Sobrenatural al ocaso

Summary

Bella Swan se muda a Forks después de un indicente en Europa cuando estaba de vacaciones con su madre y su padrastro. La chica nueva, la hija del jefe de policía, la amiga del hijo del jefe de una tribu, la cantante de un vampiro, la haka de una reina... Bella Swan, ¿la humana?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1. Nuevo hogar

Bajarme del avión fue más difícil de lo que pensé que sería al subirme.

Cualquiera podría pensar que mi paso lento se debía al equipaje: una maleta grande de bodega, una bolsa de cabina y un libro gastado en mi mano libre.

Pero no. Apenas sentía el peso de la maleta. Lo que sentía era mi piel… seca, picando, esperando hidratarse en algún momento.

Esperaba que vivir en Forks ayudara con mi problema. Forks era húmedo; tenía que ayudar. Debía ayudarme.

Forks, un pequeño pueblo perdido en mitad de la nada en el estado de Washington. El lugar donde nací. Donde pasé los primeros años de mi vida. El pueblo donde mi padre seguía viviendo… y de donde mi madre había huido conmigo en brazos hace tantos años.

Al salir de la terminal, distinguí a mi padre enseguida. Aunque no llevaba uniforme, su ropa tenía algo que lo delataba.

Podrías sacar al hombre de la placa, pero no la placa del hombre.

Me acerqué a él arrastrando los pies y esbozando una sonrisa incómoda que él me devolvió con un abrazo, aún más incómodo.

Ninguno de los dos era especialmente afectuoso, pero lo quería, a mi manera. Y estaba segura que él me quería a mí.

—Te creció el pelo —comentó mientras cogía mi maleta, luchando un poco con su peso, aunque no dijo nada al respecto.

—Sí. —Asentí, observando cómo las arrugas de su rostro se habían acentuado desde el verano pasado. Se estaba haciendo mayor—. Decidí no cortarlo más.

—Te queda bien el pelo largo, debajo de los hombros.

La coversación murió mientras caminábamos hacia su coche patrulla. Gran parte del trayecto fue en silencio. Ninguno sabía qué decir, pero ambos amábamos el silencio.

Aunque no debería sentirme incómoda con mi propio padre, tampoco podía evitarlo.

—Por cierto… —Charlie rompió el silencio después de unos minutos—. ¿Te acuerdas de Billy Black y su hijo Jacob?

Asentí, aunque los recordaba a duras penas. Jacob, el hermano de Rachel. Cuando pasaba los veranos con mi padre, solía quedar con sus hermanas, pero nunca con Jacob.

Me sentí como la peor amiga de la infancia.

—Puede que te haya comprado un coche… —dijo, bajo, pero lo suficientemente alto para que lo oyera.

—¿Un coche? —Me había imaginado yendo a la escuela en su coche patrulla o caminando.

—Sí, era de Billy, pero con lo de la diabetes ya no puede conducir. —Recordé que, debido a eso, Billy ahora usaba una silla de ruedas—. Así que me vendió su coche viejo. Jacob arregló el motor.

—No tenías que comprarme un coche. —Estaba agradecida, aunque preferí no preguntar el año del vehículo. Seguramente sería demasiado viejo.

—No pensé que quisieras ir en el coche patrulla con tu viejo —dijo, avergonzado, aunque una pequeña sonrisa se asomaba en su rostro.

Puede que Forks no estuviera tan mal. Quizá no solo sería bueno para mi piel.

Llegamos al nublado Forks. La hija de la exesposa del sheriff había vuelto a su tierra natal. ¿Dónde estaba mi pancarta de bienvenida?

La casa de mi infancia no había cambiado nada: pequeña y acogedora, de madera blanca, con un diseño demasiado americano para mi gusto.

Delante de la casa había un coche. ¿Mi coche?

—Entonces… —Charlie interrumpió mis pensamientos—. ¿Qué te parece?

—¿Es mío? —Necesitaba confirmarlo antes de hacerme ilusiones. Él asintió.

El vehículo era de un rojo desvaído, con guardabarros grandes y redondeados, y una cabina de aspecto bulboso. Para mi enorme sorpresa, me encantó.

No sabía si funcionaría, pero podía imaginarme al volante. Además, era uno de esos modelos de hierro sólido que jamás sufren daños. La clase de coche que sobrevive a un accidente de tráfico intacto, mientras el otro vehículo queda en pedazos.

Un coche perfecto para alguien tan torpe como yo.

—¡Caramba, papá! ¡Me encanta! ¡Gracias!

—De nada —respondió con su voz áspera, visiblemente incómodo.

Charlie, seguramente para sobrellevar su vergüenza, llevó mi maleta hasta mi antigua habitación. Seguía igual que hace dos veranos, pero esta vez podía llenar los cajones y estanterías con mis cosas. No estaba aquí de vacaciones; había venido a quedarme.

Se me hacía extraño.

—Te he dejado espacio en el baño de arriba, varios estantes libres… —Charlie miró la habitación con algo de nostalgia—. Yo usaré el baño de abajo, excepto para ducharme.

Asentí, dándome cuenta de que intentaba darme mi propio espacio.

Eso me gustaba de Charlie: no agobia.

Una pequeña esperanza se instauró en mi pecho. Quizá el día de mañana no fuera tan malo después de todo. Con problemas de piel y todo.

Mientras colocaba mis cosas, no podía evitar preguntarme si estaba haciendo lo correcto. ¿Había sido buena idea alejarme de todos? ¿Forks era el mejor lugar para guardar un secreto?

Miré por la ventana, buscando en el bosque frondoso alguna señal.

Solo vi las hojas moverse. ¿Eso era buena o mala señal?

Pensé que me acostaría llorando esa noche, pero el sonido de la lluvia me dio la paz suficiente para dormirme sin problemas.

Olvidándome de que, al amanecer, empezaría en un instituto a mitad de año, un lugar donde todos se conocían desde hace años.

Esa noche no soñé. Por primera vez en semanas, conseguí dormir sin soñar.