Capitulo 1: La muerte de un hermano
William asintió, aunque ya tenía una idea de cómo sería la situación en la casa de su hermano. La pena que sentía por Charlotte y los niños le llenaba el corazón de un dolor que no podía identificar completamente. Siempre había sido el que mantenía la calma, el que resolvía las cosas sin mostrar demasiada emoción, pero en ese momento, algo en él quebró.
Miró hacia la granja que había sido el centro de su vida durante tanto tiempo. El campo, la tierra, los animales… Todo parecía seguir en su curso, ajeno a la tragedia que se estaba desmoronando en su familia. Era imposible concebir que la vida de Henry, tan llena de sueños y promesas, había llegado a este fin tan abrupto.
—¿Sabes si Charlotte ha recibido algún tipo de apoyo? —preguntó William, su voz ahora más suave, un intento de entender el caos en el que se encontraba su cuñada.
Arthur negó lentamente con la cabeza.
—Ella está sola en esto, William. No hay nadie más allí que pueda ayudarla como tú, ni siquiera la parroquia.
La responsabilidad que pesaba sobre William era grande, pero no sentía temor; sentía que debía hacer lo que su hermano ya no podía hacer. Debía ser el pilar para los niños, para Charlotte, y para sí mismo. Siempre había creído que su hermano, aunque distante y diferente a él, llevaría una vida más estable. En su mente, la universidad, los estudios de derecho, la posibilidad de ser alguien importante… nunca pensó que eso se desmoronaría por completo.
—Voy a ir a verlos —repitió William, con voz firme.
Arthur asintió, antes de girar su caballo y marcharse rápidamente, dejando atrás a William, que se quedó mirando el sendero por el que había llegado. La tierra estaba empapada por el rocío matutino, y el aire frío de la mañana parecía cortar la piel, pero no sentía el frío. Solo el vacío.
Con el corazón apesadumbrado, William dio un largo suspiro y entró a la granja para asegurarse de que todo estuviera en orden antes de irse y avisarle al joven que trabaja para el que no estaría por unos días. Aun cuando su mente estaba llena de preguntas sin respuestas, sabía que debía cumplir con su deber como hermano, como tío y como hombre. A lo largo de su vida, había aprendido a ser pragmático, a hacer lo que tenía que hacer sin demasiados cuestionamientos. Esta vez, no sería diferente. La muerte de Henry, tan repentina, tan incontrolable, lo había dejado sin palabras, pero el trabajo no podía esperar.
—Charles. —llama William entrando al establo donde ve al joven durmiendo con los caballos.
—¿Si, señor? —El chico de 16 año se levanta apresurado y asustado.
—¿Otra vez no fuiste a tu casa?
—Si fui a casa, pero… —Guardo silencio.
William suspiro cansado, ahora no tiene tiempo de para lidiar otra vez con Charles.
—Lo dejare pasar por esta vez, ahora debes acompañarme a Leeds. Encilla los caballos.
El joven no hizo preguntas y en poco tiempo, se subieron a los caballo y comenzó el largo viaje hacia el hogar de su hermano, quien vive bastante lejos. Mientras avanzaba, los recuerdos de la infancia llegaron a su mente: la risa de Henry, las tardes de verano cuando todo parecía tan simple, los juegos con su hermano pequeño, incluso las discusiones sobre la granja. William se obligó a apartar esos pensamientos. No tenía tiempo para la nostalgia, ni para la ira que empezaba a crecer en su pecho.
—¿A que iremos a Leeds señor Ashford?
—A ver a mi hermano y a su familia.
—Pensé que su hermano vivía en Cambridge. —Dice desde la inocencia.
—Iré a Cambridge, necesito ir a Leeds para abordar el tren y te llevo para que te traigas el caballo de regreso. Ahora apresura el paso.
El joven asintió, sin atreverse a hacer más preguntas. William no tenía ánimo para explicaciones ni detalles. Tenía la mente completamente absorbida en lo que debía hacer. El viento frío del amanecer golpeaba sus mejillas mientras cabalgaban hacia el oeste. La distancia entre su pueblo y Leeds era considerable, pero eso no le importaba; tenía que llegar lo más rápido posible.
Mientras avanzaban, el camino se volvía cada vez más vacío, rodeado de campos y granjas solitarias. El silencio solo se interrumpía por el sonido de los cascos de los caballos resonando en el suelo, una melodía constante que parecía recordar a William que la vida no se detendría por su dolor.
Leeds estaba a unas pocas horas de viaje, pero las horas parecían alargarse cada vez más. Las horas de cabalgar sin descanso, la tensión en su cuerpo, los recuerdos de un hermano perdido y las preguntas sin respuesta, lo agotaban. Pensaba en lo que había sido Henry: su hermano pequeño, lleno de sueños e ilusiones, que, sin embargo, terminó atrapado en las deudas y la desesperación. William había tratado de no pensar en ello, pero ahora era imposible evitarlo. La tragedia se había desbordado sobre ellos, sobre su familia. Su hermano ya no estaba, y ahora debía enfrentarse a la pérdida de una manera que nunca había imaginado.
Atravesando colinas y valles, en una travesía que parecía interminable. Cuando finalmente llegaron a Leeds, el sol ya se había elevado alto en el cielo, tiñendo de dorado los edificios de la ciudad. Al llegar, William se detuvo un momento y miró el bullicio de la ciudad, con el tren que lo llevaría a Cambridge esperando en la estación.
— Aquí es donde nos separamos —dijo William, con una mirada seria—. Tú regresas con el caballo y yo continuaré desde aquí. No estaré allá mucho tiempo, máximo un día y vendré de regreso.
El joven asintió con gratitud y se despidió rápidamente, sin muchas palabras. William se dirigió hacia la estación de tren, donde ya comenzaba a sentirse la presión de lo que estaba por venir.








