Nostalgia de lo no sido,
"Soñé que estabas en mi cama, que tus manos deslizaban mis sábanas y me envolvían en ellas como si así pudieras quedarte a mi lado para siempre. Soñé que me besabas, que tus labios recorrían mi vientre, como un mapa en el que te perdías, hasta que mis ojos se rendían y se cerraban de puro placer.
Soñé que aún te gustaban las mujeres y que, entre todas, aún me elegías a mí.
Soñé y soñé, y ahora vivo atrapada en esa ilusión que se disuelve con la luz del día, con el miedo constante de abrir los ojos y descubrir que nada de esto es real."
Dejé la pluma sobre la libreta y sentí el peso de algo que se torcía en mi estómago, más profundo de lo que nunca antes había sentido. Quería arrancarlo de mí, expulsarlo de alguna manera, pero cuando fui al baño, lo único que salió fue saliva amarga desde el fondo de mi garganta.
No dejaba de mirar tus fotos en Instagram, esas que mostraban tu nueva vida... y a tu nuevo novio.
Entonces, te escribí una carta que nunca te enviaría. Porque, ¿quién envía cartas en estos días? Y, más aún, ¿quién soy yo en tu vida para atreverme a contactarte?
Intenté recostarme, vaciar mi mente en cualquier otra cosa, pero la ansiedad de verte —aunque fuera a través del teléfono— me venció.
Te vi de nuevo en esa fotografía, con tu cabello largo y rubio, el mismo que tantas veces se perdió entre mis manos y mis sábanas.
Te miré, una y otra vez, y en un impulso inconsciente, le di "like".
Lo retiré al instante, maldiciéndome por imaginar cómo reaccionarías: ¿pena, risa? Nunca lo sabré. Pues ahora estabas con él, aunque hacía apenas un mes que estabas aquí, en esta misma recámara, conmigo.
Y después lloré una y otra vez hasta quedar exhausta y, cuando desperté de madrugada, el olor a lluvia y tierra mojada me hicieron reaccionar. Me levanté a cerrar la ventana. Todo estaba empapado: el sofá blanco en el rincón, el tapete gris que compré en aquella tienda del centro. Y después de observar el desastre concluí con que la única que parecía alegrarse era Antonina, mi palmera de medio metro, que seguramente agradeció un poco de agua extra.
La carta que te había escrito estaba mojada, pero aún podía leerse. La sequé inútilmente, con la tinta corrida y sus palabras manchadas. La doblé por la mitad y la escondí en un libro de Stephen King, donde se quedaría hasta que encontrara el valor de romperla.
Y a la mañana siguiente, nos graduamos.
Tuve que verte sobre la tarima, dando el discurso final. Tus ojos azules navegaban entre la multitud, deteniéndose en algunos rostros... y sentí, quizás ilusamente, que se detenían en los míos.
Mencionaste palabras como "esperanza", "fortaleza" y "destino". Al mismo tiempo que yo llevaba en los dedos los anillos que siempre te gustaba robarme, y la ropa interior que tú misma me compraste. Sin que nadie a mi alrededor pudiera adivinarlo.
Sentí que el nudo en el estómago reaparecía cuando te recogiste un mechón de cabello, nerviosa, temiendo equivocarte frente al micrófono. Y un impulso irracional parecía empujarme a subir y abrazarte, susurrarte que no temieras, que mis brazos eran un refugio seguro. Pero no fue así. Terminaste el discurso y la ceremonia llegó a su fin.
Mis padres me felicitaron, y mi hermanito Joseph me regaló una paleta de bombón, con los bordes ya mordisqueados. Te vi abrazar a tus padres, aquellos que tantas veces me dieron la bienvenida a su hogar como tu amiga. Pero no me atreví a acercarme.
Nuestras miradas se cruzaron, y deseé poder cambiar las cosas. Olvidar lo que dijiste, correr a ti, tomarte de la mano y llevarte a cenar con mis padres esa misma noche. Pero eso sería seguir soñando.
Te vi alejarte. Y luego, me alejé yo. Y durante todo el trayecto a casa, fingí estar bien. Fingí ante mis padres la sonrisa que se esperaba de mí en ese día tan importante. Con dieciocho años recién cumplidos, tomé "mi primera cerveza" de manera legal con ellos en un restaurante. Mientras bromeaban una y otra vez con la mesera, pidiéndole que me pidiera la identificación, riendo fuerte cuando la saqué de mi bolsillo, ruborizada y avergonzada. Mientras me sentía muy lejos de todo.
Mis padres sabían que habíamos terminado, pero nunca supieron el porqué. Jamás se enteraron de que solo éramos novias dentro de mi casa, y para el resto del mundo, éramos amigas. Supongo que por eso estábamos siempre ahí, porque era el único lugar donde podíamos ser realmente nosotras.
Creo que por eso no les conté nada. No les tocaba juzgar el tiempo que necesitabas para aceptar lo que éramos. Era tu proceso, pero en el camino olvidé que también era el mío.
Y no lo supe hasta que me dijiste que jamás podrías quererme "como merecía".
Después de tres años de amistad y tres años de noviazgo, rompiste conmigo. Rompiste lo que sea que éramos y rompiste, también, mi idea romántica del amor.
Al ver esa foto en Instagram, lo entendí: fui lo que querías, pero no lo que encajaba en el resto de tu vida. Lo que buscabas en Daniel no era el caos que yo arrastraba contigo, el que te seguía como una sombra, afectando tu familia, tus amigos, tu mundo. Y eso, siempre sería lo que más me dolería: no haber podido ofrecerte esa paz que tanto buscabas, esa calma que parecía llenar los espacios huecos de tu vida.
Para todos, fuimos solo dos amigas que tomaron rumbos diferentes después de la escuela. Pero para mí, para mi familia, tú fuiste el primer amor del que creí que nunca podría recuperarme.
Porque cada noche, aun cuando sabía que estaba mal, tomaba el teléfono y miraba tu perfil, una y otra vez. Imaginaba que, si me buscabas, sería capaz de olvidar todas las veces que me rechazaste, y que viviríamos juntas, felices para siempre.
Qué lástima que no es un cuento, y que tú ya no eres parte de esta historia.
Y antes de que pudiera pensar más en ti, tuve que alistar el vestido que usaría esa noche, sabiendo que estarías ahí, bailando con alguien más.
Decidí que no me verías mal. Me puse un vestido negro que me ceñí al cuerpo lo mejor que pude, me maquillé con entusiasmo y alisé mi cabello hacia atrás de esa manera que siempre me hacía sentir poderosa. El negro siempre fue mi color, el color de mi refugio y seguridad, y al mirarme una última vez en el espejo, reconocí que había hecho un excelente trabajo. Y entonces solo por un segundo se paso por mi mente el usar un esmoquin.
¿Qué te gustaba de mí? ¿Qué esperabas que fuera?
¿Un vestido, o un esmoquin que intentara encajar en la imagen que nunca podría ser?
Al final, salí con el vestido tal como estaba, porque era lo único que tenía. Y aunque no sabía si era lo que realmente quería, algo en mí se había agotado de buscar respuestas.
Lo dejé ir, al menos por esa noche.








