Prólogo
La derrota del Señor Tenebroso, conocido como Voldemort, dejó heridas que aún no cicatrizan. Con el tiempo, nadie sabe si el dolor que causó alguna vez podrá curarse.
Draco Malfoy estaba sentado en una banca, frente a la laguna de Hogwarts. Estaba absorto en la lectura de un libro, pero su expresión mostraba tristeza, un aire de desesperanza que reflejaba el peso de los eventos de la guerra. Ya no era el Draco arrogante y orgulloso de ser sangre pura. Se había alejado de sus amigos, no volvió a molestar a Harry ni siquiera se habían hablado después de la guerra mágica.
Dejó el libro sobre la banca y miró el lago con sus ojos grises, vacíos y perdidos, marcados por las ojeras de noches sin dormir.
—Creo que soy una molestia para las demás personas —murmuró Draco, apenado. Su voz sonaba apagada.
De repente, un cuervo negro apareció en el cielo. Voló hacia él y aterrizó frente a Draco, dejando caer una carta mágica. El cuervo, habiendo cumplido su propósito, emprendió el vuelo nuevamente hacia el cielo. Draco miró la carta con curiosidad, la abrió y comenzó a leer.
[ La Asociación de Justicieros invita a Draco Malfoy a unirse a la Ciudad Oculta. Forma parte de los justicieros. Justicia por mano propia. ¿Sí o no? ]
—Estoy cansado de que me vean como el malo. No quiero que nadie me conozca... quiero ser olvidado —murmuró Draco, mirando al lago.
Miró la carta por un momento, pensó en las opciones y, finalmente, susurró:
—Sí.
Entonces, Draco desapareció de la banca en la que una vez estuvo sentado, sin dejar rastro.








