Parte 1
Ajustó la camisa de vestir blanca cerrando los botones hasta la mitad del pecho. Llevaba pantalones negros de vestir como el resto de su ropa y los zapatos más incómodos del mundo. Su cabello castaño cerraba en su frente un aspecto mitad adorable mitad angelical que, aunque a él particularmente no le gustaba, al estilista le encantaba. También atraía las miradas de los fotógrafos hacia su aspecto lo que significaba más fotos del conjunto que vestía esa noche para el desfile.
-- ¡Kim! -- gritó el organizador -- ¡Dos minutos para tu salida!
Rodó los ojos alejando los nervios y avanzó entre el resto de sus compañeros que se preparaban para salir. El ambiente tras bambalinas estaba cargado de tensión, emoción y nerviosismo casi a partes iguales.
Jeonghan envió un dedo arriba deseándole suerte y cuando las cortinas se abrieron, sus pasos sonoros se escucharon por todo el recinto. Ante él la pasarela se extendía como una alfombra roja. Era un camino amplio que podría hundirlo como a muchos y encantarlo como a otros que caían en las garras del mundo de la moda. Los flashes desesperados se escucharon junto a la música baja que ambientaba el lugar. Ni siquiera recordaba quién era el artista que pondrían en su parte pero, el ritmo se coló por sus venas y le encantó. La piel morena relucía como el oro y, dios, le encantaba que lo miraran y lo evaluaran como si formase parte del traje. Caminó con seguridad con los hombros hacia atrás y la vista al frente a sabiendas que se había llevado las miradas frenéticas de todos. Terminó el circuito que le tocaba para la primera mitad y entró nuevamente al backstage.
-- ¡Muy bien, Kim!
Jeonghan palmeó su espalda y salió tras él en su propio turno. Dos pasos en la esquina en la que debía cambiarse y ya estaba quitándole la camisa y los pantalones siendo reemplazados por una americana azul abierta con una fina camiseta blanca debajo y pantalones a juego. No tuvo siquiera un minuto para respirar y ya había salido una vez más al circuito. Caminó con firmeza exudando la seguridad que le sobraba. Él era bastante atractivo para los estándares de belleza de los modelos masculinos mas había sido ese atractivo el que lo colocaba entre los diez mejores pagados. Su altura era compensada con los músculos que había desarrollado gracias a las horas de ejercicio y, por increíble que pareciera, eso atraía más a las marcas que su piel bañada en sol o sus colmillos adorables. Él atraía la mirada de todo aquel que estuviera detrás de un lente aunque solo realzaban su atractivo. Él era uno de los bendecidos por los dioses y estaba bien con eso.
Ser un modelo era una de las mejores profesiones del mundo pero, a la vez, era una de las más difíciles. Kim Mingyu con 27 años era uno de los mejores modelos masculinos de su generación.
Habían tantas regulaciones, tantas cosas que no podías comer, un peso que mantener y un estilo constante en el que debías moverte que solía ser un poco agotador. ¿Lo valía por el dinero que cobraba? En parte. Sin embargo, el desgaste físico y mental siempre le pasaba factura al final de la temporada. Por suerte, era este uno de los últimos desfiles de la SFW y él estaba más que dispuesto a terminarla.
Hizo ocho rondas más con estilos diferentes y salió airoso en todas ellas. El final siempre o casi siempre era el mismo. Salían todos detrás del diseñador para el que habían desfilado y lo rodearon de aplausos de agradecimientos por permitirles no solo usar sus prendas sino que agradecían la oportunidad por trabajar una temporada más en la ciudad. Volvieron a sus puestos y recogieron sus regalos personalizados de la marca y salieron cada uno por su lado como cada día.
-- ¿Te llevo, Min? Voy directo a casa hoy -- Jeonghan llamó por encima de la multitud y él asintió aceptando la oferta.
Eran buenos amigos desde que empezaron bajo EA a temprana edad. Jeonghan, a diferencia suya era la personificación de la belleza delicada sin dejar de lado su masculinidad. Casi siempre llevaba el cabello a la altura de la nuca teñido de rubio o negro según se sintiera y, en las pocas ocasiones en las que era negro, las llamadas a su celular de su agente por algún nuevo contrato eran interminables.
-- Estoy tan cansado que llegaré a darme una ducha y a dormir – comentó Jeonghan en voz baja – Tantas pasarelas al día comienzan a pasarme factura.
-- Dímelo a mí – dijo él sintiendo el adormecimiento de su cuerpo – Pasar de estar meses haciendo solo photoshoots y campañas a desfilar hasta nueve veces en el día con nueve marcas diferentes no es agradable.
-- Pero tenemos trabajo, Min.
-- Tenemos trabajo.
El moreno se relajó y admiró el paisaje nocturno que ya se sabía de memoria. Seoul era una de las ciudades más hermosas del mundo y él había sido bendecido con el trabajo de sus sueños en la ciudad que tanto amaba.
-- ¿Irás mañana al after party? -- preguntó el rubio acercándose a su casa finalmente.
Mingyu asintió suavemente sin querer perderse el after party de una de sus marcas favoritas. Ya decidiría mañana que se pondría de su propio guardarropa para ir hacia allí o si usaría uno de sus tantos regalos por colaboraciones.
Entró a su casa pasadas las 12 de la noche arrastrando los pies del cansancio. Dejó los zapatos en la entrada como siempre colocando su bolsa en el pequeño armario que había dejado específicamente para ello. Suspiró con la pesadez en el cuerpo subiendo directamente hacia su habitación buscando la calidez del agua en su piel. Un rastro de ropa le precedió hasta que se metió en el baño y el chorro de agua caliente mojó desde su cabello hasta su dedo meñique. Poco a poco la tensión en sus músculos comenzó a calmarse y su cuerpo a relajarse lentamente.
Salió de ahí cuando el agua comenzó a enfriarse tomando una toalla de su habitación. Su casa estaba hecha un desastre pues no tenía nada de tiempo en los últimos días así que una pieza de ropa más al montículo en la esquina de la habitación no haría daño al próximo día. Se lanzó a la cama sin siquiera checar el teléfono y cayó rendido en un pocos segundos. Necesitaba el descanso como nadie.
Se levantó de la cama con los primeros rayos de sol en su rostro. Una de las cosas que adoraba de tener la habitación en el segundo piso de su casa era que despertarse con el sol era más saludable que tener la mente aterrillada con el sonido de una alarma. Giró el rostro hacia la fuente de luz que atravesaba las cortinas esperando con paciencia a que su cuerpo tuviera energía para moverse. El sonido de unas garras en la puerta de su habitación le hizo sonreír inconscientemente. Alguien quería entrar a su habitación y él le dejaría sin tan solo pudiese levantarse. Suspiró con fuerza y se impulsó hacia el suelo con los pies descalzos. Abrió la puerta con suavidad y dejó entrar al felino naranja que caminó con gracia buscando a su dueño. El olor fresco a humano le hizo girarse y acariciar sus piernas en busca de cariño y un ronroneo llenó la habitación.
Mingyu rió tomando a su pequeño hijo por la panza y se dejó caer con él encima de su cama. Acarició sus orejas, su espalda, su barbilla y pasó sus manos por su precioso rostro aumentando el ronroneo mientras más acariciaba.
-- Buenos días, Haru.
El gatito maulló en respuesta buscando más de esa caricia que le gustaba acurrucándose en su costado. La mayoría de sus mañanas solían empezar así y era una de las pocas rutinas que podía mantener durante sus semanas frenéticas de trabajo. Acarició las orejas del gatito a la par que relajaba su cuerpo de la tensión de los últimos días. El ronroneo se acentuó y Haru lamió sus dedos devolviendo le el mismo amor y cariño que su humano le brindaba.
-- Vamos a alimentarte, pequeño Haru – susurró al gato deteniendo sus caricias yendo directamente a la cocina.
Con un ritmo de vida tan frenético, Mingyu solía comenzar sus días con una taza de alguna bebida caliente mientras disfrutaba de un desayuno grande que repusiera sus calorías perdidas del día anterior mientras acariciaba a su gato y veía o escuchaba algún video o podcast. Bajó descalzo agradeciéndose siempre por elegir la alfombra antes de un suelo de madera siendo seguido por Haru. Puso la cafetera al fuego y buscó entre los cajones una de las latas especiales que usaba para Haru en días como aquellos. Sirvió un poco en su bowl y echó un poco más de su pienzo favorito dejándole para que desayunase cuando deseara. Él, sin embargo, todavía tenía una dieta que mantener. Se sirvió una taza mediana de café con una cucharada de miel y un poco de leche junto a dos tostadas con aguacate y pimienta negra. Tomó asiento en la isla de la cocina desayunando con tranquilidad cuando su teléfono sonó en alguna parte de su bolsa.
No tenía ganas de levantarse así que lo dejó sonar. Sin embargo, pocos minutos después la insistencia le hizo gruñir y levantarse con media tostada en su plato. Buscó en los muchos bolsillos que tenía hasta que encontró el aparato vibrante y contestó.
-- ¿Qué?
-- Que manera tan bonita de decirme buenos días, cachorro.
Aquella voz. Una sonrisa instantánea se tatuó en su rostro y bufó en respuesta.
-- Buenos días mi príncipe – saludó esta vez más dulcemente -- ¿Cómo amaneció su majestad esta preciosa mañana de septiembre en las Islas Baleares?
-- Imbécil – bromeó el hombre en la otra línea haciéndole reír a él también -- ¿Estás en casa?
-- Sí, ¿por qué? -- inquirió Mingyu frunciendo el ceño y un suave toque en su puerta le sorprendió -- ¿Me vas a enviar uno de tus muchos paquetes?
-- Abre la puerta, cachorro.
Mingyu abrió la puerta aún con el teléfono en la mano y jadeó al ser tacleado con fuerza. Llevó sus manos al cuerpo que le abrazaba con fuerza pegándolo más a él. Olisqueó su cabello y besó repetidamente su cabeza en respuesta. Entró las dos maletas con la mano libre y cerró la puerta de entrada concentrándose en el hombre entre sus brazos.
-- ¡Dios Mío! -- susurró la voz ronca por las lágrima aferrándose a el -- ¡Cuánto te he extrañado!
-- Yo también.
Respondió como pudo por la emoción. En aquel momento había sentido como su alma se fracturaba en dos pedazos llendose con el hombre pero, ahora sentía que finalmente estaba completo. Su otra mitad había regresado. Se despegó un poco apoyando su frente a la suya respirando el mismo aire enternecido.
-- Hola, cachorro – saludó el hombre en voz baja y a Mingyu se le paró el corazón – Estoy de vuelta.
-- Bienvenido a casa, cariño.
¡Soy una campeona! Una pregunta, ¿cómo se le ven a ustedes los capítulos? Porque a mi me salen unos espacios tan grandes que me preocupa como se ven.
Pero bueno, ¡Bienvenidas a Contigo








