Una noche más
Todo lo que podía sentir era el cruel abrazo del invierno, la endeble tela del uniforme no era capaz siquiera de mantenerlo a raya aunque sea un poco, bueno que se podía esperar de algo tan barata; otro cruel recordatorio de lo reemplazables que éramos.
El único alivio que teníamos era la débil fogata que se encontraba en medio del campamento, como si se tratara polillas éramos atraídos a esa cálida luz que proporciona un pequeña cobijo del cruel invierno y de nuestra realidad, casi como si fuéramos niños que se cubren la cabeza con la manta en un patético intento de protegernos de la realidad.
Las tranquilas notas de la guitarra eran también otro pequeño consuelo de esta cruda noche, un pequeño recordatorio de quiénes somos. Bueno de lo que alguna vez fuimos.
Todavía recuerdo esos primeros meses, como a pesar de todo, siempre en este pequeño momento de la noche antes del toque de queda, podíamos regresar a ser quienes fuimos antes de todo; antes de la Guerra. El ruido de las conversaciones, el estallido de carcajadas después de una broma, la música de una pequeña banda lo que provocaba que más de uno se levantara y empezara a bailar, incluso en algunas ocasiones teníamos que gritar para hacernos oír, pero como si se tratara de leña que se consume, nos fuimos apagando con el paso del tiempo.
Ahora parece que incluso un pequeño susurro se escucharía como un grito, como si cualquier otro sonido que no sea el de los acordes de la guitarra y el crujir de la madera quemándose, fuese una blasfemia.
Ya ni siquiera sé si en verdad estamos vivos, claro respiramos, pero en el fondo seguimos estando vivos o esta cruel guerra ya nos ha reclamado hace mucho. Como si nuestras almas ya están con el creador, pero nuestros cuerpos siguen aquí en la tierra, esperando a ponerse al día con nuestro espíritu.