Donde mueren las huellas

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Summary

Después de la muerte de sus abuelos, un hombre regresa a su pueblo natal, enfrentándose a un desierto que refleja la vacuidad de su propia vida. Mientras recorre las ruinas de la casa familiar y se adentra en su pasado, comienza un viaje introspectivo que lo obliga a confrontar sus recuerdos y sus emociones reprimidas.

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El Viaje

Me encontraba en un bus rumbo a un viejo pueblo en el que alguna vez viví. Intentaba evocar mi última visita a aquel lugar, pero me resultaba difícil. En mi memoria solo desfilaban pequeñas escenas de un yo niño, de entre 6 a 9 años. Se me hacía demasiado difícil recordar mi edad dentro de ese espacio de años: era niño y ya. Es como si la edad careciera de importancia; simplemente hacía cosas de niño. Nunca pude componer un recuerdo de mi niñez con una edad en específico. ¿Qué importaría tener 6 años y hacer cosas de 9 años? ¿Acaso es relevante? Ese tipo de cosas solía preguntarme siempre, como si alguien me enjuiciara por no ser lo suficientemente específico con la edad de mis recuerdos. En fin, ahí estaba, en el bus, mirando cómo el paisaje cada vez se tornaba más árido, cómo los árboles se comenzaban a marchitar, y lo que era tierra verde, de pasto y maleza, comenzaba a cambiar de tonalidad a una más amarillenta, un café claro: un rasgo muy notorio del fuerte calor que golpea la zona. Mi madre siempre decía: «¡Es muy feo el norte!». Cuánta razón tenía. Venir desde los frondosos bosques a los áridos páramos del desierto era un gran cambio, uno bastante impactante; la diferencia entre lo poblado y lo desolado. ¿Quién realmente puede sentirse solo en un bosque? La vegetación te acompaña siempre en él. Pero en el desierto la cosa es distinta: no hay nada que no sea tierra, no hay árboles, y la vida es extremadamente escasa. La poca que puedes encontrar son un par de bichos que se ocultan tras la arena, y hasta ellos son escasos, podrías tranquilamente viajar horas sin encontrar uno. ¿Podría decir lo mismo de los bosques? La verdad es que no. Tan solo levantando una piedra podrías encontrar una rica sociedad de bichos coexistiendo, pero en el desierto eso no sucede. Es ahí donde su palabra en sí significa soledad. “Mira qué desierto está este lugar”, solemos usar frases de ese tipo cuando encontramos lugares solitarios. El desierto tiene un aire a un poema del verdadero suicida: desolado, sin color, sin vida, sin esperanza. Todo es monocromático, plano y sencillo. El desierto claramente puede ser un mal poema, a diferencia de los misteriosos bosques y sus vidas ocultas, sus colores verdosos y su oscuridad, el miedo a lo desconocido y lo perverso que se puede ocultar en la vida de sus habitantes. En cambio, en el desierto todo eso es esquivo: el único malévolo es el sol, con sus fuertes rayos que queman la piel como si quisiera cocinarte en vida.

No existía antagonista más que él, y posiblemente la noche, que tras la ida del sol no daba espacio al reposo, con los fuertes vientos helados que te hacen sentir tonto al venir tan desabrigado al desierto. Quien no conoce la zona, en la noche encuentra el tormento, pues el haberse desprendido de los pesados ropajes resulta ser una mala decisión.

En fin, yo venía del sur, aunque no tan del sur, pero la gente locataria suele llamarnos sureños. Chistoso que nosotros hacemos lo mismo con los que vienen de más al sur, y esos reales sureños nos tratan a nosotros de norteños, mientras yo trato de norteños a los seres que me dirigía a ver.

En el norte la gente es esquiva y en el sur la gente es amable. Siempre se habla de eso; todos lo hacen. Es un pensamiento que posee parte de verdad en su misma flora y fauna: a más agresiva la vida, más esquiva la persona; y a más dócil la tierra, más amable el ser. Después de todo, ¿quién estaría alegre de martillar bajo el sol abrazador del desierto?

Mis abuelos eran de aquel pueblo al que me dirijo. Vivieron toda su vida ahí, vieron a sus 12 hijos correr de las áridas tierras hacia el sur, buscando la compañía de los árboles, lagos y playas. Pero, a pesar de los intentos de sus hijos por sacarlos de esas tierras, estos decidieron quedarse. Habían hecho sólidas y secas raíces en aquel lugar, y desprenderse de aquello que llamaban sus tierras los mataría, decían ellos. Tierras que, por supuesto, no eran más que polvo y un par de marchitos árboles. Sus hijos no lo entendían, ni yo tampoco; que una vez con la posibilidad de irme, lo hice. ¿Quién querría mantenerse en tan monótonas e insatisfactorias tierras?

—Estamos a dos horas de Baquetano —dijo el conductor. Era un bus pequeño de una sola planta, un semi cama básico, uno de los primeros que implementaban aire acondicionado, y por suerte funcionaba, a pesar de los años de uso del viejo trasto. Éramos apenas unos cuatro pasajeros repartidos a lo largo del bus de al menos 42 asientos: un hombre mucho más maduro que yo, con semblante de hombre del desierto, duro como las piedras que extraen del fondo de las minas; una mujer algo más joven que yo, cuya mirada mostraba un brillo de ilusión como el que imagino que tienen los hombres de estas tierras cuando encuentran un pozo de agua subterráneo. La mujer poseía una belleza intrigante como la de un oasis; finalmente, un niño que recorría los asientos del bus saltando y jugando por el aburrimiento. Su piel era tostada como la mía, solo que su mirada, al igual que la de la joven mujer, mostraba aquel brillo de anhelo, aquel que creo que todos, al menos una vez, poseímos. Aquella chispa del alma, de estar abiertos a las posibilidades imaginativas de la vida, en cambio el hombres del bus y yo ya no poseemos ese brillo. La imaginación se pierde con los años, con las experiencias; nos hacemos recelosos a imaginar, y solo nos mantenemos en el plano de lo real y lo plausible.

Cuando el sudor nos quiebra el cuerpo, y la recompensa no es más que un par de billetes suficientes para vivir un mes más, siento que ese brillo se desvanece. La vida se encarga de quitarte toda esperanza, de volverte esclavo de un ciclo sin fin, un ciclo de trabajo. Y es que es normal: todos trabajan, y los que no, se preparan para hacerlo mañana. Es algo biológico, algo que escapa al orgullo del hombre, que cree tener poder sobre la tierra, los animales e incluso las moléculas.

¿Acaso no trabajan nuestras células para mantenernos vivos? ¿Acaso no son las células las que se dividen y, cuando su descendencia alcanza el tamaño adecuado, las reemplazan? Engendramos a nuestros propios reemplazos, y lo que siempre me ha parecido irónico es que lo amamos. Amamos dejar un elemento que nos sustituya. Es como si estuviéramos tan comprometidos con la vida que dejamos al siguiente engranaje, para que este sistema llamado sociedad siga funcionando.

Detrás del vidrio del bus, ahora podía ver rocas grandes y deformadas que daban el aspecto de viejos animales. O quizá mi imaginación aún funcionaba. Una vez, mi abuelo me dijo que hasta aquel lugar, en algún momento de la historia del planeta, había llegado el mar. Me explicó que la deformación de esas piedras se debía a la antigua vida oceánica que existió allí. Le encantaba recalcar que imaginaba todo tipo de criaturas habitando aquellas formaciones rocosas.

Yo, en cambio, solía decirle que ahora solo eran piedras en medio del desierto. Toda la vida que alguna vez existió allí yacía muerta. Me gustaba llevarle la contra. Creo que el desierto ya había hecho mella en mi carácter, volviéndolo seco y cortante, como las ramas de los pocos arbustos que quedan en estos lares.

¿Extraño a mis abuelos? Me pregunté mientras el conductor comenzaba a avisar que estábamos a apenas unos 40 minutos de llegar. ‹‹La verdad es que no››, me respondí con sequedad. ‹‹¿Será así?››, añadí mientras iniciaba un breve diálogo interno. Por algo había venido a verlos, tras recibir la noticia de su muerte. ‹‹¿Si no los extrañara, por qué vendría entonces?›› ‹‹Es lo justo, ellos te cuidaron y tu deber es venir a verlos en su muerte››. ‹‹Pero si ya están muertos, ¿qué sabrán ellos si los vine a ver o no?›› ‹‹Tu madre lo sabrá››. ‹‹¿Importa acaso que ella lo sepa? Que los extrañe o no, ¿le importará acaso que sienta o no alguna emoción por ellos?››

Estuve un buen rato preguntándome y respondiéndome, hasta que llegué a la conclusión de que lo había hecho por alguna razón: entre que sentía el deber de venir, quizá me sentía mal conmigo mismo por no haberlos vuelto a ver después de irme. Quizá era el qué dirán. Quizá era una excusa para faltar al trabajo. Tal vez quería alejarme de todos por un tiempo, y este era el lugar perfecto. Quizás […] tantas alternativas. La verdad es que sentía que todo era correcto; todo eso me había traído hasta este lugar.

—¡Baquetano! Final del recorrido. Si han traído maletas, no olviden sacarlas del maletero.

Bajé del bus para encontrarme con el terminal. Era extraño lo nuevo que se veía; estaba bien pintado, como si hace poco lo hubieran construido, algo que rápidamente alguien me confirmó.

—Es nuevo, hace poco el gobierno ha comenzado a invertir en este pueblo —dijo la mujer del bus. Me miró esperando que continuara la conversación con ella, con alguna afirmación o alguna otra pregunta, pero realmente no supe qué decir. Así que tomé mis cosas y me fui.

Hice un gesto con la cabeza simulando una despedida cordial, un gesto que, en tiempos atrás, habría sido acompañado con una floritura y el despegue de una chistera de la cabeza. Pero hoy ya no había floritura, ni mucho menos chistera, por lo cual era un simple movimiento hacia abajo de la cabeza, sin más.

Caminé por el viejo pueblo. Lo cierto es que esa inversión de la que hablaba la mujer no era más que en el terminal de buses. Todo lo demás se veía igual de desgastado. Incluso algunas casas estaban más derruidas de lo que recordaba.

Chistoso que, siendo el primer lugar al que los visitantes llegan, la inversión haya sido solo en el terminal de buses. Es como arreglar la puerta de la casa, pero mantener la vieja pintura de las paredes rayadas y mohosas, los muebles viejos y desgastados, la cocina grasienta, y las ampolletas mostrando los típicos cables de corriente hacia afuera. Todo lo innovador, todo lo nuevo, se pierde con tan solo abrir la puerta, una fachada inútil, porque aun así puedes ver las ventanas y las paredes exteriores mientras te acercas a una casa, puedes ver ya su supuesta condición sin tener que pasar el umbral de la puerta. ¿Qué importa que la puerta esté nueva, pulida y bien pintada, si es lo único cuidado? Ya desde el bus veía las mismas calles desiertas, los mismos arbustos mal cuidados, viejos árboles que alguna vez estuvieron erguidos con el poco cuidado que les daban los propietarios. Hoy estaban en el suelo, avisando del olvido o de la muerte de quien les daba aquel escaso cuidado.

El pueblo no me sorprendió en lo absoluto. Sus colores, su aroma, su infernal calor, todo se me hacía familiar. Solo una leve sensación de nostalgia comenzaba a brotar por mi pecho al ver en la plaza que aún estaban aquellos resbalines y columpios oxidados en los que solía jugar. Por un instante me recordé como niño saltando de uno, me recordé feliz, sorprendentemente feliz, para el contraste del paisaje desértico. Creo que cuando uno es niño, se conforma con poco; es lo entretenido de serlo. Todo lo pequeño se ve grande, y lo grande, inmenso. Recordé que cuando niño este lugar era una plaza gigante donde podía correr hasta cansarme. Hoy la veo pequeña, oxidada y descuidada. Sé que siempre ha estado así, pero mi yo niño le daba un filtro que ya no poseo, un filtro de ilusión. Creo que lo mejor fue haberme ido antes de que ese filtro se perdiera y viera esta plaza como lo que es, y comenzara a entender que vivía en una prisión de arena y asfalto.

La casa de mis abuelos quedaba lejos del pueblo. No sé cuál fue la idea de separarse tanto de sus vecinos, si ya de por sí se veía poca gente. No había necesidad de distanciarse aún más. ‹‹¿No sería mucho más fácil, si tuvieran algún problema, pedir ayuda si estuvieran más cerca?›› Según me contó mi madre por chat, ellos habrían muerto en la casa. Se enteraron gracias a que, si bien estaban lejos, todos los días solían venir a comprar pan y cosas para el desayuno y cena. Bastó con no verlos dos días para que los vecinos fueran a visitarlos y los encontraran a ambos muertos en la cama, de las manos, como si supieran que esa noche fuera a ser la última y dejaran sus cuerpos preparados para una última foto, para el recuerdo de su descendencia. Una foto que representaba que no importaba el lugar o la situación: se podía vivir bien y feliz acompañado de la persona amada. ¿Qué más les importaría a ellos que el mundo allá fuera pareciera más bello, más reluciente y vivo? Quizás para mis abuelos bastaba con su propia compañía, y tal vez la distancia era justamente para estar solos, solos en su mutua compañía. No pude evitar esbozar una sonrisa mientras pensaba en esto.

El camino que conectaba el pueblo con la casa de mis abuelos era de tierra. Un pequeño muro de piedra al costado daba inicio a una breve llanura entre ambas ubicaciones. Observé aquel muro y pensé que, en su tiempo, debió haber sido una casa, mientras miraba montículos de tierra detrás de él. Me distraje por unos instantes, cuando sentí los pasos de alguien detrás de mí. Era el hombre del bus. Llevaba unas pesadas bolsas en las que se podía ver mercadería. Me devolvió una mirada fría, a lo que instintivamente respondí con una breve sonrisa.

—Hola —dijo sin detener el paso. Él no iba en mi dirección; más bien, nuestros caminos simplemente se cruzaban. Mientras yo caminaba hacia el este, él se dirigía hacia el sur. Por un momento, me cuestioné lo pequeño que debía ser este lugar, que apenas minutos después de bajar del mismo bus ya nos habíamos encontrado en la frontera del pueblo.

—Qué chico, ¿no? —le respondí al hombre mientras ya comenzaba a desplazarse hacia mi derecha.

—¿Qué cosa?

—El pueblo —respondí con una leve sonrisa. Me sentí como un estúpido. No suelo ser de las personas que inician conversaciones o que siquiera tienen interés en seguirlas. Apenas pronuncié las palabras, deseé con toda mi fuerza que simplemente hiciera un gesto y se fuera, como ya había hecho yo con la mujer en el terminal.

—Sí —sentenció el hombre mientras se alejaba, mirando hacia su destino. Respiré aliviado, pero algo molesto por el hecho de que ni siquiera me devolviera la mirada.

Por el camino, me fui dando cuenta de que había uno que otro arbusto, seco como todo en este lugar, pero más abundantes que en el pueblo. El viento también era más fuerte aquí, o al menos así lo sentía yo. Tal vez porque, al no haber casas, el viento podía correr libremente. A diferencia del pueblo, donde las casas interrumpían su dirección, aquí todo se sentía más abierto, más expuesto a la crudeza del paisaje.

¿No sería más propicio para estas plantas crecer en el pueblo? Aquí, a la intemperie, el viento debe dañarlas. “¿Alguien las habrá plantado?” me pregunté. Si es así, fue un esfuerzo en vano, ya que están secos y muertos, como el espíritu juvenil de este pueblo.

Quince minutos a pie son necesarios para llegar desde el pueblo a la casa de mis abuelos. Es un camino bastante solitario y poco recomendable para recorrer de noche, por la poca iluminación y lo mal marcado que está debido a los vientos que lo difuminan. Es frustrante llegar. Uno esperaría que, después de quince minutos y un largo viaje lleno de colores sepia, la casa destacara del paisaje. Pero nada de eso ocurre. Es una casa como todas las del pueblo: hecha de bloques de concreto, con techo de madera y un par de rocas para que las calaminas no se vuelen con el viento. La puerta es como cualquier otra, algo apolillada aunque bastante gruesa, y las ventanas están recubiertas de acero fundido, como se hacían antiguamente. No como en la ciudad, donde son de aluminio y bastante delicadas; estas eran robustas y resistentes. La pintura negra al aceite en aquel armazón era lo único de color que se lograba distinguir. La casa no estaba pintada o, si lo estuvo, nunca la estucaron. Granos de tierra se acumulaban en las paredes, dando un aspecto deteriorado y antiguo.

En fin, ahí estaba yo, frente a aquella antiquísima construcción en la que alguna vez viví de niño. Quizás por costumbre o porque esperaba que alguien viviera ahí, tal vez con una vaga esperanza de que la noticia fuera falsa y aún tuviera tiempo para despedirme, golpeé la puerta. Toc, toc. Solo dos golpes fueron necesarios para volver a sentirme estúpido. Saqué de mi bolsillo una copia de las llaves de la casa que mi madre me había entregado antes de emprender este viaje.

—¿Aló? —dije bromeándome a mí mismo. A veces me gusta hacerme ese tipo de bromas.

La casa, por dentro, se veía cuidada, aunque el polvo era notorio. Las cosas estaban muy bien ordenadas: la cocina no tenía grasa, y la mesa del living poseía un florero con unas flores que comenzaban a marchitarse. Era interesante pensar que hubiera forma de conseguir flores por estos lares, o quizás las trajeron otros parientes cuando vinieron a velarlos. Fuera lo que fuera, era lo único de algún color llamativo dentro de la casa. No había televisor, y claramente no lo habría si no había tomas de corriente. En ese momento, encajé la idea de que me quedaría en total oscuridad durante mi estancia allí si no conseguía algunas velas, no había refrigerador. Fue lo que más me sorprendió. Hoy en día, ver una casa sin uno es como si no existiera tal casa; es lo más común junto con la cocina. Había visitado casas sin camas, pero nunca sin refrigerador. ¿Dónde congelaban la comida mis abuelos? Me auto-respondí pensando en la forma en la que nos habíamos enterado de la muerte de ellos. Quizás, si hubieran tenido un refrigerador, no tendrían que salir todos los días a comprar víveres al pueblo, y si fuera así, la gente no se hubiera preocupado por no verlos en un par de días. Y si ese hubiera sido el caso, aquella escena de ambos dándose las manos en un adiós final hubiera sido algo totalmente contrario al romanticismo que dejó en la familia. Interesante que algo tan vago podría cambiar tanto una situación; una comodidad podría haber dejado una horrible imagen mental en sus parientes.

La casa poseía tres cuartos: el de mis abuelos, el que alguna vez fue mío y uno que se había convertido en bodega. Pude ver los surcos de los cuerpos de mis abuelos en el colchón. ¿Cuántos años lo habrían tenido? ¿Qué tan incómodos tuvieron que haber sido sus últimos sueños en él? Pero aun así, ahí estaba y todas sus cosas ordenadas, menos la cama, claro, la cual tenía sus mantas por el suelo. Se notaba el claro desplazamiento de los cuerpos por el cuarto. Algunas cosas del pequeño velador estaban en el suelo, como algunos medicamentos y un vaso de agua, que por la vaga mancha que ahora se cubría de polvo, se denotaba que alguna vez estuvo húmedo.

Mi antiguo cuarto estaba como lo recordaba: unos dibujos en las paredes que había hecho hace mucho, el mismo catre, las mismas mantas, la silla al costado de un viejo clóset de roble y un velador con un cajoncito donde guardaba mis juguetes más queridos. ‹‹¿Me habrán extrañado?›› ‹‹Quizás, si lo hubieran hecho, se habrían ido a la ciudad conmigo y mamá››. ‹‹¿Acaso no se puede ser egoísta y extrañar a alguien?›› ¿Realmente se puede tomar como egoísmo algo así? Separarse… Al final de cuentas, fuimos nosotros los que nos separamos de ellos. Quizás ellos nos habrían seguido, pero ¿realmente sería cómodo irse, dejar su hogar, para habitar una casa y una ciudad desconocida? ‹‹¿Acaso no todo es desconocido al principio?… Quizás solo eran cobardes; tenían miedo de experimentar nuevas situaciones››. Puede que sea así. Al final, ya estaban viejos; las nuevas experiencias generalmente vienen con dolor. Ya habrán sufrido lo suficiente como para querer seguir haciéndolo por darle gusto a uno de sus hijos.

‹‹¿Acaso está mal tener miedo de las nuevas experiencias?›› ‹‹No, pero está mal que no se atrevan a vivirlas. Todos sienten miedo a lo desconocido, pero no podemos quedarnos sin afrontar la aventura de explorar aquello. Es por ello por lo que estamos vivos, ¿no?›› ‹‹Puede… pero no he escuchado a nadie de la ciudad que haya muerto de esta forma. Incluso, no he escuchado casos de que ambos murieran en la misma noche…››.

No me había dado cuenta de que había algo en la muerte de mis abuelos que me perturbaba, que me incomodaba, y quizás era otro motivo de mi llegada a este lugar.

Decidí ocupar aquella que alguna vez fue mi pieza. Nada grato sería dormir en la cama donde alguien ha muerto. Además, mi antigua cama, aunque pequeña, aún se veía cómoda; después de todo, no la usé tanto como mis abuelos la suya. Decidí gastar un par de horas en limpiar la casa, sacar el polvo e intrusear entre sus cosas, entre las que encontré unas velas. Esto me alegró profundamente porque tenía una gran pereza de volver al pueblo. El viaje fue largo, y la caminata con mi maleta bajo el sol había quitado las pocas ganas que tenía de explorar el lugar. También encontré algo de comida para preparar.

Entre sus cosas hallé viejas fotos de mis abuelos, de mis tíos, tías y una que otra de mi madre. Había una particularmente nostálgica donde mi madre cargaba a un bebé mientras mi abuela la abrazaba, y mi abuelo, como siempre, un poco más duro para expresar sus emociones, intentaba disimular una sonrisa. Esa sonrisa que, de no ser controlada, te obliga a mostrar todos los dientes. En su mirada se notaba el brillo de una lágrima ahogada por los pliegues de piel del rostro. Al tiempo que miraba la foto, sentí cómo algo se revolcaba dentro de mi pecho. Una lágrima quiso salir, pero la negué rápidamente. Sentí que quizás mi abuelo y yo compartíamos un mismo sentimiento en ese instante: él por mí y yo por él ahora.

Lo cierto es que no tengo sentimientos negativos contra mis abuelos; es más, puede decirse que los quería, y bastante. Es solo que de niño la soledad me hizo arisco. Al final, gran parte del tiempo me la pasaba jugando solo. No había muchos niños con los que jugar en el pueblo, y muchas veces mi abuela no me daba permiso de ir porque el lugar quedaba algo lejos para ir solo, sobre todo porque, al oscurecer, podía perderme en el camino de vuelta.

Mi abuela era bastante estricta, mucho más que mi abuelo. Siempre me obligaba a comerme toda la comida, aunque hiciera arcadas. Nunca fue de golpear, pero sí de retar bien fuerte, al punto de espantarme y hacerme esconder en la pieza para no verla. Es algo entretenido de recordar: aquel rostro que hoy miraría con desgana, en aquel tiempo me destrozaba el corazón. Me sentía rechazado, odiado, y eso me daba mucho miedo, quizás porque ellos eran las únicas personas con las que compartía. Sabía, de cierta forma, que no estar en buenos términos sería extremadamente incómodo.

‹‹¿Será que por eso no quisieron irse? ¿Tenían miedo de que la gente, de que la sociedad, los instara a separarse? ¿Vivían con miedo de saber que las libertades del exterior podrían destruir su relación? No se necesitarían, porque habría varios para cumplir el rol que uno sentía sobre el otro››.

‹‹Puede… pero ¿acaso no todos somos así? Vivimos con miedo de ser reemplazados y buscamos la forma de no serlo, con regalos y acciones. ¿Acaso no intentamos manipular la situación para que las personas solo vean nuestras facetas más favorables y así no se aparten de nosotros?››

Mi abuelo, al contrario de mi abuela, era de carácter más dócil. Siempre tenía una solución para todo y se jactaba de ello. Siento que realmente le encantaba sentirse como un solucionador o mediador. Parecía siempre saber qué decir, tranquilo e imperturbable, sereno y meditativo, pero, cada vez que mi abuela le hacía una maldad, no podía evitar sonreír. Recuerdo su sonrisa y su risa. Siempre, antes de reír, comenzaba a extender los labios, como si intentara contener su boca para que no se abriera, pero, una vez perdida la batalla, reía a carcajadas mostrando todos los dientes y achicando los ojos, quedando ciego por momentos.

Recuerdo una vez cuando mi abuela llegó por detrás y le pellizcó el trasero mientras él martillaba. Mi abuelo, asustado, se agarró pensando que podría haber sido un escorpión o, peor aún, una serpiente. Al darse la vuelta, vio a mi abuela sacando la lengua con el rostro todo arrugado, como si hubiera lamido un limón. Entonces, mi abuelo devolvió la mirada al martillo y al clavo, pero antes de dar la siguiente martillada no pudo contener la risa. Terminó golpeándose el dedo y, por el dolor, cayó del pequeño banquillo donde se había subido. Mi abuela, asustada de que el golpe hubiera sido grave, se acercó a él, pálida del susto. Al darse cuenta de que no era nada serio, volvió a reír. Mi abuelo también reía, y yo, que observaba la escena desde la mesa, no pude evitar unirme a las carcajadas.

‹‹A pesar de todo, no era tan aburrido vivir aquí…››.

Comenzaba a oscurecer, así que instalé unas velas, aunque no las encendí aún. Dibujé un mapa mental de cómo iluminaría el lugar, mientras hervía un poco de agua para prepararme un té. Milagrosamente, el gas de la cocina seguía funcionando. Quizás lo compraron antes de morir. ¿Cómo habrán traído aquel cilindro hasta aquí? ¿Vendría el camión de gas o será que mi abuelo lo cargaba en los hombros hasta este lugar? No tengo recuerdos claros de cómo cocinaba mi abuela, si usaba gas o leña. Generalmente, siempre estaba afuera cuando lo hacía, o al menos eso creo. No tengo gran variedad de recuerdos, solo fragmentos y escenas específicas. Ni siquiera recordaba que nuestras noches eran iluminadas por velas. Lo cierto es que tengo muy pocos recuerdos nocturnos de cuando vivía aquí. ‹‹¿Por qué será?››.

Comencé a quedarme dormido mientras esperaba que el agua hirviera. Las teteras a gas son bastante lentas, no como las eléctricas, que en un par de minutos están listas.