Fushiguro está enamorado

Summary

Fushiguro está enamorado, y todos a su alrededor, a excepción de Itadori y él mismo, se han dado cuenta...

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. Todo comenzó con un destello


Fushiguro nunca ha sido del tipo de chicos que tiene a su alrededor a un grupo que lo sigue como perros falderos mientras comparten risas y vivencias de su fin de semana; tampoco de los que cuentan sólo con un par de amigos, con los que hacen todas las actividades juntos; ni mucho menos de los que se rodean de chicas, encantadas con su personalidad y apariencia.

Él ha sido, más bien, alguien callado, reservado y seco. Incluso rozando el significado de ‘sombrío’, tan poco amigable y serio, que cada vez han sido menos los compañeros y compañeras que se han atrevido a hablarle.

Y está bien. No es cómo si lo necesitara.


Siempre ha estado solo, o por lo menos, desde lo poco que puede recordar de su infancia. Y aunque su hermana mayor ha estado con él la gran mayoría de veces; desde que entró a la pubertad, no pudo continuar manteniendo la conexión que tenían cuando ambos eran niños.

Ahora, él tiene quince años y ella diecisiete, y se torna mucho más complicado reparar la relación que solían tener.


Tsumiki es distinta, muy diferente a cómo es él. Ella es una luz destellante, que ha alumbrado su camino y le ha permitido no desviarse hacia algún otro que se torne peligroso.

No puede recordar el rostro de su madre, pero siempre ha creído que debió ser tan hermoso como lo es el de su hermana. Y de su padre, prefiere no hablar, sobre todo cuando Tsumiki repite y repite que él es una copia joven de lo que fue el hombre.

Quizás si lo hubiera conocido y hubiera formado un concepto -bueno o malo, no importa en realidad- del tipo, podría aceptar tal comparación; sin embargo, todo lo que conoce es que los abandonó cuando más lo necesitaban, cuando apenas eran unos niños y en especial, cuando dejó que toda la carga recayera en su pequeña hermana.

Se sonroja al imaginar que fue ella quien le enseñó a ir al baño, que fue ella quien le ayudó a atar sus cordones cuando se desesperaba al no poder hacerlo y también, cuando fue quien lo bañó hasta que cumplió los doce años.


Por suerte, ambos dejaron de ser niños. Y Tsumiki, a pesar de que ha continuado con su papel de cabeza del hogar, ha empezado a distanciarse, y, a decir verdad, extraña tenerla encima todo el tiempo; molestándolo con cualquier chica que se le acercara, diciéndole que debía comer más para dejar de ser un flacucho y repitiendo que no debería sentirse tan avergonzado con ella, pues ya ha visto todo lo que hay por ver.

Niega, y sus mejillas vuelven a arder. Por vergüenza, incomodidad y culpa. Pues, aunque ella ya ha aprendido a madurar con el paso de los años, él -por su parte- sólo ha traído problemas a su hogar; metiéndose en peleas a cada momento, y faltando a clases cada vez que no tiene ganas de estar sentado en el mismo sitio por ocho horas.


No puede dejar de preguntarse el ‘¿qué hubiera pasado si…?’ todo el tiempo. Quizás, si su madre no hubiera muerto y su padre no hubiera desaparecido, podría ser un poco más normal como el resto de chicos, y Tsumiki no tendría que cargar con lo duro de ser joven y mujer, y encima con un hermanastro problemático.

Y más aún ‘¿qué hubiera pasado si Tsumiki también se hubiera ido?’. Tal vez, se habrían vuelto a ver algún día, pero, ¿serían hermanos?, ¿ella habría considerado acercársele o hablarle si quiera? A fin de cuentas, su hermanastra parece ser la única mujer con la que se lleva bien, o con la que tiene o tuvo algún tipo de contacto cercano.

Sí…, hubieron algunas otras que trataron de hacerlo; acercársele y hablarle, tocarlo y mirarlo, e incluso declararle su amor, pero siempre rehuyó a ello.

No es que no le gustaran las mujeres, sólo… quizás es algo extraño. La primera vez que alguien le preguntó sobre eso, fue en tercer grado y la única que vino a su mente fue ella… Tsumiki.


Está mal.

Debe ser porque no tiene alguien más a su alrededor que llame su atención o que robe su interés, o que le hable al menos.

En cambio, ella siempre-


Mierda. Retrocede rápidamente cuando alguien corre en dirección contraria, cruzando su camino y casi haciéndolo tropezar.

Es rápido, demasiado para que pueda distinguirlo, y aunque lo intenta, sólo observa un destello dorado que lo ciega.


-


“¿Eres nuevo?”

“¿De dónde vienes?”

“¿Te pintas el cabello?”

“Me gusta el color.”


Mientras ingresa al salón de clases, se escuchan murmullos y la mayoría está rodeando una carpeta.

Vuelve su mirada hacia el frente y camina hacia el último asiento de la tercera columna. Saca el mismo cuaderno de su mochila junto al lapicero azul, y los deja sobre su carpeta. No hay algo escrito en él, ya que el bolígrafo ni siquiera tiene tinta, pero sirve para fingir que toma apuntes frente a los profesores.


“Buenos días, alumnos.” El profesor anciano hace presencia en el salón, y el tumulto comienza a dispersarse. “Hoy tenemos a un nuevo estudiante.” Sin embargo, dos tipos continúan bloqueando su visión. “Espero que lo reciban con una actitud respetuosa y amigable, ya que ha tenido que transferirse a mitad de año.”


Cuando -por fin- todos se van, puede verlo, de espaldas y con ondeados mechones de cabello rosa cayendo sobre la parta baja y recortada de otra parte de cabello de color castaño. Raro.


“¿Por qué no te pones de pie y te presentas?” Si lo conociera, probablemente habría sentido lástima por el chico, pero, a decir verdad, no le importa en lo más mínimo. “Vamos, no seas tímido.”

“C-claro.” Se pone de pie y puede ver su nerviosismo en la manera en la que frota sus manos detrás de su espalda. “Mi nombre- mi nombre es Itadori Yuuji, espero que podamos ser amigos.” Sus manos caen abiertas sobre su escritorio y gira lentamente su rostro hacia los costados.

Mierda. Una vez más, sus ojos duelen debido al destello dorado que lo ciega. ¿Acaso necesita lentes?

“Muy bien, comencemos con la clase.”


-


Por fortuna, puede disociar lo necesario para no aburrirse ni dejar de entender lo que el docente explica.

“No habrá tarea por el día de hoy. Cuídense y hasta la próxima clase.”

Toma todos sus útiles y los echa sobre su mochila. No tendrá alguna otra materia durante el día, así que podrá pasar toda la tarde en su habitación, leyendo algún nuevo libro que su hermana le haya comprado.

Se coloca los audífonos sobre la cabeza y sale del lugar. Si se apresura, puede conseguir ir en el tren de las 2:00 p.m., que transita usualmente vacío, de lo contrario, deberá ir caminando, ya que no soporta los lugares cerrados llenos de gente.


Cruza el portón del colegio y continúa, aumentando la velocidad de sus pasos cada vez. El día está soleado y realmente no quiere ir caminando, pero un toque sobre su hombro y luego, un pequeño grito agudo lo detienen.

Se retira los audífonos y voltea.

“Hola.” Es una chica que no recuerda haber visto antes. “Olvidaste esto sobre tu carpeta.” Su rostro se mantiene apuntando hacia abajo, pero su brazo se estira y sus dedos se abren, revelando su bolígrafo azul.

“Gracias.” Responde seco. Si ella le ha devuelto algo que dejó en el salón, deben estar en la misma clase, y ahora mismo, le apena no poder recordarla. “Eh…”

“Hana, soy Hana.”

“Claro.” Asiente incómodo, e intenta sonreír. “Gracias de nuevo, debo irme.”

“S-sí, está bien, cuídate.”


Guarda el objeto en el bolsillo de su pantalón, pero antes de que pueda siquiera dar un paso, otro suave toque sobre su hombro vuelve a detenerlo.

“¿Y ahora qué-” Mierda. Si continúa así, definitivamente quedará ciego.

“Hola, ¿eres Fushiguro Megumi?”

Cabello rosa. “Sí.”

“Que suerte, creí que ya te habías ido.” ¿Es él? ¿el chico que casi lo deja ciego tres veces? ¿acaso- “Soy Itadori Yuuji, acabo de transferirme a este colegio, y el profesor me dijo que podía pedirte a ti que me ayudaras con los apuntes de las clases pasadas. ¿Crees que podrías ayudarme? Por favor.” Sus ojos realmente son brillantes y tan grandes como unos faroles, incluso su piel es de un color dorado resplandeciente, y su cabello rosado, tiene los destellos suficientes para cegarlo nuevamente. “¿Fushiguro?”

“¿Eh?”

“¿Podrías prestarme tus apuntes? Prometo que te recompensaré luego.”

¿Apuntes? Pero, ¿cuáles? “Eh, sí, es sólo que…” No tiene apuntes, sólo un cuaderno vacío y una memoria fotográfica. “Dejé mis apuntes en mi casa, tal vez prefieras pedirle a otro o –”

“Está bien, puedo acompañarte.” Por alguna razón, la pequeña sonrisa se ensancha y lo distrae. “Claro, si tú quieres.”

“Es que…”

“Por favor.” Pero su expresión cambia, y su sonrisa se borra, transformándose en un puchero, oculto bajo un par de manos juntas en una reverencia. “El profesor dijo que eras el mejor de la clase, y necesito sacar buenas notas o moriré.”

Y aunque sea bueno para evadir personas sin siquiera tener que inventar excusas, ahora no puede hacerlo. “Sí…, de acuerdo.”

“¡Gracias!” En un abrir y cerrar de ojos, la expresión triste vuelve a cambiar drásticamente y se torna radiante. Y las manos dejan de estar juntas para tomar las suyas y sostenerlas. “Me salvaste.”


-


Y así comenzó en realidad.

Con un destello dorado, que por poco lo deja ciego, y al cual aprendió a acostumbrarse.

Un destello que, junto a la luz, empezó a darle algo de sentido y motivo a su vida.