Prólogo: El Secreto del Orfanato
El orfanato Saint Patrick se alzaba como un gigante dormido entre los bosques de Canadá, sus paredes de piedra agrietadas susurraban historias que nadie se atrevía a contar. Durante el día, el lugar era silencioso, sombrío, pero al caer la noche, los pasillos parecían cobrar vida con susurros y sombras que se deslizaban entre las grietas del suelo mohoso.
Los niños que vivían allí no eran como los demás. Chi, Luna, Ray y Lucas lo sabían mejor que nadie. Ellos, como todos en Saint Patrick, poseían dones que la iglesia consideraba una maldición. El fuego que ardía en las manos de Chi, el agua que obedecía a Luna, las raíces que respondían a Ray y el viento que danzaba con Lucas… eran regalos que la Madre Superiora Ritsu llamaba “errores de Dios”.
Pero lo que más aterraba a los niños no era la furia de la Madre Ritsu ni los golpes del Padre Paul. No. Era el secreto enterrado bajo sus pies.
Un abismo. Un agujero sin fondo oculto bajo las ruinas del orfanato. Un portal al infierno, susurraban los más valientes en las noches de tormenta. Allí, decían, desaparecían los niños problemáticos. Aquellos que desobedecían. Aquellos cuyos poderes crecían demasiado.
Chi lo había visto con sus propios ojos. Una noche, despertó por un grito ahogado. Se asomó por la rendija de su puerta y vio a dos figuras arrastrando a un niño por el pasillo. El Padre Jorge y la Madre Riu, con sus ojos oscuros y sus sonrisas retorcidas, se deslizaban como sombras mientras el niño pataleaba en vano.
Luego, silencio.
Desde entonces, Chi no pudo dormir sin sentir el ardor de su propio fuego palpitando en las yemas de sus dedos. Sabía que ella y sus hermanos no eran como los demás niños. Y si querían sobrevivir, debían descubrir la verdad.
Debían escapar… antes de que fuera demasiado tarde.