JINETES DE MUERTE

All Rights Reserved ©

Summary

Cuando la noche cae, los sueños fustigan su alma. Con el albor de la mañana, su alma revive sólo para seguir sangrando. Cuán amado en desdicha camino a la penitencia. Cuán anhelado su cuerpo en lechos de rosas y espinas. Y cuán amado su corazón. ¿Su... corazón? ¡Miradle! No ha llegado solo. Todos le quieren muerto. Ella, le necesita vivo. ¿Quién eres, caballero? ¡Escucha! Sigue tu misma senda el pasado y pervives con dolor y tormento. No puedes huir de lo que hiciste. Contigo acecha la muerte en cada esquina. Y con ella la luz es también... oscuridad.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Prefacio


Francia

Cumbres Blancas, 1302

Año de Nuestro Señor

Un chasquido brotó fortuitamente de su garganta y, llevándose las manos al cuello con la intención de apresarlo, la mujer de oscuros presagios se tragó la lengua. El sonido de su cuerpo desplomándose quebrantó el ulular de la ventisca arreciando con virulencia al exterior del chamizo en el que Lord Artús apenas en aquel momento despertaba. No era consciente de lo sucedido, pero entendía que había de recobrar las fuerzas y abandonar el lugar. Con una brega ímproba apartó el ropón que lo envolvía como una mortaja y se incorporó en el mismo lecho en el que yacía. No pudo hacer más. Su piel congelada se resquebrajó en sólo un instante y el dolor volvió a postrarle, para revolverse entre los almohadones como un becerro nato en la paja. Tenía el torso repleto de laceraciones abiertas que los siervos de Dios le habían infligido con el flagelo de los castigos. De pronto, esbozó un alarido que se perdió en el silencio regente. Aquellas punzadas como escarpias hincadas en todo él fueron dilatadas por el ardor que el fuego, consumiendo los leños con una voracidad pasmosa, pertrechó en sus llagas. No iba a lograrlo. A medida que el chisporroteo en la lar se adueñaba de sus oídos a modo incesante y tortuoso, un sueño profundo comenzó a embargarle. La cíngara, a quien él creía ya en el otro mundo, ahogada en sus propios vaticinios, en reyerta y atenazada por ella misma, y envenenada por la osadía de su lengua, se irguió tan cerrilmente como se hubo despeñado escaso tiempo previo. Los ojos del caballero se abrieron con un respingo y cierta consternación antes de desfallecer.

—Pecado tras el pecado. La batalla inicia. Marchita el tiempo las promesas y derruye los muros. Estáis condenado. A ella, a vuestra dueña. Huis envuelto en traiciones y celadas que os arrebatarán el alma. Hay oscuridad en vos... Os aman. Os desean. Os persiguen. Y os quieren muerto —pronunció la gitana, volviendo el rostro hacia él sin ejercer contacto visual; estaba ida, sumida en un trance que la llegada del caballero con las heridas sangrantes había causado—. Tratáis de olvidar quién sois, de no serlo. Pero la cruz de la Orden aguarda en vuestros brazales.

—No soy un... —balbució Lord Artús, interfiriendo con escasa eficacia en aquella premonición. La agorera, prosiguió sin reparar en él.

— Todos los templarios sois culpables. Ellos por muerte, vos por desamparo. Las sombras se acercan. La flor negra en vuestro pecho se enraíza... y con ella emergen las rameras del Demonio. Tomaréis los aceros y os consumirán. A vos y a la antigua —dejó que fluyera en ella una escalofriante reserva antes de seguir, y anunció—: Derrota. La nueva amada beberá de los vástagos.

Fue todo lo que él pudo oír.