cansados, casi vacíos. El peso del mundo lo abrumaba mientras cuestionaba su propio propósito.

Su mente giraba en torno a una única pregunta:¿Qué estaba dispuesto a entregar?

-Yuji no llevará este destino. No mientras yo siga en pie.

Mientras reflexionaba, su mente divagó hacia una posibilidad familiar: los votos vinculantes. En sus vidas pasadas, había hecho pactos que le imponían límites, le arrebataban algo a cambio de poder.

-Te permiten alcanzar algo más grande... siempre que estés dispuesto a sacrificar algo igual de valioso.

Pero, ¿Qué significaba realmente ese sacrificio? Recordó las decisiones que lo habían limitado, solo para hacerlo más fuerte. Un contrato consciente, siempre.

-Pero Yuji no debería ser la moneda de cambio. -La convicción retumbó en su interior.-No esta vez.

Su mirada se endureció al pensar:

«No quiero perder algo fuera de mí. El precio lo pagaría solo... solo yo.»

Entonces, otra posibilidad lo invadió: las restricciones celestiales

Esto era diferente. No era una elección. El destino decidía el precio. El poder te lo concedían, pero lo que perdías estaba fuera de tu control.

-Físico por energía maldita, o energía maldita por físico. -Las opciones eran tan limitadas como el poder que ofrecían. Un escalofrío lo recorrió. Sabía lo que aquellos contratos podían tomar.

-Pero, ¿y si no permito que lo decidan por mí? -La pregunta empezó a tomar forma. ¿Y si pudiera ser yo quien elija? ¿Y si, por una vez, no fuera el destino el que dictara el sacrificio ni la recompensa?

No Yuji. Esa certeza lo dominaba.

-Si pudiera darle todo sin que él pague el precio... -La idea crecía dentro de él. Esta vez, no sacrificaría la vida de otro, ni su energía maldita.

-Si pudiera sacar lo mejor de ambos mundos, sin que él cargue con ello.-No quería condenar a su hijo; lo quería salvar a toda costa, darle una oportunidad contra ellos.

No quería condenar a su hijo; lo quería salvar a toda costa, darle una oportunidad contra ellos.

Pero, en medio de toda la desesperanza, una pequeña chispa de esperanza titilaba débilmente.

-Yuji... hay algo en él. Desde que lo sostuve por primera vez en mis brazos, lo sentí. Aquel momento, cuando Yuji me apretó el dedo con tanta fuerza que casi me lo quebró, fue más que una simple anécdota.

Era una señal. Incluso entonces, en su frágil forma de recién nacido, ya mostraba una fortaleza que Jin nunca había conocido en ninguna de sus vidas.

-Hay una posibilidad, aunque pequeña, de que Yuji logré lo que yo jamás pude.

Esa idea, minúscula pero poderosa, lo mantenía en pie. Tal vez, por primera vez, el ciclo maldito podría romperse. Tal vez no era él quien estaba destinado a ganar...“pero Yuji... él podría tener una oportunidad.”

El pensamiento lo llevó a una idea más allá de los pactos que conocía.

Celestial por Celestial.

Si iba a sacrificar algo, cambiaría las reglas. Sería un intercambio único, algo que nadie más podría hacer.

Las restricciones celestiales estaban más allá del control humano, impuestas por las leyes del universo, y exigían sacrificios impredecibles. El cuerpo por la energía, o la energía por el cuerpo.

Y los votos vinculantes no tienen la suficiente potencia y tiene que haber un acuerdo entre ambas partes.

Pero esta vez, Jin no quería seguir las reglas impuestas por esas fuerzas externas. No dejaría que el destino decidiera por él.

-Si puedo crear mi propio pacto, controlar mi propio sacrificio, entonces Yuji no pagará el precio que el destino le ha impuesto.

Un pacto que trascienda los límites. Uno que Yuji no tendría que pagar. “Celestial por Celestial.” El nombre resonó en su mente. Una técnica, un trato, un sacrificio. Si se sacrificaba por Yuji, tal vez esta vez cambiaría el curso del destino. Kenjaku no decidiría, Yuji no pagaría el precio.

No importaba lo que costara, si era por Yuji, lo daría todo. Incluso si me arrancaba la última chispa de vida, el precio no sería demasiado alto.

“Por una vez, los demás no sufrirán por mis decisiones.”

-Seré yo. Y solo yo.

Mientras las últimas palabras resonaban en su mente, una sombra se cernía sobre el camino de Jin. Su determinación era palpable, una fuerza que lo empujaba hacia adelante, pero no sin consecuencias.



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Kenjaku observaba a Jin desde la ventana del edificio, esperando su llegada. Cada paso de Jin era lento, arrastrado por la pesada carga de una resolución dolorosa. Kenjaku, con los brazos cruzados, lo contemplaba sin mostrar interés inmediato, como si presenciara un evento rutinario.

“Se acerca... tan predecible,” pensó. “Es curioso cómo sigue este ciclo, una y otra vez, con la misma convicción. Trágico verlo caminar hacia un destino que no tiene posibilidad de cambiar.”

El viento frío cortaba el aire, trayendo consigo un susurro ominoso que parecía advertir a Kenjaku de la tormenta que se avecinaba. Las sombras del atardecer llenaban el ambiente con una sensación de fatalismo inminente.

Las ruinas causadas por las maldiciones que rodeaban el lugar eran ecos de una batalla ya perdida, igual que el destino de Jin. Los últimos rayos del sol apenas penetraban la bruma densa que ascendía del suelo, como si todo estuviera cubierto por un velo.

Mientras contemplaba a Jin, Kenjaku reflexionaba sobre la inevitabilidad de este encuentro. Había algo en la manera en que Jin avanzaba que evocaba recuerdos de días más felices, momentos compartidos cuando era Kaori.

“No debería haber nada en mí que me hiciera dudar, y sin embargo...”

La línea entre Kaori y él mismo se desdibujaba en esos momentos de debilidad, como si ambos coexistieran en un espacio emocional compartido. Era imposible ignorar las cicatrices emocionales que Kaori había dejado. Sin querer, la imagen de Yuji apareció fugazmente en su mente: Yuji durmiendo en su cuna, la risa de Jin llenando la casa mientras realizaba alguna reparación trivial. Esos recuerdos no eran solo de Kaori; ahora eran parte de él, un legado imborrable.

Aunque su misión siempre había sido clara, el peso de haber compartido una vida con Jin no era tan fácil de eliminar. Cada sonrisa y mirada entre Jin y Kaori se había convertido en su propia carga.

La tristeza en el rostro de Jin le recordaba esos días que ahora parecían lejanos, ecos insignificantes que, sin embargo, permanecían en las sombras de su conciencia.

-Kaori... ¿Quién fuiste realmente en mí? -murmuró Kenjaku, apenas audible, como si hablara consigo mismo.

Este dilema emocional lo asediaba. La conexión que había desarrollado con Jin y Yuji durante su vida como Kaori le generaba una extraña dualidad: su misión chocaba con el apego genuino que desarrollo hacia ellos.

Mientras Jin se acercaba, Kenjaku sintió un leve tirón en su interior, como si una parte olvidada intentara resistir. Kaori... su conciencia, o lo que quedaba de ella, susurraba desde las profundidades, como si quisiera proteger a Jin.

Pero Kenjaku la ignoró, ahogando cualquier atisbo de duda. Era otra batalla interna, silenciosa, que siempre terminaba con su victoria gracias a su técnica. Kaori, aunque insignificante ahora, seguía intentando pelear por un hombre que ya estaba condenado.

Sabía exactamente cómo manipular a Jin y Yuji.

Con Jin, era simple: permitirle creer que aún tenía una mínima chispa de esperanza, solo para extinguirla cruelmente en el último segundo.

Con Yuji, las emociones serían su arma más efectiva, usándolas para desestabilizarlo y guiarlo hacia su destino.

Kenjaku, habiendo vivido incontables vidas, entendía mejor que nadie el poder de las emociones humanas. Cada gesto, cada palabra, estaría calculado para maximizar su efecto devastador.

El tiempo no se detenía, y las fichas en el tablero de su ambición comenzaban a moverse. La consolidación del nuevo usuario de los Seis Ojos estaba cerca, y con él, la aparición de un hechicero capaz de controlar las maldiciones.

Este no sería su primer enfrentamiento con un usuario del Seis Ojos. Durante siglos, estos hechiceros habían sido una espina en su camino, frustrando sus planes una y otra vez.

Solo una vez había logrado matar a un portador del Infinito y los Seis Ojos, apenas unos días después de nacer. Ahora, su cuerpo inerte reposaba preservado en una ubicación oculta. Y, para colmo, había nacido otro hechicero pocas horas después. Aquel niño, ocultado de su vista por Tengen, le había detenido de nuevo.

“Hablando de Tengen-chan... Todo se alineaba para que este se uniera con un nuevo recipiente de plasma estelar.” Cada movimiento que Kenjaku había hecho hasta ahora lo acercaba a su objetivo final. Pero más allá de Tengen y los juegos de sacrificio, existía una curiosidad más oscura en él. ¿Cómo sería la criatura definitiva?

Había reunido los ingredientes, perfeccionado los detalles, pero su curiosidad lo empujaba hacia el siguiente paso: la asimilación de toda la humanidad. Ese sería el momento en que superaría las limitaciones de cualquier hechicero o maldición conocida.

Yuji... su creación más compleja. Aunque fuera el resultado de manipulaciones genéticas y malditas, no dejaba de ser una especie de legado. Kenjaku se preguntaba si, de alguna manera, Kaori habría sentido algo de orgullo por él.

No importaba. Para Kenjaku, Yuji no era más que un eslabón en la cadena de su gran obra, una pieza fundamental que aún debía ser moldeada hasta alcanzar su máximo potencial.

La traición que se avecinaba sería especialmente dolorosa para Jin, quien había experimentado el amor de Kaori y ahora cuestionaría la autenticidad de esos momentos.

Kenjaku sabía que, al destruir esa vida que habían construido, rompía algo frágil y precioso. “Es una ironía trágica, pensó, “mi misión siempre ha sido prioritaria, pero estos lazos humanos son más difíciles de ignorar de lo que imaginé.”

Dentro de su mente, Kaori aún parecía resistirse, su esencia revolviéndose en momentos clave como este. Aunque no lo admitiría, había un conflicto silencioso entre ambos, una guerra sutil librada en las profundidades de su ser. Cada recuerdo de Kaori erosionaba un poco más su determinación, haciéndolo dudar de su control absoluto sobre el cuerpo que compartían.

Kenjaku se enderezó, dejando de lado la nostalgia. Su mirada se volvió fría y calculadora. Una sonrisa se dibujó en su rostro, revelando un destello de anticipación en sus ojos.

“Jin está a punto de dar un paso más hacia la desesperación. Mientras más se aferre a sus ilusiones, más cerca estará de su propio final.”

El aire se volvió pesado con la anticipación, como si el mundo mismo retuviera el aliento. La bruma se espesaba, creando una atmósfera opresiva que absorbía cualquier rayo de esperanza que aún pudiera existir.

Mientras Jin subía al segundo piso, Kenjaku decidió que era el momento perfecto para hacer su jugada. Se apartó de la ventana y se dirigió hacia la puerta, una sonrisa maliciosa en su rostro. Con pasos firmes, avanzó hacia el encuentro que no cambiaría nada. El aire temblaba con la anticipación de lo que estaba por venir, y una risa suave y siniestra escapó de sus labios.



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Jin se encontraba de pie frente a Kenjaku, su apariencia reflejando un profundo dolor que resonaba con la sombra de Kaori. Cada palabra de su enemigo evocaba recuerdos pasados, recordándole momentos que había intentado enterrar.

Un nudo se formó en su garganta, un peso que parecía más grande que cualquier adversidad que hubiera enfrentado.

-Dejamos a Yuji con su abuelo esta noche... Kaori quería tener un momento para nosotros... Me dijiste que era importante, que habíamos trabajado demasiado-.Las palabras salieron en un murmullo, casi un susurro, como si temiera que el aire las rompiera.

Ese recuerdo, tan simple y banal, se clavó en su corazón, donde las pequeñas cosas que construyeron juntos ahora parecían vacías.

Esperaba una chispa de humanidad en Kenjaku, una señal de que algo de Kaori seguía allí, oculto en la fría determinación de aquel ser.

-¿De verdad crees que esos momentos significaban algo? -Kenjaku habló con un tono frío y burlón-. Un niño con su abuelo... Nada más.

La imagen de su hijo, inocente y despreocupado, se deslizó por su mente, arrastrando consigo un torrente de nostalgia.

-Recuerdo cuando Yuji se cayó por las escaleras y te asustaste tanto que corriste por toda la casa en busca del botiquín. Ridículo. Kaori te decía que exagerabas... ¿Verdad?

Una punzada de dolor recorrió a Jin. “Ese día... Kaori reía. Pero, ¿era ella? ¿O todo era una farsa desde el principio?” La angustia se acumulaba en su pecho.

-¡Para! -gritó Jin, la desesperación evidente en su voz-. No puedes usar esos recuerdos como si fueran herramientas. ¿Nada de lo que compartimos fue real? ¿Ni siquiera Yuji?

Una pausa se hizo en el aire, como si las palabras de Kenjaku flotaran, esperando a que Jin encontrara su respuesta.

Jin sintió que su corazón latía con fuerza, como un tambor descontrolado en su pecho, y una opresión en el estómago que amenazaba con asfixiarlo.

Kenjaku, con la apariencia de Kaori, observaba su rostro desgastado. En lugar de detenerse, profundizó aún más en las heridas del pasado.

-Todo lo que hicimos juntos... los desayunos en silencio, las noches en que te quedabas dormido en el sofá mientras Yuji jugaba en el suelo... nada de eso importó. Kaori era solo un cascarón. Y Yuji... él es solo otra herramienta en mi plan.

La angustia se apoderó de Jin. “¿Y si todo fue mentira? Pero Yuji... él no puede ser una mentira.” A pesar de la crueldad de las palabras de Kenjaku, se aferró a la única verdad que le quedaba: Yuji.

-No me importa lo que digas. -La determinación renovada brillaba en su voz-. Yuji no es una herramienta. Kaori puede haber sido una ilusión, pero mi hijo... él es lo único que queda. Y haré lo que sea necesario para que tenga una oportunidad de sobrevivir. Incluso si eso significa sacrificarme.

Kenjaku lo observaba mientras este se preparaba para repetir un gesto desesperado pero familiar: su su!cid!0.

Por un instante, algo en el rostro de Kenjaku se suavizó, una sombra de Kaori asomándose brevemente.

“Siempre tan terco. Pensar que este hombre está dispuesto a sacrificarse de nuevo... por momentos insignificantes... por un niño. ¿De verdad esos recuerdos importan tanto?” La idea lo incomodaba, pero la desechó rápidamente, sintiendo una punzada extraña que no podía permitirle aflorar.

-Todo formaba parte de un ciclo, Jin. Has fracasado en tantas vidas... ¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente?- Kenjaku sonrió, un gesto frío y burlón que contradijo cualquier atisbo de compasión.

-Quizás, no lo sé. Pero cada vida que he vivido ha sido un intento de proteger a Yuji. No te dejaré usarlo para tus planes.

Jin sintió cómo la rabia burbujeaba en su interior. Sin pensarlo, lanzó un golpe hacia Kenjaku, su frustración transformándose en una ráfaga de movimiento.

Kenjaku, sin esfuerzo, utilizó la técnica maldita de Kaori, intensificando la atracción gravitacional a su alrededor. El aire a su alrededor se volvió denso, como si estuviera atrapado en un imán. Jin sintió cómo su cuerpo se veía obligado a detenerse, el golpe que había pensado tan firme se desvaneció en el aire.

-¿Así que esto es todo lo que tienes? -Kenjaku se burló, su voz helada. Jin, sintiendo la humillación crecer en su interior, trató de recuperar el equilibrio, pero Kenjaku, con un movimiento ágil, lo desvió con una mano, mostrando su superioridad y el abismo entre ellos.

El dolor y la impotencia se mezclaban en su pecho, como una tormenta que no podía controlar.

El aire en la sala se volvió denso, como si el silencio exigiera una respuesta. Kenjaku podía ver la determinación en los ojos de Jin, un fuego que no se extinguía fácilmente. “¿Cómo puede haber tanto dolor en este hombre, y aún así estar tan decidido a luchar? Es fascinante... y frustrante.”

Jin cerró los ojos, sintiendo el peso de su decisión acumulándose en su pecho. “Yuji... mi hijo. ¿Sería suficiente sacrificarme por él? ¿Podría realmente cambiar algo?” En ese instante, el miedo lo consumía. Sabía lo que debía hacer, pero el silencio entre ellos se volvía cada vez más pesado.

El silencio pesa como una losa entre ambos.

El único sonido era el leve susurro del viento a través de las ventanas rotas, y el eco distante de sus propias respiraciones, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento.

Antes de que Jin hiciera su movimiento final, sus ojos desgastados y quebrados se fijaron una vez más en el rostro de Kenjaku, buscando desesperadamente algún rastro de la mujer que amó.

-Kaori... ¿alguna vez fuiste real? -su voz era un eco roto, desgarrador.

No hay respuesta, solo un eco vacío.

“Esto no es solo por mí. Es por Yuji. Siempre será por él, ”pensó mientras se lanzaba hacia su destino.



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Los pasos de Kenjaku resuenan suavemente por el pasillo destruido. Un eco helado que contrasta con el calor de la batalla reciente. No se detiene ni mira atrás. Jin está tirado en el suelo, su cuerpo, una sombra de lo que solía ser, aún vivo, pero agonizante, demasiado débil para seguir luchando, sin esperanza de curarse.

-Dejarte así... es más interesante. Sabes que no puedes curarte. No tienes la técnica inversa, ni un milagro que te salve. Solo queda esperar. ¿Así es como terminan tus sacrificios?

Las palabras de Kenjaku flotan en el aire, llenas de una tonada burlesca, resonando en el vacío que ha dejado la lucha. Kenjaku sigue caminando, su paso calmado pero firme, mientras la puerta se cierra detrás de él con un eco sordo.

“Tu vida, tu sacrificio... todo reducido a un simple movimiento en mi tablero. Solo una pieza más que cae. Yuji es lo único que importa ahora.”

Mientras se aleja, una leve brisa atraviesa el pasillo, levantando un poco de polvo que se asienta en el aire como un recuerdo olvidado. La atmósfera se siente densa, impregnada de la derrota y la desolación. Kenjaku frunce el ceño, sintiendo una punzada de nostalgia que rápidamente sepulta bajo su frialdad habitual.

“¿Es realmente todo esto lo que queda de ti, Jin? Un padre desesperado, aferrándose a ilusiones... Nos volveremos a ver”

Una idea inquietante surca su mente. “Quizás mi alma se ha fundido con la de Kaori. ¿Es este apego una consecuencia de esa fusión? ¿Un eco de sus recuerdos que se entrelazan con los míos?”

Kenjaku sacude la cabeza, desechando la idea. “No. Todo esto es irrelevante. La historia de Jin terminó, en pocos días volverá a reencarnar y lo que queda es solo un paso más hacia mis propios objetivos.”



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El silencio se cierne sobre el lugar, un eco de la batalla reciente. Jin, tendido en el suelo, siente cómo sus recuerdos se entrelazan con el dolor y la determinación. En su mente, la imagen de Yuji brilla como una luz en la oscuridad, su única razón para aferrarse a la vida.

Con el cuerpo roto y sangrante, Jin se arrastra lentamente a través de las ruinas. Cada respiración es un dolor agudo, pero sigue avanzando. Finalmente, llega a un edificio abandonado donde su hijo de tres años yace dormido, protegido por la energía maldita que lo mantiene en un sueño profundo. El aire está denso y frío, como si el ambiente estuviera anticipando lo que está por venir.

-Yuji... -susurra, su voz temblando entre el agotamiento y la esperanza.

A su alrededor, las sombras parecen alargarse, y la quietud del lugar intensifica su soledad. Jin observa el cuerpo pequeño de su hijo, y sus pensamientos viajan rápidamente a través de los recuerdos de su vida.

«¿Cuántas veces fallé? ¿Cuántas veces me aferré a la esperanza de un futuro diferente, solo para verlo desvanecerse?»

El aire en la habitación parece espesarse mientras Jin comienza a recitar unas oraciones para ejecutar el ritual. La temperatura desciende, y la energía comienza a condensarse a su alrededor. Cada palabra que pronuncia parece resonar en la quietud, como un tambor en la distancia.

“La energía maldita puede usarse en su forma pura,” reflexiona Jin, “pero cuando un hechicero la canaliza a través de su técnica innata, se ve restringida por sus propias reglas.”

“Aunque pueden controlar la energía en su estado más básico, su verdadero potencial está condicionado por la técnica que utilizan, como agua fluyendo por un canal preestablecido. Nadie ha logrado romper con esa limitación.”

Se inclina sobre Yuji, contemplando su pequeño cuerpo dormido.

-No podrás vencer a Sukuna usando nuestra técnica maldita. Él ya la ha perfeccionado. La técnica es solo una herramienta; es su experiencia y astucia en batalla lo que lo hacen letal.

Un sentimiento de pesar lo inunda. “¿Qué puedo hacer para que Yuji no esté en desventaja? ¿Y si existiera algo diferente?”

La idea comienza a tomar forma en su mente: una energía maldita adaptable, que no se incline hacia una técnica predeterminada. Una energía que permanezca pura y flexible, lista para ser moldeada según su voluntad. “Tal vez eso... podría ser lo que necesitas.”

-El relicario maldito jamás te ayudará contra Sukuna. Jamás podrías vencerlo en su propio terreno... Pero hay otro camino.

El peso de la decisión lo golpea con fuerza. “¿Estoy haciendo lo correcto? Estoy apostando todo lo que soy en ti, Yuji... ¿Serás capaz de cargar con este destino? ¿O te estoy condenando a un sufrimiento peor?”

Jin coloca su mano en el pecho de Yuji. En ese instante, una corriente de fuego azul envuelve su brazo, extendiéndose hacia el cuerpo de su hijo. La energía maldita parece combustionar, iluminando la habitación con un resplandor sobrenatural.

El sacrificio de Jin se hace tangible, transformando su dolor en esperanza. La técnica maldita neutra brilla con un nuevo potencial, desafiando el destino que parecía inevitable. El futuro de su hijo, el legado de una lucha que apenas ha comenzado, resplandece con un ritual completamente único, capaz de cambiar el curso de la batalla.

Mientras la energía maldita se fusiona con Yuji, el fuego azul envuelve a su hijo, transformándolo desde adentro. Las llamas no solo fortalecen su cuerpo, sino que parecen alterar su esencia misma. Jin observa en silencio, sintiendo cómo cada célula de Yuji absorbe la energía, moldeando su destino.

El calor del fuego azul se siente a la vez reconfortante y devastador. Jin observa cómo su propia energía es absorbida y moldeada, reforzando la estructura física y espiritual de su hijo. Con cada instante que pasa, el rostro de Jin se torna más pálido, sus músculos se contraen a un ritmo lento pero constante. Las canas comienzan a brotar en el cabello de su rostro, símbolo del sacrificio que está haciendo, mientras su esencia se disuelve en el proceso, eliminando las barreras que normalmente limitan una técnica maldita.

La Libertad Celestial comienza a manifestarse, una energía pura y libre que desafía las normas de la hechicería. Jin, a través de este último acto, busca darle a Yuji una oportunidad real. No se trata solo de poder, sino de la capacidad de moldear su propio destino.

Con las últimas ráfagas de energía que le quedan, Jin levanta a Yuji con esfuerzo, llevándolo hacia el hogar de su padre. Con movimientos delicados, lo coloca suavemente sobre el sillón, asegurándose de que esté a salvo.

-He hecho todo lo que podía... Este es mi último regalo, Yuji... Estoy entregando todo lo que soy. Mi cuerpo, mi energía... mi alma. No lo comprenderás ahora, pero cuando te enfrentes al abismo, sabrás lo que he dejado dentro de ti -declara Jin, su voz temblando con la carga de su decisión.

Un torrente de pensamientos inunda la mente de Jin: “Ya no volveré... mi alma como ya no volverá, he renunciado a la posibilidad de reencarnar. Mi esencia desaparecerá para siempre. Ahora, Yuji... tendrás que cargar con este peso y enfrentarte a mi hermano, a Kenjaku... y a todas las maldiciones que nos han perseguido por tantas vidas.”

Con un último esfuerzo, pronuncia su despedida, el eco de sus palabras resonando en la habitación vacía:

-Sé fuerte, Yuji. Porque un día... todo lo que he hecho... lo entenderás.

Justo antes de que su cuerpo, ya casi sin energía, se disuelva por completo, un último pensamiento se desliza en su mente, un eco del pasado que parecía olvidado:

«Después de todo... los bebés recuerdan.»

A medida que su cuerpo se desintegra, convirtiéndose en polvo etéreo que se esparce en el viento, el fuego azul se desvanece lentamente, dejando la habitación en un silencio sepulcral. Yuji, aún dormido, permanece ajeno al sacrificio de su padre, su futuro ahora marcado por la herencia de una lucha que apenas ha comenzado.


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JAJA hasta aca termino

Espero que le haya gustado el primer capitulo

y de paso mi primer fanfic

(Primero que logro pasar mi filtro de “no eh terminado el primer capitulo que paja”)

¿que opinan?

Did I Cook?

eh cocinado bien o eh quemado la cocina xd?

¡4800 palabras!

Díganme mis errores que soy nuevo en esto lol

Un beso grandísimo a los culiaos que llegaron hasta aquí.

Si quieren que siga haciendo este fanfic ya saben denme una estrellita ¿o era “Votar” como en wattpad? estoy escribiendo esto de recorrido, no da para que abra otra ventana para fijarme eso.

Correccion:


Los quiero mucho, hasta la proxima.

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Ah y después del prologo viene la “introducción”, todo al revés viste xd.