Pasiones a páginas cerradas

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Summary

En el tranquilo y pintoresco Valle Esmeralda, Melisa, una librera apasionada por los libros y el café, ha encontrado estabilidad en su vida. Dueña de "Palabras y Café", su rutina se ve alterada cuando Agustín, un joven estudiante de ingeniería, entra en su vida y desata una conexión inesperada. A medida que ambos se adentran en una relación donde el deseo y la complicidad florecen, Melisa se enfrenta a sus propios miedos e inseguridades, mientras las interacciones con sus amigos, Franco y Selene, aportan una dosis de humor, apoyo y revelaciones inesperadas. Pero con el paso del tiempo, Melisa y Agustín descubrirán que, a veces, la vida nos empuja a decisiones difíciles y caminos inciertos.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

En el pintoresco vecindario de Valle Esmeralda, donde las hojas crujen a los pies en otoño y el aroma de viejos libros flota en el aire, se encontraba aquel lugar especial y único donde se congregaban algunos de los lugareños. Aquel lugar no era otro que “Palabras y Café”, una encantadora librería y café. El sitio era una total innovación para los habitantes de Valle Esmeralda, quienes apenas se acostumbraban a la tecnología y no podían creer que existiera un lugar donde pudieran leer y pedir un café al mismo tiempo. Melisa, su propietaria, era una mujer de unos treinta años con una pasión ardiente por los libros y una sonrisa acogedora. Tenía un título universitario en educación, pero terminó decantándose por sus deseos más puros: los libros y un buen café. Ella, con su personalidad única y su sonrisa afable, había construido aquel lugar con mucho esfuerzo, convirtiéndolo en el refugio de muchos amantes de la literatura.

Aquella tarde de septiembre, Franco, el mejor amigo de Melisa, había quedado en ayudarla en Palabras y Café, ya que el sitio estaba abarrotado y su ayudante era un jovencito inexperto recién contratado.

“No seas dura con el pobre”, le decía Franco a Melisa con un puchero en la boca, luego de que su mesero hiciera uso de su increíble torpeza para deshacerse del último par de tazas que para Franco debían ser fósiles en un museo.

“Eran las que me regalaste cuando abrí el local”, agitó Melisa su cabeza de lado a lado con frustración, haciendo que su melena rubia bailara al son de su indignación.

“Ya, no me culpes, tenía pésimo gusto el siglo pasado”, bromeó Franco mientras le guiñaba un ojo y le palmeaba la espalda, cruzando el pasillo para llevar dos mocca. “Prometo elegir unas más dignas de Palabras y Café“. Luego de servir las tazas, se giró hacia Melisa y con el puño derecho cerrado se dio dos toques en el pecho como señal de promesa sellada. En ese instante, Melisa sonrió ampliamente.

Al finalizar la tarde, Melisa sonreía tras la caja, observando cómo Franco coqueteaba con el pequeño Rafael, su mesero. Negaba con la cabeza suavemente; su mejor amigo no tenía arreglo alguno, ni ella.

“No me juzgues, tiene un buen culo”, comentó, peinando su cabello oscuro en dirección hacia ella.

“¿Por qué otra cosa lo contrataría?“, respondió Melisa, jocosa y totalmente cómplice de su mejor amigo.

Franco alzó las cejas. “Pensé que había sido por su increíble experiencia al servir mesas”. Entonces ambos explotaron en carcajadas mientras entre palabras y un café discutían su lectura semanal. Leían el gran Gatsby.

“Por Dios, tú serías Daisy. Necesitas a alguien que se obsesione contigo como lo hizo Gatsby”.

“¿No crees que es un poco enfermizo?”

“¿De qué hablas? Mientras tenga dinero y esté bueno, creo que podría sufrir en una mansión”, dijo Franco, haciendo un gesto de tristeza mientras se limpiaba una lágrima ficticia con un dólar.

Esto era lo que Melisa adoraba de Franco: aquella manera enigmática de dar giros inesperados y hacerlo todo divertido. Franco adoraba verla reír. Y con aquella conclusión en la que evidentemente ambos tenían una sola cosa en común, el deseo ardiente por un hombre que les diera romance y sexo, Franco se despidió.

“Me largo, tengo una cita”, añadió, mirando su reloj.

“¿Con quién? Creí que no habías superado al que coleccionaba sacapuntas”.

“Precisamente, necesito sustituir esa horrible imagen de mi cabeza. Además, es más como una entrevista de trabajo”.

“No, Franco, ¡no! Dime que no es…”

“Adiós, arregla ese maldito estante, me da un tic en el ojo solo verlo”.

“Y allá se fue”, musitó totalmente rendida ante la situación. No sabía cómo ni en qué momento Franco había arreglado una cita con Rafael. Como siempre decía: totalmente irremediable. Pero Franco tenía razón. Maldito estante.

Melisa era muy cuidadosa con todas las cosas del local. Franco le había inculcado mucho de su obsesión por los detalles y aquellos libros estaban totalmente desordenados. Empezaba a oscurecer; la puerta tenía el letrero de cerrado y no había clientes. Así que cuando terminó de arreglar la repisa y estaba dispuesta a irse a su pequeño departamento, aquel sonido que en ese momento le pareció horroroso la interrumpió y destruyó sus deseos.

“¡Está cerrado!“, quiso protestar, pero al girar reconoció ese rostro. Era un chico más joven; siempre pasaba por allí, tomaba un café con sus amigos y algunas veces lo escuchaba hablar de sus estudios. Siempre le tentó mucho aquella cara de niño bueno, como si su meta personal fuera corromperlo. Ella también era totalmente irremediable.

“Lo siento, lo siento. No me había percatado de que estaba cerrado”, parecía dubitativo, como si le costara decidirse, pero al final cerró la puerta y volvió a hablar. “Pero podrías ayudarme, necesito encontrar este libro o la semana que viene me irá pésimo en la universidad”, su tono de voz también denotaba lo jovial que era. ¿Cuántos años tendría? ¿Unos veinte? Melisa se mordió el labio inferior, observó su reloj que casi apuntaba a las ocho.

“Oh, Dios, dame el nombre”, añadió mientras iba en camino al ordenador.

“Sistemas operativos modernos, es de cuarto año de ingeniería, seguro otros lo habrán pedido”, dijo él. Pero a Melisa no le hacía gracia; le estaba robando minutos de su preciado tiempo libre. El joven que antes le daba curiosidad la estaba llenando de ira.

“Sí, sí, lo tengo”, observó la ubicación del libro. Tomó un banquito porque ella ya era suficientemente alta, más alta que el promedio de mujeres, y estaba segura de que llegaría al maldito libro. Pero cuando se alzó el banquito, dudó un poco, tambaleándose y haciéndola perder el equilibrio. El joven sin nombre se movió con gracia y quiso atajarla, pero no fue como Melisa lo habría soñado definitivamente, y tampoco como el futuro ingeniero lo habría imaginado. Melisa cayó fuertemente encima del más joven, y para la suerte de éste, aunque sí logró amortiguar el golpe de la rubia, la pierna de ésta se fundió en su entrepierna.

Melisa observó el momento en silencio, y como un cristal que se rompe en un silencio incómodo, el chico dejó escapar un pequeño jadeo de dolor.

“Mis, mis…” alcanzó a decir mientras intentaba señalar su entrepierna, pero a Melisa le costó entenderlo; cuando lo logró, el chico estaba pálido y se acunaba en el piso.

“Dios mío, lo siento mucho, lo siento mucho”. Alcanzó a decir la rubia.

Ahora no solo le había robado unos minutos a Melisa, media hora después el joven estaba encerrado en el baño con una bolsa de hielo y sin pagar el libro.

“O sea que a la primera lo dejaste sin bolas, eres tremenda Daisy”.

Luego de textearle a Franco esperando apoyo, éste había decidido hacerle una broma. No podía sentirse mejor.

“En serio, ¿Por qué dura tanto en el baño?”

“Quizá se desmayó, pero ofrece ayuda manual, verás cómo no solo se despierta él”.

“¿Cómo es que eres mi mejor amigo? ¿Lo hice de forma consciente?”

“Diría que muy consciente. Rafael es un buen chico, ¿me dejas hacerle un examen oral?”

“Basta, no salgas con mis meseros”.

“Lamento la tardanza”, dijo Melisa cuando alzó la mirada y lo observó realmente por primera vez. Se notaba vulnerable, los ojos estaban cristalizados y se notaba aquel café claro en ellos.

“No te preocupes, lamento haberte… bueno bueno, no importa, te regalo el libro. Ve con cuidado”, Melisa fue acarreándolo hasta la salida y le cerró la puerta en la cara, rechazando el cosquilleo en su estómago. No estaba dispuesta a poner sus ojos en un jovencito que no respetaba el sagrado letrero de cerrado o al menos era su mejor excusa. Melisa no era Daisy, era Melisa. No quería un Gatsby, pero quería un hombre guapo, alto, mayor que ella, que la mirara, le brillaran los ojos y la buscara con desesperación (tal vez si buscaba a un Jay Gatsby) y sabía que tenía que huir de todos los antónimos de lo que deseaba para poder conseguirlo, y un estudiante de ingeniería no sería la excepción.

El estudiante anónimo se quedó mirándola con extrañeza detrás del cristal, donde alzó la mano despidiéndose, y articulando un simple “gracias” antes de desaparecer.