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THE SUNSET PLAINS

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Summary

Este primer volumen no solo introduce un entorno vibrante y lleno de desafíos, sino que también sumerge a los lectores en una narrativa rica en emociones, alianzas y conflictos. La Alianza del Desierto sienta las bases para una odisea épica, donde la valentía, la lealtad y la redención se entrelazan en un relato inolvidable. ¿Podrá Luke mantener unido a su grupo mientras las fuerzas del pasado amenazan con desatar el caos? Prepárate para un viaje lleno de acción, intriga y descubrimiento en las llanuras donde la esperanza lucha por florecer. ¡Acompáñanos en esta aventura y descubre lo que se esconde en The Sunset Plains!

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Sombra

El sol arde sobre las llanuras desérticas. Al alrededor, las dunas parecen interminables, y cada paso que se da se siente más pesado que el anterior. El calor es sofocante, y el agua en la cantimplora está a punto de agotarse. Un pequeño grupo de supervivientes avanza a duras penas: cinco personas en total, cada una con su propia historia de tragedia y pérdida, unidas por un objetivo en común: llegar a La Ciudad de las Sombras, donde, según los rumores, aún existe algo parecido a la civilización.

El mundo se ha venido abajo hace ya años. Las ciudades, antes bulliciosas, son ahora ruinas habitadas por bandidos y tribus hostiles. No queda ley más que la del más fuerte. Luke es el líder de este grupo, un individuo decidido y con la fuerza de voluntad para seguir adelante pese a todo.

El camino hasta ahora ha sido duro, pero lo peor parece estar por venir. Frente a Luke, el desierto se extiende en todas direcciones, sin signos de vida más que algunos buitres volando en el cielo. A lo lejos, una tormenta de arena amenaza con tragarse todo a su paso.

El grupo se detiene para discutir qué hacer. Mara, la experta en orientación, mira a Luke con el ceño fruncido.

—No podemos continuar mucho más sin agua —dice ella mientras revisa el mapa gastado que lleva consigo—. Hay una fuente a dos días de aquí hacia el este, pero está en territorio de los Forajidos del Filo, esos tipos no perdonan.

Por otro lado, Mack, el más fuerte del grupo y un veterano con la pistola, sugiere otra opción.

—Podemos intentar buscar refugio hacia el norte. He oído que hay una vieja base militar abandonada. Tal vez aún quede algo útil allí, armas, suministros. Pero nadie sabe si aún existe, y está más lejos —comenta con tono serio—. Nos arriesgamos a quedarnos sin agua antes de llegar.

El grupo te mira, esperando tu decisión. El tiempo corre y cada minuto que pasas pensando acerca más la tormenta de arena.

El calor es implacable, y el viento arrastra pequeñas partículas de arena que se meten en los ojos de Luke. Su sombrero, desgastado y cubierto de polvo, lo protege apenas del sol, pero el sudor corre por su frente. Lleva la mano a la cantimplora y siente la poca agua que queda, casi vacía. Mara camina a su lado, con el mapa en una mano, mientras Mack y los demás avanzan unos pasos atrás.

A lo lejos, como un espejismo, aparece una estructura solitaria: una choza de madera. El tiempo la ha dejado maltrecha, con las ventanas rotas y las tablas torcidas por el viento y la arena. Parece abandonada, pero Luke sabe que las apariencias en estas tierras son engañosas. Cualquier refugio podría ser una trampa.

—Mira, Luke —dice Mara, señalando con la cabeza—. Parece una cabaña vieja. No se ve movimiento.

Luke se detiene, observando el lugar a través de los ojos entrecerrados. Algo no le cuadra, aunque no podría decir exactamente qué es. La tormenta de arena se aproxima desde el oeste, un monstruo furioso que devorará todo a su paso en cuestión de horas, si no minutos.

Mack, siempre en silencio, se adelanta unos pasos. La mirada dura del veterano de guerra examina cada rincón de la choza. Su rifle descansa sobre el hombro, pero su dedo está cerca del gatillo. Luke sabe que, si hay problemas, Mack será el primero en reaccionar.

—Podría ser una emboscada —dice Mack en su tono seco y firme—. He visto antes estas trampas. Choza vacía, forajidos esperando en la sombra.

Luke asiente, sin quitar los ojos del lugar.

—O podría ser nuestro único refugio antes de que esa tormenta nos alcance —responde, la voz ronca por el polvo. El viento trae consigo la amenaza de la tormenta cada vez más cerca, levantando una nube de arena en el horizonte.

Sara, la cazadora del grupo, acaricia su rifle con manos expertas. Sus ojos, siempre alerta, recorren el terreno.

—Podemos rodear la cabaña, asegurarnos de que esté vacía —sugiere ella, aunque no hay confianza en su voz—. Pero si perdemos tiempo, la tormenta nos tragará.

Luke lo sabe. Cada decisión es un riesgo. El grupo no puede permitirse un error, no con la tormenta y la amenaza de los forajidos siempre presentes. Tommy, el chico más joven, lo mira con nerviosismo, esperando su decisión. La responsabilidad recae sobre él, como siempre. Liderar es cargar con el destino de los demás.

El aire se espesa, lleno de polvo y tensión.

—¿Qué hacemos, Luke? —pregunta Mara, su voz baja pero urgente.

Luke mira una vez más hacia la choza. No hay movimiento, ni siquiera un sonido, aparte del silbido del viento. Es ahora o nunca.

Luke aprieta los labios y toma una decisión.

—Vamos a acercarnos con cautela —dice en voz baja—. Si es una emboscada, estaremos listos, pero no podemos darnos el lujo de ignorar un posible refugio.

El grupo asiente en silencio. Mara guarda el mapa y saca su revólver, asegurándose de que esté cargado. Mack, sin decir una palabra, avanza en posición, el rifle preparado. Sara, con la mirada fija en la choza, sigue a Luke, lista para cubrir cualquier flanco. Tommy, aunque nervioso, se mantiene cerca de la retaguardia, con la mano temblorosa sobre la empuñadura de su cuchillo.

Luke lidera el avance, sus pasos cautelosos sobre la arena blanda. Se mueve de forma instintiva, buscando cobertura tras las dunas que ofrecen algo de protección visual. A medida que se acercan, el lugar parece aún más desolado: las paredes de la choza están hinchadas por la humedad y el viento, las ventanas rotas, y la puerta entreabierta, cruje suavemente con el movimiento del aire.

—No me gusta esto —murmura Mack, sus ojos recorriendo los alrededores—. Está demasiado quieto.

Luke también lo siente. Un silencio casi antinatural rodea la choza, y aunque el viento sopla fuerte, parece que todo está contenido, a la espera.

Cuando están a unos metros de la entrada, Luke se detiene. Alza la mano para que el grupo se detenga, y escucha. Nada. Solo el susurro del viento y el leve crujir de la madera.

—Sara, revisa la retaguardia —dice Luke, con voz firme pero baja—. Mack, cubre el frente.

Los dos obedecen rápidamente, mientras Mara y Tommy se quedan cerca de Luke. Con un movimiento rápido, Luke saca su revólver y avanza hacia la puerta. Apoya la espalda en la pared exterior, su respiración lenta y controlada. Mack se coloca del otro lado de la puerta, con su rifle apuntando hacia el interior.

—Voy a echar un vistazo —dice Mack, y con un rápido movimiento de la cabeza, empuja la puerta con la culata del rifle.

La puerta se abre con un chirrido penetrante, revelando el oscuro interior de la choza. Al principio, todo parece vacío. Polvo en el aire, viejos muebles cubiertos por telas deshechas, una pequeña chimenea en ruinas y algunas botellas vacías sobre una mesa desvencijada. No hay señales de vida, ni forajidos, ni trampas evidentes.

Luke entra primero, con Mack detrás de él. Sus pasos crujen sobre el suelo de madera podrida mientras avanzan lentamente por el lugar. Mara y Tommy se quedan en la entrada, nerviosos.

—Parece abandonado —dice Mack, aunque su tono sigue siendo precavido.

Luke examina las paredes, buscando alguna señal de peligro. No hay más que polvo y abandono. Se acerca a la mesa y examina las botellas vacías; una de ellas tiene algo de líquido en su interior, pero no parece agua. Sin embargo, algo en la esquina de la habitación llama su atención: un baúl cerrado.

—Mira esto —dice Luke, llamando a los demás.

El grupo se reúne alrededor del baúl. Es antiguo, de madera y hierro, y está cerrado con un candado simple. Nada fuera de lo común, pero en estos tiempos, cualquier cosa cerrada podría significar algo valioso... o algo peligroso.

—¿Lo abrimos? —pregunta Sara, volviendo a entrar en la choza, mientras echa un vistazo rápido alrededor.

Luke se agacha frente al baúl, considerando sus opciones. Romper el candado podría ser fácil, pero ¿qué podría haber dentro?

—Hagámoslo rápido —dice Mack—. No quiero quedarme aquí más tiempo del necesario.

Luke toma una decisión. Le entrega su revólver a Tommy y saca su cuchillo. Con un golpe fuerte y preciso, corta el candado. El sonido resuena por la pequeña choza, y por un momento, todos aguantan la respiración.

El baúl se abre lentamente, revelando su contenido: mantas viejas, algunos utensilios y... una caja de municiones. No es mucho, pero las municiones podrían ser útiles. Aún así, no parece que haya más que eso, ninguna trampa oculta.

Luke suspira aliviado.

—Parece que esta vez no pasó nada—dice, tomando la caja de municiones—. Nos quedaremos aquí hasta que pase la tormenta, pero estaremos atentos.

El grupo se relaja un poco, aunque el peligro nunca está completamente lejos en las llanuras.

Mientras se preparan para resguardarse, el viento afuera aumenta, y la tormenta de arena finalmente alcanza la choza, golpeando con fuerza las paredes y ventanas. El rugido de la naturaleza llena el aire, pero dentro del refugio improvisado, al menos por ahora, están a salvo.

Sin embargo, Luke no puede sacudirse la sensación de que algo o alguien podría estar observándolos desde afuera, escondido en las sombras del desierto.

Luke toma una decisión rápida.

—Nos quedamos —dice, levantando la voz lo suficiente para que todos lo escuchen por encima del rugido del viento—. La tormenta está encima. No vale la pena arriesgarse más.

Mara y Sara asienten de inmediato, mientras Mack, siempre en su rol de vigilante, se coloca junto a una de las ventanas rotas, su rifle en mano, observando el desierto que poco a poco desaparece bajo una cortina de arena. El viento afuera aúlla como una bestia enloquecida, golpeando con fuerza las paredes de la choza. Dentro, todo es silencio y tensión. Aunque están momentáneamente protegidos, nadie puede relajarse del todo.

Tommy, todavía nervioso, se sienta en un rincón, abrazando sus rodillas y mirando el baúl ahora abierto. Las municiones encontradas han dado al grupo una ligera sensación de seguridad, pero no es suficiente para disipar el mal presentimiento que Luke tiene.

—¿Crees que nos encontrarán aquí? —pregunta Tommy, su voz apenas audible.

Luke, que se había sentado junto a una de las paredes de la choza, cruza los brazos y observa a través de la ventana. La tormenta está en su apogeo; no hay forma de que alguien pueda ver más allá de unos pocos metros. Cualquier bandido que estuviera cerca habría buscado refugio también.

—Si están por aquí, estarán buscando un lugar donde esconderse, igual que nosotros —responde Luke—. Pero con la tormenta tan fuerte, dudo que se arriesguen a moverse.

Sara, que ha permanecido en silencio, inspecciona la choza. Su mirada analítica se detiene en el techo.

—No creo que esta cabaña aguante una tormenta como esta por mucho tiempo —dice con cautela—. Pero si nos va bien, lo peor pasará en unas horas.

El viento parece intensificarse en ese momento, como si el desierto mismo desafiara las palabras de Sara. La choza tiembla, las tablas crujen, pero por ahora, el refugio resiste.

Mara saca el mapa nuevamente, y con una linterna de aceite ilumina el espacio limitado que tienen. Los ojos de Luke se dirigen a ella.

—¿Cuánto crees que falta para la fuente de agua? —pregunta él.

Mara sigue el camino con su dedo, trazando la distancia en el papel.

—Con buen ritmo, deberíamos estar allí al mediodía de mañana. Si no hay problemas —dice, levantando la vista hacia Luke—. Pero debemos movernos en cuanto la tormenta pase.

Luke asiente. Los suministros de agua son escasos, y aunque la tormenta los ha forzado a detenerse, no pueden permitirse quedarse aquí más tiempo del necesario.

Mientras el grupo descansa y el viento golpea la cabaña, Mack, vigilante junto a la ventana, suelta un susurro que apenas supera el sonido del viento.

—Algo se mueve ahí fuera.

Luke se pone de pie de inmediato, su mano yendo instintivamente al revólver que lleva en el cinturón. Todos en la cabaña se tensan.

—¿Qué viste? —pregunta Luke, acercándose a Mack, manteniéndose bajo y alejado de la ventana.

Mack no aparta los ojos de la oscuridad exterior. La tormenta hace difícil distinguir algo, pero está claro que su instinto le ha advertido de algo más.

—No lo sé. Podría haber sido la arena... o alguien tratando de usar la tormenta para acercarse sin ser visto.

El aire dentro de la choza se vuelve más denso. Luke se acerca más a la ventana, intentando ver lo que Mack ha percibido. Afuera, el desierto parece estar vivo, el viento y la arena moviéndose en un frenesí de polvo cegador.

Entonces, Luke lo ve. Una sombra. Rápida y casi imperceptible, pero allí está, moviéndose entre la tormenta, como una figura oscura que se desliza a través del vendaval.

—No puede ser... —murmura Luke, sus ojos afilados.

La amenaza es real. Alguien o algo se está moviendo en la tormenta. El refugio que pensaban seguro ahora parece más peligroso que nunca.

Luke sabe que quedarse en la choza y esperar no es una opción. La tormenta es su peor enemigo, pero lo que sea que se mueve allá afuera podría ser aún más peligroso. Si alguien o algo está intentando acercarse bajo el manto de la tormenta, es mejor enfrentarlo antes de que tenga la oportunidad de sorprenderlos.

—Voy a salir —dice Luke con firmeza.

Mack lo mira de reojo, sorprendido, pero no cuestionando la decisión. Con un asentimiento silencioso, se levanta y le pasa una de las escopetas.

—Aquí, te será más útil que un revólver en esta arena —dice Mack, siempre práctico.

Luke toma la escopeta, su peso familiar en las manos le da un poco de calma. Mara lo mira con preocupación, pero sabe que discutir con él es inútil en este punto.

—¿Qué pasa si son más de uno? —pregunta Mara, su tono no es de miedo, sino de pura lógica.

Luke mira hacia la ventana donde había visto la sombra moverse, su mandíbula tensa.

—Si son más, se escucharán sus disparos. Mantente alerta. Si no vuelvo en cinco minutos... ya saben qué hacer.

Nadie en el grupo responde, pero el mensaje es claro: si no vuelve, tendrán que defenderse o escapar.

Luke ajusta su sombrero, cubriendo su rostro parcialmente de la arena que empieza a golpear la puerta. Sin perder más tiempo, abre la puerta de la choza con fuerza y se adentra en la tormenta.

El viento lo golpea como un martillo, haciéndole difícil ver más allá de unos pocos metros. La arena le corta la piel expuesta, pero sigue adelante, inclinándose contra el viento. Sabe que está en desventaja en este terreno, pero tiene la ventaja de la sorpresa si puede moverse rápido.

Se desliza por un costado de la choza, usando lo que queda del viejo edificio como cobertura, y escudriña la tormenta con cuidado. No hay señales inmediatas de movimiento. El rugido del viento es ensordecedor, pero se esfuerza en enfocar sus sentidos. El silencio tenso de la choza contrasta con el caos exterior.

De repente, algo se mueve. Una figura oscura emerge de entre las sombras de la tormenta. Es alta y corpulenta, con los rasgos apenas visibles por la arena que lo envuelve. Luke alza la escopeta, apuntando hacia la figura que avanza con paso decidido. Justo cuando está a punto de apretar el gatillo, la figura se detiene, levantando una mano como si quisiera comunicarse.

—¡Espera! —grita una voz ronca, apenas audible sobre el aullido del viento.

Luke entrecierra los ojos, manteniendo su dedo cerca del gatillo. La figura se aproxima lo suficiente para que Luke vea que no está armado... o al menos, no de manera visible. Un hombre, cubierto con una capa gruesa de cuero y una máscara para protegerse de la arena, se detiene a pocos metros de él.

—No soy enemigo —dice el extraño con dificultad, luchando por hacerse oír por encima del viento—. ¡Vengo solo! Necesito ayuda.

Luke no baja la escopeta, pero tampoco dispara. El hombre no parece ser un forajido. No lleva las marcas ni el aspecto de los bandidos del desierto, pero aún así, las apariencias engañan.

—¿Quién eres? —pregunta Luke, sin perder de vista ningún movimiento del desconocido.

—Me llamo Sam Harper, viajero. Estoy solo... perdido en esta tormenta —dice, agachando ligeramente la cabeza en señal de sumisión—. Vi la luz en su choza... pensé que podría refugiarme.

Luke lo mira a los ojos, aunque es difícil leer su expresión bajo la arena que aún los rodea. ¿Es solo un hombre perdido en el desierto o parte de algo más grande? ¿Podría ser una trampa?

El viento aúlla con más fuerza, y la visibilidad empeora a cada segundo. No hay mucho tiempo para decidir.

Luke no baja la escopeta, y mantiene los ojos fijos en el hombre.

—Si realmente estás solo, entonces no te molestará que hagamos esto aquí —dice Luke, su voz apenas audible entre el rugido del viento—. ¿Qué te trajo hasta aquí? Este desierto no es lugar para un viajero solitario.

Sam Harper, aunque luchando por mantener los ojos abiertos en la tormenta, no se mueve. Su cuerpo se inclina ligeramente contra el viento, como si supiera que cualquier movimiento en falso podría ser su fin. Luke, aunque atento, no baja la guardia ni por un segundo.

—Soy un comerciante —responde Harper, su tono es sincero, aunque apremiante—. Solía trabajar con una caravana, pero nos atacaron hace unos días. Forajidos. Lo perdí todo. Los demás… no lo lograron.

El relato hace que Luke frunza el ceño, aunque sigue sin bajar la escopeta. El desierto está lleno de historias como esa. Comerciantes, viajeros, y exploradores que caen víctimas de bandidos y de la brutalidad de la naturaleza. Aun así, algo en la historia le resulta incompleto.

—¿Por qué no sigues buscando otro refugio? —pregunta Luke, sin dejar de apuntarle—. ¿Por qué venir hacia nosotros?

Sam titubea un momento, sus ojos apenas visibles bajo la máscara de cuero.

—No tuve opción. La tormenta... no vi nada más. Vi la luz de su cabaña... o lo que sea que tienen aquí, y pensé que podría encontrar ayuda.

Luke observa los ojos del hombre, buscando algún signo de mentira. El viento golpea con más fuerza y la arena azota sus rostros, dificultando la conversación, pero Sam no se mueve ni parece estar buscando una oportunidad para escapar o atacar. Si está mintiendo, es un excelente actor... o está desesperado.

Mack, desde la ventana de la cabaña, observa la escena. Aunque Luke está fuera de la vista de los demás, sabe que Mack lo cubre, listo para intervenir si algo sale mal. Los otros deben estar tensos dentro de la choza, esperando una señal de que todo está bajo control o, en el peor de los casos, preparándose para defenderse.

—Muéstrame las manos —ordena Luke.

Sam levanta las manos con lentitud, enseñando que no lleva armas visibles. Aunque lleva varias bolsas y alforjas colgadas del cuerpo, no parece estar en condiciones de iniciar un enfrentamiento.

—Escúchame... —continúa Sam, con la voz cargada de agotamiento—. Solo necesito pasar la tormenta. Después me iré si quieren, no quiero problemas. Solo estoy tratando de sobrevivir.

El viento aumenta, y Luke sabe que la tormenta no dará tregua. Si es verdad que está solo, dejarlo afuera sería condenarlo a una muerte segura. Pero si hay más de lo que Sam cuenta, podría estar invitando el peligro directamente a su puerta.

Luke se toma un segundo más para decidir.

Finalmente, baja lentamente la escopeta, aunque sus ojos no pierden la vigilancia sobre Sam.

—Entra, pero deja tus cosas en la puerta —dice Luke, su voz firme, pero sin hostilidad—. Si estás mintiendo, te lo haré pagar.

Sam asiente con una mezcla de alivio y cansancio, dejando claro que no está buscando pelea. El viento sigue azotando con fuerza, y ambos se mueven rápidamente hacia la cabaña.

Luke regresa a la choza con Sam detrás. Mara y Sara lo miran con sorpresa, pero no dicen nada al ver la expresión seria de Luke. Mack, desde su posición de vigilancia, no quita los ojos del recién llegado, su rifle siempre preparado.

—Deja tus cosas aquí —le indica Luke a Sam, señalando un rincón de la choza.

Sam se quita las alforjas y las deposita en el suelo, como le ordenaron. Sin embargo, no parece nervioso, solo exhausto. Se sienta cerca de la pared, mientras el resto del grupo sigue vigilante.

La tormenta afuera ruge con una fuerza que hace temblar las paredes de la cabaña, y por un momento, todos quedan en silencio, escuchando el furioso vendaval.

Luke se acerca a Mara, que aún sostiene el mapa.

—¿Qué opinas? —le pregunta en voz baja.

Mara lo mira de reojo, sus ojos reflejan la misma desconfianza que tiene Luke, pero también sabe que ahora no pueden hacer mucho más.

—No sé —responde—. Parece decir la verdad... pero siempre es difícil saberlo en estas tierras.

Luke asiente, aún en guardia.

—Estaremos atentos —dice finalmente—. Y cuando la tormenta pase, tomaremos una decisión.

El grupo se acomoda lo mejor que puede, pero las miradas continúan cayendo sobre Sam Harper, el misterioso viajero que ha aparecido de la nada en medio de la tormenta. Aunque por ahora no ha mostrado ser una amenaza, la incertidumbre sigue en el aire, tanto como la arena que golpea las paredes de la choza.

Luke decide no presionar más a Sam por el momento. La tormenta es brutal, y la tensión ya ha sido suficiente por ahora. Si Sam está diciendo la verdad, lo último que necesita es más desconfianza en su contra. Si está mintiendo, el cansancio y el miedo podrían hacer que eventualmente revele algo.

—Descansaremos hasta que la tormenta pase —dice Luke en voz alta, dirigiéndose a todo el grupo—. Pero mantengamos los ojos abiertos.

Mara asiente y guarda el mapa, mientras Mack sigue en su lugar cerca de la ventana, su postura relajada pero su rifle aún cerca, listo para cualquier eventualidad. Sara y Tommy se acomodan como pueden en sus rincones, conscientes de que el viento furioso afuera no cederá en varias horas.

Luke observa a Sam. El hombre se ha sentado en el suelo, su respiración pesada pero estable. Su rostro, cubierto por una gruesa capa de polvo y arena, muestra las huellas de días de agotamiento, pero no hay signos evidentes de malicia. Aun así, Luke no deja de vigilarlo mientras toma asiento junto a la pared opuesta.

El viento sigue rugiendo, y el crepitar de las tablas de la cabaña es el único sonido constante que acompaña a la tormenta. La luz de la lámpara de aceite parpadea tenuemente, proyectando sombras en las paredes que parecen cobrar vida con el vaivén del viento.

Sam finalmente habla, su voz baja, casi como un susurro:

—Agradezco que me dejaran entrar... no estaba seguro de si lo harían. —Hace una pausa, y aunque el tono es sincero, Luke nota que está intentando entablar una conversación.

Luke no responde de inmediato, pero después de un momento, dice con calma:

—No me gusta dejar morir a la gente sin motivo. Pero si estás aquí para causarnos problemas, te arrepentirás.

Sam asiente lentamente, sus ojos cansados fijos en el suelo.

—No vine a causar problemas... Solo quiero salir de este podrido desierto con vida. Igual que ustedes, supongo.

El silencio vuelve a apoderarse de la cabaña. Todos están demasiado agotados como para mantener una conversación prolongada. Luke observa cómo las expresiones de sus compañeros reflejan el mismo cansancio que siente. Aunque cada uno mantiene una postura de vigilancia, la fatiga por los días de viaje y la tensión de la tormenta finalmente empieza a hacer mella en ellos.

Después de un tiempo, Mack se levanta de su posición junto a la ventana, acercándose a Luke.

—Voy a dar una vuelta fuera de la cabaña —dice en voz baja, lo suficientemente cerca para que solo Luke lo escuche—. Si hay alguien más allá afuera, no quiero que nos sorprendan.

Luke asiente.

—Ten cuidado. El viento aún es fuerte.

Mack sale sin hacer ruido, su figura desaparece en la cortina de polvo y arena mientras Luke lo sigue con la mirada. Aunque confía en Mack, no puede evitar sentirse inquieto.

El tiempo pasa lentamente, con la tormenta azotando el exterior y las dudas persistiendo en el interior. Luke sabe que cuando la tormenta cese, tendrán que decidir qué hacer. Pero por ahora, el silencio, aunque tenso, es un respiro necesario.

Luke cierra los ojos por un momento, pero no baja la guardia. Algo en el desierto siempre está al acecho, ya sea la tormenta, los bandidos, o los propios secretos que la gente intenta ocultar.

A medida que la tormenta comienza a amainar, el viento pierde su furia, y la arena que antes volaba por todas partes empieza a asentarse. Luke aprovecha la oportunidad para asomarse a la ventana, tratando de obtener una visión más clara de lo que sucede afuera. La lluvia de arena disminuye, y con ello, las sombras que antes parecían meras ilusiones comienzan a tomar forma.

—Mira —susurra Luke, señalando hacia el exterior.

A lo lejos, vislumbra una figura en el umbral de la choza. Las siluetas se mueven cautelosamente, pero están claramente armadas. Luke siente que la tensión en el aire se hace palpable.

—Son ellos —dice Mack, su tono grave—. Hay al menos cuatro, tal vez más.

La adrenalina recorre el cuerpo de Luke mientras regresa al grupo.

—Escuchen, tenemos que enfrentar esto de inmediato. No podemos permitir que nos rodeen —dice con firmeza—. Los tomaremos por sorpresa.

Con un rápido intercambio de miradas, todos asienten, sabiendo que el momento ha llegado. Se preparan para el enfrentamiento, cada uno en su posición, y Luke toma la delantera, moviéndose con cautela hacia la puerta.

Mientras Luke y Mack se acercan a la entrada, Sara y Tommy se asoman por las ventanas, listos para disparar si es necesario. Sam se queda al fondo, tratando de no llamar la atención, aunque su presencia siempre levanta las sospechas de Luke.

El viento ha bajado lo suficiente como para que el sonido de las voces de los bandidos se cuelen por la abertura de la puerta. Ellos se acercan, hablando entre ellos, riéndose y aparentemente seguros de que la tormenta les ha dado la ventaja.

—¿Crees que estos pobres tontos se darán cuenta de lo que les espera? —se burla uno de ellos.

Luke aprovecha el momento, tomando una respiración profunda antes de abrir la puerta de golpe.

—¡Atrás! —grita, apuntando con su escopeta al grupo que se encuentra frente a él.

Los bandidos se sorprenden, retrocediendo al instante, pero no lo suficiente. Se arman rápidamente, desenvainando pistolas y revólveres, mientras la tensión se intensifica en el aire.

—¡Mierda! ¡Son más de lo que pensábamos! —grita uno de los bandidos, pero es demasiado tarde.

La balacera estalla en el momento en que las balas vuelan, y el sonido ensordecedor del combate reverbera en la choza. Luke y Mack disparan con precisión, logrando hacer que uno de los bandidos caiga al suelo, pero el resto contraataca ferozmente.

El caos se apodera del lugar. Las balas silban, y el grupo intenta hacer frente a la desventaja numérica. Luke siente el golpe de una bala cerca de él, haciendo que se agache instintivamente, y en medio del intercambio de disparos, ve a Tommy caer, alcanzado por una bala en el hombro.

—¡Tommy! —grita Sara, pero su grito se ahoga en el estruendo.

Luke siente que la situación se vuelve cada vez más desesperada. Los bandidos son más experimentados, y el grupo se ve empujado a una esquina. La confianza que una vez tenían se desvanece rápidamente, reemplazada por el miedo y la frustración.

Mack intenta cubrir a Luke mientras recarga, pero el espacio es pequeño, y los bandidos parecen rodearlos, disparando sin piedad. La situación se vuelve crítica, y Luke se da cuenta de que no pueden ganar.

—¡Retirada! —grita Luke, sabiendo que es la única opción. Si siguen peleando, morirán.

El grupo se agacha y se mueve hacia atrás, intentando replegarse, pero es un movimiento lento y descoordinado.

Afuera, los bandidos se ríen, sintiéndose victoriosos.

—¡No se escapen! ¡Les daremos una lección que nunca olvidarán! —grita uno de ellos.

Los disparos continúan, y Luke siente que el peso del fracaso lo abruma. La balacera se detiene momentáneamente, y el grupo se da cuenta de que están atrapados. Luke, en un último intento de mantener la calma, gira y se prepara para salir.

Pero antes de que puedan tomar una decisión, una lluvia de balas los alcanza. Luke siente el ardor de una herida en su brazo, pero no tiene tiempo para reaccionar. Mack, que había estado cubriendo su flanco, cae al suelo, alcanzado en el pecho.

—¡Mack! —grita Luke, pero ya es demasiado tarde.

Con un último esfuerzo, intenta llevar a los demás a la puerta trasera, pero los bandidos han tomado el control y los rodean, disparando sin piedad. La última imagen que Luke ve es el caos total, y una profunda sensación de derrota se apodera de él.

El grupo se ve superado, la lucha ha sido en vano, y el grito de la tormenta se convierte en un eco distante mientras la oscuridad los envuelve. Se ha perdido la batalla, y con ello, la esperanza de escapar de este desierto lleno de peligros.

El intercambio de disparos se detiene tan abruptamente como había comenzado. Luke, respirando con dificultad, se mantiene agazapado, esperando el siguiente movimiento de los bandidos. Pero, en lugar de más balas, escucha risas. El eco de las carcajadas se mezcla con el silbido del viento que aún persiste.

Luke mira a su alrededor, y ve a Mack, sangrando por el pecho, pero aún respirando, aunque con dificultad. Tommy, herido en el hombro, se queja en voz baja mientras Sara trata de presionar la herida para detener el sangrado. Todos están golpeados, pero vivos.

Las voces de los bandidos llegan desde fuera de la cabaña.

—No vale la pena matarlos —dice uno, su tono burlón—. Estos pobres tienen más valor vivos que muertos.

Luke frunce el ceño, incapaz de comprender de inmediato lo que significan esas palabras.

Otro bandido, más cercano, responde:

—Tienes razón, Redd. Nadie pagará por un cadáver. Pero por unos hombres... podrían darnos una buena suma en LowTown o en algún otro mercado de esclavos.

Luke siente que el frío de la noche se le mete hasta los huesos. Venderlos. Esos bastardos no habían venido a matarlos; querían capturarlos y venderlos como si fueran ganado.

De repente, la puerta de la cabaña se abre de un golpe, y un hombre alto, vestido con un largo abrigo de cuero raído y un sombrero polvoriento, entra con una sonrisa de triunfo. Su rostro está curtido por el sol y el desierto, y una cicatriz le atraviesa la mejilla derecha. Lo siguen otros tres bandidos, todos armados y listos para someterlos.

—Bueno, bueno, parece que tuvimos una pequeña fiesta aquí —dice el hombre, evidentemente el líder, su tono divertido pero cruel—. Espero que no estén pensando en resistirse más.

Luke se incorpora lentamente, sintiendo la tensión en cada músculo de su cuerpo, pero sabe que están superados. Mack apenas puede mantenerse en pie, Tommy está herido, y Sara no podría enfrentarse a cuatro hombres sola. No tienen otra opción.

—¿Qué es lo que quieren? —pregunta Luke, tratando de ganar tiempo.

El líder se ríe.

—¿Qué quiero? —replica, como si fuera obvio—. Quiero que vengan con nosotros, vivos, por supuesto. Hay gente que paga bien por tipos como ustedes. No muchos sobreviven en estas tierras, así que son un bien valioso. Pero si siguen luchando, bueno, no tengo problema en dejar algunos cuerpos atrás si es necesario.

Luke siente que el sudor frío corre por su espalda. Sabe que cualquier intento de resistencia ahora solo les costaría la vida. Observa a los demás, a Mack, a Sara, y a Tommy, todos agotados, heridos, y sin muchas opciones. Incluso Sam, quien ha permanecido en silencio todo este tiempo, parece comprender que están atrapados.

—Está bien —dice Luke, bajando el arma—. No queremos más sangre.

El líder sonríe ampliamente, como si hubiera ganado una partida de cartas.

—Sabia decisión, vaquero. Sabía que tenías sentido común. Ahora, todos afuera, tranquilos, y sin tonterías. O será el fin del juego para alguno de ustedes.

Los bandidos los desarman y los empujan fuera de la cabaña, donde la tormenta ya ha disminuido lo suficiente como para que el paisaje desolado del desierto sea visible. Sus caballos, al menos seis de ellos, están atados a una distancia cercana. Mientras los conducen hacia sus captores, Luke observa el cielo nublado y siente el peso de la derrota, pero también la llama de la esperanza. Están vivos, y mientras eso sea cierto, hay una oportunidad, aunque pequeña, de escapar.

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