El amante… (Adaptación al EunHae)

Summary

El multimillonario coreano Lee Hyukjae nunca había estado con la misma persona más de tres meses... Hasta que Lee Donghae apareció en su vida... y en su cama. Sin embargo, incluso después de dos años de relación, Hyukjae no tenía la menor intención de pedirle a Donghae que se casara con él. Donghae deseaba más, por eso cuando Hyukjae lo acusó injustamente de haberlo traicionado, supo que debía abandonar al hombre que amaba y empezar de nuevo. Lo que no sospechaba entonces era que se había quedado embarazado... Aquel embarazo iba a cambiar mucho la idea que él tenía del matrimonio... La historia original le corresponde a Lynne Graham.

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Complete
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9
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18+

Prólogo

Lee Hyukjae apretó el volante con fuerza cuando su Porsche Cayenne amenazó con patinar sobre la helada carretera

El paisaje rural de campos y árboles estaba cubierto por una gran capa de purísima nieve. No había otros coches. En un día en que la policía había aconsejado a la gente quedarse en casa y evitar las peligrosas condiciones de la carretera, Hyukjae disfrutaba del reto de probar su habilidad al volante. Aunque poseía una legendaria colección de coches casi nunca tenía la oportunidad de conducirlos él mismo. Podría no saber muy bien dónde estaba, pero eso le preocupaba poco.

Seguía confiando en que, en cualquier momento, encontraría una entrada a la autopista que le permitiría regresar a Seúl y, por tanto, a la civilización. Hyukjae no se arredraba ante dificultad alguna... sencillamente porque las dificultades no existían para él. Llevaba una existencia tranquila y bien organizada. Cualquier problema, cualquier incomodidad se evitaba con una buena inyección de dinero. Y el dinero no era obstáculo para un hombre como él

La fortuna de los Lee, forjada originalmente en la construcción de barcos, había empezado a mermar cuando Hyukjae era un adolescente. Aun así, su conservadora familia se quedó estupefacta cuando decidió no seguir los pasos de su padre y su abuelo, convirtiéndose en cambio en financiero. Unos años después, sin embargo, los murmullos de desaprobación se habían convertido en aplausos cuando Hyukjae tuvo un éxito meteórico

Ahora, a menudo aconsejaba a gobiernos sobre sus inversiones. Hyukjae era, a la edad de treinta y cuatro años, no sólo adorado como un ídolo por su familia, sino un magnate de las finanzas y un adicto al trabajo

En cuestiones más personales, ninguna persona le había interesado durante más de tres meses. Su poderosa libido y sus emociones estaban férreamente controladas por una mente ágil y bien disciplinada. Su padre, sin embargo, había estado a punto de casarse por cuarta vez antes de morir..

La manía de su padre de enamorarse de mujeres cada vez menos adecuadas siempre le resultó exasperante. Él no era así; de hecho, la prensa lo había acusado de ser de hielo por su trato con sus parejas. Orgulloso de su cuadriculado cerebro, Hyukjae había hecho una relación de las diez cualidades que debería reunir una persona para entrar en la lista de posibles candidatos, no era heterosexual, tampoco se consideraba gay, bisexual seria lo correcto. Ninguna persona lo había conseguido, ni siquiera se habían acercado

Donghae metió las manos en las mangas de su gabardina gris y movió los pies para que no se le quedasen congelados.

Se había perdido y por allí no había nadie para darle indicaciones de cómo llegar a la carretera general. Pero el pesimismo era algo ajeno a la naturaleza de Donghae. Largos años viviendo una vida muy austera le habían enseñado que una visión negativa de las cosas desanimaba a cualquiera y no reportaba beneficio alguno. Él era una persona que siempre miraba el lado bueno de las cosas. De modo que, aunque se había perdido en medio de una carretera helada y desierta, estaba convencido de que algún conductor amable aparecería en cualquier momento. Daba igual que lo que le había pasado aquel día hubiera hecho gritar de frustración a la persona más tranquila del mundo.

Donghae sabía que no se ganaba nada perdiendo los nervios por algo que uno no puede cambiar. Sin embargo, incluso para él era difícil olvidar las ilusiones con las que había salido de casa para acudir a la entrevista...

Ahora se sentía como un ingenuo por haber puesto en ello tantas esperanzas. ¿No llevaba meses buscando trabajo? ¿No sabía lo difícil que era encontrar un empleo fijo? Desgraciadamente, no estaba cualificado para ningún empleo. No tenía nada que hacer en un mundo que parecía obsesionado por los títulos universitarios. Además, no contaba con experiencia profesional y así era un problema conseguir referencias.

Donghae tenía veintiocho años y llevaba más de una década cuidando de su madre enferma. La relación de sus padres se había deteriorado a causa de la enfermedad y su padre se había marchado de casa. Después de un año, había cesado todo contacto entre ellos. Su hermano, Donghwa, quien era diez años mayor que él, era ingeniero. Vivía en el extranjero y sólo hacía visitas ocasionales, casado ahora e instalado en Nueva Zelanda, el Donghwa que volvió para el funeral de su madre unos meses antes casi le había parecido un extraño. Pero cuando su hermano se enteró de que él era el único beneficiario del testamento se sintió tan aliviado, que le habló francamente de sus problemas económicos. De hecho, le había dicho que el dinero de la venta de la casa sería un salvavidas para él. Sabiendo que tenía que mantener a sus tres hijos, Donghae ni siquiera le recordó que sería un salvavidas para él, pero él no recibiría ni un céntimo. Entonces, no sabía qué le iba a resultar tan difícil encontrar trabajo o alojamiento.

El silencio del paisaje cubierto de nieve fue roto entonces por el ruido de un motor en la distancia. Sonriendo, Donghae se acercó a la carretera para llamar la atención del conductor…

Hyukjae no vió a la persona que caminaba y le hacía señas mientras tomaba la curva y luego no le quedó más remedio que dar un volantazo, la camioneta patinó en el hielo, dio una vuelta sobre sí misma y se deslizó por la carretera hasta chocar contra un árbol...

Con los oídos retumbándole por el terrible crujido del metal, Donghae se quedó dónde estaba, inmóvil. Incrédulo y boquiabierto, observó al conductor, un hombre alto y delgado, salir del coche a toda velocidad. Se movía tan rápidamente como su coche, fue lo primero que pensó.

—¡Apártese! —le gritó él, pues el fuerte olor a gasolina le había alertado del peligro—. ¡Apártese de ahí!

El coche se incendió y Donghae intentó apartarse, pero el hombre tiró de su brazo para alejarlo más rápidamente. Tras ellos, el tanque de gasolina explotó y la fuerza de la explosión los levantó del suelo. El extraño evitó la caída sujetándolo por la cintura, pero lo tumbó en el arcén y se colocó encima para protegerlo.

Sin aliento, Donghae se quedó en el suelo, intentando respirar mientras pensaba que aquel hombre le había salvado la vida. Cuando levantó la mirada, se encontró con una piel tan blanca como la leche y unos exóticos ojos de color marrón, muy brillantes.

Tenía la ropa empapada, pero lo que le importaba en aquel momento era saber por qué esos ojos le resultaban tan familiares. De niño había visitado un zoo en el que había un león en su jaula, furioso y frustrado. Con los ojos brillantes, desafiando a todo aquel que osara mirarlo, el animal paseaba por su humillante celda con una dignidad que a Donghae le había roto el corazón.

—¿Se ha hecho daño? —preguntó él, con una voz ronca y profunda que le produjo escalofríos

Donghae negó con la cabeza. El hecho de que lo hubiera aplastado contra el arcén lleno de nieve no tenía importancia en comparación con esos ojos.

Tenía las pestañas muy largas, un rostro angular y muy masculino que poseía una belleza hipnótica.

Hyukjae observó los ojos más café que había visto nunca. Estaba convencido de que no podían ser de verdad con ese color achocolatado y sospechaba también del sedoso cabello castaño que enmarcaba su rostro ovalado.

—¿Qué demonios hacía en medio de la carretera?

—¿Le importaría apartarse? —murmuró Donghae.

Hyukjae se apartó musitando algo en otro idioma. No se había dado cuenta de que estaba encima del hombre responsable de la destrucción de su coche.

Cuando tomó su mano para ayudarlo a levantarse, se le ocurrió un pensamiento extraño: tenía una piel color canela, suave y tentadora podría pasarse horas adorándola.

—No estaba en medio de la carretera... temí que pasara de largo sin verme —explicó Donghae, temblando de frío.

El hombre le parecía tan alto, que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para hablar con él.

—Estaba en medio de la carretera —insistió Hyukjae—. Tuve que dar un volantazo para no atropellarle.

Donghae miró el coche, que seguía ardiendo. Era evidente que en poco tiempo sólo quedarían un montón de hierros quemados. Era un modelo deportivo y, seguramente, muy caro. Y que intentase culparlo por el accidente lo hizo sentir un escalofrío de ansiedad.

—Siento mucho lo de su coche —se disculpó, para evitar conflictos. Habiendo crecido en una familia con fuertes personalidades, estaba acostumbrado a asumir el papel de pacificador.

Hyukjae miró los patéticos restos de su Porsche, que sólo había conducido dos veces, y luego miró al chico. Su ropa era vulgar, barata. De mediana estatura, era lo que su padre habría llamado un «chico insignificante» y lo que sus insoportables amigos, que disfrutaban metiéndose unos con otros, habrían descrito como «un don nadie». Pero entonces recordó lo tentadoras que le habían parecido sus curvas porque si, viéndolo bien y aun con ese abrigo era un hombre con curvas fue consciente de ello mientras estaba tumbado sobre él y sintió un escalofrío de deseo.

—Es una pena que no pudiera evitar el árbol —siguió Donghae.

—Evitarlo a usted era mi prioridad, señor —replicó él, irritado ante lo que veía como un velado ataque a sus dotes como conductor —. Y en ese intento, podría haberme matado.

El escalofrío de deseo había desaparecido. Hyukjae lo achacó al golpe contra el árbol que, seguramente, lo había privado de juicio y causado que su libido le gastase una mala pasada.

Ese chico debía ser el menos atractivo que había conocido en su vida.

—Pero afortunadamente, los dos debemos dar las gracias por...

—Dios mio! Explíqueme por qué debo yo dar las gracias en este momento — lo interrumpió él. Seguía nevando y la nieve empezaba a teñir su pelo de blanco—. Está nevando, empieza a anochecer, mi coche favorito ha quedado reducido a cenizas junto con mi móvil y estoy en medio de una carretera desierta con un extraño.

—Pero estamos vivos. Ninguno de los dos ha resultado herido — señaló Donghae, intentando disimular que le castañeteaban los dientes.

Hyukjae dejó escapar un suspiro. Estaba perdido en medio de una carretera desierta con Remi.

—¿Puedo usar su móvil?

—Lo siento, no tengo móvil.

—Entonces supongo que vivirá cerca de aquí... ¿dónde está su casa? — preguntó él, mirando alrededor.

—No vivo por aquí. Ni siquiera sé dónde estoy.

Hyukjae arrugó el ceño, como si acabara de confesarle algo terrible.

—¿Cómo puede ser eso?

—No soy de aquí —explicó Donghae—. Es que me trajeron para una entrevista de trabajo. Luego empecé a andar y.… pensé que no estaría lejos de la carretera general...

—¿Cuánto tiempo lleva caminando?

—Un par de horas. Pero no he visto ninguna casa. Por eso no quería que pasara usted sin verme. Estaba un poco preocupado...

Hyukjae se percató de que estaba temblando. Tenía la gabardina empapada.

—¿Por qué está tan mojado?

—Hay un riachuelo por ahí detrás... no lo había visto hasta que me caí en él.

Él lo estudió, muy serio.

—Debería habérmelo dicho antes. Con esta temperatura, podría acabar sufriendo hipotermia... y yo no quiero problemas.

—No voy a darle ningún problema —replicó el.

—He visto un granero un poco más atrás. Deberíamos cobijarnos allí...

—No, en serio, estoy bien. En cuanto empiece a caminar otra vez se me pasará el frío —murmuró Donghae.

Pero Hyukjae vio que se le empezaban a poner los labios azules.

—No entrará en calor hasta que se quite esa ropa mojada —dijo, tomándolo del brazo.

La idea de quitarse la ropa delante de un completo extraño era sencillamente absurda, pero le sorprendió su respuesta inmediata a lo que veía como una emergencia. En un segundo, el extraño había olvidado el deportivo destrozado para echarle una mano.

¿No era esa una típica respuesta masculina? Aunque no era tan común como a los hombres les gustaba creer, pensó Donghae. Ni su padre ni su hermano lo habían ayudado nunca. De hecho, los dos hombres de su vida habían huido de los sacrificios que exigía la enfermedad de su madre.

Donghae tuvo que aceptar que ninguno de los dos era suficientemente fuerte como para estar a la altura y como el sí lo estaba, no tenía sentido culparlos por su debilidad.

—¿Cómo se llama? —le preguntó—. Yo me llamo Lee Donghae.

—Hyukjae —contestó él, tomándolo por la cintura para ayudarlo a saltar una cerca.

—Ah, gracias —a Donghae le sorprendió que tuviera tanta fuerza.

No recordaba que ningún hombre lo hubiese tomado en brazos desde que tenía diez años. Pero nunca olvidaría las crueles bromas de sus compañeros por sus «generosas proporciones», nada parecidas a las de las chicas más populares del colegio. Él se destacaba por su belleza escondida, no era común que un hombre tuviera curvas, mucho menos que fuera un doncel. Cuando estaba a punto de resbalar sobre un montón de nieve, Hyukjae lo tomó del brazo. —Tenga cuidado.

Pero Donghae tenía los pies congelados y le resultaba difícil caminar. El edificio de piedra parecía cada vez más cerca e hizo un esfuerzo, pero la nieve era tan profunda que le resultaba imposible saber dónde ponía los pies.

Irritado, Hyukjae lo tomó en brazos para hacer los últimos metros.

—Déjeme en el suelo, por favor... se hará daño en la espalda... peso mucho y...

—No pesa mucho. Además, si se cae, podría romperse una pierna.

—Y usted no quiere problemas, ya lo sé —suspiró Donghae mientras lo dejaba en el suelo.

Dentro del granero estaban a resguardo de la tormenta, afortunadamente, pero antes de que pudiera reaccionar, Hyukjae le estaba quitando la gabardina y la chaqueta a la vez.

—Pero bueno...

—Quítese la ropa y póngase mi abrigo —lo interrumpió él.

Donghae se puso colorado y se sintió tímido, pero aceptó el abrigo. Era demasiado práctico como para discutir.

—Voy a intentar encender un fuego —dijo Hyukjae.

Lo mejor sería dejarlo en el granero con una buena hoguera mientras él buscaba un teléfono. Saldría de allí más rápido por su cuenta.

Había gran cantidad de leña apilada contra un muro y Donghae se escondió allí para quitarse la ropa con manos temblorosas. Quitarse los pantalones le resultó difícil porque tenía los dedos helados y la tela empapada se pegaba a sus piernas. Se quitó el jersey con la misma dificultad y luego, temblando violentamente la camiseta, sus boxers y botines, se puso el abrigo del extraño. Le llegaba hasta los pies y parecía un niño con la ropa de un adulto. El forro de seda le hizo sentir un escalofrío, pero el peso del paño le daba calor...

Hyukjae estaba colocando troncos en el centro del granero. De nuevo, se sintió impresionado por su rapidez y eficacia. Era un hombre de recursos, pensó. No se quejaba, sencillamente hacía lo que tenía que hacer. Desde luego, había elegido a un ganador para quedarse tirado en la carretera.

Donghae lo estudió, admirando el elegante corte de pelo, el carísimo y bien cortado traje gris que llevaba, con una camisa oscura y una corbata de seda. Parecía un ejecutivo, un hombre sofisticado, el tipo de hombre con el que le habría dado reparo hablar en circunstancias normales.

—Tenemos un pequeño problema... yo no fumo.

—Ah, creo que puedo ayudarle —se ofreció Donghae, sacando un mechero del bolso—. Yo tampoco fumo, pero pensé que mi futuro jefe podría fumar y.… bueno, no quería mostrar una actitud de censura.

Mientras escuchaba aquella sorprendente declaración, Hyukjae descubrió que aquel chico no era el menos atractivo que había conocido en su vida.

Todo lo contrario. En el interior del granero, su pelo castaño a pesar de ser casi iguales se destacaba del contraste con el cuello oscuro del abrigo.

Tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes. Estaba sonriendo y cuando sonreía todo su rostro se iluminaba. Perdido dentro de su abrigo, le resultaba extrañamente atractivo...

—Tome —dijo el, ofreciéndole el mechero.

—Efjaristó —se lo agradeció Hyukjae, preguntándose por qué le gustaba ese extraño. Era castaño y más bien bajito, cuando a él le gustaban las personas espigadas de piernas largas.

—Parakaló... de nada —contestó Donghae, moviendo los pies para entrar en calor—. ¿Es usted griego?

Hyukjae lo miró, sorprendido.

—No, pero Grecia forma parte fundamental de mi vida.

Iba desnudo debajo de su abrigo, por eso lo encontraba atractivo, se dijo a sí mismo, intentando apartar la mirada.

—A mí me encanta Grecia... nunca he estado ahí, pero amaría estar al menos solo una vez, me parece un país precioso —siguió Donghae—. Está usted acostumbrado a hacer fuego, ¿no?

—Pues no —contestó él, cortante—. Pero no hay que ser Einstein para hacer una hoguera.

Donghae se puso colorado. Y cuando Hyukjae vió su expresión fue como si le hubieran dado una patada en el estómago. ¿Desde cuándo era tan grosero?

¿Por qué no lo trataba con un poco más de delicadeza?

—Perdone. Soy hombre de pocas palabras, pero es usted buena compañía — le aseguró.

Sonriendo como un colegial, metió las manos por las mangas del abrigo.

—¿De verdad?

—De verdad —murmuró él, sorprendido y casi conmovido por su respuesta al más simple de los halagos.

El pobre tenía tanto frío, que sus escalofríos eran visibles. Cuando la leña empezó a arder, Hyukjae estiró su metro setenta y cinco y se acercó. —Hay una petaca en el bolsillo izquierdo. Tome un trago o se quedará helado.

—Yo no estoy acostumbrado al alcohol, no puedo...

—Tome un trago, no sea tonto —sonrió él, sacando la petaca.

Donghae tomó un traguito y se puso a toser. —Veo que lo decía en serio.

El respiró profundamente, moviendo los pies.

—Sí, pero es que tengo un frío...

Hyukjae abrió los brazos.

—Venga, acérquese. Piense en mí como si fuera una manta.

—No, yo no puedo...

—No pasa nada, insistió. Tardará un rato en entrar en calor.

Donghae levantó unos ojos con un brillo tan hermoso como el mar Egeo en un día de verano.

—Sí, supongo...

—¿te molesta el humo del fuego? —lo interrumpió Hyukjae, frunciendo el ceño ante la estupidez de la pregunta.

—¿molestarme? Pero si ni siquiera puedo darme cuenta de que lo hay estoy más concentrado en el frío que estoy pasando, los nervios de Donghae lo traicionaron cuando dio un pasito torpe hacia él. De repente, su corazón había empezado a dar saltos y apenas se atrevía a respirar.

—Tienes una piel perfecta, esta tan roja por el frío, —dijo Hyukjae con voz ronca, aplastándolo contra su pecho. Tan cerca, no podía dejar de notar la suavidad de sus curvas. A pesar de los esfuerzos que hacía por controlar su reacción masculina, su libido estaba a cien por hora.

Donghae no podía pensar aplastado contra aquel torso masculino. Cuando levantó la cara, sus ojos se encontraron y sintió que le pesaban las piernas, que tenía una extraña tensión en la pelvis. El hombre inclinó la cabeza y el imaginó lo que iba a pasar antes de que pasara... pero aún sin creer que fuera a hacerlo.

Hyukjae capturó su boca con urgencia. El beso lo devastó, largo, interminable, su lengua explorando el interior de su boca. Estaba sin defensa contra esa salvaje sensación, porque su cuerpo despertó, de repente, a la vida. La tensión que sentía en el bajo vientre se convirtió en una espiral de calor que le recorrió la columna vertebral entera con efectos explosivos. Sólo el deseo de respirar venció a ese perverso calor cuando tuvo que apartarse para llevar oxígeno a sus pulmones.

Hyukjae lo miraba con los ojos oscurecidos.

—Dios... No tenía intención... No debería haberlo, lo siento.

—¿Está casado? —preguntó Donghae.

—No.

—¿Prometido? —Donghae ya no tenía frío. Todo su cuerpo era como un horno.

—No —contestó él, arrugando el ceño.

—Entonces, no tiene que disculparse —declaró Donghae, sin aliento, intentando evitar su mirada. Lo que le había hecho sentir era una revelación para él y lo había dejado increíblemente vulnerable y confuso.

Su primer beso de verdad y él se disculpaba. Sería horrible confesar que lo había excitado, pero era tan evidente que él se daría cuenta tarde o temprano, y que, si quería volver a hacerlo, tenía vía libre.

Donghae se puso colorado hasta la raíz del pelo... ¿de dónde había salido ese pensamiento tan desvergonzado?

—Lo siento, lo he molestado —dijo Hyukjae.

Él lo miró, con los ojos brillantes como un ópalo de chocolate.

—No, no me ha molestado.

Experimentaba muchas sensaciones diferentes, pero no estaba molesto; sorprendido, sí. Aturdido y emocionado también. Había vivido durante muchos años en un mundo exento de emociones. Hyukjae era lo más emocionante que le había pasado nunca y era tan grande su fascinación, que le dolía negarse el placer de mirarlo.

—Pensaba dejarlo aquí solo... —empezó a decir él, estupefacto por su falta de control.

—¿Por qué? —lo interrumpió el, asustado.

—Para buscar un teléfono. Tiene que haber alguna casa por aquí.

—Pero yo llevo su abrigo... Será mejor esperar hasta que se haga de día murmuró Donghae, mirando por la ventana. Los copos de nieve se arremolinaban con el viento y ya ni siquiera podía ver la carretera.

Nervioso, se puso en cuclillas para calentarse las manos frente a la hoguera y tratar de bajar la evidente excitación de su sexo.

—Hábleme de su entrevista —lo invitó Hyukjae, percatándose de su aturdimiento—. ¿Qué tipo de trabajo está buscando?

—Acompañante de un anciano, pero al final no me han hecho la entrevista —suspiró el—. Cuando llegué a la casa, me dijeron que un familiar había ido a vivir con el señor y que el puesto ya no estaba libre.

—¿Y no se molestaron en llamarlo para cancelar la entrevista?

—No.

—¿Y lo dejaron ir, con esta tormenta de nieve? —exclamó Hyukjae, furioso.

—Les pregunté por qué no me habían llamado, pero la señora con la que hablé me dijo que ella no tenía nada que ver porque no había puesto el anuncio —suspiró Donghae, encogiéndose de hombros—. Así es la vida.

—Es usted demasiado bueno. ¿Por qué quería un trabajo de ese estilo?

—No estoy capacitado para hacer otra cosa... al menos, de momento — Donghae quería un techo y un trabajo fijo antes de poder hacer lo que era su gran ambición: estudiar diseño—. También necesito alojamiento y ese trabajo me habría venido muy bien. ¿Dónde iba usted?

—A Seúl.

—¿Por qué me ha besado?

Resultaba difícil saber cuál de los dos se quedó más sorprendido por esa pregunta: Donghae, que no había pensado antes de hablar o Hyukjae, a quien nunca le habían exigido explicar sus motivaciones.

—¿Usted por qué cree?

Donghae se miró las manos.

—No tengo ni idea... lo he preguntado por curiosidad.

—Es usted muy sexy.

El levantó la mirada.

—¿Lo dice en serio?

—Sí. Y soy un experto, se lo aseguro —contestó Hyukjae, sin vacilar.

Donghae sonrió. Le gustaba su franqueza. De modo que tenía éxito con las personas... Normal. Era un hombre muy guapo y debía tener un montón de personas haciendo cola.

Pero estaba más interesado por lo que había dicho antes. Aunque pareciese un milagro, había dicho que le parecía sexy. Donghae se veía a sí mismo como un doncel más bien normal... y un poco gordito, Llevaba toda la vida deseando ser delgado y sin curvas. Para eso, había hecho dietas, ejercicio... su peso variaba de mes en mes, pero nunca había conseguido la figura que deseaba. Incluso su madre solía lamentar que tuviera tan buen apetito.

Sin embargo, Hyukjae, un hombre guapísimo, lo encontraba sexy. Y lo había probado sucumbiendo a unos encantos que él no creía poseer. Donghae pensó que lo querría para siempre por permitirle, aunque sólo fuera una vez, sentirse como un hombre guapo. Había esperado lo que le parecía una eternidad para oír esas palabras y de verdad creyó que moriría sin oírlas.

—¿A qué se dedica? —le preguntó.

—Inversiones.

—O sea, que está todo el día delante de un ordenador haciendo números... supongo que será un poco aburrido, ¿no? Pero, en fin, alguien tiene que hacerlo.

Hyukjae había conocido a muchas personas que fingían interés por las finanzas sólo para impresionarlo. Donghae, sin embargo, hacía todo lo contrario.

—¿Quiere chocolate? —preguntó el entonces, yendo a buscar su abrigo y sacando del bolso una enorme chocolatina.

—Sí, antes de que se derrita —rio Hyukjae, tomando la chocolatina que Donghae, sin querer, había puesto demasiado cerca de la hoguera.

Pero al recordar el sabor de sus labios la risa desapareció, reemplazado por un turbador deseo de volver a besarlo. Tomó un trozo de chocolate, pero en lugar de comerlo lo puso entre sus labios.

—Oh —Donghae cerró los ojos—. Qué rico.

Hyukjae se quedó transfigurado por su expresión. No podía apartar los ojos de él, de ese doncel que lo había hechizado. Se preguntó si reaccionaría así en la cama... Intentaba controlar aquel absurdo ataque de deseo, pero su normalmente disciplinada libido se portaba como un tren a punto de descarrilar.

—Haría cualquier cosa por un trozo de chocolate...

No terminó la frase al ver el brillo en los ojos del hombre. Reconociendo el deseo en esos ojos, se inclinó hacia delante, sin pensarlo siquiera, para buscar sus labios. Con un gemido ronco, Hyukjae se puso de rodillas en el suelo y lo besó hasta que empezó a darle vueltas la cabeza.

—Yo te compraría chocolate todos los días —dijo absurdamente.

—No quería... no quería que fuese una provocación —murmuró Donghae.

—Lo sé —sonrió él, tomando su cara entre las manos—. Pero que seas tan sincero me parece muy refrescante —añadió, tuteándolo.

—Otras personas piensan que soy demasiado extrovertido.

—Yo no conozco a mucha gente así. Y te deseo tanto que me duele... Es la primera vez que me pasa esto.

Donghae sintió como si estuviera fuera de sí mismo. Era como si aquel beso se hubiera convertido en un alien dentro de su cuerpo. Se sentía provocativo, feliz y tan tentador como Marco Antonio. Tantos años reprimiendo estoicamente sus deseos, viendo pasar la vida, controlando los anhelos y sueños que poblaban su fecunda imaginación, escondiéndolos tras una fachada de persona práctica... y por fin podían volar libres. Hyukjae era su fantasía hecha realidad.

—A mí también —consiguió decir.

Él empezó a desabrochar el abrigo y luego se detuvo, con un brillo de confusión en los ojos. No sabía cómo habían llegado a esa situación, pero no estaba preparado para detenerse.

—Nos hemos vuelto locos...

Donghae se agarró a las solapas de su chaqueta.

—Calla... no lo estropees.

Hyukjae lo tumbó de espaldas y desabrochó el abrigo del todo.

—Dime cuándo debo parar...

Sin intención alguna de detenerlo, Donghae temblaba disfrutando de sus caricias. Durante veintiocho años había sido bueno y, por una vez, durante una noche, iba a ser malo y, además, iba a disfrutar.

Hyukjae observo su torso firme y dejó escapar una especie de rugido al ver sus pezones erguidos a la luz de la hoguera.

—Tienes un cuerpo increíble.

Él lo miró, con una mezcla de vergüenza y deseo, para ver si le estaba tomando el pelo. No, en sus ojos de color ámbar envejecido veía sinceridad. Con reverencia, él empezó a jugar con sus delicados pezones, hasta dejarlos más duros y erguidos si es que era posible. Por dentro, Donghae sentía que se estaba quemando. En unos segundos, el mundo entero se había centrado en aquel hombre y en lo que le estaba haciendo.

Él empezó a acariciar sus pezones con la lengua y el escalofrío interior se hizo tan poderoso, que Donghae no podía estarse quieto. Su piel era increíblemente sensible y el darse cuenta de que su pene estaba tan duro y liberando liquido preseminal lo avergonzaba y lo excitaba al mismo tiempo.

—Hyukjae... —murmuró su nombre, hasta que él lo tocó donde quería que lo tocase acariciando febrilmente su duro miembro.

La sensación fue electrizante y lo llevó a un sitio en el que nunca había estado, donde lo único que importaba eran sus caricias y el deseo que nacía con ellas. Donghae se movió, envolvió sus brazos alrededor del cuello de él, perdido en el olor de su piel, de su pelo, en la dureza de su cuerpo masculino.

—No puedo esperar... —le confesó Hyukjae, la pasión rompiendo las barreras de su poderoso control, excitado como no lo había estado nunca.

Con hábiles dedos bajo hasta el punto de Donghae para prepararlo, se sentía como un bruto por la excitación que sentía, pero intentaba ser gentil, no sabía si Donghae alguna vez habría pasado por esta experiencia y cuando él estuvo listo con un gemido ronco, se enterró en su húmeda cueva y.… se encontró con un canal demasiado estrecho.

—¿Eres virgen? —murmuró, atónito.

—No te pares... —dijo el, enredando las piernas alrededor de su cintura y dejando sus brazos alrededor de su cuello.

Hyukjae se movía con un ritmo frenético, tan primitivo como las sensaciones que experimentaba. La excitación los llevó al éxtasis, a un sitio donde sólo importaba el placer. Después, se sintió asombrosamente feliz, emocionado.

Él lo miró un momento y luego volvió a abrochar el abrigo, besando su frente.

—Eres muy dulce... pero deberías haberme dicho que era el primero.

—Eso es asunto mío —murmuró Donghae, enterrando la cara en su pecho.

—Pero ahora es asunto mío también —insistió Hyukjae, levantando su barbilla con un dedo para mirarlo a los ojos—. Creo que, en un futuro muy cercano, decidirás mudarte a Seúl. Y yo seré tu amante.

—¿Por qué? —preguntó intrigado, aunque no podía disimular su alegría.

Él sonrió, seguro de sí mismo.

—Porque te lo pediré y tú no podrás resistirte.

Con el corazón latiendo como una pelota de goma dentro de su pecho, Donghae sonrió. En sus ojos había un brillo de calidez, de generosidad, el rasgo más importante de su carácter.