Fhs: Energías Opuestas by Pezu at Inkitt
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FHS: Energías Opuestas

Summary

Una historia como posible formato radionovela / CD drama. Basada en FNAFHS, reescritura respetuosa de eventos para darle nuevas divertidas historias.

Genre
Drama/Fantasy
Author
Pezu
Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Los síntomas nunca fueron fuertes. Parte mía sabía que no debí dejar a su padre fuera de esto—sin embargo, ¿¡qué debía de hacer!? Los grandes dolores y las desapariciones, hechos más allá de mi entendimiento, malestares que nunca me dijeron que perseguirían a mi niño. Él es mi bebé. Nadie, ni siquiera él, debería soportar esto.

Esa poca reacción, esa negligencia… yo simplemente nunca esperé que su pérdida fuera definitiva. Y en los términos que todo acabó ahora es él y yo contra del mundo.

Freddy Alfonso Venegas Andrade.

Así es su nombre.

Pero no deja de acortarse al apodo de “Fred”. Desde tan joven, sin que nadie le dijera nada.

¿Debería preocuparme que esté inconforme con su nombre?



Decidí mantener registro de sus actitudes poco a poco. Siempre soñé con una familia y estar lista para la maternidad. Me preocupó cada detalle, por ejemplo, los perros de la familia cerca de un niño. Estuve tan cerca de pedir que los entregáramos en adopción antes de ser convencida de mis capacidades maternas con miradas dulces y caricias a los hombros; él siempre tuvo una labia de miel y una sonrisa encantadora, una que esperé pasara a nuestro niño. Perdí mi dureza poco a poco. “Soñadora” es algo que nunca fui, bien dicen que el amor cambia a la gente.

Cuando me encontré sola y con él en brazos, corriendo como si de verdad huyera con lo último de mi felicidad, fue como si el mundo quebrándose encima de mío me confirmara todos mis horrores.

El recuerdo amargo pero bien amado de sus elecciones se volvería un eco que ensombrecería encima de cada vez que fuera en contra de ellas. “No, no dejemos que el perro se acerque al bebé” — ver a una criatura tan pequeña siendo olisqueada entre risas me mortificó. “No debería salir, está llorando y no quiero calmarlo afuera” — temí desde tan temprano que las malas miradas del mundo le llegaran. Más aún siendo una madre soltera ahora.

Pero Freddy nunca fue de mi mismo tipo de persona. Tenía un aura a él la cual me hizo saber que mis súplicas del pasado fueron atendidas. Él había salido a su padre.

Era en las cosas simples que resaltaba. Cría niños de manera estricta y crecerán siendo rebeldes… así iba la frase, no obstante, no era tanto verdad. Era una constante lucha por identidad que solo hacía que viera a mi hijo como una luz en peligro. Cada vez que le prohibía acercarse a un animal, los miraba fijamente con ilusión en sus ojos y sin perderlos de vista. Quieto pero ilusionado, casi como si quisiera silenciosamente que su amor me derritiera por dentro y lo acercara a la boca del lobo. ¿Y si caía preso de la crítica ajena? Sus manitas tapaban su propio rostro para evitar que yo lo viera llorar cada vez que volvía víctima de estos encontronazos. Las maestras me decían que había burlas crueles entre los niños siempre, que no me preocupara, pues él no era el enfoque de estas actitudes de niños siendo niños. Decirle cosas como “tú no tienes papá” parecían normales, e incluso había recomendaciones tan burdas como decir que tal vez debería apurarme en buscar para él una figura paterna. Y mi niño tan dulce e ingenuo no perdía la luz en el amplio mar de sus ojos que sacó idéntico a ese desaparecido hombre: me decía como si nada que lo volvería intentar, pues estaba ansioso de mostrarle a todos su “amigo”.

Su “amigo”.




Los amigos imaginarios son normales, y en los niños más recluidos es común que se extiendan en periodos más allá de lo necesario, eso me respondió el paidopsicólogo con el que sacamos reuniones después de sus clases. Más en un niño que, dijo, me tuvo de ejemplo a mí —mujer cuidadosa, inclinándome siempre a lo introvertida— se le hizo usual que en lo que yo cerraba horarios y completaba cosas trabajando, él se distrajera hablando consigo mismo, o ese pequeño amigo que juraba que me presentaría todo el tiempo. Pasó un año, dos, yo siempre estuve atenta a sus juegos para que tuviera más de que hablar cuando conviviera con los niños del Kinder.

—Deja a Fred conmigo hoy —le decía antes de abrir la puerta—, le encantará el día en mi trabajo.

Había siempre una pausa incierta donde él parecía comprobar con este amiguito. No mediaba palabra alguna, pero parecía intercambiar sus ideas; una complicidad que me admitió que solo gozaba en casa, cuando el ruido de la calle no dificultaba las respuestas.

—No puede. No lo entiendo muy bien… pero hoy me va a ayudar a ser amigo de Pedro. ¡Aunque le encantaría a la siguiente! Te admira un mucho, mami.

Aquel día Pedro rompió sus cosas y me tuve que esforzar para cambiarlo de Kinder.



Me preguntaba si había algo mal en mi retoño como cualquier madre teme no haber prevenido antes de tiempo. Para mí era el bebé más precioso del universo; sus deditos enroscados en los míos a la hora de dormir, la consideración inmediata incluso con un amigo falso, donde se negaba a aplastarlo pese a su poco control corporal y haciendo que esté entre nuestro abrazo. Sus sutiles suspiros a la hora de despertarme para que yo vaya al trabajo bajo la implicación de ser un buen hijo con remordimiento por quitarle horas de sueño a su madre. ¿Cómo el mundo podría verlo y decirme que algo no estaba bien en él?

Era cruel cuando era llamada a la oficina por alguna maestra. Siempre era la misma implicación independientemente del lugar, él siendo “demasiado” para el paladar de los demás, más raro de lo que otros niños podrían acostumbrarse. Cuando te lo repiten tanto, empiezas a convencerte que eres ciega a una cosa que la sociedad corregirá u odiará de tu hijo a gran escala si no haces algo. Le rogaba en una voz cándida y tenue que por favor hiciera más amigos—por mí. Al siguiente llamado de atención me decían que los niños se alejaban porque estaba demasiado atento a incluirse en sus cosas, a auxiliarlos con sus asuntos, a encajar y hacerlo sobre "ellos". Pero no había funcionado y de nuevo se encontraba solo, hablando en una esquina con Fred. Mi bebé planificaba en afán de enorgullecer a su madre.

Mi corazón se rompía cada vez que yo lo veía fallar… casi prefería que lo dejara de intentar para que el suyo tampoco se rompiera. Solo que no hacía falta, tuve que suponer que era un niño extremadamente fuerte, capaz de poner buena cara ante el mal tiempo y extender su sonrisa a la gente, todo por “Fred”.

Me volví agradecida con ese concepto todo su Kinder. Una sensación agridulce que hasta el día de hoy sería incapaz de describir.

«Gracias por mantener las sonrisas de mi hijo. Pero no te agradezco por ser la mayor causa de que sonría.»



Pasó el Kinder. Entró la educación básica, y retomaron las mismas preocupaciones que me hicieron huir aquel día. Su salud decaía nuevamente aparte de sus comportamientos sociales. Llegaron días de gran estrés donde me comunicaban de su fiebre y dolores, él decía que era como “una energía que no podía controlar cada vez que le prestaba sus ojos a Fred”. Usé el dinero y contactos que él me dejó para valer de seguir con nuestra buena vida siempre siendo discreta. Mis dudas tal vez eran infundadas, mas, no evitaba temer que las raíces de todo esto se conectaban con los ojos que jamás podré borrar de mi mente.

Y respecto a Fred: Asumí que era su cobijo ya que ahora tampoco era capaz de adaptarse a sus clases por problemas de asistencia. Le tocó ser el nuevo en cada semana de regreso, así me decía, cada vez más nervioso y con una sonrisa más quebrada que solo era capaz de espantarme a mí.

Sé que él veía el reflejo de mis ojos tristes por el visor del taxi, dando mi esfuerzo sobrehumano de taparme con la bolsa al llegar a casa. Sé también que él se trataba de fortalecer en vano cada día que pasaba pese a todo esto. Porque ya lo había roto una vez ese hueco que no sentía haber llenado yo sola, el vacío que me remarcaba cada vez que me rogaba a ojos llorosos que le pusiera esos viejos discos de música en el reproductor antes de irme al trabajo, que lo calmaban. Irónicamente eran de ese hombre.

El latente sentir de no ser suficiente me desesperó a querer encontrar respuestas más rápido.

Cada médico era incapaz de decirme qué estaba mal con él. Cambié sus dietas, su ambiente, lo empujé a programas para las personas que necesitaban ayuda conviviendo… pero siempre regresaba con la misma excusa de siempre.

—No me fue tan bien. No te preocupes, no me sentí tan solo.

Gracias a Fred.

Ver a tu hijo conformándose con la soledad es desolador. Tal vez exploté, agotada de las horas de esfuerzo y tocar puertas sin descanso por la misma respuesta que ya había inundado mis oídos aclamando que todo estaba mal pareciendo estar bien. Que él no tendría remedio. ¿Qué pasará cuando yo no esté más y mi hijo quede a la deriva, aferrándose a sí mismo hasta darse cuenta que quedó verdaderamente solo?

—Hijo… no más Fred. Debes hacer más amigos que solo Fred.

Le pedí que dejara de prestarse para esos “cambios de lugar” también, donde afirmaba que Fred también quería amigos y un abrazo…, porque apenas tomaba a mi niño entre mis brazos, yo, su nido, sentía que la temperatura estallaba debajo de su piel. Describirlo como aterrador se quedaba corto.

Había cometido un sinfín de errores sin darme cuenta. Desde que él era pequeño yo trataba de ignorar los preocupantes dibujos y anotaciones distintas que había en sus hojas, el cómo forzaba su izquierda para dibujar pese a él ser diestro, dibujos que salían de su norma, enteramente diferentes; porque afirmar que era como en una película de terror era malo… pues eso es lo que todos opinaban de mi Freddy.

No obstante, ya habían pasado años. Yo pensé que eso era un consuelo, no su condena. ¿Por qué seguía haciendo cosas así?

Solo esperé, mientras empacaba su almuerzo y suspiraba, metiendo las pastillas en su colorido contenedor en esfuerzo de hacerlas más apetecibles, una cosa.

Sé mi niño bueno, por favor.

—Ve con cuidado. Y recuerda, no te confíes. ¿Bien?

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