Capítulo único
Esnifa hasta que le arde la nariz, se le dilatan las pupilas, siente que la sangre corre acelerada por sus venas; y está bien, mientras no perciba el mundo por completo está bien.
Las agujas del reloj le martillean la cabeza, le martillean el cerebro, se lo follan y hace que se nuble la vista, como en un puto orgasmo que no siente del todo y le explotase en los ojos.
Ríe como maníaco.
Los demás parecen sombras; algunos hablan, no los comprende, pero sabe lo que debe hacer, lo que le piden entre vítores, es su turno, y el juego es así, le aflojan la pasta a cambio de que juegue. Es un jodido espectáculo.
Sujeta el arma y la presiona contra su sien, le quita el seguro. Todos se ven como unos cerdos sedientos de algo, movidos por el maldito morbo. A él ya no le importa nada, vuelve a reír.
Aprieta el gatillo.
No sale nada.
Está sudando como un cerdo, como los que lo observan. Y le tiembla la mano, no ha muerto, poco le importa.
Se lame su boca reseca, corta la pasta y vuelve a esnifar, siente un golpe contra la parte de atrás de su cabeza, golpean su rostro contra la mesa. No siente dolor, solo sabe que lo lastimaron cuando se percata que le sangra la nariz, y ríe de nuevo, probablemente la tenga fracturada. La malo es que no podría esnifar así.
Pide algo para limpiarse, para poder seguir. Nota que el resto ya no le da vítores, quieren sangre y no precisamente la que salga de sus fosas nasales.
Levanta las palmas, rindiéndose, vuelve a agarrar la pistola, hace el mismo procedimiento, pero de nuevo no sale nada. Exige silencio, y tiene los ojos rojos, dilatados, como mirando dentro de sí mismo. Vuelve a hacerlo, de nuevo, no sale nada.
Para cuando por fin la bala atraviesa su cerebro, la gente lo mira curioso, porque el muy hijo de puta sonreía, con todos los sesos fuera, el rostro destrozado, muerto como un maldito perro atropellado, pero se reía.
Murió feliz, drogado hasta las puntas del pelo, y valorando su miserable existencia al estar entre gente más asquerosa que él mismo.
Los vítores por fin se oían de nuevo, aunque él ya no los escuchaba.