Capítulo 1: INTRODUCCIÓN
Desde tiempos inmemorables, la sociedad ha establecido ciertas reglas para controlar a los seres humanos y sus deseos. Por lo general, estas reglas cubren una alta gama de valores morales con el fin de que los seres humanos puedan convivir en paz entre ellos. Sin embargo, dichas reglas son solo un catálogo de hipocresías creadas con el fin de ocultar la realidad. ¿Qué persona no sabe que controlar algo es imposible? La realidad social es completamente independiente y evolutiva tanto que jamás podrá contener la verdadera esencia humana. Pero ¿cuál es esa esencia? Esa esencia es a la que denomino depravación.
La depravación es esa pequeña vocecita en la cabeza de las personas que constantemente les pide que hagan algo que es socialmente inaceptable. La depravación es ese monstruo interno que las personas ocultan con sonrisas y que restringen por medio de frágiles y eludibles reglas. Nadie puede suprimir a la depravación porque suprimirlo creará una reacción en cadena que obligará al humano a realizar las más inimaginables y asquerosas cosas que la sociedad no está dispuesta a tolerar. Estas cosas pueden ir desde una acción mínima como el chantaje hasta ir a extremos como el asesinato y abuso sexual. Innumerables casos de genocidio, abusos sexuales, intolerancia social y bullying son creados por esa depravación. Ese ser interno que susurra día y noche realizar actos “inmorales” llevando hasta la orilla del acantilado al ser humano es sin duda alguna la incontrolable depravación.
Entonces, sí realmente no se puede suprimir a ese monstruo, ¿qué debería de hacer el ser humano? ¿Debería dejarse llevar por sus deseos internos? o ¿Debería luchar contra sus deseos y suprimirlos hasta la muerte? Naturalmente, el ser humano notó que era imposible suprimir la bestialidad de los genes hasta la muerte. También supo que las reglas establecidas, en lugar de controlar, solo incitaban al monstruo a llevar a cabo su más profundos y oscuros deseos. Es bien sabido que algo que se prohíbe se vuelve más tentador. Entonces, como era imposible eliminar, controlar, o suprimir a ese ser oscuro interior, lo único que quedaba era satisfacerlo. Sin embargo, no podían satisfacer al monstruo como él deseaba porque se supone que habían creado reglas y normas sociales que definitivamente servirían para suprimirlo. Por lo que, para no darse una cachetada en la cara, lo que hicieron fue crear placebos. Dichos placebos ayudarían a mantener los deseos bajos y las personas finalmente podrían vivir una vida decente.
No obstante, ¿cuán efectivos eran estos placebos y cuáles eran? Los placebos pueden encontrarse en cualquier lugar. Una persona que sufre de irascibilidad buscará métodos para desahogar ese sentimiento sin dañar física ni emocionalmente a alguien, incluso sin necesidad de conocerlo. Una persona que padece de soledad encontrará en un espacio intangible a personas que le hagan compañía. Alguien con impulsos agresivos, como el deseo de matar, podrá encontrar un lugar en la sociedad donde esos impulsos puedan canalizarse de manera útil. Finalmente, una persona con un alto deseo sexual no solo podrá encontrar una pareja a un costo accesible, sino que, si es más tímida, podrá recurrir a la imaginación reflejada en métodos heredados de la literatura.
Creo que hasta este punto el lector puede entender dónde y cómo se manifiestan los placebos, ¿cierto? Pero, ¿cuán efectivos son realmente? La respuesta es sencilla: no lo son.
No hay efectividad con dichos placebos ya que como cualquier placebo su único uso es mentir a las personas para que crean que la “medicación” está funcionando. Todos ellos lo único que hacen es darles de probar al monstruo la alegría de la concepción de su ideal. De cierta manera los adormecen para que dichos monstruos no cometan los pecados que desean. Al inicio, puede que estén satisfechos y “curados”. Se sienten libres de pensamientos perversos y llevan vidas “decentes”. Los efectos pueden durar por años, pero siempre habrá un punto en la vida en el cual el insaciable monstruo querrá llevar a la realidad y a la total plenitud su deseo. Ya no querrá migajas y buscará el plato principal; por lo tanto, cualquier cosa será el detonante para la liberación de la depravación. Entonces, las personas sabrán que alguien asesinó cruelmente a otra persona solo porque estaban en desacuerdo. Sabrán que una persona se suicidó porque realmente no tenía amigos, porque no obtuvo la nota más alta en el instituto, porque simplemente no soportó la carga laboral... También sabrán que un hombre violó a un menor, que una mujer drogó a un hombre y que se aprovechó de él, y que incluso un grupo de niños de 14 años pudo tomar sin permiso el cuerpo de otro niño solo por la llamada experimentación e ingenuidad adolescente. Finalmente, ese monstruo demostrara que dichos inhibidores solo fueron la lava que hirvió hasta que el volcán erupcionó.
Todos, absolutamente, todos tienen ese monstruo interno llamado depravación, y quienes niegan tenerlo, son aquellos cuyos placebos aún siguen funcionando.
Esta historia, por ejemplo, es un caso claro de lo que sucede cuando la depravación, poco a poco, te consume. Sin embargo, también plantea que quizás la depravación no sea simplemente perversión, sino una forma de individualidad y aceptación. Tal vez esté distorsionada por los constantes intentos de la sociedad de reprimirla. Quizás, solo quizás, la depravación no exista como tal, sino que haya sido creada a partir de los deseos inmorales que personas realmente perversas construyeron para su propio beneficio, fingiendo ser virtuosas mientras condenan a quienes son diferentes.
Tal vez las personas no desean matar, violar o morir, sino que simplemente reaccionan ante estímulos prolongados que les causaron daño. Quizás lo que llamamos depravación no es más que una expresión de ideas o pensamientos adelantados a su época, que fueron tergiversados y manipulados por personas malintencionadas. O tal vez esa pequeña chispa de maldad sea inherente a cada ser humano, y lo único que nos queda es aprender a discernir si los deseos que nacen de ella son verdaderamente imperdonables.
Entonces, para comprender y diferenciar entre depravación y maldad, permitan que les cuente el caso de Xiao Zhan.
Xiao Zhan es un hombre de 26 años que toda su vida ocultó el hecho de ser homosexual hasta que sucumbió a la depravación innata en él. Su depravación era ser homosexual, lo cual era un problema por que su familia era religiosa y creció oyendo cómo los homosexuales eran unos depravados y una aberración para el reino de los cielos que se consumirían en el fuego del infierno. Por ello, cuando descubrió que se sentía atraído hacia el cuerpo de un hombre, temió. Tuvo miedo de ser una aberración, de decepcionar a su ser más querido y de ser juzgado, incluso tuvo miedo de ir al infierno. Debido a ello, salió con mujeres. Trató de acostarse con ellas y de suprimir el creciente gusto por el cuerpo masculino, pero todo fue inútil. Las caricias de las mujeres jamás despertaron su fuego interno. Nunca logró acostarse con mujeres, y a medida que creció se dio cuenta de que lamentablemente era gay. Lo peor no era que fuera gay. No importaba si lo era porque podía ser soltero toda su vida y suprimir su deseo hasta llegar a la tumba. Lo peor es que se dio cuenta de que su deseo sexual era demasiado profundo. Anhelaba ser sometido por otro hombre, anhelaba ser acariciado y a la vez maltratado, y anhelaba el sabor de las endorfinas liberándose por la liberación de la excitación.
El deseo de Xiao Zhan fue creciendo hasta que fue imposible contenerlo. Primero, comenzó excitándose con solo ver dos figuras de hombres besándose. Después, el deseo y la morbosidad fue creciendo y comenzó a buscar pequeñas series donde los besos fueran más profundos y cuyas lenguas se entrelazaran con deseo. Después de eso, ver directamente como la piel chocaba con la piel no fue una sorpresa. Su depravación creció hasta el punto en que comenzó a leer libros eróticos descriptivos dejando que su imaginación se desbordara y satisficiera a su monstruo interno. Durante este proceso, comenzó a cuestionarse cómo sería masturbarse mientras se imaginaba siendo tocado por un hombre. Y pronto ya no se cuestionó. El primer paso fue imaginarse a sí mismo teniendo sexo, logrando que su pene se endureciera y secretara pre-semen para luego masajear su pene y más tarde incluso cruzó la línea y se penetró a sí mismo el ano con sus dedos. Todo para calmar su sed de un hombre y un cuerpo caliente.
Mientras Zhan se iba hundiendo cada vez más en la depravación, fingía ser la persona educada con un potencial académico excelente frente a su familia y amigos. Jamás abrió su boca para revelar sus asquerosos deseos. Y, por un tiempo, se sentía como una basura. Se encerraba en su cuarto, y cuando terminaba de masturbarse, se hacía una bola y comenzaba a llorar maldiciéndose a sí mismo por ser una basura. Pedía perdón a Dios por ser así, y se prometía cada vez que esa sería la última vez que lo hacía. Obviamente, la promesa se rompía a la semana siguiente cuando soñaba que se acostaba con un hombre y el profundo deseo de buscar placer que le embargaba le incitaba a volver a cometer el acto sucio. Entonces, volvía a maldecirse por ser débil, por ser gay e ir contra los deseos de Dios. Se maldijo por no ser el hombre virtuoso que querían, pero no podía luchar contra su fuerte deseo. Xiao Zhan se maldijo por ser débil, pero se masturbó. Se maldijo una y otra vez, pero así también se masturbó una y otra vez. Así que, de esta manera, estaba en un vaivén entre lo que querían que fuera y lo que realmente era.
Toda su vida fue asfixiante y deprimente. Luchaba constantemente por esconder esa parte de él que le instaba a ¿ser feliz? a ¿cometer pecados? Luchaba con sus sentimientos contradictorios porque no quería decepcionar a su ser más querido que le había brindado todo su amor, protección y expectativas a cambio de que solo fuera un buen trabajador y que tuviera una buena familia que al final procrearía siguiendo el ciclo de la vida de nacer, crecer, reproducirse, y morir. Tan simple que se oía. Solo eran cuatro pasos naturales, pero que conllevaban toda una vida de sufrimiento para Zhan. No podía prometerle a su familia nada como hijos o nietos porque sabía que aun si no caminaba por el camino del homosexualismo, no estaba dispuesto a forzarse a penetrar a una mujer. Era insólito. Era solitario, sofocante y triste.
Xiao Zhan incluso llegó a pensar en suicidarse. Si se mataba a sí mismo, podía librarse de esos pensamientos incriminatorios. Era como un asesino que presentía que en cualquier momento alguien sabría que debajo de su cama estaba el cuerpo fétido que mató. Tal vez muriendo ya no tendría que sufrir por ocultarse de los demás. Tal vez con su muerte podía decirles a esas personas asfixiantes que lo que hacían lo mataban de manera indirecta. Tal vez la muerte podía librarlo de las ataduras de su cuello y manos; quizás, y solo quizás, muerto ya no pensaría en defraudar a su familia. Pero el pensamiento solo sucedió y nunca se efectuó porque para el colmo, además de gay, era cobarde.
En su mente, a pesar de los contradictorios pensamientos de suicidio, había una idea persistente que le instaba a seguir viviendo. Sabía que, al hacerlo, lo único que conseguiría sería fragmentar aún más su mente mientras se infligía daño a sí mismo. Era consciente de que, si decidía no quitarse la vida, tarde o temprano esa oscura voluta en su cabeza tomaría el control, llevándolo a cometer el peor de los pecados.
Las oraciones y los golpes de pecho aliviaban temporalmente su culpa tras cada acto de masturbación, pero solo porque aún no había cruzado el umbral de tener contacto físico con otro hombre. Mientras eso no ocurriera, sentía que la “suciedad” no se había impregnado completamente en su alma. Sin embargo, sabía que, si alguna vez traspasaba esa barrera, ya no habría agua bendita capaz de purificarlo.
Aun así, en lo más profundo de sí mismo, también albergaba una leve esperanza. Una parte de él creía que tal vez vivir más podría traerle una gran sorpresa, que aquello que lo ataba y condenaba no siempre estaría con él, y que algún día sería libre para ser quien realmente era. Esa esperanza, aunque tenue, le decía que todavía había posibilidades de redención y libertad.
Así, se encontraba atrapado en un angustiante limbo: morir anhelando la libertad o vivir convirtiéndose en un esclavo de sus propios temores, esperando una condena que sentía inevitable.
La vida de Xiao Zhan no fue fácil hasta que descubrió que las cadenas que le sometían podían ser quitadas. Xiao Zhan creció pensando que ser gay era malo. Creció escuchando opiniones condenatorias a los homosexuales y también los condenó. Se negó a sí mismo fervientemente y de tal manera que su luz se apagó. Prácticamente, estaba viviendo sin vivir; él era como un zombi que se movía y comía, pero que no respiraba. Sin embargo, cuando cumplió 23 y perdió a su ser más querido en el mundo, su abuela, las cadenas que le ataban se quebraron. Era extraño. Cuando supo que había muerto su abuela, quien lo crio desde pequeño, debió sentirse tan triste hasta el punto de llorar y dejarse caer por el dolor queriéndola acompañar en el ataúd, pero, en su lugar, dio un suspiro de alivio. En verdad, él suspiró de alivio porque ya no tenía que fingir frente a ella que era el ser perfecto que ella había moldeado. Sin embargo, aunque estaba aliviado, también estaba perdido. Toda su vida fue dictada por su abuela, y ahora que ella ya no estaba, no sabía qué hacer. Aunque ya nadie le restringía, su vida seguía siendo difícil.
Zhan ya no tenía a nadie a su lado. Sus padres estaban divorciados y nunca se preocuparon por él. Su hermano mayor se había mudado a otro país, y solo podía verlo una vez al año, con suerte, e incluso su gato se había escapado de casa. A nadie le importaba si Xiao Zhan era gay o si tenía excelentes notas o si el trabajo que tenía le devengaba un buen sueldo. Eso le hizo preguntarse a Zhan si había valido la pena esos más 16 años de inseguridades y lamentos por sospechar que era gay. Zhan comenzó a darse cuenta de que sin su abuela ya no había ninguna restricción y podía hacer todo lo que quisiera, pero también no podía hacer nada porque no se atrevía. La vocecita en su cabeza le decía que siguiera su vida y que probara los placeres que se habían prohibido desde hace años, pero había algo en su cabeza que también le recriminaba por ser un depravado, un bastardo y aberración. Por lo tanto, aunque Zhan estaba libre de sus cadenas, descubrió que estaba dentro de una jaula.
Xiao Zhan no sabía que esa jaula en la que estaba solo haría que empeorara. El monstruo dentro de él sabía que la libertad estaba al alcance de un paso, pero que era el mismo Xiao Zhan quién había creado la jaula. Esta jaula solo pretendía controlar al monstruo interno hasta que Zhan decidiera qué hacer. Pero una vez más, no hay nada en este mundo que se pueda controlar. Y los deseos son los peores. Jamás se podrán controlar, incitando así a la rebeldía del ser oscuro.
Milagrosamente, logró engañarse a sí mismo con esa jaula. Zhan como ya no tenía a nadie a quien mostrarle su falsa cara, poco a poco decidió cambiar. Primero, dejó la iglesia; después, dejó de estudiar cursos y talleres complementarios, y buscó un trabajo promedio, pero con flexibilidad de horarios. De alguna manera, su vida parecía tomar un buen rumbo después de despojarse de sus cadenas, pero un día la realidad le enseñó que elegir ignorar sus problemas no era una solución a largo plazo. Fue entonces cuando Wang Yibo llegó a su vida…
