Un día común...
El sol se cuela por las cortinas antes de que suene el despertador. No tengo que abrir los ojos para saber que Martín sigue dormido a mi lado, respirando de esa forma lenta y tranquila que se escucha solo en la madrugada. Estiro una mano hacia el teléfono y apago la alarma antes de que suene. Me quedo un momento en la cama, mirando el techo y pensando en todo y en nada al mismo tiempo, en cómo cada día parece que hago lo mismo y en lo diferente que todo parecía cuando Martín y yo nos mudamos juntos.
Después de dar vueltas un rato, decido levantarme y prepararme para el día. Tomo una ducha rápida, me hago un café y reviso mi agenda mientras la cocina se va llenando con el aroma a café recién hecho. Martín aparece por la puerta un rato después, despeinado y todavía con ojos de sueño.
- “Buenos días” - murmura, acercándose a darme un beso en la mejilla antes de servirse un café.
- “Buenos días” - le respondo con una sonrisa, aunque por dentro siento que hay algo en el ambiente, una especie de desconexión leve que no sé exactamente de dónde viene. Él se sienta frente a mí, hojea su teléfono, y durante unos minutos compartimos el silencio, cada uno con sus pensamientos.
- “¿Qué tienes para hoy?” - le pregunto, intentando conectar un poco.
- “Lo de siempre” - responde él, distraído. - “Reuniones, reportes… cosas de siempre. ¿Y tú?” -
- “También, nada fuera de lo común. Tal vez me tome un café con Lucía al mediodía.” -
Él asiente, pero ya está metido en otra cosa. A veces me pregunto si soy yo la que empieza a extrañar algo más, o si simplemente es esta vida de adultos, en la que las responsabilidades van ahogando las pequeñas emociones del día a día.
Voy al trabajo escuchando música en los auriculares, intentando despejarme. La ciudad está llena de gente moviéndose de un lado a otro, como hormigas en una línea invisible. Observo a una pareja de adolescentes riéndose y tomados de la mano, y me doy cuenta de que hace rato que no siento ese tipo de espontaneidad en mi vida, y siento que lo extraño.
Apenas llego a la oficin y recibo un mensaje de Lucía. Nos encontraríamos en unas horas en la cafetería del edificio.
- “¿Sabés qué?” - me dice en un momento, apoyándose sobre la mesa con un brillo en los ojos - “Estoy pensando en renunciar.” -
- “¿Qué? ¿Por qué?” - pregunto, sorprendida.
- “Quiero hacer algo diferente, no sé... Tal vez estudiar fotografía o viajar, cambiar de aires. La vida es muy corta para pasársela haciendo siempre lo mismo, ¿no te parece?” - Su entusiasmo es contagioso, pero a la vez me deja una sensación de vacío que me cuesta disimular.
- “Te admiro por animarte a hacer algo así” - le digo, tratando de sonar más entusiasta de lo que realmente me siento
- “A veces también pienso que me vendría bien un cambio.” -
- “Entonces hacelo, ¿qué esperás? Nadie te obliga a seguir en la misma rutina.” -
No tengo una respuesta clara para eso, así que simplemente sonrío. Pero por dentro, siento una mezcla de envidia e incomodidad.
¿Cuándo fue la última vez que realmente me sentí libre de cambiar de rumbo?
Cuando vuelvo a casa, Martín ya está preparando la cena. Nos saludamos con un abrazo, y mientras él cocina, yo pongo la mesa. Empezamos a cenar y a hablar de nuestras rutinas del día.
- “Hoy hablé con Lucía” - le cuento, tratando de expresar algo de lo que sient - “Está pensando en dejar todo y viajar. Dice que quiere dedicarse a algo diferente.” -
Martín asiente, pero sin mucho interés - “Siempre fue un poco impulsiva. A ver cuánto le dura el entusiasmo.” -
Intento seguir hablando del tema, pero él parece ya haberlo descartado. Cambia de tema, y pasamos el resto de la cena hablando de cosas prácticas, de las compras que tenemos que hacer el fin de semana o de la serie que estamos viendo juntos.
Esa desconexión, que antes era tan sutil, empieza a sentirse más pesada. ¿Soy yo, o realmente hace mucho que no tenemos una conversación que vaya más allá de lo práctico?
Al terminar de cenar, nos acomodamos en el sillón a ver la serie, pero por dentro siento que estoy cada vez más lejos, como si mi mente estuviera en otro lugar. Trato de no darle demasiada importancia. Después de todo, estamos bien, ¿no? Estamos cómodos, lo que debería ser razón suficiente para estar feliz.
Esa noche, caigo en un sueño tan profundo que al principio no sé si estoy dormida o despierta. Estoy en un lugar distinto, un parque desconocido el cual estoy segura que jamás visité, iluminado por una luz suave que parece surgir de la nada. Hay árboles altos, una fuente que murmura a lo lejos, y un cielo lleno de estrellas. Todo es tan vívido que puedo sentir el viento acariciando mi piel.
Mientras exploro el lugar con la mirada, lo veo. De pie, a unos metros de mí, hay un chico. Tiene el cabello oscuro y una expresión cálida, como si estuviera esperando encontrarme. Su mirada se cruza con la mía, y siento una especie de electricidad que me hace estremecer. No sé quién es, pero me resulta familiar de una forma inexplicable, como si ya nos conociéramos.
Se acerca lentamente, y en el momento en que está frente a mí, me sonríe.
- “Hola” - dice con una voz suave que parece envolverlo todo, como si ese “hola” llevara una historia oculta que solo yo podría entender. Intento responderle, pero no me salen las palabras; todo lo que siento es una mezcla de sorpresa, emoción y algo más, una conexión que nunca había experimentado.
Parpadeo, y el sueño empieza a desvanecerse. Pero incluso cuando me despierto, con el corazón acelerado, la sensación de su mirada permanece, como si él siguiera ahí, en algún rincón de mi mente, esperando volver a aparecer.