Capítulo 1: El bosque
El aire olía a tierra húmeda y flores recién abiertas. La luz del sol se filtraba entre las hojas, pintando destellos dorados sobre el suelo cubierto de musgo. Para ella, este bosque no era como ningún otro. Aquí, cada rincón guardaba un recuerdo de su madre: las risas que compartían, los juegos de buscar insectos bajo las piedras, y las historias que su madre contaba sobre árboles que hablaban y flores que susurraban secretos.
En este lugar, se sentía en paz.
Se detuvo junto a un río, donde las flores silvestres danzaban al ritmo del viento, mientras la corriente las acompañaba. Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de mantener esa sensación cálida que el bosque le daba. Pero entonces algo cambió. El aire se volvió pesado, como si una sombra invisible se cerniera sobre ella. Abró los ojos de golpe, y una sensación incómoda le recorrió la espalda.
No estaba sola.
Los sonidos del bosque parecían apagarse, y entre los árboles, algo se movió. Rápido. Demasiado rápido. Un escalofrío helado la paralizó cuando lo vio: una criatura enorme y oscura, cubierta de una sustancia viscosa que goteaba al suelo. Su rostro era una mezcla de formas que no tenían sentido, pero lo único claro era su hambre, una semilla de sangre que emanaba de sus ojos.
Intentó moverse, pero sus pies estaban clavados al suelo. El monstruo se balanceó sobre ella, sus tentáculos viscosos extendiéndose y atrapándola con una fuerza brutal. Sentía su cuerpo aplastado, la respiración cada vez más débil. La criatura murmuraba algo en un idioma extraño, palabras ásperas que parecían arañar su mente.
Estaba a punto de rendirse cuando un destello cegador iluminó el cielo. Un estruendo, como si una bala impactara, rompió el aire, y la criatura soltó un grito de dolor. La luz brilló en la cara del monstruo, haciendo tambalear, su cuerpo retorciéndose en agonía. Ella cayó al suelo, libre al fin, mientras la criatura se retorcía de dolor. Sin pensarlo dos veces, comenzó a correr. El bosque, antes su refugio, ahora se regresó en su contra. Las ramas arañaban su piel, las raíces emergían del suelo intentando detenerla, y la oscuridad parecía perseguirla como una ola. Tropezó y cayó de rodillas, su cuerpo agotado, las lágrimas cayendo mientras su mente repetía una y otra vez:
—No puedo más...
El tiempo pareció detenerse. Una brisa cálida rozó su rostro, y cuando abrió los ojos, el bosque había desaparecido. Estaba en un prado lleno de flores, un paisaje tan hermoso que parecía irreal. A lo lejos, distinguió una figura borrosa. Se levantó, tambaleándose y corrió hacia ella.
— ¿Fuiste tú? ¿Tú me salvaste? —preguntó con voz temblorosa.
No podía verle el rostro, pero los rizos anaranjados de la figura brillaban como fuego al sol. El desconocido extendió su mano y le ofreció algo: una llave dorada, pequeña y delicada, con forma de hoja.
— ¿Qué es esto? ¿Quién eres? —preguntó, pero no hubo respuesta.
La escena comenzó a desvanecerse, como un sueño escapándose entre los dedos.
—¡Espera! ¿Quién eres? —gritó, desesperada, mientras todo se desmoronaba a su alrededor. Despertó de golpe en su cama, el pecho subiendo y bajando con rapidez. Al mirar su mano, sintió que el aire le faltaba.
La llave estaba allí.








