Epilogo: Nevada
Era invierno. Los copos de nieve caían lentamente, como pequeños cristales danzantes en el aire. La luz del sol, pálida y fría, se filtraba entre las nubes grises, haciendo brillar la nieve acumulada sobre los tejados y las ramas de los árboles. Tras la ventana ligeramente empañada por el calor del interior, Luka, un pequeño niño de mejillas rosadas y cabello rubio despeinado, observaba con fascinación. Desde su asiento, veía cómo el paisaje había cambiado: el suelo estaba cubierto por un manto blanco que crujía bajo los pasos, y las ramas de los árboles parecían vestirse con delicados encajes de hielo.
Aunque la comida estaba servida sobre la mesa, el niño no podía despegar la mirada del exterior. Su aliento formaba pequeños nubarrones en el vidrio congelado mientras sus dedos dibujaban figuras sin sentido en el vapor acumulado. Por alguna razón, incluso dentro de la casa cálida, sentía el frío en sus mejillas. Quizás porque imaginaba cómo sería salir y jugar bajo aquel cielo grisáceo que anunciaba más nieve.
Finalmente, cuando los copos dejaron de caer y el viento se calmó, Luka no pudo contener su emoción. Saltó de su asiento y corrió hacia su madre, dejando atrás su plato a medio comer.
—¡Ma! ¡Ma! ¿Puedo salir a jugar? ¡Por favor! —exclamó con ojos brillantes y la voz llena de emoción, mientras se aferraba al borde del delantal de su madre.
Ella lo miró con una sonrisa suave y acarició su cabeza.
—De acuerdo, pero ponte tu abrigo. Y no olvides volver antes de la cena, ¿de acuerdo?
Luka asintió con entusiasmo.
—¡Sí, sí! ¡Lo prometo, mamá! —dijo antes de correr a buscar su abrigo rojo y su bufanda de lana.
Cuando finalmente salió, un aire helado golpeó su rostro, haciéndolo estremecer. Pero lejos de molestarlo, esto lo hizo sonreír más. El cielo parecía más amplio, y el mundo, con su alfombra blanca interminable, se sentía como un cuento de hadas. Las huellas de sus botas dejaban marcas suaves en la nieve recién caída, y un viento ligero levantaba pequeños remolinos que parecían bailar alrededor de él.
Cerca de un grupo de árboles, escuchó las risas de otros niños. Algunos estaban lanzándose bolas de nieve, mientras otros construían pequeños muñecos con ramas y piedras. Luka se unió sin dudar, tomando un puñado de nieve entre sus manos. Era suave y fría, como una nube congelada, y se deshacía un poco entre sus dedos antes de que pudiera darle forma.
—¡Toma esto! —gritó, lanzando la bola con una risa traviesa, mientras los demás respondían en una batalla de risas y nieve.
La tarde continuó con risas y juegos hasta que uno de sus amigos, mientras lanzaba una bola, señaló hacia un árbol cercano.
—¿Han visto a ese niño raro? —preguntó, señalando con la cabeza.
Luka, curioso, siguió la dirección de la mirada de su amigo. En el borde del bosque, entre las sombras de los árboles cubiertos de nieve, estaba una figura delgada, casi inmóvil. Su cabello negro corto y su abrigo gris lo hacían parecer parte del paisaje, como si también estuviera cubierto por la fría quietud del invierno.
—No es un niño —dijo Luka, sonriendo—. Es una chica, tonto. Solo tiene el cabello corto.
—¡Te digo que no! Es un niño.
Luka levantó una ceja, divertido, y se cruzó de brazos.
—¿Quieres apostar?
Sin esperar respuesta, Luka corrió hacia la figura misteriosa. La nieve crujía bajo sus pies, y podía escuchar el susurro del viento entre las ramas desnudas de los árboles. Al acercarse, llamó con una voz amigable:
—¡Oye! ¡Te hemos visto desde allá! ¿Quieres unirte a nosotros? Aunque... tal vez sea peligroso para una chica.
La figura giró lentamente, mostrando un rostro serio con ojos oscuros.
—Soy un chico —respondió, con voz firme y un leve fruncir de cejas—. Y no quiero jugar. Eso es para niños sin cerebro.
Luka se quedó mirándolo, boquiabierto por un momento, antes de soltar una risa burlona.
—¡Ah, claro! Es porque tienes miedo, ¿no? —dijo Luka, formando una gran bola de nieve y lanzándosela.
El chico, sorprendido, recibió el impacto directo en el pecho y se sonrojó, tanto por el frío como por la indignación. Con un movimiento rápido, formó su propia bola de nieve y se la devolvió.
—¡¿Miedo?! Deberías ver tu cara, tonto.
Y así comenzó una guerra de nieve entre ambos, mientras los demás niños observaban y animaban. Las risas llenaron el aire helado, y el frío pareció menos intenso por la calidez del momento.
Cuando finalmente cayeron al suelo, agotados, Luka miró al chico con una sonrisa juguetona.
—No que jugar con nieve era para tontos, ¿eh?
El otro niño, que ahora estaba rojo de esfuerzo y vergüenza, apartó la mirada.
—Tch. Cállate —murmuró, pero una pequeña sonrisa traicionó su expresión seria.
Luka lo miró un momento, sus ojos brillando con curiosidad.
—¿Cómo te llamas?
El chico suspiró, pero antes de que pudiera responder, un hombre alto con el cabello despeinado apareció detrás de él. Su rostro era frío y severo, como si el aire helado que los rodeaba se concentrara en su mirada.
—¿Qué haces aquí? ¿Cuántas veces te he dicho que no puedes jugar en la nieve? ¡Es una pérdida de tiempo! —gruñó, agarrando al niño del abrigo y dándole una bofetada que resonó en el aire.
El tiempo pareció detenerse. Luka se quedó congelado, sin saber qué hacer. El chico no protestó, solo bajó la cabeza mientras su padre lo arrastraba de regreso hacia su casa. La nieve, que antes parecía mágica y hermosa, se sentía ahora fría y desolada.
Luka observó cómo desaparecían entre las sombras, el corazón encogido.
Esa noche, mientras se retorcía en su cama, no podía dejar de pensar en el chico. El crujir de la nieve, la bofetada, el silencio que había seguido... todo seguía resonando en su mente.
—¿Quién será? —murmuró para sí mismo.
Cuando amaneció, Luka se puso su abrigo y bufanda, decidido a encontrarlo otra vez. Aunque el frío le mordía la piel, no iba a quedarse congelado esta vez.
Con su abrigo rojo y su bufanda bien ajustada, Luka se detuvo un momento frente a la puerta antes de salir. El frío le golpeó el rostro al abrirla, pero no retrocedió. Esta vez no iba a quedarse congelado, mirando desde lejos. No volvería a ser el niño que no hizo nada cuando vio algo injusto.
Corrió con determinación, sus botas dejando huellas en la nieve recién caída. Mientras avanzaba, el crujir bajo sus pies parecía marcar el ritmo de sus pensamientos. "Esta vez no me quedaré parado. Prometo que haré algo. Prometo que no seré un cobarde otra vez." Esa idea se repetía en su mente como un eco, empujándolo hacia adelante.
Y entonces lo vio, justo donde lo había imaginado: el niño de cabello oscuro estaba allí, apoyado contra un árbol. Parecía perdido en sus propios pensamientos, los hombros caídos y la mirada fija en la nieve. Luka se detuvo un momento, observándolo. ¿Por qué no avanzaba más allá de ese sendero que llevaba a su casa? ¿Qué lo mantenía atrapado ahí?
Respiró hondo y decidió no pensar más. Dio un paso adelante, intentando romper la distancia entre ellos.
—¡Hey! Por fin me vas a decir tu nombre —dijo Luka con un tono burlón para ocultar su nerviosismo.
El chico dio un pequeño brinco, sobresaltado, y lo miró con el ceño fruncido.
—¡Tonto! No te diré nada. Primero dime el tuyo. —Su tono era desafiante, pero Luka notó que sus ojos tenían un brillo que delataba su sorpresa.
Luka hizo un puchero exagerado.
—Está bien, está bien. Soy Luka. ¿Y tú? —preguntó, inclinándose un poco hacia él con curiosidad.
El chico levantó una ceja, divertido.
—¿Y por qué debería decírtelo?
Luka lo miró con cara de póker y luego sonrió de forma astuta.
—Tch, ¡ok! Juguemos piedra, papel o tijeras. Si gano, me dices tu nombre. ¿Trato?
El chico soltó una carcajada seca.
—¿De verdad? Prepárate para perder, tonto. —Su sonrisa burlona era un desafío claro.
Luka infló las mejillas, haciendo otro puchero.
—No soy tonto, soy Luka, ¡chimpancé! —exclamó, burlándose de vuelta.
—¿Chimpancé? —repitió el chico con incredulidad, haciendo un puchero propio—. ¡Eh! ¿Por qué chimpancé?
—No lo sé. Quizás porque eres un enano. —Luka estalló en risas, pero antes de que pudiera reaccionar, el chico se lanzó sobre él, iniciando una pelea juguetona en la nieve. Ambos rodaron, riendo y empujándose hasta que quedaron agotados, respirando con dificultad sobre el manto blanco.
—No soy enano... —murmuró el chico, todavía sonrojado mientras miraba al cielo.
Luka se rió suavemente.
—Claro que lo eres, aunque no lo admitas. Pero bueno, ¿entonces jugamos o no?
El chico asintió con un brillo competitivo en los ojos. Ambos se miraron con intensidad, como si de verdad fuera una batalla épica. Al final, Luka perdió, y el chico estalló en risas.
—¡Lo ves! Te lo dije, tonto. Soy el mejor en esto.
Luka infló las mejillas.
—No se vale. Solo tienes suerte.
—Es parte de ser el mejor, tontín.
Luka entrecerró los ojos, burlón.
—Claro, el mejor... capullo.
—¡¿Qué dijiste?! —El chico intentó lanzarse sobre él otra vez, pero Luka levantó las manos.
—¡Ya, ya, lo siento! Solo estaba bromeando. —Sus risas se apagaron un poco mientras el otro retrocedía, todavía irritado.
El chico se quedó en silencio un momento, con la mirada fija en sus botas.
—Entonces... ¿por qué viniste? ¿Sientes pena por mí o algo así? Porque no necesito tu lástima ni tu amistad, ¿sabes? No me importa lo que piensen los demás.
Luka lo miró fijamente, dejando que sus palabras calaran. Luego suspiró, cruzando los brazos.
—¿Cuándo dije yo que te tenía lástima, tonto? No vine por eso. Vine porque... —se interrumpió un momento, luchando por encontrar las palabras—. Porque me sentí mal. Pero no por ti, sino por mí mismo.
El chico levantó la mirada, sorprendido.
—Fui un cobarde —continuó Luka, con los ojos brillando de determinación—. No hice nada cuando vi que te lastimaban. Y no te conozco bien, no sé quién eres, pero... quiero que me importes. Quiero conocerte. Porque me interesas.
El chico lo miró boquiabierto, su rostro enrojeciendo al instante.
—Tch... Yun.
—¿Qué? —Luka ladeó la cabeza, confundido.
—Yun. Es mi nombre, idiota. —El chico apartó la mirada, incómodo—. Y más te vale que te importe desde ahora. Dijiste que quieres que sea importante para ti, ¿no?
Luka sonrió ampliamente, iluminando su rostro.
—¡Eso es cierto! Entonces Yun y Luka, ¡el mejor dúo del mundo! —dijo antes de abalanzarse sobre Yun, abrazándolo con fuerza.
—¡Oye! ¿Estoy maldito o algo así? —se quejó Yun, poniendo los ojos en blanco.
Ambos rieron, sus voces llenando el aire frío y blanco. La nieve, de repente, ya no parecía tan fría ni tan solitaria.


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