Prólogo
— ¿Alguna vez le has temido a algo o a alguien al punto de generar terror? - Esa voz grave resonaba en el lugar oscuro que sólo podía mantenerme quieta en la posición donde me encontraba.
— El mal —respondo intentando ocultar el miedo que me invadía al escuchar esa voz.
— Especifica. - La voz resuena de nuevo más cerca. ¿Podría ver en la oscuridad?
— No sabría cómo. El mal puede presentarse de diferentes maneras. - Me detengo para escuchar si hay alguien caminando. - Unas peores que otras.
—¿A cuál refieres tú? - Pude escuchar que la voz venía de frente de donde estaba.
— Las personas; el mal espiritual; lo que hay en la oscuridad...
— ¿Acaso te causo terror? - Pregunta seriamente, no sentí algún tono burlesco.
— Es sólo un ejemplo. No sé si debería temerte. No sé qué eres. - Hay un silencio corto hasta que vuelve hablar.
— ¿Cuál crees que es peor?
— No podría elegir. Según el caso. - Respondo sin esperar a que respondiera mi otra duda.
— ¿Te imaginas todo lo que mencionas en un mismo caso?
— Sería terrible.
— Y lo vives a diario, sólo lo ignoras.
— ¿Cómo?
— Tu mente. La ignoras – Hace una pausa — . ¿Qué podrías encontrar en la profundidad de tu mente eclipsado por la oscura cortina impuesta por la consciencia moral?
Permanezco en silencio un momento y la persona allí parecía esperar mi respuesta.
— No sabría...
— Exacto. La ignoras.
—¿Qué es lo que quieres? - Ya quería dejar los rodeos en esta conversación.
— Quitar la cortina.