El Mar del Tiempo

Summary

FanFic basado en la serie El Ministerio del Tiempo. (3 capítulos, concluido) Tras descubrir su pasado, Marina recibe la visión de un gran peligro para el tiempo: Roa, uno de los creadores del Ministerio del Tiempo en el siglo XV y arquitecto de la escalera helicoidal desea reescribir la Historia. Acompañada de su amigo Elhadji, Nathaniel y Jerónimo de Ayanz, viajarán por toda España buscando la manera de ayudar al Ministerio del Tiempo desde las sombras. Roa debe ser detenido a cualquier precio, a cualquier precio. Una grieta que salvará el Tiempo. Este fanfic, escrito en 2018, formaría parte del proyecto Tiempo de Relatos. Ilustración a cargo de Ángel Pérez.

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Perdidos en el Tiempo

De cielo oscuro y nubes claras, luna que brilla e inunda todo de vida. Corre la doncella desde las casas más bajas, huye la dama directa al centro de la circular ciudad. Llega cansada y sudorosa al interior de la plaza. Pecho agitado, respiración acelerada, dolor insoportable. Camina despacio al núcleo. Por sus piernas caen líquidos de manera estrepitosa. Mira atrás, no hay remedio. Sigue rompiendo, siguen cayendo aguas. Al llegar saca de sus ropajes una tiza celeste y dibuja en el suelo, entre otros tantos extraños símbolos, un rombo partido. Gruñe, gime, grita: algo está saliendo de ella. Todo brilla. Al abrir de nuevo los ojos ya no está en casa. Su barriga casi ha desaparecido y, como puede, recoger el fruto de su huida. La carga en sus brazos y sigue caminando. Cae. La mira. Le sonríe. Llega ayuda. Pierde su brillo. Muere.




2018, Sanlúcar de Barrameda, Cádiz. Biblioteca Pública, La Calle ancha.


Escondido entre estanterías y libros, un hombre de algo más de 30 años de origen africano y un acento afro-gaditano, aguantaba la cabeza de una chica joven quien parecía desmayada. Cabello castaño recogido en una cola alta, flequillo a un lado, aún con el uniforme de La Caridad puesto: medias celeste oscuro, como el jersey, bajo este un polo blanco, y falda a cuadros de tonos celestes y pardos. A ella no le agrada mucho. Todos los viernes la mujer que le cuidaba desde los cuatro años le daba cinco eurillos para ir con sus amigas a almorzar fuera, solo que ella no tiene amigas. Sus compañeras de clase se preocupaban más en maquillarse en el aula, hablar sobre el chico que les gustaba, ese que aun siendo menor de edad se tomaba más cubatas que uno de 25, y a hacer unas extrañas posturas que permitían ver su sujetador al preguntar por la nota del último examen a los profesores masculinos de la escuela. Católica, por cierto. Ella prefería quedar con Elhadji, el hombre que ahora le sujetaba con cuidado la cabeza mientras ella permanecía hiperventilando, mirando al techo mientras sus ojos temblaban. Él había llegado a Sanlúcar hacía años y ahora trabajaba en un puesto cercano a La Calzada vendiendo productos de piel artesanos.


Hacía alrededor de un año que se habían conocido. En el Palacio de La Duquesita se encontraba una exposición gratuita sobre la Guerra Civil Española a la que la clase de Marina estaba visitando en una excursión. Miles de cartas, relatos, dibujos, fotografías, objetos y uniformes de la época, nombres que se juntaban en sus ojos mientras el resto de la clase se fotografiaba entre ellos para subir más tarde dichas imágenes a sus redes sociales. Ella se paró a leer sobre una batalla en concreto: La Batalla de Teruel. Ese fue el principio. Leyó el pequeño resumen sobre la batalla, leyó alguna carta, miró las imágenes. Tres personas le llamaron la atención: una mujer joven y dos hombres. Uno de pelo largo oscuro y bigote, y otro de pelo corto y barba algo canosa, mirada triste. Sentía que quería llorar, sentía que conocía de algo a esas personas. Miró los nombres, de forma más atenta que en las demás batallas. Intentaba prestar atención pero el mareo repentino que sentían sus ojos y los comentarios racistas de sus compañeros sobre un hombre de color que estaba a su lado no la dejaban. Su mano derecha comenzó a temblar. El hombre la miraba extrañado fijándose en su mano. Los ojos de la chica se inundaron de lágrimas mientras ella seguía inmersa en el largo listado de nombres. Él se acercó mientras tocaba uno de sus colgantes, parecía antiguo. Consiguió descifrar lo que ella escribía mientras apretaba con fuerza el tótem que le dieron sus ancestros. “Julián”. Vio, con mucha dificultad, cómo aquel nombre, el que ella dibujaba, aparecía en el listado de nombres. Al segundo la chica cayó redonda al suelo. Justo igual que en el presente.


De nuevo en el ahora, 2018, ellos habían vuelto a quedar. Porque siempre es preferible quedar con alguien que te aporte algo. Todos los viernes quedaban en alguna exposición o en la biblioteca donde ambos admiraban el paso del tiempo. Elhadji la admiraba y le encantaba que ella mostrara sus habilidades. Pero solo cuando era divertido, no en esa ocasión. Él le contó sobre su pueblo, como le habían hablado sobre un trozo de pergamino que trajo un soldado a las órdenes de un tal Franco. El soldado les hizo jurar que guardarían ese pedacito de papel y que al verlo los ancianos del poblado estos quedaron asombrados. Lo que allí estaba escrito era idéntico a otros escritos de sus antepasados más lejanos. Elhadji reconoció los poderes de Marina, la joven desmayada en la biblioteca, al ver que su comportamiento era idéntico al de algunos chamanes de su antiguo hogar cuando entraban en éxtasis. Cómo ella en ese preciso momento. Él tenía una cierta idea de lo que pasaba pero no estaba del todo seguro. Después de todo, ella supo enseguida lo importante que era el tótem que él siempre llevaba colgando de su cuello: una piedra plana con algo parecido a un rombo tallado en ella. En este momento una de las manos de la chica lo apretaba con fuerza.

La fuerza que la estaba haciendo viajar en su cabeza paró de golpe. Se quedó dormida.


Habían pasado varias horas desde aquello. Despertó en una pequeña habitación, abrazada a uno de los cojines y siendo observada por un pequeño de cinco años. Era uno de los hijos de Elhadji. Ella le sonrió y el niño corrió para avisar a su padre. Tomó el móvil que estaba en su maleta, al lado de la cama. Su madre le había escrito. Su toque de queda había sido asignado a las doce y media de la noche.


—Parece que cree que de verdad salgo con los de la clase.

—Por fin te has despertado —comentó Elhadji mientras acercaba una silla a la cama y se sentaba en ella—. ¿Qué ha pasado?

—No te creía. Me gustaba lo que me decías, pero no te creía. La verdad. Pero esta vez ha sido distinto. Joe. Aún me siento agitada.

—¿Quieres agua?

—No, no. Oye... Algo... Algo se ha roto... Hay un hombre que... Es algo mayor, como de unos cincuenta años, no sé. Tiene el pelo cano y barba. Lo veo con muchos tipos de ropa, en plan… Como un vestuario de teatro o algo así. Muchas veces. En muchos lugares distintos, súper raro. Está buscando algo que tiene que ver con tu colgante.

—¿Crees que te está persiguiendo?

—Espero que no. Oye, me tengo que ir a casa, es tarde.

—Claro. ¿Quieres que nos volvamos a ver mañana?

—No. Mi madre está rara y, cómo sepa que soy colega de un negro con el doble de edad que yo, le va a dar un papatús. Además… Lo siento, pero creo que tu colgante me hace ponerme así… Creo que no…

—Vale, entiendo. No tienes porqué dar más explicaciones.


Sonrió como despedida. La acompañó hasta la puerta y le indicó cómo volver al centro.


Eran las diez de la noche, pasadas. Se compró un helado en Casa Tony y se marchó a casa. O al menos lo intentó. Los mareos volvían a aparecer por lo que decidió tomar uno de los autobuses para ir a casa. Creyó que había llegado ya a su calle, pero sus ojos no veían bien; ni siquiera había tomado el bus correcto. Bajó en La Algaida, cerca de los pinares, próxima a Doñana. No tenía ni idea de cómo había podido ser tan tonta como para haberse equivocado tanto. Arrastró su mochila por sus hombros y buscó en el bolsillo mediano su teléfono móvil. De él cayó el colgante de Elhadji. Lo recogió del suelo y este comenzó a brillar.


Y el cielo se oscureció. Y las nubes se tornaron claras, con una luna que brillaba e inundaba todo de vida. Todo a su alrededor se volvieron imágenes que aparecían en su cabeza, pero que años atrás estuvieron allí mismo. Veía a una gran multitud correr hacia donde ella se encontraba, como las luces de la policía y las ambulancias aparcaban en los alrededores. Los médicos que trajeron el último vehículo se acercaron con una camilla, un botiquín y toallas. Marina los siguió con la mirada. Allí estaba ella. Tan joven, con su cabello castaño claro, sudada y con la cara llena de lágrimas pero sonriente. Ya no tiene vida. De ella salía una placenta y de la bolsa un pequeño bebé. Marina se acercó y se quedó mirándola, cara a cara. La reconoce. Llora. Ve como la cortan de ella, como se la llevan de su lado. No puede impedirlo: El tiempo es el que es y la historia no debe ser cambiada por el bien propio. Ella se mira, se sonríe, se avisa. Todo desaparece.


Cerca de una hora más tarde, Elhadji consiguió encontrarla entre los pinares sentada en el suelo con la cabeza apoyada en sus rodillas, llorando aún.


—Creía que no querías que nos viéramos más.

—¿Dónde está tu collar? —él buscó en su pecho, el collar no estaba. Ella le mostró que lo llevaba en su mano— He visto a mi madre —él calla—. He encontrado una puerta.

—¿Una puerta? Aquí sólo veo árboles.

—Hay árboles y una puerta. ¿Puedes venir conmigo? Me da miedo ver que hay más allá.

—Está bien —respondió tras un suspiro.


Caminaron unos metros hasta llegar a una arboleda espesa. Marina agarró con fuerza el colgante con una mano y, con la otra, la mano de su amigo.


—Lo siento. He sido una completa estúpida.

—Es bueno saber cuando uno lo es y tomar responsabilidad por ello.


El símbolo del tótem comenzó a brillar con fuerza y pasaron por la puerta.



“Fui sobre agua edificada,

mis muros de fuego son...”




Al rededor del 6500 .a.C. La Atlantida.


Al llegar al otro lado de la puerta le esperaban un anciano con una barba larga y espesa que acabada en punta. Vestía con una túnica blanca y un extraño sombrero del que sobresalían las orejas, llevaba un bastón de madera del que se veían varios nudos. Sus ojos parecían brillar. Por su parte, el anciano se encontró con un hombre de piel oscura y vestimentas típicas de África, coloridas y con figuras geométricas sin mucho sentido. Tenía los brazos al descubierto, mostrando así cientos de cicatrices de formas irregulares. Cogía en peso a una chica joven quien permanecía dormida y con lágrimas secas en los ojos.


—¿Quiénes sois? —preguntó el anciano.

—Me llamo Elhadji, ella es Marina. Venimos desde España.

—¿España? ¿Qué es eso? —preguntó uno de los jóvenes que acompañaba al anciano.

—Venimos del 2018.

—¿Venís de parte del Ministerio? —cuestionó el anciano— Esa puerta ha permanecido mucho tiempo cerrada. Una de nuestras mujeres la selló hace años ya. ¿Quiénes sois?

—¿Qué es el ministerio? —preguntó extrañado Elhadji. Se le aflojaron los brazos cayendo de su aguante la mano de Marina con la que agarraba el tótem, que quedó colgando, sujeto por una cuerda en uno de sus dedos.

—Ese símbolo nos pertenece… ¿Quiénes sois?

—Es mío. Me lo dio mi padre. Y a mi padre se lo dio el suyo. Y yo se lo daré a mi hijo cuando llegue la hora.


Una multitud de guardias aparecieron de todos lados al escuchar gritar a la órden del acompañante del anciano. Este, sin confiar lo más mínimo en los dos extraños, ordenó que los llevaran al palacio; separando a la fuerza a la joven de su compañero, su guardaespaldas.



Sentía como si hubiera caído por unas escaleras de caracol gigantescas. Su cuerpo estaba dolorido y su cabeza parecía estar apunto de estallar. Al atravesar la puerta había sentido como se llenaba de vida, pero a través de una paliza. Había sentido como había nacido, literalmente. También sintió el dolor que sintió su madre en aquel momento: el fin de su tiempo se había mezclado con el inicio del suyo. Al cabo de unos segundos se percató que estaba totalmente desnuda, tumbada en una cama con sábanas blancas. El espacio era grande, amplio y alto y todo horriblemente claro. Llamaron a la puerta, igual de grande y clara que el resto de la habitación, y, sin permiso, entró un joven en armadura con varias ropas para ella. Sus ojos parecían brillar.


—Tengo que lavarte.

—Bonita armadura.

—El maestro nos ha dicho que no confiemos en vosotros.

—¿Dónde está Elhadji?

—Hablando con el maestro. Vamos, sal de ahí. Tengo que lavarte.

—Estoy desnuda.

—Ya he visto mujeres desnudas antes.

—Felicidades, pero a mi no me ha visto ningún hombre desnuda aún y no tengo intención de que eso suceda. Así que no, gracias. Dime dónde está el baño y yo misma me lavaré.

—Escucha —se acercó a ella tirándole del brazo—, es mi trabajo así que sal de ahí. Tengo que lavarte y vestirte.

—¡Suéltame!


Él la soltó, pero no porque ella se lo pidiera, si no por sus ojos. Uno de ellos brillaba, pequeños destellos. Se apartó de ella y paseó por la habitación pensativo, preocupado. Exactamente un minuto después se volvió a ella.


—Está bien, en ese cuarto está el agua. Ponte esto.

—No hay nada más oscuro, ¿verdad?

—Ya hay demasiadas tinieblas fuera como para que nuestras ropas sean oscuras. Date prisa.


La dejó sola para asearse. Aunque, teniendo en cuenta que solo podía darse con un poco de agua y algo parecido a jabón para refrescarse, no necesitaba mucho tiempo. Lo que le molestaba era que parecía no haber ropa interior en dónde sea que estuviera. Salió con el vestido puesto, le quedaba bastante grande. El chico le esperaba fuera, como dijo. Se acercó a ella y le colocó una túnica sin mangas abierta encima. La tomó del brazo y la dirigió a la sala donde esperaban su maestro y Elhadji.

Si la habitación en la que se despertó era grande, la sala en la que se encontraba ahora era el triple, y casi no se notaba por la desmesurada cantidad de libros. Vio a lo lejos a su amigo mirando alguno de estos, absorto, con ropas claras pero bastante parecidas a las que solía llevar. Alrededor de él, sonriendo, se encontraba un anciano a quien el joven guardia lo reconoció como su maestro. El joven dejó a la chica apartada mientras le contaba a su maestro todo lo que había descubierto sobre la chica, los tres hombres estuvieron un buen rato hablando hasta que llamaron a Marina, por fin.

No entendía como Elhadji se había hecho colega de esos dos tan fácilmente. En realidad parecía que estuviera en casa. El anciano, de nombre Aaron, se acercó a un soplo de ella y observó sus ojos con detenimiento. La miró con detenimientos girando alrededor de la chica, observando su cuerpo, avisado previamente por el guardia, Nathaniel, de lo tímida que ella resultaba para esos estudios. En otra lengua, Elhadji le hablaba al maestro. Ambos sonreían. De repente, Aaron subió a la tarima del gran salón y se sentó en un trono de mármol blanco.


—Fue hace ya mucho cuando nos fuimos, cuando huimos —comenzó—. Desaparecimos. Dejamos atrás lo que descubrimos, la magia del tiempo...

—¿De qué está hablando? —preguntó Marina a Elhadji en voz baja.

—Hablo, pequeña, del Ministerio del Tiempo.

—Ni idea. No he oído... Sí. Espera… Sí.

—¿Sabes de lo que habla? —preguntó su compañero de viajes impresionado.

—Sí... un tal... Lombardi dijo que el gobierno de España tenía un Ministerio secreto, el Ministerio del Tiempo... Sí… y después descubrió América.

—Ah... Ese es el hombre que viste cambiar la historia...

—Creí que fue un sueño.

—Pequeña —prosiguió el anciano—, tú naciste en el cruce de una puerta. Naciste entre tiempos. Aquél del que fuimos avisados no debe saber de ti. No podemos andarnos con muchos detalles, ciertamente. Tu madre era miembro de la Orden del Tiempo. Gran sacerdotisa. Pero algo le asustó y huyó de casa el día en el que debía darte a luz. Descubrió cómo abrir una puerta y viajó a otro tiempo.

—En el tiempo. Claro. ¿Desde dónde?

—Desde la Atlántida —le contestó con media sonrisa su compañero, sabiendo que ella no lo aceptaría a la primera—. Sabía que ese Manuel Cuevas tenía razón.

—Aja. Ya... Hemos viajado como... ¿cuánto?

—Solo habéis dado un pequeño salto —contestó Aaron—. Seguimos en el mismo lugar y en la misma hora. Nos quedamos inmersos en el no pasar del tiempo. ¿Dónde desembocó ella?

—Apareció en Sanlúcar de Barrameda, en España. Año 2001.

—Después de Cristo.

—Ah. Cristo... Gran hombre, mejor persona. Un poco utópico... —comentó Aaron. Elhadji y Marina se miran extrañados y sonrieron—. En eso que llamáis España, hay magia bajo vuestros pies. Tres hombres construyeron una forma de viajar en el tiempo a través de puertas. Escribieron la magia en el Pergamino del tiempo. Pero uno de ellos era malvado y quería utilizar esa información en su beneficio. Destruyeron el pergamino como precaución, esparciendo sus restos por vuestra tierra. Pero hay un libro, un libro donde están todas las puertas... Vuestra reina lo debe de tener bien guardado...

—¿La reina? ¿La Leti?

—No, Isabel.

—Sí que te has ido lejos...

—¿Tanto? Vaya… Los años no pasan en balde... El solo hecho de formar una pequeña abertura para observar es tan complicado... ¡Tan complicado! Y te queda un gran trabajo por delante… Como descendiente de una de los nuestros, tu deber es estudiar el idioma del tiempo y aprender a utilizarlo.



Habían pasado ya unos días desde la llegada de los dos viajeros a la Atlántida. Marina se llevaba las horas estudiando jeroglíficos, símbolos y cientos idiomas, ya que no tenían una copia del pergamino y no sabían a ciencia cierta cuales les serían de más utilidad. Además, estaba siendo entrenada para saber utilizar esos símbolos en cualquier momento. Desde fuera de la pequeña biblioteca en donde al menos cinco sabios de ojos brillantes impartían clases a Marina, el maestro Aaron la observaba serio. Llamó aparte a Elhadji, quién también estudiaba los símbolos y completaba la historia de su familia.


—No es bueno que me llames aparte, ¿verdad?

—Tienes razón, amigo mío. La magia es muy poderosa, pero temo que tu amiga no lo sea.

—Ella sabe que no es ninguna súper heroína.

—Quiero decir que ella, al final de vuestro viaje, morirá.

—Mientes.

—Sabes que no lo hago. Estáis siendo entrenados para algo que os queda muy grande. El solo hecho de abrir la puerta de regreso a vuestra casa sería fatal para ella.

—Si su madre pudo y ustedes estudiáis esa magia desde que nacéis quiere decir que aquí hay alguien que puede abrir la puerta. Y si no, no volveremos.

—La historia seguirá cambiando y ella lo notará. Nosotros, simplemente, observamos lo que pasa en la lejanía. Y solo la estudiamos ocultos en un segundo, un instante del tiempo.

—No es justo.

—No lo es. Por eso, os dejaremos en otra época y, desde allí, viajaréis a la vuestra. Es mucho más seguro. Haré que alguien de mi confianza os acompañe. Yo me encargo. No permitiría por nada en el tiempo que le pasara algo malo a la hija de Iris.


La chica esperaba fuera del edificio principal de la ciudad, mitad biblioteca mitad palacio. Sentada en los altos escalones de nuevo con su uniforme, observaba los árboles, parados en el tiempo. No hay ni una sola brisa, tampoco las fuentes salpicaban agua; las gotas permanecían suspendidas en el aire, las hojas se movían de forma tan lenta que los ojos no lo percibían. Ante ella una gran y extensa plaza se alzaba, con un gran dibujo circular en el centro y multitud de columnas cerrando la localidad. A lo lejos podía vislumbrar como una larga calle seguía adelante, con otros tantos árboles congelados en movimiento. Frente a ellos, edificios que a su parecer eran griegos. El cielo parecía sumergido en el mar, pero ya había estudiado que solo era un efecto secundario del estar fijo en un punto del tiempo. Escuchaba, sin prestar mucha atención, a Elhadji hablar con el maestro Aaron cuando Nathaniel bajó y se paró a su lado. No le hacía gracia que aquel chico les fuera a acompañar de vuelta a casa, o a cuándo debieran de ir antes de eso. Él vestía de época, parecía un campesino para lo elegante que solía estar con su brillante armadura; era la primera vez que veía el rubio platino de su pelo largo pues el casco solía ocultar su cabello. Poco tiempo después bajaron Elhadji y Aaron, el primero llevaba una bolsa de piel con comida y agua en su interior. Los tres viajeros se colocaron en el centro de la plaza y esperaron a que los otros maestros escribieran bajo sus pies los símbolos precisos para la puerta que necesitaban. Aaron despidió a Elhadji y Nathaniel con un movimiento de cabeza, mientras que a Marina le mostró una tierna y triste sonrisa.


Y el tiempo fluyó como un río que se abre paso entre las grandes piedras, subiendo a la superficie del primer ser humano, del primer suceso que hizo a la historia, historia. Y el fuego evaporó el pasado, calentó el presente e incubó el futuro. El tiempo se hizo tiempo. Incontrolable por completo. Y tal era su poder que quién de su poder cerró la puerta con llave y candado. Y se juró no volverla a abrir. Maldito sea aquél que lo intente.