Graduados
La noche era fría.
Había llovido hacía poco, y el asfalto seguía húmedo. Las luces de las farolas titilaban sobre los charcos, donde pequeños copos de agua nieve comenzaban a acumularse.
Un sonido irrumpió en la quietud: risas, pasos tambaleantes, el chapoteo del agua bajo los zapatos.
Desde el callejón emergieron cuatro siluetas, dos masculinas y dos femeninas, iluminadas intermitentemente por las luces de la calle. Vestían como si acabaran de salir de una gala.
Las chicas llevaban vestidos de noche, uno azul y otro rosado, que se aferraban a sus cuerpos con la humedad del ambiente. Los chicos, con los abrigos abiertos y las camisas semidesabrochadas, llevaban sus corbatas torcidas y el cabello revuelto. Caminaban abrazados, tropezando entre sí, con el entusiasmo de quien cree que tiene el mundo en sus manos.
—¡Esta noche dejamos la universidad... el mundo nos esperaaaa... somos graduadooos! —cantaban, desafinados y eufóricos, entre risas y tragos de aire frío.
De pronto, la chica del vestido azul se detuvo en seco y señaló hacia el frente.
—¡Ahí está, miren!
Todos giraron la cabeza en la misma dirección.
En la esquina, bajo el resplandor parpadeante de un letrero neón, se alzaba un bar de fachada envejecida. El cartel decía: “SPENCER’S BAR”, con letras rojas gastadas por el tiempo.
La visión del lugar pareció despertar una nueva ola de emoción en el grupo. Se miraron entre sí, y en cuestión de segundos estallaron en risas. Gritaron, aplaudieron y corrieron hacia la entrada como si hubieran descubierto un tesoro.
Al llegar, uno de los chicos —el de la corbata más desajustada— se adelantó arrastrando las palabras, con la voz espesa por el alcohol.
—¡Somos... somos graduados de la Universidad de Chicago, señor! —balbuceó con una sonrisa borracha, tambaleándose mientras intentaba pasar un brazo sobre los hombros de sus amigos—. ¡Queremos seguir esta fiesta!
El hombre en la puerta, un tipo de complexión robusta y mirada hastiada, los escaneó por un momento. El grupo olía a whisky y euforia. Luego, sin mucho interés, empujó la puerta y les hizo un gesto con la cabeza.
—Está bien. Pasen.
Y así lo hicieron.
La puerta se abrió con un chirrido pesado.
Un golpe de calor y humo de cigarro los envolvió de inmediato. El aire estaba espeso, saturado con el olor a whisky barato, cerveza derramada y tabaco rancio. La luz del interior era tenue, amarillenta, parpadeante.
Al fondo, una rocola vieja escupía una canción de rock setentero, distorsionada por el ruido de las conversaciones y las carcajadas de los clientes habituales. El murmullo del bar era un rugido constante, mezclado con el sonido de vasos chocando y el tintineo de las monedas cayendo en la máquina de apuestas junto a la barra.
Los cuatro jóvenes cruzaron la entrada con una mezcla de asombro y adrenalina, dejando atrás la nieve y el frío. Eran como extranjeros en tierra desconocida. Entre el humo y las sombras, los rostros curtidos de los parroquianos los miraron de reojo, con esa expresión neutral de quien ha visto pasar a muchos como ellos antes.
La clientela era una combinación extraña: tipos con abrigos gastados jugando a las cartas en una mesa oscura, un par de mujeres con vestidos ajustados y cigarrillos en la mano, un hombre solitario bebiendo en la esquina con los ojos fijos en su vaso.
El bartender, un hombre calvo con brazos como troncos de árbol, secaba un vaso sin mucho entusiasmo. No dijo nada cuando los vio entrar, pero su mirada dejó claro que los reconoció de inmediato como “chicos de universidad”.
Uno de los chicos —el que llevaba la corbata más desajustada— dio un paso adelante, extendió los brazos y respiró hondo.
—¡Este es nuestro sitio! —declaró con una risa, girando sobre sus talones—. ¡Whisky para celebrar!
Los demás aplaudieron y avanzaron hacia la barra, aún riendo.
La mesa que ocuparon se llenó de vasos medio vacíos, servilletas arrugadas y marcas de anillos de licor pegajoso. El grupo estaba en su punto máximo de euforia: se reían fuerte, se empujaban entre sí y alzaban los vasos en brindis exagerados.
—¡Por nosotros! ¡Por la libertad! ¡Por nunca más hacer exámenes de mierda! —gritó uno de los chicos, chocando su vaso con los demás.
El líquido se derramó sobre la mesa, pero nadie le prestó atención.
Uno de ellos se levantó de golpe, tambaleándose sobre los talones, y señaló la rocola vieja en la esquina del bar. Sus luces de neón azules parpadeaban, como si estuviera a punto de apagarse.
—¡Esa cosa necesita vida! —exclamó, sacando una moneda del bolsillo.
Las chicas aplaudieron mientras él avanzaba esquivando sillas y cuerpos cansados, hasta llegar a la máquina. Se inclinó, entrecerró los ojos como si intentara leer jeroglíficos y soltó una carcajada antes de insertar la moneda.
Un segundo después, los primeros acordes de “Smoke on the Water” explotaron en los parlantes.
El ambiente cambió de inmediato.
Los universitarios gritaron, aplaudieron y se levantaron de sus sillas. Las chicas comenzaron a moverse al ritmo de la música, con los vestidos cortos brillando bajo las luces opacas del bar. Uno de los chicos se subió a una silla con los brazos abiertos como si estuviera en un concierto.
—¡Este lugar está muerto, carajo! ¡Vamos a darle vida! —gritó, moviendo la cabeza al ritmo del riff de guitarra.
La reacción del bar fue mixta.
Algunos clientes habituales sonrieron, disfrutando del espectáculo de los jóvenes borrachos. Otros no parecían tan impresionados. En una mesa al fondo, un tipo con un cigarro entre los labios los miraba sin expresión, girando lentamente el vaso en su mano.
El bartender resopló y negó con la cabeza, pero no hizo nada por detenerlos. Mientras pagaran sus tragos, podían bailar arriba de la maldita barra si querían.
Uno de los chicos se giró hacia una mujer rubia de vestido ajustado que bebía sola en la barra.
—¡Ven a bailar! —le gritó, tendiéndole la mano con una sonrisa ebria.
La mujer apenas levantó la mirada y soltó un “No, gracias” seco como un disparo.
Él se encogió de hombros y siguió bailando.
El whisky seguía corriendo. La música seguía sonando. La noche seguía avanzando.
La noche.. termino.