PRIMER ENCUENTRO
—Si este era el premio por sobrevivir a tantas misiones, prefería que lo degradaran a civil. Al menos así pasaría días enteros haciendo nada.
El montón de documentos que llevaba bajo el brazo pesaba menos que el fastidio que sentía. El Hokage lo había llamado y, por un instante, creyó que recibiría una misión emocionante. En lugar de eso, terminó convertido en mensajero.
El sol resplandecía sobre Konoha en un día tranquilo; de esos días idílicos en los que la brisa suave y el clima agradable casi te hacían olvidar el olor a sangre sobre el que se levantaba la aldea. Casi. Caminaba con la estúpida cantidad de papeles que debía llevar a la Academia Ninja, donde además reposaba toda la información de los nuevos equipos genin.
Entre los pasillos de la vieja construcción y salas de reposo, buscó a quien debía hacer la entrega. Esto no podía ser más tedioso, pues dicha persona parecía haber sido tragada por la tierra. En un día tan bueno para echar flojera, lo último que haría sería escarbar el suelo para encontrar al sensei dueño de los documentos. Así que la solución era simple: esperaría a que el instructor fuera quien lo encontrara a él. ¿Cómo? Muy sencillo. Iría al lugar donde esa persona tendría que hacer acto de presencia sí o sí. Nada más y nada menos que el aula que el maestro recorría todos los días. El plan perfecto para no tener que esforzarse más.
Se encaminó al aula. Al escuchar el alboroto entendió que dio con el aula correcta: todos hablaban, reían e incluso jugaban. Los futuros shinobi que “protegerían” la aldea —pensó con un matiz de ironía en su mente— no podían estar sin supervisión y comportarse a la altura. Aún pensaban como infantes, pero eso estaría por cambiar. Después de todo, entrar al servicio de esta aldea te cambiaba por completo, arrebataba la inocencia y hacía madurar a la fuerza a sus niños.
Dio un paso al interior, haciendo el menor ruido posible para pasar sin ser detectado. Llegó hasta el escritorio en silencio y puso los documentos sobre este, debatiéndose entre dejarlos allí y salir tan rápido como entró, o quedarse a esperar al mentor. La primera opción la descartó tan pronto cruzó por su mente un pensamiento lógico: «¿Y si estos mocosos husmean en el contenido de los textos? Si eso ocurre, seré el directo culpable».
Con resignación, se recostó en la esquina del salón, observando las diferentes personalidades de los “fetos”, denominándolos así debido a su nula experiencia y, muy obviamente, sus caras inocentes.
Había de todo. Desde los clanes más prestigiosos hasta los que se creían más desaparecidos; había cosas prometedoras y un par de tragedias andantes, por muy cruel que sonara. Había ninjas brutos y otros astutos. Aunque nada llamaba más su atención que el rubio del lugar. Estaba seguro de que su alboroto se escuchaba al otro lado de la academia. La razón de su escándalo no sabía si clasificarla como muy absurda o con cierto grado de acierto: alegaba por nada más que por el heredero del Sharingan.
No era así como esperaba pasar su mañana, pero el drama que presenciaba aminoraba su aburrimiento. Al parecer, el rubio tenía sentimientos por una kunoichi de su clase, pero todas allí solo tenían ojos para el azabache. Hasta ese punto, la escena superaba un poco las novelas ligeras que alguna vez ojeó por encima. El rubio se levantó después de ser arrojado y se subió a la mesa. Se lanzaron miradas letales el azabache y el de ojos azules... Parecía que se querían desintegrar el uno al otro solo con la mirada. Definitivamente, esa no fue una buena idea.
Un empujón accidental. Un desequilibrio. Y lo impensable pasó.
—¡Qué rayos...! —exclamó la chica de cabello rosa, horrorizada.
Todas parecían consternadas. ¿Realmente era un escándalo para ellas que esos dos se hubieran besado accidentalmente? Solo había sido un choque accidental, pero esas chicas no lo veían así.
Kai no lo entendía; el infantilismo y la impulsividad de esas niñas las condenaría en una misión real. Aun así, tenía que admitir que eran cómicas las morisquetas de asco que hacían los dos shinobi tras el roce.
—Naruto, estás más que muerto—
Se vería mal que, estando allí, permitiera que uno de los alumnos terminara hecho girones, se reprochó. Por esta vez, intercedería. Y sería tan rápido que ellas ni siquiera lo notarían.
Sin alterar la brisa tranquila y sin que pudiera ser visto, clavó su katana en la pared, tomó al rubio del tobillo y miró el caos de abajo.
Había tomado la decisión correcta, más al ver la escena. Después de un rato de lanzar golpes, las chicas se detuvieron, dejando una mesa de madera con hendiduras, astillas y marcas. Ni ellas ni el rubio habían notado su intervención, hasta que Naruto, quien había estado cubriendo su cabeza con las manos, notó que no había dolor ni daño sobre él. Abrió lentamente sus ojos y notó dos cosas: primero, estaba en el aire boca abajo; segundo, se había salvado de una paliza segura.
Entonces, una escandalosa carcajada resonó por el salón, llamando la atención del grupo y sorprendiendo a todos al instante.
—¡Jajaja! ¡Deberían ver sus caras! —carcajeó Naruto.
La intención de seguir con el pleito seguía palpable, pero la puerta siendo abierta ruidosamente cortó la atmósfera, mostrando al instructor de la clase. Iruka, que por su parte, encontró a sus alumnas reunidas tratando de alcanzar a un Naruto que era sostenido desde lo alto por alguien que estaba apoyado tranquilamente en lo que parecía ser una katana.
Y, aún a esa distancia, Iruka reconocería de quién se trataba.
Suspiró, tomando aire y soltándolo en un sonoro regaño:
—¡Quiero que todos vayan a sus asientos, pero ya!
Todos los que estaban fuera de su lugar rebotaron como resortes a sus respectivos pupitres. Mientras eso ocurría, Naruto sintió cómo dejaba de estar de cabeza, como si le estuvieran dando media vuelta en el aire. Fue así como pasó de mirar el suelo a estar frente a frente con su salvador.
«¿Cómo puede verse tan joven y tener el cabello de anciano, todo canoso?», pensó Naruto, confundido.
Lo observó con los ojos entrecerrados. —¡Oye, amigo, gracias por salvarme! —agradeció fuertemente bajo la mirada atónita de todo el salón.
El de cabellos plateados se limitó a asentir, dándole un ligero impulso a Naruto para que diera una pirueta hacia atrás y cayera directamente en su asiento, justo al lado de la chica de cabello rosa y el azabache. Los genin observaron atentamente al intruso, pero bastó que parpadearan para que este desapareciera de su campo de visión. Extrañados, los alumnos examinaron el gran salón en busca del misterioso ninja, pero no fue hasta que se escuchó la voz de Iruka que notaron que estaba parado como si nada al frente, en sus propias narices.
—Lamento la tardanza, te estuve buscando por todos lados —aclaró el maestro, calmado.
Por su parte, el peliplata asintió con desgano mientras sacaba un pergamino de su gabardina y se lo ofrecía al castaño. —¿Para mí?
El sensei lo tomó en sus manos, notando el sello del Hokage. Lo abrió y leyó el contenido para sí mismo:
" Iruka:
Lamento el retraso. La reunión para la conformación de los equipos tomó más tiempo del previsto y no pude hacerte llegar estos documentos antes.
Hay un asunto más importante. Respecto a la situación actual, la decisión del consejo fue unánime. Después de lo ocurrido hace seis meses, consideramos que es momento de permitir empezar desde cero integrando en un equipo nuevo.
No será sencillo. Conoces mejor que nadie lo reacio que se ha mostrado desde aquella tragedia. Lo sucedido dejó heridas más profundas de las que se admite en cierto shinobi de cabello plateado. Sería bueno para el muchacho hacer que permanezca durante el nombramiento de los equipos. Esto sin hacerlo sentir presionado, para que conviva con los de su edad. Confío en tu criterio.
Hiruzen Sarutobi"
Iruka dobló lentamente el pergamino. Levantó la vista hacia el joven que le había traído los documentos. Durante un instante no vio al ninja del que la aldea hablaba. Solo vio a un niño que solo era un año mayor que sus propios alumnos. Soltó un suspiro.
Por otro lado, el ninja sabía que debía salir de allí. Ser el centro de atención no estaba en su lista de cosas favoritas. Además, ya había cumplido su recado de mensajero. No tenía caso quedarse a ver al castaño leer el pergamino. A dos pasos de salir del salón, solo dos, se vio abruptamente interrumpido.
—Espera —habló Iruka, más alto de lo que le habría gustado—. Kai, espera un momento.
Genial. Ahora todos sabían quién era o cómo llamarlo. Kai seguía dándole la espalda, debatiendo internamente si debía o no acatar la orden... Muy tarde. El castaño ya tenía las manos puestas en sus hombros y le había dado la vuelta hacia él.
—¿Por qué no te quedas mientras nombro los nuevos equipos? ¿No te gustaría tomar asiento con los demás un rato?
No quería ser descortés, pero era realmente reacio al contacto físico y no le interesaba para nada estrechar lazos en ese lugar.
Antes de que Iruka lo arrastrara a un asiento, utilizó ninjutsu para zafarse del agarre del mayor, desapareciendo y reapareciendo en la esquina del salón, cerca de las ventanas. Su expresión seguía siendo de absoluta indiferencia.
«El viejo zorro sigue moviendo sus piezas... Debió haber sido él quien solicitó que me quedara. De lo contrario, ¿para qué Iruka me querría aquí? No tenemos nada que ver el uno con el otro. Vamos, puedes responderle con tacto para que no suene grosero. Solo respira y las palabras correctas saldrán», pensó Kai. Después de todo, ¿qué tan difícil podía ser fingir amabilidad?
—Está bien, pero me quedaré aquí —respondió sin un solo ápice de emoción en su voz.
El maestro asintió, feliz, caminando hasta su escritorio con la intención de quedar al frente para ser escuchado por todos.
—Bien, a partir de hoy todos son ninjas. Para llegar a este punto pasaron muchas pruebas difíciles y algunos retos, pero eso no es nada, porque lo que viene será mucho más difícil. Ahora son solo genin, el primer nivel. Todos los equipos serán encabezados por un jounin.
Todos en el aula tenían sus propios pensamientos al respecto. Por el comportamiento de los genin parecía que las nuevas formaciones darían de qué hablar.
Demasiado drama para una sola clase. Menos mal ya había llegado la hora del receso y podría ir a aislarse, como tenía planeado desde un inicio. Dio un par de pasos, desapareció en un parpadeo y solo se hizo visible cuando llegó a lo que parecía un rincón calmado, lejos de todos: sombra fresca, un banco y silencio absoluto.
(...)
En ese lugar la calma jamás lograría abrirse paso. Parecía que, por azares del destino, había elegido el epicentro de la tragedia para recostarse a leer. Podía escuchar a la chica de cabello rosa de hace unos minutos siendo grotesca con el rubio y luego abandonar el lugar gritando el nombre de “Sasuke” con una voz peligrosamente empalagosa. Esto le recordó por qué no aguantaba la academia. Realmente era un fastidio.
Sin embargo, al intentar volver su atención al libro en sus manos, no duró enfocado y levantó la vista cada tanto. Todo parecía una broma. Conocía de sobra al heredero del Sharingan. ¿Cómo podía estar en ese lugar hablando de una manera tan patética? Sin duda, la escena hizo olvidar a Kai ahora por completo la lectura.
—Sakura, tu frente es tan amplia y encantadora que me dan ganas de darle un beso... —Kai parpadeó desde la copa del árbol, inexpresivo. Esperaba que fuera una broma de mal gusto—. Solo bromeaba, ese es el tipo de tonterías que diría Naruto.
Entrecerró los ojos. Él sabía. Sasuke era una persona reservada, arrogante. ¿Qué mosca le había picado?
—Quisiera preguntarte algo —habló el azabache, tomando asiento al lado de Sakura—. Naruto... ¿qué piensas de él?
Ella miró al frente y luego al piso, empezando a hablar.
—Él sabe sobre mis sentimientos y a propósito interfiere. Él disfruta de hacerme sentir mal. Naruto no entiende una sola cosa sobre mí... es tan fastidioso. Lo único que deseo es que me aceptes, Sasuke, eso es todo.
«Wow, eso sí que es digno de una obra de teatro barata», pensó irónicamente. «Sería aún más trágico si ese fuera el verdadero Sasuke». Una sombra de burla cruzó su mente. «Sí, claro. Casi me lo creo».
Todo se quedó estático por un momento.
—Es verdad, estoy desesperada —sentenció Sakura con los ojos cerrados, inclinada hacia el falso Sasuke. Estaba muy cerca, solo los separaban unos centímetros...
Pero parecía que algo le dolió de repente y salió corriendo despavorido.
Ni en las novelas ligeras más subidas de tono había situaciones tan bizarras. Alguien —intuía que el rubio— había robado la apariencia del heredero del Sharingan. Sin duda esto se estaba poniendo entretenido.
No supo cuánto tiempo pasó, pero Sasuke hizo presencia en el lugar, caminando hacia donde estaba Sakura. Solo por la forma de caminar supo que ese era el verdadero. Su cuerpo lo reconoció antes que su mente. Después de todo, este sí desprendía ese ímpetu de superioridad tan característico de su sangre. Un ímpetu que Kai conocía a la perfección.
—¡Sasuke, volviste! —dijo ella, emocionada—. No seas penoso, niño tonto. ¿Ya estás listo? O sea, ¿mentalmente preparado? Porque yo sí y tengo muchas ganas...
Sakura hablaba con ilusión, pero el azabache simplemente siguió de largo.
—¿Dónde está Naruto? —habló él, tajante y serio.
—Ayyy, lo ves. Estás cambiando el tema de nuevo. Como sea, Naruto solo quiere pelear contigo. —A este punto, la pelirrosa había adoptado una postura recriminatoria—. ¿Sabes por qué es tan fastidioso? Porque no creció bien. Él no tuvo madre ni padre... nadie que le enseñara lo que está bien o mal. Piénsalo, él solo hace lo primero que se le viene a la mente.
En la copa del árbol, la mirada desinteresada de Kai se afiló. Le disgustaba por completo cómo hablaba la chica. Ni siquiera medía sus palabras. Hablaba con un descaro hiriente frente a alguien que no se encontraba en una situación muy diferente a la del rubio. La frialdad se asentó en su estómago; una molestia silenciosa y pesada, la completa repulsión hacia la ignorancia de los civiles de esa patética aldea.
Ella continuó, ajena al ambiente tenso. La mueca de Sasuke cada vez era más severa, reflejando casi a la perfección lo que sentía el ninja escondido entre las hojas.
—Pero si tú no tienes padres que te digan nada, entonces, ¿cómo lo sabrías? Él es tan egoísta y berrinchudo. Está tan solo.
El horrible discurso terminó, ganándose el repudio de las dos personas que la escuchaban.
—Solo... desolado —soltó Sasuke, escupiendo cada palabra con dureza, apretando los puños—. No hables de las reprimendas de tus padres. No tienes ni idea de lo que significa estar solo.
—¿Por qué me estás diciendo esto? —Sakura lo miró confundida.
—Porque tú... eres fastidiosa —le aclaró, alejándose del lugar sin mirar atrás.
«Eso tuvo que doler», pensó Kai, esbozando una levísima y gélida sonrisa ladina. «Creo que alguien acaba de recibir un trago de su propia medicina».
Pudo ver cómo Sakura se quedaba parada, inmóvil, con una expresión fracturada que no se molestó en descifrar. La escena llegó a su fin. Lástima, había sido un buen espectáculo.
Era hora de seguir con su libro sobre mapas del mundo shinobi y luego ir a entrenar para intentar recuperar el tiempo que había desperdiciado en la academia.
—Ya no voy a tratarlo así... La próxima vez que lo vea, seré amable —escuchó murmurar a la pelirrosa de repente.
Kai siguió en su libro, distraído. Con el eco de lo que ocurría allí abajo como ruido de fondo.
—¡Ayy, tal vez comí algo podrido! —se escuchó quejarse a Naruto a lo lejos, adolorido, mientras se sostenía el estómago con ambas manos.
Sin previo aviso, entonces el aire se rasgó.
—¡¡¡AHG, NARUTO!!! —gritó Sakura a todo pulmón, furiosa.
El grito fue tan ensordecedor que espantó a todas las aves del lugar.
Kai saltó en la rama, perdiendo el equilibrio. Resbaló de espaldas de la gruesa rama del árbol, pero con la agilidad de un gato y un fastidio monumental, aterrizó limpiamente sobre sus pies.
«¡Jajajajaja! ¿Lo ves? Eso te pasa por andar de chismosa», se mofó una voz familiar dentro de su cabeza.
Kai rodó los ojos. Resignado, se recostó contra el tronco del árbol, agradeciendo internamente que los genin estuvieran tan sumergidos en su miseria que no se percataran de su presencia.
Se detuvo un momento, repasando mentalmente lo ocurrido durante su breve estadía en la academia. Al principio había pensado que Naruto era puro alboroto; sin embargo, aquel torpe intento de hacerse pasar por Sasuke había estado a punto de engañarlo. Sonrió apenas para sus adentros. El rubio era más interesante de lo que aparentaba.
Cuando estuvo completamente seguro de que nadie miraba, salió de entre los arbustos y se alejó de la academia. Iría a entrenar y después volvería a casa.