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El sol tras la tormenta

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Summary

Tras un año marcado por la pérdida y el silencio, Rafael Rojas llega a la isla de Saria con la esperanza de empezar de nuevo. Sin embargo, el pasado nunca desaparece del todo, y las sombras de lo que dejó atrás lo acompañan en cada paso. Todo cambia cuando, por un error administrativo, termina compartiendo habitación con Lea Paredes, una chica de mirada morada y actitud desafiante que parece decidida a derribar los muros que él ha construido a su alrededor. Lo que comienza como una convivencia forzada pronto se transforma en un juego inesperado de preguntas y secretos. Entre partidas de póker, noches en la azotea y encuentros que dejan huella, Rafael descubre que, aunque el dolor del pasado nunca desaparece del todo, es posible encontrar luz incluso en los rincones más oscuros del corazón. Y, en medio de esa búsqueda, las palabras que una vez quedaron atrapadas en su libreta comienzan a cobrar un nuevo sentido: "A veces, el tiempo no cura, solo cubre las heridas con una fina capa de días. Pero hay ecos que resuenan entre las páginas del recuerdo, como tinta que nunca termina de secarse." Porque, al final, todos buscamos ese sol que aparece tras la tormenta. Dedicado a aquella que lleno mi mente con su perfecta sonrisa.

Status
2yrs ago
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El viento salado golpeaba su rostro mientras el ferry avanzaba hacia la isla de Saria. El horizonte, donde el cielo besaba al mar, parecía difuminar los límites de la realidad. Rafael permanecía junto a la barandilla, con los dedos rozando el metal frío y la mirada perdida en el vaivén de las olas. El sol del atardecer teñía las aguas de un naranja melancólico, y en su libreta, las palabras fluían como si la brisa se las susurrara al oído.

“A veces, el tiempo no cura, solo cubre las heridas con una fina capa de días. Pero hay ecos que resuenan entre las páginas del recuerdo, como tinta que nunca termina de secarse.”

Los trazos de la pluma se detuvieron. La tinta quedó suspendida en la última letra, como si no supiera cómo continuar. Rafael exhaló despacio y cerró la libreta, dejándola reposar sobre la mochila. Llevaba un año escribiendo esas líneas, intentando atrapar en el papel lo que el corazón ya no podía decir en voz alta. Pero las palabras, por más que se encadenaran, nunca parecían suficientes.

—¡Saria a la vista! —anunció una voz desde los altavoces del ferry.

Rafael levantó la mirada y, más allá del oleaje, distinguió los contornos de la isla. Colinas verdes se alzaban entre acantilados blancos, y los tejados anaranjados de la ciudad principal asomaban entre las copas de los árboles. El puerto, con su faro de piedra blanca y las velas de los barcos ondeando al viento, parecía un cuadro arrancado de otra época.

Ajustándose la correa de la mochila al hombro, Rafael descendió del ferry y se adentró en las calles empedradas de Saria. El aroma a pan recién horneado y a café flotaba en el aire, mientras los balcones adornados con geranios salpicaban de rojo y blanco las fachadas de las casas. La universidad, con sus torres de piedra y vitrales coloridos, se alzaba en la colina más alta, vigilando la ciudad como un antiguo guardián del conocimiento.

Tras un breve trayecto en taxi, llegó a la residencia de estudiantes. El edificio era moderno, con grandes ventanales y paredes de ladrillo claro. En la recepción, una mujer de mediana edad revisaba unos papeles tras el mostrador.

Rafael: Buenas, soy Rafael Rojas. Debería tener una habitación asignada.

Recepcionista: Un momento, cielo. Vamos a ver… —La mujer tecleó en el ordenador, frunciendo levemente el ceño—. Mmm… qué raro. Parece que ha habido un pequeño error.

Rafael arqueó una ceja.

Rafael: ¿Error?

Recepcionista: Tranquilo, nada grave. Simplemente te han asignado una habitación compartida. Aunque normalmente son del mismo sexo… —La mujer se rascó la nuca, algo incómoda—. Pero no hay más plazas disponibles de momento. ¿Te importa?

Rafael soltó un suspiro breve. Después de todo, no era tan grave.

Rafael: No pasa nada. ¿Dónde está la habitación?

Recepcionista: Tercera planta, habitación 312. Aquí tienes la llave.

Tomó la llave y subió por las escaleras. Al llegar frente a la puerta, tomó aire. Era el comienzo de una nueva etapa. Con un giro de muñeca, abrió la puerta.

Una maleta roja reposaba junto a la cama de la izquierda, y sobre el escritorio, una libreta abierta dejaba entrever trazos escritos con letra inclinada. Frente a la ventana, una chica pelirroja estiraba los brazos, dejando que la luz del atardecer iluminara su silueta. Al escuchar la puerta, se giró.

Lea: ¡Ah! Tú debes ser mi compañero. Soy Leana Paredes, pero puedes llamarme Lea.

Sus ojos morados reflejaban la luz del sol como amatistas bañadas en fuego. La piel pálida resaltaba aún más el rojo intenso de su cabello, recogido en una coleta alta. Rafael parpadeó un instante, sorprendido por la inesperada coincidencia.

Rafael: Eh… Sí, soy Rafael. Supongo que compartiremos cuarto.

Lea: Ya ves. La administración ha debido liarla, pero bueno… mientras no ronques…

Rafael: No ronco.

Lea soltó una leve risa, mostrando una sonrisa despreocupada.

Lea: Perfecto. Supongo que nos llevaremos bien, ¿no?

Rafael esbozó una sonrisa leve, aunque sus ojos amarillos mantenían esa sombra de distancia que no lograba borrar del todo.

Rafael: Supongo.

En ese instante, ni Rafael ni Lea sabían que aquel error administrativo cambiaría sus vidas de formas que ninguno de los dos imaginaba. Porque, a veces, las historias más inesperadas comienzan con un simple supongo.

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