Circo
Un corto pasaje poético de un buen y agradable recuerdo.
Circo.
Es ese lugar en que te puedes permitir soñar,
donde las ilusiones regresan.
Te mantiene en suspenso cada acto,
al filo del asiento.
Expectante, emocionado…
Feliz.
Puedes sonreír sin miedo,
reír sin burlas ni malicia.
Sonreír al ver a tus hermanos aplaudir.
Al ver a los abuelos bromear.
Al codearte con el vecino.
Al ver a tus hijos gritar al ver al payasito.
Su mirada repleta de ilusión y sorpresa;
el silencio que llega con la incertidumbre
al ver aquel hombre sobre una cuerda a metros de altura.
Y eres feliz.
Sonríes al recordar el pasado,
cuando eras aquel niño lleno de ilusión,
cuando tus padres reían contigo.
Ahora haces lo mismo,
estás dispuesto a ver prevalecer esa magia.
A vivir esa fantasía una vez más.
Porque eres feliz y lo quieres compartir.
Pasó el tiempo,
lágrimas corren por tus mejillas.
Son de alegría, eres consciente de eso.
La nostalgia te abraza.
Y te puedes permitir sentir.
Eso es lo que significa el circo.
Alegría. Vida.
Pinta sonrisas en las almas abatidas,
tristes por la soledad,
preocupadas por lo que pasó
lo que va a pasar o está pasando.
Sonrisas en almas furiosas por lo que no pueden controlar,
asustadas por lo que han vivido,
débiles por cada batalla perdida.
Sonrisas en almas amargadas por haber olvidado lo que es reír.
El circo no reconoce.
Único lugar en el mundo donde niños,
adultos, hombres,
mujeres, ancianos,
todos se vuelven uno.
Con camaradería y respeto.
Y ansioso lo quieres compartir.
Con tus sobrinos, tus hijos,
tus nietos, tus tíos, hermanos,
vecinos, padres, amigos.
Con aquel amigo que jamás ha pisado un circo.
Le narras espectáculos que recuerdas,
borrosos y empapados de una luz de ingenuidad y ternura infantil,
recuerdas a un niño que asistía con devoción cada año.
Como era maravillarte desde mucho antes de entrar,
cuando veías esa tienda azul o de colores,
los banderines que ondeaban con el viento,
la majestuosidad de su presencia,
la música, el mago enmascarado, el acróbata,
los vestuarios, todo lo que creías imposible…
Y el circo te mostro, te deslumbró.
No hay imposibles.
Te encuentras pensando en lo mucho que has perdido,
lo mucho que extrañas esos años.
El circo te recuerda que has crecido.
Ya no eres pequeño,
pero no por eso dejas de ser niño.
Extrañas tanto, pero sabes que no es malo.
La nostalgia es bienvenida en el circo,
la familia que ya no está.
La familia que estás creando,
o la familia que has seleccionado.
Los amigos nuevos,
los amigos de años que siempre van a estar,
los amigos que te cruzas con un simple acto de bondad.
Y lo entiendes,
de eso se trata el circo.
De ser feliz.
De aceptar que una vez al año tienes todo el derecho de recordar,
de llorar,
de reír a carcajadas,
de maravillarte,
de ilusionarte,
de emocionarte,
de extrañar y de compartir esa felicidad.
De permitir rejuvenecer tu alma como la última vez que tomaste un solo dedo de tu mamá debido al tamaño pequeño de tu mano.
Eso es vivir.
Y tienes el derecho de vivir,
de amar y ser feliz,
de soltar y avanzar,
de atesorar y extrañar.
De eso se trata la vida,
de hacer de cada día un circo.
Crear momentos,
crear risas donde no las hay,
de causar sonrisas en almas abatidas,
de luchar contra la tristeza
y reír cuando se siente no poder más.
Cuando te sientes avergonzado, agonizante,
que tu corazón ya no quiere latir,
que no podrías soportarlo,
que estás muy cansado para seguir…
Recuerda el circo.
Recuerda la sensación de embragues que llega con la fantasía,
cuando diez personas trabajan en equipo para darle vida a un animal,
cuando saltan en el trapecio,
cuando lanzan cuchillos flameantes a la señorita,
cuando te sentiste vivo.
Cuando fuiste feliz.
Ahora que lo pienso, debería seguir mi consejo.
Me encuentro escribiendo esto,
oyendo Jazz mientras veo a los niños jugar.
Se revuelcan en el pasto,
hacen maromas que las madres aplauden.
Los padres preparan tortas de jamón,
los abuelos ríen y sonríen cuando su nieto le pregunta a qué juego se van a subir.
Juegan en los columpios, corren de aquí para allá,
se esconden, gritan, se ríen, se caen, se divierten.
Son felices.
Me tarde en nombrarme poeta, en aceptarlo.
En permitirme vivir.
Demasiado asustado de que alguien leyera mis letras,
de ser alguien, de ser especial.
Demasiado débil para soñar.
De vivir de las fantasías.
Creí que nunca lo lograría,
de allí el gusto por fumar.
Sin embargo, creo que finalmente lo entiendo,
siempre hay un nuevo mañana.
Siempre se puede mejorar,
siempre se puede ser feliz.
Siempre se puede enamorar una vez más del atardecer.
Me volví un poeta que fuma por nostalgia cada luna llena.
Cuyas letras jamás considero poesía,
hasta que su estrella lo deslumbró.
Como el circo.
Como la primera vez, siempre me ha gustado.
Y siempre me va a gustar,
así lo vea una vez al año.
Estoy esperando,
sentado en el pasto por donde la fila pasa y familias como yo se encuentran aguardando a que la función comience.
Me basta, porque estoy vivo,
y eso es suficiente por lo que ser feliz.
Porque soy quien decide cuándo morir,
y cuando mi alma se marchite,
no por la edad, si no por mis decisiones,
por haber dejado de reír,
por olvidar sonreír,
por no ser amable, educado,
por no ayudar al necesitado,
por no aplaudir al ver algo extraordinario,
por no volver a intentarlo cuantas veces sean necesarias,
entonces y solo entonces habré muerto.
Por no maravillarme por el cielo,
por no detenerme al escuchar a los pájaros cantar,
por no emocionarme al ver una ardilla en el árbol,
por no darle de comer al callejerito,
por no saltar en charcos,
por no pisar hojas secas,
por no oler las flores,
por no cuidar a mis mayores,
por no abrazar al desdichado,
por no bailar bajo la lluvia,
por no luchar por lo correcto,
por no apoyar al débil y
por no ser agradecido.
¿De qué sirvo entonces?
¿Qué utilidad tiene mi alma si se ha marchitado a ese nivel?
Si he permitido perder mi gentileza a manos de bárbaros y desgraciados,
¿En qué me convierto?
Que desperdicio.
Me niego,
por ello cada año, sin falta,
regreso al circo.
Para recordar lo que es vivir.
Así que tú, quien lee este pasaje,
pregúntate,
¿de verdad quieres morir así?
Con un alma amargada.
O no preferirías,
¿vivir de sueños, ilusiones y fantasías?
Haz de tu vida un circo.
Porque cada mañana es hermoso.
Y vuelve a enamorarte de la vida,
enamórate del circo,
y entenderás lo que es vivir de verdad.
El Circo ha comenzado.
—Fernanda Fernández.








