Luz mortecina
Lee Minho acababa de despertar de su larga e incómoda siesta en el auto, su cabeza golpeaba el frío cristal de la ventana y su rostro comenzaba a dolerle. Pestañeó varias veces divisando el exterior del auto, pero sólo vio el bosque frondoso.
El verano había terminado recién, sin embargo, parecía que siempre era otoño en aquel lugar; el clima era húmedo y el cielo estaba cubierto de tantas nubes que sería difícil mirar el sol.
Aquel lugar le pareció tan deprimente como su existencia misma.
—Sé lo que estás pensando —su madre interrumpió el silencio, aprovechando el rojo del primer cruce de semáforos a las afueras del pueblo—. No te gusta este lugar.
—No es eso —frunció el ceño—. Tengo hambre.
—Supongamos que te creo y te digo que pasaremos pronto por algo de comer.
El silencio volvió a asentarse. Minho respiró con pesadez mientras el dolor de cabeza se intensificaba, podía sentir como sus sienes iban a reventar pronto si no encontraba un mejor clima y alimento rápidamente.
Un maullido proveniente del asiento trasero llamó la atención de los humanos. Soonie parecía compartir la desesperación de su dueño por entrar a un lugar cómodo y con comida.
Minho se acercó a acariciar la nariz del gato antes de volver a su asiento y tratar de dormir.
Cuando abrió los ojos por segunda vez se sorprendió al ver que estaban estacionados y no había rastro de su madre, miró hacia atrás y ninguno de sus gatos se encontraba, salió del auto buscando a su madre y la encontró en el maletero tratando de sacar el equipaje. Minho se aproximó a ayudarle, al parecer era la única maleta que faltaba.
—Te has quedado tan dormido que no me escuchaste.
—Discúlpame, te ayudaré en seguida.
Minho miró a la casa que tenían en frente, un lugar pequeño y cuadrado en el que tendría que vivir por quien sabe cuantos meses. La madera se veía algo vieja y oscura, el techo de dos aguas parecía tener una severa acumulación de hojas muertas y la puerta parecía tan frágil que hasta el viento podría derrumbarla.
—Sé que se ve horrible, lamento tener que traerte aquí -entristeció mientras frotaba el hombro de su hijo—, pero prometo que pronto cambiarán las cosas.
—No te preocupes, mamá, estaremos bien.
Aquella frase se sintió acogedora. Después de haberlo perdido todo se presentaba una oportunidad para iniciar desde cero.
—Entremos a la casa.
La puerta era frágil y vieja, pronto tendría que ser removida o no resistiría un invierno más. Por dentro parecía limpia y recién remodelada, sin embargo, había algo en la luz de aquel lugar al que Minho le disgustó.
Había una pequeña sala que a su vez era un comedor y cocina, no mucho que ver más que un viejo armario y un jardín descuidado. En el piso de arriba se encontraban las dos habitaciones principales y un pequeño estudio, un pequeño baño en medio y la entrada de lo que parecía ser el ático. Minho no perdió el tiempo y echó un vistazo arriba, pero se arrepintió al momento de subir; si bien el lugar estaba limpio, la oscuridad allí era profunda, no se podían divisar sombras, solo la negrura de la habitación.
Bajó a la planta baja donde encontró a sus gatos resguardados en sus transportadoras, quería dejarlos libres, pero antes debía asegurarse de cerrar todas las ventanas y posibles salidas; le horrorizaba el hecho de que sus gatos se escaparan y se perdieran en el gran bosque.
—Me he encargado de mandar a colocar mallas de protección en las ventanas —dijo su madre mirando a su hijo inspeccionar cada rincón de la casa—, de esa forma ningún niño saldrá. Recuerda que es un bosque, hijo, hay osos allá afuera, lobos, coyotes...
—Dime que es broma.
Minho contestó asustado.
—No lo es —respondió— hace como diez años, hubo muertes por culpa de osos y animales del bosque. Fue una época extraña para el pueblo.
—¿Me estás diciendo que Soonie, Doongie y Dori corren peligro? —Minho estaba escandalizado, contener un gato en los suburbios era difícil, pero fácil para ellos sobrevivir, en cambio, si salían al bosque serían la comida de un lobo— ¿Cómo podré dormir sabiendo que se los pueden comer?
—Hijo, tranquilo, haremos lo posible por cuidarlos, lo prometo, si es necesario mantendremos ventanas y puertas cerradas con candados —respondió su madre—. Además, no sólo tus gatos están en peligro si salen al bosque, cualquiera en este pueblo lo está, por eso no debes salir nunca sin un guardabosques, ¿entendido?
—Entendido.
—Prepara tu habitación, mañana es lunes y te integrarás a la escuela, yo estaré trabajando de forma remota durante todo el día.
Minho asintió y llevó a sus gatos a su habitación. Un pequeño espacio donde instalaría su cama en el piso y dejaría que sus niños se acostumbraran al lugar antes de colocar más cosas.
El pelinegro maldecía cada día después de haberlo perdido todo, sus seres queridos, su casa, sus pertenencias... Lo único que le quedaba en la vida eran sus gatos y su madre, motivo suficiente para mantenerlo vivo a medias. Odiaba el pueblo, no había ido a conocerlo y ya lo detestaba. Odiaba la casa, horriblemente estadounidense, sin calefacción en el piso y sin puertas seguras. Detestaba el clima frío, la neblina espesa y ese asqueroso color verde del bosque.
Colocó su cama, cerró la puerta y abrió la puerta de las jaulas. Se sentó en medio de la habitación, sobre el piso, esperando a que sus niños salieran, pero ningún se atrevió. Había leído sobre el estrés que les genera a los gatos mudarse de casa, más de país, podían quedar traumatizados los primeros días, incluso dejar de comer y tener problemas digestivos. Estaría muy al pendiente de ellos, no dejaría que por un descuido se murieran... O los asesinaran.
⋆。゚☁︎。⋆。 ゚☾ ゚。⋆



![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)




