Alrededor de año antes
A veces, Arthur tenía que recordarse que había un mundo más allá de la burbuja de ridiculeces e imbecilidades que tenía frente a sí. Que las personas a las que veía moverse con vestidos brillantes y peinados imposibles no eran más que un gota en el océano; que la mayoría de ellas solo estaban allí por lo bien que quedaría decir que su última borrachera había tenido lugar en una gala benéfica y no en un club de swingers.
Y en Londres se celebraban una cantidad insana de galas benéficas. La mayoría de las corrían a cargo de personas con más tiempo libre que buenas intenciones: eran una excusa para criticar, cotillear y presumir, a veces todo al mismo tiempo. Desde su escondite tras una columna, Arthur observaba con aburrimiento todo aquel despliegue de oropel y brillos. No le interesaba el cotilleo, que en su mayoría era insulso, ni era de los que criticaban entre susurros. En cuanto a presumir, bueno, no podía competir con gente que creía que no haber trabajado en su vida era un mérito.
El único elemento de interés en aquella algarabía era su mejor amigo. Conocía a Drew desde hacía 20 años, lo había visto en sus mejores y peores momentos, pero jamás imaginó que estaría así, sonriendo como un idiota a cada palabra que salía de la boca de su marido. Mason Coppeland había ayudado a curar heridas de las que no creía que Andrew hubiera sido consciente; lo había hecho hasta tal punto que Row había vuelto a abrir las puertas de su casa para una de aquellas fiestas.
Los dos hombres formaban una pareja imponente: uno, alto y oscuro; el otro, tan bonito como un ángel de Boticelli. El chaleco negro del traje de Drew tenía el mismo patrón bordado que la chaqueta gris de Maze, un pequeño detalle del que Arthur se hacía directo responsable, junto con otras varias docenas que les daban una absoluta armonía visual, incluso si no se apreciaban a simple vista. Los amantes se deslizaban juntos por la sala con elegancia, deteniéndose a saludar a las damas y caballeros que requerían su atención, a sabiendas de que cada sonrisa que regalaban eran unas cuantas cientos de libras para la Fundación Row al final de la noche. Ocultó su propia sonrisa de orgullo detrás de la copa.
Podría haberse regodeado en el éxito de sus amigos un buen rato, pero el teléfono empezó a vibrarle a la altura de cintura, donde los había camuflado entre los pliegues de la camisa, y se encontró suspirando con hastío.
Se volvió para escabullirse en dirección a la zona de servicio y saludó a Otis con la cabeza al pasar, indicándole en silencio que podía seguir con sus asuntos. El estoico mayordomo lo siguió con la mirada unos metros más antes de volver a concentrar su atención en la fiesta.
Arthur había pasado en la mansión todos los veranos de su adolescencia, desde que Ashala Row lo había adoptado, y todavía era capaz de recorrerla con los ojos cerrados. No le costó evitar los pasillos en los que los invitados se escondían para charlar con más privacidad y hasta tuvo el detalle de cerrar una puerta para darle más privacidad a dos de ellos antes de que los gemidos se escucharan en el salón.
Su móvil había dejado de vibrar, pero calculaba que tenía cinco, quizás diez minutos hasta que volviera a hacerlo. Lo sacó para leer los mensajes y volvió a suspirar. Contestó a tres de los veintitrés que tenía antes de llegar a la cocina, donde leyó una y otra vez los veinte restantes sin saber si debía responder. O si le apetecía hacerlo. Decidió que podía esperar un poco más.
Recibió miradas nerviosas de la docena de personas que se afanaban por sacar la comida, pero ninguna de ellas dejó de trabajar, conscientes de la importancia de la noche. Las voces y las órdenes no paraban y las bandejas de aperitivos volaban hacia el salón principal, pero se las apañó para hacerse con un plato de tartaletas rellenas. Consiguió acomodar el vuelo de su pantalón, lo bastante amplio para dar la falsa impresión de que llevaba un vestido con forma, y buscó un lugar para saborear su premio. Estaba en un lado de la encimera, apartando las obleas que eran sospechosas de contener fruta cocinada, cuando el silencio se apoderó de la cocina.
Se estremeció. No tenía necesidad de levantar la cabeza para saber quién había entrado: solo había dos personas en la fiesta capaces de provocar ese efecto y una de ellas tenía que seguir atendiendo a los invitados.
—¿Rapiñando, Cotton?
—Reponiendo fuerzas, Row.
El hermano menor de Drew, James, tuvo el descaro de reírse. Cruzó la cocina con gracia, pasando junto a cocineros y camareros sin un solo tropiezo, y se recostó junto a Arthur en la encimera. Al contrario que el resto de hombres en la fiesta, no se había molestado en respetar el protocolo y no había rastro de la chaqueta de su traje. Solo con chaleco y camisa, y su sonrisa comemierda, parecía un gánster que acabara de terminar un trabajo sucio. Arthur se mordió la lengua para no recordarle lo que significaba “etiqueta” y, en su lugar, le tendió el platito donde había ido dejando las tartaletas descartadas.
Él hizo un puchero que pretendía ser adorable.
—¿Me estás dando las que no te gustan?
—Están perfectamente bien. Solo incluyen demasiado moco dulce para mi gusto.
—Es lo peor que me han dicho nunca. Dame eso.
La actividad había vuelto a la cocina durante su pequeño intercambio. Algunas miradas seguían desviándose hacia James, pero Arthur no podía culparlas: sus propios ojos no se apartaban de sus manos por mucho que lo intentara.
—¿Qué tal Berlín? —le preguntó al fin, cuando se dio cuenta de que no podía mantenerse en silencio por toda la eternidad.
—Bonito. Aburrido. Lleno de alemanes. —Resumió James. Aunque no miraba su cara, Arthur sintió la sonrisa en su voz y dibujó una en respuesta—. ¿Qué tal Milán?
—Bonito. Aburrido. Lleno de italianos.
Se miraron. James estaba haciendo pedazos una tartaleta y llevándose los trozos a la boca con expresión risueña. Arthur devoró la suya de dos mordiscos y tomó otra del plato, aunque lo que quería era alargar la mano y rozarle los nudillos llenos de cicatrices, solo para saber si algunas eran tan recientes como parecían.
—¿Te has peleado con los otros niños? —le preguntó, porque la curiosidad le quemaba la lengua y no se sentía capaz de contenerla mucho más. Fue recompensado con una nueva sonrisa.
—Sabes que no. Te lo contaría si tuviera problemas en el cole. Te conté lo del metro de Berlín, ¿no?
—Ah, tu pequeña trifulca con una señora alemana. Me alegro de que sigas con vida —le dio un toquecito en la ceja izquierda, donde se suponía que una señora enfadada le había pegado con un bolso—. Creo que me cuentas lo que te interesa.
—Claro, solo lo interesante. Para mantenerte atento al teléfono.
—No estoy atento. Solo te escribo porque me paso la vida con jet lag y tengo que mantenerme despierto de alguna manera.
—Farsante. Ten, esta no tiene moco, solo mermelada.
Le puso una de las tartaletas descartadas delante de la boca y pareció satisfecho cuando Arthur le dio un mordisco confiado. El modelo hizo un sonido de satisfacción y el más joven se apresuró a ofrecerle más, como si alimentara a un animalillo esquivo, mientras él mismo devoraba las que el otro no quería. Si alguno notó las miradas de curiosidad del equipo de catering, no lo dio a entender. Charlaron en tono bajo, intercambiando comida y en algún momento robaron un par de copas de champán y otro plato, esta vez de algo que Artur definió como “cosas hojaldradas varias”, después de que James se asegurara de que no contenían fruta de ningún tipo.
De haber ocurrido aquel intercambio en el salón principal, podría haber sucedido algún desmayo, puede que una pequeña estampida: James Row no era conocido por ser simpático. Si su hermano tenía fama de mafioso, a él se lo tenía como una bestia sin modales. Era elegante como un depredador, pero carecía de paciencia para las estupideces y no tenía filtros para decir lo que pensaba. Al responsable de prensa de la Row Inc lo llevaba por la calle de la amargura no poder usar al demasiado guapo James como cara de la empresa. A Arthur, como responsable de prensa de la Fundación Arrow, le daba exactamente igual. Ya tenía suficiente con los hermanos mayores: James podía hacer lo que le saliera de las narices con su vida.
Además, le gustaba saberse privilegiado: el lado más suave de la personalidad de James solo estaba disponible para unos pocos, muy rara vez. Arthur llevaba en ese círculo desde sus lejanos once años, cuando James y él se habían escabullido juntos de su primera fiesta para devorar buñuelos sin que los molestaran. Tanto tiempo, pensó, y mantenían las tradiciones.
—Me sorprende que hayas venido a esta fiesta —comentó Arthur como quien no quiere la cosa, dando sorbitos a su copa con los recuerdos todavía haciéndolo sonreír—. Me alegro de que mis múltiples amenazas hayan funcionado esta vez.
—Eres muy convincente cuando quieres. ¿Cómo fue? “O vienes o voy a buscarte y te traigo a rastras hasta la puerta”.
—Fue algo más violento que eso, pero gracias por omitir esa parte.
La risa de James fue baja y ronca, y logró que una de las cocineras estuviera a punto de tirar la sartén que tenía en la mano, un efecto que el pequeño de los Row llevaba provocando en las mujeres desde que tenía quince años.
Arthur sacudió la cabeza. Ni él terminaba de ser inmune a su encanto. Cada vez que veía a James, se tenía que recordar que era el mismo niño al que había conocido hacía un par de décadas y sí, el mismo hombre con el que podía pasar horas enviándose mensajes solo porque lo hacía sonreír. Su amigo cuando estaban separados y un extraño que lo hacía sentir diminuto cuando estaban juntos.
—Te lo creas o no, soy muy feliz de que estés aquí. No puedo pasar la noche oyendo charlas insulsas.
—¿El organizador de la fiesta puede decir eso?
—Coordinador, —lo corrigió con tono pomposo—. Yo me aseguro de que todo esté en su sitio, pero no necesariamente compruebo qué va a ir en cada sitio. Y estas galas son un jodido infierno aburrido.
—A mí me parecen interesantes.
—Será que los chicos paletos como yo no les pillamos el punto.
James bufó.
—Me parece un delito que te llames a ti mismo “paleto” cuando en esa sala hay gente que presume de que los zapatos se los tiene que atar otra persona.
Arthur arqueó las cejas, incrédulo, y bufó al constatar que James lo miraba con gravedad. Le robó un hojaldre y se dedicó a examinarlo como si se tratara de un problema de física cuántica. No iba a tener una conversación, no ese día, sobre sentimientos de inferioridad y las miradas de desprecio que no se podían ocultar. No tenía energía suficiente.
Casi soltó el aperitivo cuando sintió el roce de los dedos de James en la nuca. Su pulgar se movió con suavidad, desde el nacimiento del pelo hasta la base del cuello, y al irse dejó tras de sí un rastro de piel demasiado caliente. El corazón de Arthur dio un giro extraño, habiendo olvidado donde se suponía que estaba.
—¿Qué harás después de la fiesta, Cotton?
Él intento sonreír, aunque no creía que pudiera lograrlo.
—No lo tengo claro. Irme a dormir, supongo.
—Listillo. Quiero decir, ¿te vas a quedar en Londres? ¿O tienes desfile o alguna cosa importante por ahí?
Arthur tragó saliva. Lo observaba como si la respuesta a esa pregunta fuera de vida o muerte. Por lo general, no importaba en qué lugar del mundo estuvieran, si uno se quedaría una noche más o si se verían al día siguiente: su relación siempre se había mantenido en la distancia. Aquel intercambio en la cocina era lo más cerca que habían estado el uno del otro, físicamente, en meses. Así que, ¿Qué más daba que él se fuera en unas horas o al segundo siguiente?
El mayor resistió el impulso de frotarse el pecho, en el que el corazón seguía haciendo quiebros, y se pasó la lengua por los labios, luchando por dar una respuesta coherente.
—¿Tú vas a quedarte en Londres?
—Yo…
Su teléfono eligió ese momento para volver a vibrar, esta vez sin cesar, indicando que se trataba de una llamada. Arthur apenas logró sacarlo y pulsar las teclas suficientes para que se detuviera. Se quedó mirando la pantalla, intentando entender por qué era incapaz de usar las manos con un mínimo de coordinación, y estuvo a punto de arrojar el móvil cuando la mano de James lo cubrió, tapando la lista de mensajes que llevaba toda la noche recibiendo.
—Responde si tienes que hacerlo.
—Sí. No, quiero decir, puede esperar. Es Robert Jenkins.
—¿El de la poesía horrible?
Arthur reprimió una mueca. Sí, justo ese Robert.
—No está tan mal —contestó en cambio. Se frotó los ojos y trató de recuperar algo de control sobre sus emociones—. Ha estado escribiéndome. Quiere invitarme a salir.
—¿Y a ti te gusta él?
Levantó la vista para examinar el rostro de James, cuya expresión se había vuelto ilegible. El brillo travieso había desaparecido de sus ojos oscuros; su boca era una línea rígida. Era la cara que ponía cuando se veía obligado a hablar con Drew, con las emociones encerradas bajo siete llaves. Arthur se removió, repentinamente incómodo.
—¿Tan raro es? Es un buen tipo.
James retrocedió un paso. Arthur, que ni siquiera había notado que había pasado de tapar el teléfono a rodearle ambas manos con una de las suyas, sí supo cuando la retiró. Tampoco había notado lo cerca que estaban uno del otro, no hasta que el aire se coló entre los dos y se sintió absolutamente desprotegido. El más joven sacudió la cabeza y lo recorrió con la mirada, como si intentara ver algo que se le había escapado. Retrocedió un paso más y se dio la vuelta.
—Supongo que no. Ya nos veremos, Cotton.
Lo último que Arthur vería esa noche de James sería su espalda cruzando la puerta de la cocina. Y lo que James no llegaría a ver sería a Arthur, aturdido, intentando entender lo que acababa de pasar entre los dos.








