Capítulo sin título 1
John Barney era un pintor muy reconocido en el mundo artístico de la soñada y mundialmente conocida ciudad de Nueva York. Aquel otrora vagabundo había comenzado su emergente carrera hace solo un año. ¿Era posible que, en tan poco tiempo, pasara del anonimato más miserable, rodeado de prostitutas y vino barato, a convertirse en un artista surrealista como no se había visto en décadas?
Un extraño hombre siempre lo acompañaba en exposiciones y entrevistas con medios globales. Este sujeto, de larga barba y ojos profundamente negros como un abismo infinito, era llamado en los foros de Internet, el hombre de los ojos sin alma.
—Buenas noches —se despidió de su chófer personal. Con un paso tambaleante, avanzó hacia su mansión en un acomodado barrio de Long Island. Era una noche peculiar, como si aquella capa que separa lo tangible de lo desconocido estuviera difusa.
La mansión, con sus 40 habitaciones, escaleras de cristal puro y pasillos interminables, parecía tener vida propia. Los ecos de sus pasos eran susurros malévolos. Casi podía sentir cómo las paredes respiraban detrás de él, oprimiendo su sudorosa nuca. El espacio a su alrededor se contraía y expandía. ¿Era carne pulsante o concreto sólido? Se preguntó, mientras la duda carcomía su cordura.
De repente, un pavor indescriptible le desencajó la mandíbula. El dolor lo ahogaba; sus gritos quedaron atrapados en su garganta, mientras lágrimas negras, viscosas como petróleo, brotaban sin detenerse. Sus ojos se fijaron en una figura etérea que dominaba la sala con una presencia imposible de comprender.
En el amplio salón, como espectadores de una ópera macabra, las llamas danzaban con espantosa irrealidad. Si ese baile tuviera música, sería una melodía ancestral, traída desde las tierras más remotas del Medio Oriente.
—¿Qué estoy viendo? —se preguntó Jon en un susurro ahogado—. Debo estar soñando… pero estas llamas parecen abrirse paso desde las tinieblas de mi subconsciente, buscando corromper cada rincón puro que aún queda en mí.
El tormento parecía eterno, aunque solo transcurrieron dos minutos. Dagas invisibles lo desgarraban, tratando de invadir cada parte de su ser. En su mente, una voz repetía: “Esto es el precio de tu ambición”.
El dolor fue tan intenso que cayó al suelo. Quiso correr, escapar de ese infierno que consumía cada rincón de su piel, pero su cuerpo no respondía. Una sustancia amarillenta y viscosa salpicó el impecable mármol. A tientas, ya ciego —sus ojos habían explotado segundos antes—, buscó un collar con la figura de un grotesco engendro. Lo arrancó con fuerza, rompiendo la cadena, que dejó un surco purulento en su cuello. A través de la carne desgarrada, las vértebras eran visibles.
En posición fetal, Jon oró por una salvación que nunca llegó.
La fama era lo único que siempre deseó, pero jamás tuvo el talento necesario para destacar en los círculos del arte neoyorquino. Consumido por la depresión, se dejó arrastrar por los vicios. Todo cambió aquella fatídica noche de navidad, cuando un misterioso hombre de chaqueta larga le ofreció un trato.
—Fama tendrás, pero el precio lo vivirás en carne propia —le advirtió el extraño.
Ahora, sumido en una agonía indescriptible, escuchaba susurros en una lengua desconocida, algo que ningún humano podría comprender.
El trato se cumplió con fuego y sangre. Una sonrisa macabra y un hedor pestilente lo envolvieron mientras su cuerpo era consumido por el infierno que él mismo había invocado.
Jon, el artista más celebrado del mundo, se desvaneció tan rápido como llegó. Su obra desapareció con él. Nadie lo recordaría, y nadie volvería a contemplar un cuadro suyo.
Meses después, en el crudo invierno de 1999, las cenizas de Jon se esparcieron por toda su mansión. Sus restos dejaron huellas grotescas, incluyendo una silueta macabra grabada en las escaleras de cristal.
Así, el legado de un pintor surrealista condenado quedó impreso en cada rincón de aquella mansión maldita. Un recordatorio de que los tratos con lo desconocido siempre se cumplen, a fuego y sangre.
Fin.








