Prólogo
Narrador
Hace mucho tiempo, un dragón desató la devastación sobre todo aquello por lo cual los hombres y dragones daban sus vidas. Todo lo que habían amado, construido y soñado fue reducido a cenizas bajo su aliento ardiente.Los dragones que elegían vincularse con un jinete, estableciendo un lazo tan profundo que unían sus almas, luchaban para proteger al país, al rey y al legado de ambos mundos. Era una unión poderosa, pero también una maldición. Si uno caía, el otro lo seguía en la muerte. Con el tiempo, algunos dragones comenzaron a cuestionar esta unión. ¿Por qué deberían someter su inmortalidad al capricho de unos seres tan frágiles y efímeros como los humanos? Decidieron buscar una solución, una forma de desligarse de esos sentimientos que los ataban. Así, encontraron la manera de bloquear las emociones de sus jinetes, limitando el vínculo, haciendo que solo bajo su propia voluntad pudieran abrir sus corazones al lazo mortal. Pero hubo una excepción. El rey de Syrvelorn, un líder imponente y orgulloso, había formado un vínculo inquebrantable con su dragón, Kestan. Juntos gobernaron con mano firme, ganaron guerras sangrientas y mantuvieron a raya a todos los enemigos que osaran desafiar su reino. Su poder era absoluto, su vínculo legendario. Sin embargo, aquella fortaleza que parecía imbatible se derrumbó en una sola noche de traición. Una daga encontró el corazón del rey mientras dormía, y con su último aliento, también cayó Kestan. El rugido desgarrador del dragón resonó en el cielo, un grito de muerte que oscureció la luna y congeló la sangre de todos los habitantes. Cuando el cuerpo del rey fue encontrado, el pueblo lloró, pero cuando el cuerpo de Kestan se desplomó desde los cielos, Syrvelorn se sumió en la penumbra. Un manto de luto y desesperanza envolvió al reino, mientras el traidor se alzaba con su victoria. Pero no todo había terminado. Kestan había dejado un legado: un hijo, joven e inexperto, pero lleno de una furia primigenia. Xarion , como lo llamaban los ancianos, emergió de las sombras, un ser de llamas y tormenta, y su cólera no conocía límites. En su desesperación por vengar a su padre, Xarion desató un infierno sobre el reino. No distinguía entre culpables e inocentes: las ciudades ardieron, los campos se convirtieron en cenizas, y tanto humanos como dragones cayeron bajo su ira. Sus ojos llameaban con odio, y su rugido hacía temblar la tierra. Aquellos que sobrevivieron lo miraban con terror, pero también con codicia. En su corazón oscuro, veían un arma perfecta, una fuerza que podían moldear para sus propias guerras. Pero no sabían lo que enfrentaban. Aunque aún joven, Xarion poseía un poder que desafiaba toda comprensión. Incluso los dragones más antiguos, aquellos que habían combatido en las guerras del pasado, no podían someterlo. Finalmente, cuando la tierra estaba arrasada y el aire aún olía a humo y sangre, Xarion se alejó. Subió a una montaña lejana, donde ningún humano ni dragón se atrevió a seguirlo. Allí, rodeado de soledad, juró nunca vincularse con ninguna criatura. Nunca más confiaría, nunca más amaría. Antes de cerrar sus ojos y caer en un sueño profundo, susurró con un odio ardiente: “Odio a los humanos. Odio su debilidad. Odio su traición.” Y así, mientras Syrvelorn se hundía en el caos, el último hijo de Kestan desapareció, dejando tras de sí un mundo quebrado, un reino en ruinas y un legado envuelto en llamas y cenizas.
Anastasia.
El fuego chisporrotea en la chimenea, llenando la sala de una cálida luz anaranjada que contrasta con el frío viento nocturno que golpea las ventanas. Estoy sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos muy abiertos, mientras mi madre, con una voz suave pero cargada de emoción, me cuenta la historia del dragón que se rebeló.
—Quemó Syrvelorn con su furia desatada— susurra, y por un momento, su voz parece el eco de las llamas.
—Muchos murieron aquella noche. Algunos dicen que fue venganza por su padre, el gran dragón dorado, asesinado por humanos. Otros aseguran que el dragón simplemente enloqueció. ¿Qué justicia puede haber en el fuego que consume a inocentes por los pecados de un hombre?
La intriga se enreda en mi mente como un viento helado. Nadie sabe quién mató al rey aquel día fatídico. Algunos creen que huyó a las montañas; otros, que fue reducido a cenizas por el dragón vengador.El nombre de Theor, el hermano menor del rey asesinado, pesa como un martillo.
—Ahora gobierna con mano de hierro. Todos lo temen,incluso ha dominado a un dragón, Ignarion, cuyas llamas son tan letales como su jinete.—La voz de mi madre cambia de tono, volviéndose misteriosa, como si contara un secreto prohibido.
—Los dragones duermen hasta que nace su jinete. Pero cuando llega el momento, ningún poder en el mundo puede detener el vínculo que los une. Solo un jinete puede escuchar su voz y sentir su poder… aunque no todos los jinetes sobreviven al vínculo.
Asiento, asombrada. Tengo diez años y me encantan las historias de dragones. Me apasiona investigar todo sobre ellos y, a menudo, me imagino volando en uno, sintiendo el viento en mi cara y la libertad en mi corazón. Miro a mi madre, y estoy fascinada escuchándola. Su pelo rubio brilla con el fuego de la chimenea, mientras sus ojos verdes chispean con emoción. Cada palabra que pronuncia me transporta a un mundo lleno de maravillas, haciendo que la historia sea aún más cautivadora.
—¿Qué pasa si el dragón no quiere a su jinete? —pregunto con el corazón latiendo rápido.
—Si el vínculo es débil, el dragón puede abandonarlo, el elegido vivirá normalmente sin dragón, pero si la marca ya está hecha…—Mi madre baja la mirada, y un silencio pesado cae sobre nosotros.
—¿Morirá?—Mi voz tiembla al pronunciar la pregunta.
Mi padre, de cabello rojo oscuro y ojos azules profundos, ha estado escuchando en silencio desde el sofá, responde con gravedad:
—Sí, Anastasia. Por eso el vínculo es un honor, pero también un riesgo.
Un escalofrío recorre mi espalda. La idea de tener un dragón, que antes me parecía mágica, ahora es aterradora. ¿Y si soy yo esa persona? ¿Y si tengo un dragón, pero no le gusto? Trago saliva, y mi padre se acerca para abrazarme con fuerza, sentándome en su regazo. Lo miro por unos instantes, fijándome en sus cicatrices de su mandíbula y su pómulo izquierdo; son cicatrices duras que cuentan historias.
—No te atormentes, Anastasia. No te pasará nada —me dice, sonriendo dulcemente, y yo lo abrazo con todas mis fuerzas—. Mamá y yo te protegeremos.
El miedo se desvanece en los brazos de mi padre, como una tormenta que se disuelve al amanecer. Mientras él me sostiene, siento la calma de su fuerza, como si me anclara a algo inquebrantable. Pienso en la posibilidad de un futuro sin un dragón que me elija, un destino donde no sea jinete. El pensamiento me oprime el corazón, pero en esa incertidumbre también hay un consuelo. Mis padres, con su serena fortaleza, son la prueba de que no tener uno no es el fin, solo un camino diferente. Ellos nunca montaron dragones, pero sirvieron con honor en el ejército del antiguo rey, hasta que yo llegué al mundo y sus prioridades cambiaron. Sus historias son ecos de un pasado lleno de peligros y lealtades, pero también de una vida vivida con coraje sin depender de las alas de una criatura mítica. Y en su ejemplo, encuentro un susurro de esperanza. De repente, un grito desgarrador resuena en todo el pueblo, rompiendo la paz de mi pequeño mundo. Las voces se entremezclan en un estruendo caótico, y yo no logro entender, solo siento el terror escurriéndose por mis venas. Mi padre me deja en brazos de mi madre y sale apresurado. Nosotras salimos detrás de él. Las llamas devoran el paisaje; el pueblo está en llamas, y la desesperación se siente en el aire. Gente corre despavorida, otros lloran por sus seres queridos, mientras yo siento que mi corazón se quiebra.
—¡La historia se repite! —grita un hombre, sembrando el caos.
Mi madre me suelta de su abrazo y me mira con ojos llenos de pánico.
—Escúchame bien, Anastasia. Corre, huye y no mires atrás. No te detengas, pase lo que pase, y evita a quien diga que sabe quién eres. Ve al pueblo más cercano y busca a Falco. Él te ayudará.
El miedo cruje en mi pecho, y las lágrimas brotan sin piedad.
—¡No! No me iré sin ustedes. ¡Vámonos juntos! —suplico, aferrándome a su mano, pero ella solo me mira con tristeza y valentía.
Mi padre regresa con una capa y un caballo, poniendo la capa sobre mis hombros con urgencia, mientras yo grito en desesperación.
—¡Por favor! ¡Mamá, papá! ¡No me dejéis!
Les miro con súplica, pero la determinación de mi padre es inquebrantable. Tensa la mandíbula y besa mis manos.
—Si vamos contigo, morirás. Te dije que te protegeríamos, y eso es lo que haremos. Siempre lo hemos hecho, pequeña mía. Ahora, hazlo por nosotros, sobrevive.
El caballo relincha y echa a correr antes de que pueda decir algo más. Las lágrimas me nublan la vista mientras el fuego consume todo a mi alrededor. Un rugido atronador llena el cielo, y al levantar la vista, lo veo: un dragón rojo, gigantesco, con escamas brillando como brasas y ojos que parecen atravesar mi alma. Me mira. Lo sé. Lo siento. Un rugido gutural emerge de su garganta, y es como si estuviera llamándome. El caballo acelera, aterrorizado, y nos lleva hacia el bosque. Pero antes de desaparecer entre los árboles, escucho otro rugido, diferente, más agudo. Giro la cabeza justo a tiempo para ver un dragón azul surcando los cielos. Mis padres están montados en él. Mi corazón se detiene. El dragón rojo se lanza sobre ellos, más grande, más rápido, más mortal. Se enfrentan con una ferocidad que corta el aliento, sus alientos de fuego iluminando el cielo como si fuera un amanecer apocalíptico. Y luego sucede, el dragón rojo ruge con furia y libera un torrente de llamas que envuelve al azul por completo.
—¡No…!—mi voz se quiebra, apenas un susurro.
El dragón azul, con mis padres aún sobre él, cae envuelto en llamas. Las lágrimas ruedan por mis mejillas, calientes como el fuego que devora mi hogar. Odio a los dragones. Los odio con toda mi alma. Y en ese instante, juro que nunca seré un jinete. Jamás.
Narrador
En las cimas heladas de las montañas, donde el silencio es eterno y la nieve cubre las cicatrices de la tierra, yace un dragón blanco como el invierno mismo. Su cuerpo inmenso está envuelto en un letargo que parecía infinito, pero algo rompe la quietud. En la profundidad de su mente, una voz emerge, frágil pero hiriente. “Odio a los dragones. Nunca seré un jinete.” El eco de esas palabras lo golpea como un relámpago en la oscuridad. Sus ojos, dorados como soles apagados, parpadean por primera vez en siglos. Algo dentro de él duele, algo que ni siquiera las eras dormidas han podido borrar. Una lágrima,un diamante líquido, brillante y puro , brota de su ojo derecho. Recorre su nívea mejilla y cae al suelo con un sonido apenas perceptible, pero al tocar la roca helada, una explosión de luz inunda la caverna. El dragón se estremece. Sus alas, inmensas y perladas, se despliegan con un crujido que resuena como un trueno atrapado entre los picos. Un rugido brota desde lo más profundo de su ser, lleno de emociones que ni él comprende: dolor, rabia… y un juramento silencioso. ¿Quién es esa voz? ¿Por qué sus palabras atraviesan el hielo de mi alma? Lentamente, el dragón se alza. Su silueta resplandece contra la penumbra de la caverna, y su mirada dorada se fija en el horizonte más allá de las montañas. Algo lo llama, algo que no puede ignorar. Y mientras la nieve comienza a caer a su alrededor, la tierra tiembla bajo el despertar del guardián que nunca debió ser perturbado.