Capítulo 1
El filo de la espada de Lysara rozó el cuello de Kael. Sus pechos subían y bajaban rápidamente, el eco de la batalla resonaba en la noche. Habían luchado tantas veces que conocían cada uno de sus movimientos como si fuesen danzarines en una macabra coreografía. La tierra bajo ellos estaba teñida de sangre, y el aroma metálico impregnaba el aire. El resplandor carmesí de la luna bañaba sus figuras, proyectando sombras alargadas en el suelo destrozado.
—Ríndete, príncipe de las sombras —espetó ella, su voz un susurro venenoso.
Kael sonrió, con la osadía de un condenado, los ojos brillando con desafío.
—Antes muerto.
Lysara apretó con más fuerza la empuñadura de su espada, sintiendo el latido acelerado en sus sienes. Durante años, este hombre había sido su enemigo, el monstruo en las historias de su pueblo, el azote de su reino. Y ahora estaba allí, atrapado bajo su filo, la respiración entrecortada, la piel perlada de sudor y sangre. Pero, en lugar de satisfacción, un torbellino de emociones encontradas la carcomía por dentro.
El aire vibró entre ellos. Habían sido enemigos desde el día en que Kael había irrumpido en la capital de Lysara con su horda oscura. Ella, capitana de la guardia real, había jurado matarlo. Y, sin embargo, algo en su interior temblaba cada vez que cruzaban espadas.
—¿Por qué dudas? —Kael inclinó la cabeza con una sonrisa burlona—. ¿No es esto lo que querías?
Lysara frunció el ceño, dispuesta a hundir la hoja. Pero él se movió en ese instante. Kael giró rápido, un movimiento que ella debería haber previsto, pero no lo detuvo. Su mano atrapó la muñeca de Lysara y con un tirón la hizo perder el equilibrio. En un parpadeo, el filo de la daga negra del príncipe rozó su clavícula.
—Parece que estamos empatados otra vez —murmuró Kael, su aliento acariciando su piel.
El calor de su cuerpo tan cerca del suyo la desarmó. Lysara tragó saliva, sintiendo cómo su piel hormigueaba bajo su tacto. Sus miradas se cruzaron, una batalla silenciosa de voluntad. Sabía que solo uno debía salir con vida de esta confrontación, pero en ese instante, los años de odio se diluyeron como arena entre los dedos.
El ruido de la batalla se apagó en su mente. La sangre que corría por su piel no era más que un testimonio de sus luchas pasadas, pero ahora, bajo la luz de la luna escarlata, solo había ellos dos.
—Mátame —susurró Kael, sus labios apenas separados, los ojos entrecerrados—. O haz lo contrario.
Lysara cerró los ojos un instante, sintiendo la tensión vibrar en el aire. Sus dedos aflojaron su agarre en la empuñadura, su pecho subía y bajaba frenéticamente. Algo dentro de ella se rompió, o quizás se arregló. Y, sin pensarlo más, lo besó.
Mientras sus labios se encontraban, Lysara recordó la primera vez que había visto a Kael. No había sido en el campo de batalla, sino en una fiesta en la corte real, años atrás. Él era un príncipe extranjero, envuelto en un aura de misterio y peligro. Ella, una joven guardia en ascenso, lo había observado desde la distancia, fascinada por su carisma y su mirada penetrante. Pero todo había cambiado el día en que Kael traicionó al reino, liderando una horda oscura que arrasó con todo a su paso.
Lysara se apartó bruscamente, como si el beso la hubiera quemado. Su espada cayó al suelo con un sonido metálico. Kael la miró con una expresión indescifrable, sus ojos oscuros brillando bajo la luz de la luna.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, su voz un susurro ronco.
—No lo sé —respondió ella, su voz temblorosa—. Pero no puedo matarte.
Kael se enderezó, sosteniendo su daga con firmeza. Su mirada recorrió el campo de batalla, donde los cuerpos de sus seguidores yacían sin vida. El silencio era ensordecedor.
—Esto no terminará aquí —dijo él, su tono sombrío—. Tú y yo estamos condenados a repetir este baile hasta que uno de los dos caiga.
Lysara lo miró fijamente, sintiendo el peso de sus palabras. Sabía que tenía razón. Pero algo había cambiado entre ellos, algo que no podía ignorar.
Antes de que pudieran hablar más, un estruendo sacudió la tierra. Ambos giraron hacia el horizonte, donde una columna de fuego se elevaba hacia el cielo. El aire se llenó de un olor a azufre, y una sensación de peligro inminente los envolvió.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Lysara, agarrando su espada del suelo.
Kael frunció el ceño, su expresión seria.
—No lo sé, pero no es obra mía.
Un grito desgarrador resonó en la distancia, seguido por el sonido de alas batientes. Lysara y Kael intercambiaron una mirada, una tregua momentánea sellada entre ellos.
—Parece que tenemos un problema mayor —dijo Kael, ajustando su grip en la daga.
—Temporalmente —respondió Lysara, su voz firme—. Después de esto, seguimos siendo enemigos.
Kael asintió, una sonrisa fugaz en sus labios.
—Como siempre, capitana.