Grietas en el tiempo
Lyra
Hoy es miércoles. Suena el despertador y la alarma me recuerda que es hora de levantarme. Me destapo la cabeza y miro al techo, preguntándome si de verdad vale la pena salir de la cama para ir a trabajar. La luz gris del amanecer de invierno se cuela tímidamente por la ventana, como una promesa tenue de un día que probablemente será igual al anterior. La habitación está fría, y el aire, me tienta a quedarme acurrucado bajo la colcha calentita de esas de antaño . Pero, al final, me levanto y me preparo para ir al trabajo, siguiendo una rutina que aveces siento que me colapsa.
Aunque, en mis tiempos libres, rompo un poco con esa monotonía. Me paso las noches jugando videojuegos con gente que probablemente nunca conoceré en persona. Anoche me dormí tarde, pero, por suerte, dejé el uniforme doblado sobre la silla. Lo observo un momento: la tela está ya decolorada y gastada por el tiempo y el uso constante. Es curioso pensar que paso mis días restaurando lo que otros han dejado atrás.
-creo que debería comprarme uno nuevo ya , en fin -
Quizás, si mi vida hubiera sido diferente, sería más feliz de lo que soy; si tuviera esa motivación, si mi hermano Dariel estuviera aquí, seguramente estaría apoyándome en lo que amo. El día se siente más pesado de lo normal; el estudio está impregnado del olor a pintura. Mi jefe, Cristopher, dueño de la galería de arte para la cual trabajo, me dijo que viniera más temprano para limpiar y dejar todo listo, quién sabe para qué.
-Lyra -dice mi compañero Ryan, entrando corriendo por la puerta.
-¿Te enteraste? -Ryan me agarra de los hombros y me mueve de atrás hacia adelante con fuerza.
-Espera, ¿de qué debería enterarme? -pregunto riendo, alejando sus brazos para entender la situación.
-Habrá una exposición -dijo Cris-. En aproximadamente un mes debemos tener todo listo para que la galería sea el centro de atención. Me comentó que vendrá gente famosa, así que tenemos que esforzarnos.
Quizás sea una oportunidad única, que no se repita.
Su semblante se puso serio, y yo asentí, pensativo.
-Está bien, pero ¿por dónde empezamos? Necesito más detalles sobre el tema -dije, esperando una respuesta que me diera a entender lo que queria decirme, sus ojos se iluminan y yo solo me limitaba a sonreír para generar un poco de tranquilidad en el momento que de a poco se tornaba tenso.
-Las obras que venimos restaurando, tú te encargaras de las pinturas y yo de las esculturas. Hay que coordinarnos ya. Por cierto -me dice, con una sonrisa misteriosa
-Te tengo una sorpresa-.
-Deja de hacerte el misterioso y muéstrame qué es- le digo risueña
-Acércate-Me aproximo a él y, con su teléfono, me muestra una fotografía mal tomada de una obra - apenas pudo conseguirla en un mercado de pulgas en el extranjero, tiene fe que será una de las mejores obras que restauraras por su significado, o algo así me dijo , tu serás la encargada de darle vida -
-¿Ya la trajeron o sigue en la casa del jefe? -consulto.
-Sí, antes de que llegaras, la trajeron. Ven a verla -dice, me apuro en caminar por un pasillo impregnado de humedad, cuya vista difiere de mi taller. Miro al fondo de la oficina del jefe y diviso un cuadro embalado. Me acerco a abrirlo, con paciencia y mucho cariño. Antes de hacerlo, observo a Ryan y le digo:
-Sabes que, lo llevaré ahora mismo-.
Ni siquiera lo abro; lo tomo en mis brazos y me lo llevo, saliendo prácticamente corriendo de allí.
El aire de mi taller huele a barniz viejo y a caramelo con vainilla por el difusor que coloqué, abro las cortinas dejando que la luz penetre todo el lugar, dejo mi bolso en mi escritorio y me acerco al caballete donde ahora descansa el cuadro a mi cargo .
Con los guantes puestos, quito con cuidado la cubierta del mismo… y de pronto, ahí está: como una ventana abierta a otro tiempo. La pintura muestra a una mujer partida por un espejo viejo, lleno de grietas que dibujan dos mundos. A la izquierda, una figura de otra época, con la ropa gastada y los ojos perdidos en la nada. A la derecha, una versión más moderna, pero borrosa, como si se desvaneciera en la sombra.
Al ver esa grieta que las divide, siento un escalofrío en la nuca, algo en esa imagen me toca recuerdos que ni siquiera entiendo. Sin pensarlo, me acerco y paso los dedos por el lienzo, casi como si buscara sentir algo…
Cada vez que soplo el polvo, escucho ese *shhh* de papel viejo. Me acerco más, la lupa apretada contra el ojo, y le pregunto a la grieta que observo en la obra: Te rompiste sola, ¿eh? ¿O alguien te rajó para que esta mujer no se encontrara con su reflejo?.
El pincel lo elijo como si fuera una extensión de mis dedos: cerdas de marta, disolvente que mezclé anoche en la cocina (media parte aguarrás, media parte vodka barato, por si acaso). Empiezo a barrer el polvo, sin prisa, como si le quitara una sábana a un fantasma. Y ahí… la obra muestra un poco el color real, un azul precioso.
Pero cuando llego al borde inferior, la yema del dedo se me queda pegada en una costra de barniz. Lo froto suave . ¿Esto es calor o es mi cabeza? Cierro los ojos, y antes de que pueda detenerme, la pregunta se me escapa:
-¿Quién eras antes de que te partieran? -es inevitable sumergirme en mis pensamientos fantasiosos cuando restauro.
De repente la atmosfera se torna casi mágica como si la luz se intensifica levemente, proyectando sombras danzantes en las paredes, y el silencio solo es interrumpido por el suave roce de los pinceles contra el lienzo y la tenue música de piano que puse de fondo para concentrarme mejor. Siento una conexión extraña con la mujer del cuadro, como si su dolor y mi propio pasado se fundieran en ese espacio.
Con cada pincelada, voy descubriendo más detalles: el brillito en los ojos de la mujer, que ahora casi se ven, me habla de una tristeza enorme y de ganas de algo que ya no está. Los bordes del espejo, con esos grabados dorados tan finos y bellos, tienen pequeñas imperfecciones que parecen contar historias de traiciones y pérdidas.
Finalmente, tras horas de meticuloso cuidado, puedo respirar. Contemplo mi trabajo en silencio, dejando que la pintura hable por sí misma. Siento que algo en mi interior se aligera al verla.
Con el corazón lleno de emociones, cierro mi cuaderno de trabajo. Esta restauración no es solo arreglar una obra vieja, va mas allá de eso, es como…ver reflejada parte de mi .
Poco a poco, mi mente empieza a viajar a esos rincones olvidados de mi infancia. Recuerdo una casa oscura y fría, donde la soledad era mi única compañía. Mis padres, jóvenes y sin tener ni idea de lo que hacían, se largaron, dejándonos a mi hermano Dariel y a mí completamente solos.
Nos abandonaron como si fuéramos un pedazo de basura, algo que no servía para nada y que podían tirar sin más, era como si no significáramos nada para ellos.
El odio me recorre de pies a cabeza cuando los recuerdo yéndose con sus maletas, irían a buscar trabajo al extranjero para poder mantenernos Tsk…¡si claro!. Mi pobre hermano intentó detenerlos, pero no hubo caso. A veces, ese sentimiento me quema por dentro. Pienso en cómo pudieron ser tan egoístas, tan fríos, tan... inhumanos. Nos mintieron a la cara, con esa sonrisa falsa y esas palabras vacías. “Volveremos pronto”, decían. ¡Mentira! Se fueron y nunca miraron atrás. Nunca.
Mi hermano y yo nos quedamos solos, tratando de entender el por qué. Ese odio no se ira nunca solo se quedara ahí envenenándome poco a poco, nunca los perdonare aunque aparezcan arrastrándose…
Dar se convirtió en mi ancla, mi protector y la única figura familiar que me brindaba consuelo. Con su mirada bondadosa y sus gestos llenos de cariño, se convirtió en la figura paterna que nunca tuve. Pero la vida nos jugó una mala pasada: una enfermedad incurable se lo llevo de mi lado.
El dia en el que su risa se apagó repentinamente y el mundo se volvio en algo sin sentido. La pérdida de mi hermano me marcó para siempre.
Volviendo a la realidad termino con mi trabajo, tomo mis cosas y me dirijo a casa, una pequeña casa de pueblo, en dónde en mi pequeño taller personal me dedico en secreto a hacer pequeñas obras de arte cuando tengo un poco de tiempo libre.
Empujo la puerta con un suspiro pesado. Apenas entro, dejo caer el bolso sobre la silla sin preocuparme por el ruido. La casa está en penumbras, la única luz proviene de los faros de los autos que cruzan la calle.
Camino directo a la cocina, abro la alacena con movimientos automáticos y pongo agua a calentar.
Mientras espero, enciendo el parlante y dejo que la música llene el silencio. Me recuesto contra el marco de la ventana, mirando la ciudad, las luces de allá lejos parpadean, como si respiraran al mismo ritmo que yo. El vapor empieza a subir por el pico de la pava, silbando suave. Sirvo el agua en mi taza y envuelvo mis manos alrededor de la cerámica caliente, disfrutando cómo el calor contrasta con el frío que ya se había apoderado de mis dedos.
Con el café en la mano, camino hacia la habitación contigua a mi dormitorio: mi pequeño taller. Aquí, el tiempo siempre parece detenerse.La obra en la que llevo semanas trabajando sigue inconclusa, los trazos esperando a que los termine. Me siento frente a ella, apoyo el codo en la mesa y dejo que mi mirada vague por las pinceladas irregulares que solo yo entiendo.
Rodeo el pincel con los dedos, pero no me muevo.
De repente, la música de fondo, que hasta ahora apenas se escuchaba, se hace más clara. Mi pecho se aprieta al reconocer la melodía. Es una canción que mi hermano solía tararear. Mi pecho se oprime y, de golpe, el aire se siente más pesado.
Miro a mi alrededor, buscando algo en qué anclar mis pensamientos. Mis ojos se detienen en un pequeño marco colgado en la pared. Me levanto casi sin darme cuenta y me acerco.
Ahí estamos nosotros, en una foto de nuestra infancia. Sonreímos.
Mi mano tiembla al tocar su imagen.
Por un instante, en el eco de mi mente, escucho la risa de Dar.
Un sollozo se me escapa antes de que pueda contenerlo. Mi respiración se acelera y las lágrimas empiezan a caer sin que pueda hacer nada para detenerlas. Retrocedo un paso y me dejo caer sobre una silla. Cierro los ojos.
Y el tiempo retrocede conmigo.
El día que lo perdí
Tenía quince años y el tenía veinticinco, y durante meses su cuerpo se fue apagando lentamente. La enfermedad llegó como un susurro inquietante, algo que al principio parecía solo cansancio, algo pasajero. Pero no lo era. Su piel se volvió pálida, sus ojos, antes llenos de vida, se hundieron , y su voz, que solía calmarme en las noches de tormenta, se fue volviendo débil, casi un eco de lo que fue.
Leucemia. Esa fue la palabra que lo condenó.
Lo recuerdo con tanta claridad que duele. La última vez que lo vi con vida, estaba sentado en su cama, con una manta sobre los hombros y una sonrisa rota en el rostro. Intentaba no mostrar el dolor, como si quisiera protegerme hasta el último momento. Pero sus manos temblaban cuando me acarició el cabello.
-Tienes que seguir adelante, Lyra -me dijo, con voz ronca-. No importa lo que pase, sigue adelante.
No quería aceptar la despedida en esas palabras.
Aquella noche, mientras dormía en la silla junto a su cama, supe que algo había cambiado. El aire se sintió más pesado, más frío. Desperté de golpe, con el corazón martillando en el pecho, y lo vi.
Él estaba allí, inmóvil, con una expresión serena en su rostro. Como si, por fin, estuviera en paz.
Pero yo no.
El grito que escapó de mi garganta no parecía mío. Fue el sonido de mi mundo derrumbándose, de la soledad cerrándose sobre mí.
Esa fue la primera vez que sentí lo que era estar realmente sola.
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Los días después de su muerte fueron un vacío. Un silencio ensordecedor que se pegaba a mi piel, como si el mundo entero hubiera perdido su sonido. La casa estaba demasiado grande sin él, cada rincón impregnado de su ausencia. Aún esperaba escuchar sus pasos en la cocina, su risa suave cuando me sorprendía cantando canciones mientras improvisaba bailes. Pero lo único que quedaba era el eco de lo que alguna vez fuimos.
El día del funeral, todo pasó como en un sueño. La gente murmuraba palabras de consuelo, pero ninguna lograba atravesar el muro de hielo que se había formado dentro mío. Solo asentía, con la vista fija en el ataúd, verlo allí me partía el alma en mil pedazos , yo solo tomaba su mano mientras mis lagrimas caían sin parar, no quería escuchar a nadie solo quería que el se levantara y me abrazara que me dijera que todo estaba bien , dios…… como quería volver el tiempo atrás para ayudarlo para darme cuenta de que el estaba mal , porque no hice algo antes , no podía soportar ese dolor que me consumía con cada respiración.
La noche siguiente, regresé sola a
casa. Nadie preguntó si tenía a dónde ir, si alguien me esperaría al otro lado de la puerta. Nadie. Solo yo y una casa vacía.
Me desplomé en su habitación, abrazando su suéter preferido, me aferraba a él, no quería que su aroma desapareciera, de rodillas en el piso con un llanto crudo deje mi alma allí. Me sentaba por ratos en el mismo apoyándome en la cama mientras miraba la nada con la mente apagada como si de un muñeco se tratara.
Sobrevivir, no vivir.
Con el paso de los días, entendí que nadie vendría a salvarme. La tristeza no pagaba las cuentas, así que tuve que moverme.
Tomé los trabajos que pude: limpié casas, empaqué en supermercados, ayudé en una librería. Cualquier cosa que me mantuviera ocupada, cualquier cosa que evitara que la casa se sintiera tan malditamente vacía.
No dejé de estudiar. Si algo me había enseñado Dar era que la educación era mi única salvación. Así que, entre turnos agotadores y noches sin dormir, terminé la escuela y entré a la universidad. Me refugié en el arte porque ahí podía plasmar mi dolor, convertirlo en algo tangible en lugar de dejar que me devorara por dentro.
Pero nunca superé su ausencia.
Cada cumpleaños, cada logro, cada instante en que hubiera deseado que él estuviera allí, sentía ese nudo en el pecho, esa punzada de vacío. A veces, en noches de insomnio, me convencía de que aún podía escuchar su voz, diciéndome que siguiera adelante.
Así lo hice. Pero siempre con la sensación de que algo dentro de mí se quedó en aquella habitación, en aquella última noche, sosteniendo su mano fría mientras el mundo se rompía en pedazos.