Capítulo 1
Los pasos de las zapatillas resonaban con eco en el edificio vacío. La figura avanzaba por el pasillo con movimientos precisos, vestida de manera impecable: un elegante vestido negro que ocultaba a la perfección armas en sus costuras, y una máscara blanca resistente que apenas dejaba entrever sus ojos. La oscuridad que trajo el apagón hacía que cada sombra pareciera moverse, amplificando la tensión del lugar.
En su oído, una voz llena de esfuerzo interrumpió el silencio.
—Todo listo. Las cámaras están desactivadas. Ahora sigue hasta los pisos superiores… pero por favor, Hela, no hagas nada estúpido. —Echec casi rogaba.
—Le pides al pez que viva fuera del agua —resopló Blanco desde su posición de vigilancia, con su rifle firme en la mano, cubriendo las entradas y alrededores del rascacielos. Su tono era cargado de irritación—. Sabes que nada de lo que digas va a detenerla.
Una risa burlona escapó de los labios de la joven.
—Tranquilos, chicos. Estoy siendo discreta… ¿no les parece? —dijo mientras hacía girar un cuchillo en sus manos, con la misma despreocupación de quien juega con un bolígrafo. Subía las escaleras a toda prisa, su vestido ondeando con cada paso.
—Claro, muy discreta… tan discreta como un elefante en una cristalería —replicó Blanco con sarcasmo desde el comunicador.
Hela soltó un suspiro pesado.
—Sería más fácil si pudiera usar el elevador, pero nooo… aquí estamos. —Al llegar al piso correcto, se tomó un momento para alisarse el vestido, enderezarse y cambiar por completo su postura. De una asesina a una dama sofisticada.
Cruzó el pasillo que conducía a las oficinas del objetivo. Frente a la puerta, dos guardias estaban distraídos, intercambiando órdenes por radio.
—Disculpen… —dijo Hela, su tono suave y educado mientras inclinaba la cabeza ligeramente—. Necesito informar al señor Dimitri sobre el apagón. Parece que la señal no está funcionando bien.
Los guardias intercambiaron una mirada antes de negarse.
—Lo que sea que tengas que decir, dilo aquí. Nosotros le pasaremos el mensaje.
Hela soltó otro suspiro teatral, como si estuviera cansada de su incompetencia.
—Está bien, entonces... lo del apagón es... —Antes de terminar la frase, sus movimientos se volvieron un borrón de velocidad. Un arma pequeña, diseñada para electrocutar, surgió de sus manos, y en cuestión de segundos ambos guardias estaban en el suelo.
—Dios… qué pesados. —Se agachó para recoger las llaves del despacho mientras murmuraba—. Todo sería más fácil a mi manera.
—¡Hela! El plan. No te salgas de lo que ya planeé —regañó Blanco, frustrada. Su tono ya denotaba agotamiento por la actitud de su compañera.
—Relax, todo bajo control —respondió Hela mientras deslizaba la llave en la cerradura.
—Sipi… aunque sería más fácil si yo tuviera cuatro manos. —intervino Echec desde el comunicador, su voz cargada de sarcasmo mientras luchaba por mantener el control del sistema de seguridad. Finalmente, un pequeño clic confirmó que había desbloqueado la puerta de forma remota.
Hela empujó la puerta con una sonrisa amplia y despreocupada, entrando como si se tratara de una fiesta en su honor. Al otro lado, un hombre mayor, con el rostro perlado de sudor, se tensó al verla.
—Hola, pequeño cerdo —canturreó Hela mientras sacaba su cuchillo y lo balanceaba frente al hombre—. Creo que ya estás lo suficientemente gordo como para servir de comida a los demás.
El hombre abrió la boca, pero no salió sonido alguno.
—¿Nada? ¿Ni un “por favor”? ¿Ni un “no me mates”? —La decepción se reflejó en sus ojos mientras se inclinaba hacia él—. Vamos… dame algo.
Desde el comunicador, Blanco perdió la paciencia.
—¡Hela! Ya mátalo.
El hombre, en un último intento desesperado, sacó una pistola de debajo de su escritorio. Hela reaccionó en un parpadeo, desarmándolo con precisión quirúrgica y clavándole el cuchillo en la muñeca.
—Tsk. Qué peligroso es jugar con cosas que no sabes usar —murmuró antes de hundir la daga en su garganta.
Los segundos que siguieron estuvieron llenos de los gorgoteos del hombre ahogándose en su propia sangre. Hela lo observó con una calma inquietante.
—Ah… música para mis oídos.
—¡Policía! Sirenas acercándose. —La voz de Eches explotó en el comunicador.
—Dos minutos, Hela. ¡Sal ahora!
Hela lanzó una carcajada ligera mientras tomaba un gancho de su pierna y lo aseguraba a la ventana.
—No se preocupen. Plan B, como siempre.
—Mierda, estás loca —murmuró Blanco mientras observaba desde su mira telescópica cómo Hela saltaba sin dudarlo desde el octavo piso.
Cuando aterrizó, se echó a correr hacia el punto de extracción donde Eches la esperaba en la furgoneta sin placas. Se lanzó al vehículo con un movimiento fluido.
—Eso fue agitado… pero divertido.
—Menos cháchara. Vámonos. Blanco, tu turno —ordenó Luka desde la radio.
Desde la azotea, Blanco guardó su rifle, pero no pudo evitar soltar un suspiro pesado.
—Algún día… esta idiota nos matará.








