Sueño
Con el incoloro que daba sombra a las nubes oscuras, los ojos heterocromos de la joven deambularon, indiferentes, con la irregularidad y extrañeza que la había tomado su vida últimamente.
crepúsculo
Algo que había llegado a notar, siendo ella una desinteresada.
Mirando los pinos y las tinieblas, se percató del silencio, poco habitual en la naturalidad. Sus pasos no chapoteaban mientras caminaba, aunque hubiese lluvia, y el aire se olía seco, inoloro.
La luz no era azulada, ni gris, solo una sombra difuminada en la oscuridad que la rodeaba, a ella y a la carretera.
Se sentía extraña, tranquila en la extensión de la palabra, pero, aun así, había algo en su alrededor que no le cuadraba del todo, algo que la hacía sentir incomoda, cargada, penosa.
Caminando descalza, a un lado de la carretera vacía, virgen por dónde se viera, y de miles de millones de piedras bajo sus pies.
Se sentían extrañamente duras e indiferentes, teniendo en cuenta que no era de pies fuertes. Rechazo esa parte del entrenamiento, alegando que, ¿bajo qué situación tendría que correr sin calzado?
“mientras tienes relaciones y te atacan por sorpresa.” Ja, en tus sueños, emo crecido.
El autobús pasó por su costado con todo lo que le daba al motor, brincando del susto cuando el rugido se fue alejando.
Además del escalofrío que siguió después, la única persona que vio a bordo del vehículo, le recordó a alguien. Muy similar a algo que vio o vería, no lo sabía y no sabía cómo digerirlo.
Era como caminar en la niebla, sobre el agua, todo era irreal y retorcido.
Reanudo su pasó, viendo las rocas por las que caminaba. Sin musgo, ni tampoco una sola flor, solo una que otra hebra de césped solitaria, flameando por el conveniente clima ventoso que había nacido con la misma espontaneidad que la de un naranjoso al morderte cuando estás tranquilo leyendo un libro.
La sensación de una mirada y el sonido de una respiración pequeña la llevaron al gato negro, sentado con la cola rodeando sus patas traseras, observándola como si esperara algo de ella.
El felino la miraba con una intensidad incomoda, con si pudiera ver sus ojos, a través del manto que era su cabello blanco.
Liada por el ininterrumpido contacto visual del animal, ella le ofreció una media sonrisa, e instintivamente, su mano se cerró en torno a algo frio y áspero.
La joven pálida se espantó un segundo, al encontrar un cuchillo, brillante y cromado, descansando con familiaridad en su mano.
No recordaba haberlo tomado, o guardado en algún lado, pero el sentimiento de la costumbre alejo la duda que le nació en la mente.
El gato inclino su cabeza, mientras ella sentía el escalofrió recorrer su espalda, caminando mecánicamente hacia la cima de la empinada subido, con una prisa innecesaria, que un joven experimenta con la urgencia de llevarlo a cabo.
Observando a la chica con sus ojos heterocromos, ámbar y verde, subir con esa necesidad de los jóvenes de correr antes de aprender a caminar, soltó, lo que en términos humanos sería un suspiró, negando abiertamente con su cabeza.
“Esperaba que convertirse en su antigua mascota le haría entender, pero, como siempre, en todas las realidades, Riyo es un joven jabalí.”
Cuando alzo los ojos en la cima, y observo los acres de bosque y biomas desconocidos, bañándose con la luz cálida, cuando la confusión la tomó desprevenida.
Fue otro deja vú, el tercero en el día, con un sentimiento de ruego, un ruego por no insistir en recordar todo lo que ocurriría.
Desconcertada, sacudió la cabeza para apartar ese pensamiento, ese sentimiento, concentrándose en el calor suave del sol... pero, extrañamente, la luz naranja no provenía de ningún sol, porque no había ninguno.
La calidez se sentía algo picosa al momento, como si un ligero ácido tocara su piel antes de desaparecer en el aire, como vapor de agua.
¿Vapor de agua?
Esa mención, esa comparación sonó en su cabeza con la intimidad de un secreto, con toque de una memoria nostálgica que no reconocía.
El goteo sordo llamó su atención. Impresionándose del espanto, al ver su mano bañada en sangre, empapando su ropa con la sangre de papá.
Un destello fugaz que nació de la tierra y desapareció en el cielo, capto su atención.
En el segundo en que giro sus ojos en el lugar lejano, la explosión la alcanzo. Un rugido ensordecedor, una onda expansiva que mandó a volar sus cabellos y agitó su ropa... pero a ella no la movió.
Ella sintió terror, el terror que sintió en el novecientos cuarenta y cinco, el terror de que bomba que dejo a su nación en cero.
Pero... aquello no era una bomba.
No era de metal, no era nuclear... era de carne, y Él sangraba.
Ella lo sabía, lo había visto, estaba segura de haberlo visto, pero... ¿cómo...?
Era la primera vez que contemplaba algo como esto, pero ese recuerdo, ese momento estaba bañado con un segundo, un tiempo que no era el suyo...
La atmosfera cambio a su alrededor con una distorsión del espacio, rodeándola de una ciudad asolada y arrasada; las cenizas bailando con alegría cínica sobre los fuegos.
No reconocía los escombros que creaban el paisaje, ni tampoco el tiempo que se filtraba por su rostro sudoroso, asombrada del espeso aroma de la sangre y metal.
El mutismo colectivo era inquietan, sumado al ver la carne carbonizada, expresiones llenas de horror y pequeñas lagunas de sangre bajo sus pies, con la humacera infernal de la favila.
Sus gritos llenaron sus oídos con el volumen saturado, todos de personas que no conocía y conocía, llantos y súplicas, que provocaron que cayera para agarrarse las orejas y hacer el intento de arrancárselas al reconocer sin conocer aquellas voces.
“Dios está aquí. Dios está aquí para vengarse, por sangrar su tierra prometida.”
“Dios está aquí. Dios está aquí para devorar nuestra carne, dios está aquí para decir que Él es real.”
“Dios está aquí para vengarse del mundo, por haberlo creado, por haberlo concebido.”
Ella cerro los ojos, abrumada por la insoportable incapacidad, la impotencia que tanto odiaba. La joven fue inconsciente cuando el vapor luciferino desapareció, y se confundió al ver una carretera muy familiar para ella, con un atardecer en el horizonte.
Atontada, apenas pudo identificar el bosque a la lejanía cuando los cañonazos de la artillería la hicieron gritar del miedo, asordando sus oídos otra vez con temor y preocupación de una nación completa.
Todo fue a un solo punto en la neblina que se acercaba como un depredador, siendo ella testigo de cómo los proyectiles eran tragados en aquella oscuridad pálida, descubriendo una figura humanoide que le resultaba familiar.
Como si alguien hubiera chasqueado, la adulta joven contemplo una vez más el ambiente de inframundo, el carbón hecho estatuas humanas de desesperación, con grandes columnas de humo alzándose en varios lugares de la arrasada ciudad, negras e imponentes como la erupción del toba.
Unos cortos temblores produjeron la caída de los escombros, desplomando las edificaciones como si de una casa de naipes se tratase.
Su figura fue reconocida en un instante, con su aura misteriosa y esos ojos que brillaban en la penumbra oscura, pero su forma monstruosa distorsionaba la tranquilidad con la que efectuaba cada paso en su dirección.
La joven siento el momento exacto cuando el infierno se convirtió en el bosque en el que residía, en una noche oscura y tormentosa dominada por la lluvia que solía acompañarlo a él a donde fuera que fuese.
Pero este no era un lugar que conociera, esta era una parte que no conocía, y, a la vez, conocía con una cercanía futura.
Ahí, entre la niebla negra y las llamas apagadas, una silueta alta se alzó, irguiéndose entre esa oscuridad con un aura divinamente demoniaca.
Con un susurro bajo, Él al abrir sus ojos exhaló el vapor hirviente que inundó todo el lugar.
Reflejando la silueta de su amigo, dos puntos verdes aparecieron cuando un relámpago descubrió su figura, reinando el silencio cuando Él se visualizó entre la neblina, monstruoso y demoniaco como jamás lo había visto.
el bosque fue encendido por el atardecer naranja con el mismo chasquido repentino, y con una respiración gutural, la silueta más baja de Él emergió de la niebla de vapor, con esos mismos ojos, ahora llenos de determinación y voluntad inquebrantables.
Fue en ese momento, en ese instante que por fin le vio el rostro.
Por fin ella, sin quererlo, le vio el rostro a dios.
Por fin que logro ver, a Él Titan de Ataque.
Cadavérico y despellejado, con sus armaduras negras y el reactor de doble núcleo en el pecho.
Las cadenas en los brazos, con las espadas en la espalda, y sus puños recubiertos por los guantes de Tsuma, acorazados con ese cristal que ella le había robado.
Lleno de ira y locura, destello en sus relámpagos, para hacerle saber a todos ellos que no estaban ante Él. Ellos estaban ante la presencia de dios, y que había bajado para acabar con su creación.
Él oía sus plegarias, pero no las respondía.
Él olía sus miedos, y eso le gustaba.
Él sentía sus dolores, y se regocijaba.
El octavo acorazado bajo de un salto de la montaña, y el quinto de ataque grito con furia hacia el demonio titánico que usurpaba su nombre.
El cíclope rojo lo apunto decidido a proteger su mundo, y la rubia cortada se colocaba su máscara, lista para amparar el futuro de Annie.
Un hombre de hierro soviético despegó por los cielos lejanos, huyendo, y más vapor de agua salió a presión por entre las comisuras de los dientes de dios, amenazante y preparado para salvaguardar su mundo ante la muralla que representaba Uzu.
Ella despertó del trance, alejada de ese campo de batalla hemorrágico, al filo de un acantilado de una montaña empinada, envuelta con una gabardina rota y oscura, muy familiar para ella.
Muy lejos, en el horizonte que parecía el fin, la primera de las bombas de hidrogeno detono con apenas un leve temblor.
Varias docenas, quizás sientas de cabezas nucleares estallaron en un solo punto, coloreando el grisáceo entorno, ahogando el leve zumbido de su impresionante explosión con un rugido profundo e iracundo.
El fuego consumió la tierra y la desnutrió, destripo las montañas y enveneno el aire como la catástrofe de Pripyat.
Eso volvió a encender su ira. Despertando aquella rabia de la que ella misma fue testigo aquella noche, en la que el dios reencarnado demostró su poder, y advirtió de las plagas y males que soltaría en el mundo.
Para desgracia de todo el mundo, como siempre ha sido, Él ha sido ignorado.
Viendo el mismo ataque de relámpago, una explosión mucho más grande contesto la agresión hacia dios quien derramaba su sangre.
El destello morado, y el sonido de la realidad partiéndose a la mitad fue lo último que percibió antes de su existencia fuese borrada en un barrido por la presencia de dios.
Pero... eso nunca llego.
El roce de la seda fría contra su piel, y el peso sobre su cuerpo, algo real la sujetaba, y eso no le gustaba.
Papá había hecho que eso no le gustara.
Los fuegos, los gritos, el caos empezaron a desvanecerse de su mente, arrastrado a la superficie de su consciencia onírica.
Su corazón latía con fuerza, cuando sus ojos se abrieron de golpe, la brisa de la llovizna acariciaba con frialdad su cuerpo cubierto por el sudor.
- “esa fue una caída muy inapropiada. Te dije que debías comer algo.”
La voz era conocida, pero su mente seguía atrapada entre la escoria y los escombros. Tardando en darse cuenta de que estaba sentada en la cama, cubierta de vendas.
- gracias por el sermón, me es muy útil ahora.
La joven de cabellos albinos se agarró la cabeza, pequeños flashbacks fragmentados seguían atormentando su cabeza.
- imagino que tienes la misma hambre que yo. Agradece que te espere.
Ella lo atrapo sin problemas el pedazo de carne que le habían lanzado, y cuando alzo la mirada hacia su acompañante, su corazón se saltó un latido cuando, sentado en el marco de la ventana, con un café y un libro en las manos, iluminado por la luz azul del amanecer, una sombra venidera apareció fugaz en el cuerpo de su pálido amigo...
La sombra del rostro de dios...
La sombra del Amanecer de los Recuerdos Futuros de Él Titan de Ataque...