El día que te solté
¿Alguna vez te has preguntado que se siente morir? Estoy seguro de que si ¿Alguna vez has sentido un frio que te llega a los huesos? Lo más seguro es que no, como sea el caso. Ese frio no se compara en nada a la verdadera frialdad que se vive tras morir, no estoy hablando en sentido metafórico. Morir, puede ser una mierda de la cual ya no hay escape, Soy Sam. Y esta es mi historia.
Como si de un sueño profundo se tratase, los ojos pesaban como si de ellos colgaran plomo, el espacio, donde sea que estuve. Se sentía tan sereno, pero jodidamente helado. La expresión “Se me congelan los huesos” se habría quedado más que corta. Podías abrir los ojos y lo único que te acompañaría era el vacío, nada más que tú, de pie o flotando en medio de un vacío helado. Recuerdo pensar que todo era un sueño, que ya pasaría, me despertaría con el saludo mañanero de mi hija como de costumbre. Pero el frio se comenzaba a hacer cada vez peor, llegando a cada partícula de mi alma si eso tiene sentido, dificultando cada latido, e impidiéndome hacer casi cualquier sonido. Cosas como esas, son las que te hacen entrar en cuenta que no estas en dicho sueño.
— ¿Dónde estoy? — No importaba a donde volteara lo único que veía era la oscuridad que parecía lista para comerme de un solo bocado.
De esa oscuridad comenzaron a emerger palabras, apenas entendibles. — No me dejes... — Repetía la voz, rota como vajilla de porcelana, desesperada como presa escapando de un depredador. — Me lo prometiste...
— Hola, hay alguien allí. — Grite con la esperanza de recibir una respuesta, encontrar a alguien y quizá salir de ese extraño lugar. Pero parecía ser ignorado. No sabía que quería esa voz, ni a quien buscaba, pero algo en ella me parecía terroríficamente familiar.
— No puedes dejarme como mamá... — sirenas comenzaron a acompañar las suplicas de aquella voz, mis manos comenzaron a temblar sin saber si la causa era el frio infernal o el temor a que mi suposición fuera real.
Entre sonidos de puertas y sirenas, la voz de aquella persona suplicando quedo atrás, solo siento perceptible un llanto desesperado. Entre todo ese escándalo comenzaron a colarse nuevas voces.
— Veo muy difícil que este tipo la libre.
— Debe haber algo que podamos hacer ¿No?
— Tiene disparos en puntos vitales, está perdiendo sangre a un ritmo apresurado... Lo más sensato es comenzar a trabajar, pero llamar a su familia si las cosas se ponen mal.
— El hombre perdió a casi toda su familia... A excepción de su hermana.
Mientras ellos hablaban mis ojos se abrían en todo sentido, no podía entender, no. Mas bien no podía creer lo que estaba pasando, mis manos comenzaban a temblar cada vez más, mis piernas ya no podían con el peso de mi cuerpo y yo solo suplicaba que lo que estaba pasando fuera un sueño o una mala broma.
— Entonces llama a la tía de la niña por favor.
— Esto es una jodida broma ¿Cierto? — Lleve mis manos a mi cabello tratando de sentirme refigurado, pero no funciono, estaba literalmente en la boca del lobo. — Entonces aquella voz, era mi hija... Dios ¿Qué hice?
Levante la mirada en todas direcciones buscando una manera, alguna salida o señal que me ayudara a salir de allí, pero no importaba donde mirara, lo único que me acompañaba era esa maldita oscuridad la cual comenzaba a detestar con toda el alma. — Maldita sea, no la puedo dejar...
— No busques algo que no existe muchacho. — La voz no parecía venir del exterior del vacío. Pero tenía un tono espectral, indiferente y burlón
— ¿Quién eres? — Retome la compostura.
— ¿Quién crees que soy? — No parecía estar dispuesto a responder ninguna de mis preguntas, ni si quiera creo estuviera interesado en lo que le decía.
Nuestra conversación, más parecida a un choque de indiferencia ante testarudez, estaba acompañado por los sonidos de material quirúrgicos, al son de las voces apresuradamente coordinadas del personal médico.
— Oye, en serio, necesito ayuda. No puedo dejar a mi hija sola, es solo una pequeña. — Hablaba con dificultad, sentía que las cuerdas bocales se romperían cual hilos en un simple segundo.
— Si tanto querías estar a su lado ¿Por qué tomaste esas decisiones? — Una figura enorme cubierta por un manto tan rasgado como muestra de su antigüedad se dejó ver. — Fueron tus decisiones, yo no puedo cambiar nada. — De aquel manto comenzó a asomar un brillo de un color rojo sangre, tan amenazante, tan furioso, el solo verlo te hacía pensar que tu sangre serie parte de ese pigmento.
Mientras más se acercaba el frio al rededor comenzaba a incrementar, me era imposible mirarlo directamente, esa figura alta, tétrica, no desprendía nada más que no fuera destrucción y ansia de consumir. Las manos dejaron de temblar, las sentía paralizadas, cada aliento que tomaba me quemaba los pulmones y las piernas comenzaban a ser más débiles.
— Escucha... — Dijo el ser mientras continuaba su paso lento. — Por lo usual soy considerado con los nuevos, no veo negros ni blancos, incluso en esta oscuridad, soy el único que ve estaba le grises. — La manta que lo cubría comenzó a abrirse de un extremo haciendo notar su flácido brazo, con un color putrefacto el cual sostenía una oz que arrastraba en filo contra el suelo. — Pero tu... Tu eres un caso especial, se todo lo que hiciste.
Sus dedos comenzaron a acercarse a mi cara tomándome de cachete en cachete, a manera de dominación, era una sensación más que humillante. — ¿Qué quieres de mí? — Cada palabra que salía de mi quemaba como braza en mi garganta.
— ¿Yo? ¿Qué puedo querer de alguien como tú?
— Ayúdame a volver. — Suplique.
— Me parece que ya es muy tarde para eso.
Negue corriendo en dirección contraria, el suelo se sentía como un trillón de agujas con cada paso que daba, las piernas con dificultad me respondían, ni siquiera sabía a donde me diría, solo quería irme lejos de él, buscar una manera de volver. Un pitido inundo todo el espacio presente.
— Lo estamos perdiendo, traigan los desfibriladores.
— Llego la hora, chico.
el sonido del fijo rebanando el aire llego hasta mí y después vino el ardor de un corte presente ¿Pero ¿cómo? Solo podía pensar. Me había alejado de él, no era posible que me llegara el golpe. Casi en el suelo paralizado por el dolor y el frio adormecedor, cuando giré la mirada atrás lo vi, el filo de la Oz clavada en el suelo y el mango exageradamente alargado, pero ese mango no era normal, estaba formado por miles de brazos sujetados unos a otros como cadenas.
— Dejemos de jugar ¿Quieres?
— Por favor, tu no lo entenderías. Tengo que volver con ella, me necesita. — Intente arrastrarme, pero era en vano, mis manos y brazos estaban tan paralizados que apenas podía flexionarlos.
— ¿Por qué todos dicen eso en el último momento? ¿Por qué piensan en las consecuencias cuando ya es muy tarde? ¿Por qué dejan de lado el egoísmo siempre al final? — Sus pasos hacían retumbar el suelo en el que nos posábamos y su voz desprendía un aire de furia y resentimiento. — Les dieron mente para pensar y reflexionar, sin embargo, siguen siendo los mismos simios ignorantes.
En solo un segundo, deje de sentir una pierna, después de un estruendo en el suelo, de nuevo había sido el filo de la Oz, que mi pierna había rebanado El dolor era indescriptible, una pierna amputada en un maldito segundo, el ardor del corte y el ardor del frio congelando cada gota de sangre que salía al instante. Quería retorcerme de dolor, gritar, pero cada vez que me movía sentía miles de dagas penetrando mi piel, y cada palabra que hacía resonar quemaba todas mis entrañas.
— ¿Acaso papá se quedó sin palabras? — insinuó a carcajadas. — Si este es el peor dolor que sentiste en tu vida. No sabes lo que te espera muchacho.
Del suelo salieron cadenas que se pegaron a mi cuerpo con azotes brutales, uno tras otro dejando ver capaz de sangre congelada por doquier, quedando cada centímetro de mi piel y asfixiándome como si fuese presa de una serpiente. Quería luchar, dar pelea, pero mi cuerpo ya no respondía al llamado, estaba tan débil como muñeco de trapo.
— Espero te guste tu nuevo hogar infeliz. — sin saber cuándo cerré los ojos y las sirenas se detuvieron.








