Cazadores De Mitos Y Leyendas by stonermaster69 at Inkitt
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Cazadores de Mitos y Leyendas

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Summary

López, Valencia y Eric no son héroes de grandes epopeyas ni protagonistas de una historia de fantasía. Son tres muchachos comunes que intentan sobrevivir al bachillerato con ingenio, humor y mucha improvisación. Están en la edad en la que todo y nada es un desafío a la vez. Desde responder preguntas inesperadas en clase hasta conseguir comida antes de que se agote en la caseta del descanso. Pero entre bromas, carreras y pequeños conflictos, hay algo más: el amor, tal y como Juya y Pulowi. Igual, que el beso de la Candileja. Pocahontas y John Smith, Luisa y López. Sin embargo, entre los dramas del corazón, la sombra acecha, tranquila, sin prisa. Y en un pueblo donde cada rincón relata una historia que pocos entienden. Ellos aprenderán que hasta en la misma noche la luz brilla con fuerza.

Status
Complete
Chapters
20
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n/a
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16+

Capítulo sin título 1

—Bueno muchachos, ¿alguien sabe la diferencia entre un mito y una leyenda? —preguntó el profesor Pablo a la clase de 9-B.

Sin embargo, sus palabras se quedaron en el aire. Cada uno de los alumnos evitaba el contacto visual, tratando de esquivar el sondeo de su mirada.

—¿Es en serio? —repitió el profesor, como si no pudiera creer lo que veía.

Algunos amigos y amigas comenzaron a mirarse entre sí; otros buscaban refugio en las hojas de sus cuadernos. Unos cuantos se encorvaron en sus puestos, como si quisieran desaparecer. Solo uno desvió por completo la mirada hacia la pared blanca a su izquierda. Para desgracia de este último, su compañero del frente había optado por esconderse, dejándolo expuesto a la vista del profesor.

—López, ¿cuál es la diferencia entre un mito y una leyenda? —preguntó el profesor Pablo, fijando toda su atención en él.

López frunció el ceño apenas un segundo, como si fuera un parpadeo, y respondió con otra pregunta:

—¿La Patasola y la Llorona? —.

—No, ambas son leyendas —respondió el profesor Pablo con un suspiro que delataba su descontento. Luego giró hacia otra estudiante, una joven que, junto a su compañera, se miraban buscando apoyo mutuo. Sin embargo, al notar la mirada seria del profesor, su amiga apartó los ojos, dejándola enfrentarse sola a la pregunta.

— Lizbeth, ¿cuál es la diferencia entre un mito y una leyenda?

Lizbeth bajó la mirada hacia su cuaderno, como si allí pudiera encontrar la respuesta. Después de unos segundos de silencio, volvió a levantar la cabeza, resignada, y se encontró con la mirada inquisitiva del profesor.

—¿Qué uno da miedo y el otro no? —aventuró, insegura.

—No... —respondió el profesor, esta vez acompañando su suspiro con una mueca de disgusto. Inspiró hondo y miró hacia otro lado.

—Valencia, dígame un mito de Colombia.

—¡Uy profe! —se quejó Valencia, dejando el lápiz en su cuaderno con molestia.

—Nada de “¡uy profe!” —exclamó el profesor Pablo, imitando su tono—. ¡Un mito de Colombia!

—No sé... ¿La Mano Peluda?

—¡No! —exclamó el profesor, alzando los puños en frustración. Tras respirar hondo, se giró hacia su última esperanza—. Luisa, ¿qué es un mito?

Luisa, desde su pupitre, observaba la escena mientras se llevaba el pulgar a la boca. Mientras intentaba descifrar la respuesta, una voz desde el fondo del salón rompió el silencio.

—¡Luisa, Luisa, Luisa! —cantó López, replicando el gesto del profesor.

Luisa se detuvo, distraída por el canto de su amigo, y lo miró avergonzada. Pero era demasiado tarde: la semilla de la discordia había sido plantada.

—¡Luisa, Luisa, Luisa! —se unió Lizbeth, imitando el gesto de alzar el puño.

Luisa, cada vez más roja, miró a su amiga con desesperación, pero ella también había caído bajo la influencia de López.

—¡LUISA, LUISA, LUISA! —gritó Valencia, poniéndose de pie y agitando los puños como si estuviera en un estadio.

—Valencia... —murmuró entre dientes, lanzándole una mirada asesina.

Uno a uno, los demás compañeros se unieron al cántico. Incluso el profesor Pablo se sumó, cantando el nombre de su salvadora. Luisa, con el rostro encendido, se hundió en su pupitre, cubriéndose la cara con las manos y negando con la cabeza.

Cuando el alboroto llegó a su punto máximo, se levantó de golpe.

¡BAM! El pupitre resonó con fuerza.

—¡LOS MITOS EXPLICAN FENÓMENOS NATURALES! —gritó, silenciando el salón.

Los estudiantes detuvieron su cántico y dirigieron la mirada al profesor Pablo, quien permanecía inmóvil detrás del escritorio, con una expresión seria que contrastaba con el momento.

Abrió los ojos con calma, miró al escritorio de caoba y luego levantó la mirada hacia Luisa.

—¡Casi! —afirmó con una sonrisa mientras levantaba el pulgar en alto.

—¡LUISAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA! —gritaron de júbilo los estudiantes de 9-B, celebrando a su salvadora. Mientras tanto, Luisa yacía abatida en su pupitre, deseando desaparecer y prometiendo llevarse consigo al culpable de haber iniciado todo.

Desde su asiento, López miraba a Luisa, pero no podía contener la risa. Su carcajada apenas contenida resonaba entre el bullicio de la clase, justo cuando el timbre anunció el inicio del descanso.

Apenas sonó, López y Valencia se levantaron de un salto y corrieron hacia la salida del salón, pero fueron detenidos por la voz firme del profesor Pablo:

—¡Ustedes dos!... Díganle a la señora Amparo que me guarde una flauta de pollo.

Ambos se detuvieron en seco, intercambiando miradas antes de asentir y salir del aula entre risas, mientras Luisa seguía hundida en su pupitre, ahora con una mezcla de exasperación y resignación.

El salón, ubicado al lado izquierdo de la parte trasera del colegio, los obligaba a recorrer todo el camino que conectaba dos de las tres áreas principales del lugar.

Salieron corriendo por el pasillo de piedra que daba al área colonial del colegio. El eco de sus pasos resonaba contra la empedrada, mientras esquivaban a otros estudiantes que aún salían de los salones. A su izquierda pasaron la sala de informática, cuyas ventanas reflejaban el sol de la mañana, creando destellos que López tuvo que ignorar mientras mantenía el ritmo.

A pocos pasos, la fuente central de piedra dominaba el espacio, su hilo de agua ininterrumpido brillando bajo la luz del sol. López lanzó una rápida mirada al lugar mientras seguía corriendo, el sonido del agua mezclándose con sus respiraciones agitadas. Más allá, al fondo, se alzaba la coordinación, con su puerta de madera cerrada y paredes blancas, destacándose como un guardián silencioso de esa área del colegio.

Del otro lado del pasillo, el salón de biología dejó escapar un ligero olor a químicos que hizo que López arrugara la nariz por un segundo. —¡Huele a caño! —, murmuró entre dientes, pero no redujo la velocidad.

El suelo, cubierto de piedras desiguales y gastadas, los hacía tropezar de vez en cuando. Valencia soltó un pequeño gruñido al resbalar, pero recuperó el equilibrio antes de caer. —¡Muévalo que nos ganan! — gritó, aunque ambos sabían que su carrera apenas comenzaba. Ninguno se detenía. Ninguno podía hacerlo.

Al llegar al portón negro que dividía ambas secciones del colegio, López empujó las puertas con fuerza. Estas se abrieron, revelando un espacio que rompía por completo con la atmósfera anterior. Los pisos de mármol brillaban bajo la luz que entraba por los ventanales, y el bullicio de otros estudiantes llenó el aire. Era como entrar a otro mundo.

Cientos de pasos resonaban a su alrededor, marcando un ritmo frenético que envolvía el lugar. Otros estudiantes salían corriendo de las aulas, algunos bajaban las escaleras de dos en dos, mientras otros esquivaban compañeros en su prisa. Todos tenían el mismo destino: la caseta azul al final del patio.

López y Valencia se abrieron paso entre los grupos, sus guayaberas azules ondeando con cada movimiento. Valencia soltó una carcajada al esquivar a un estudiante que casi tropezaba con una mochila abandonada. —¡Panzerotti, panzerotti, panzerotti ! — exclamó entre risas, mientras López, más serio, aceleraba el paso sin decir palabra.

Los pantalones negros de ambos parecían tensarse por el ritmo de la carrera, y sus zapatos bien lustrados golpeaban el suelo con un sonido que se mezclaba con el bullicio de los demás. El eco de las pisadas llenaba el aire, como si guiara a todos hacia la caseta.

El patio vibraba de energía. Desde las escaleras y los pasillos, una multitud de estudiantes descendía como una estampida, todos avanzando hacia el pequeño puesto al final. Para López y Valencia, la meta estaba clara: alcanzar la caseta antes que nadie, mientras las risas y los gritos de sus compañeros resonaban a su alrededor, alimentando la emoción del momento.

Cayó de rodillas con un golpe seco, y mientras trataba de levantarse de inmediato, gritó:

—¡De pollo y champiñones! —.

López no miró hacia atrás. En lugar de detenerse, aceleró, dejando a su amigo rezagado. Con una última carrera, llegó casi de primero a la caseta, pero lo que encontró era un completo desorden.

Sin profesores cerca, el lugar era un hervidero. Decenas de estudiantes se agolpaban frente a la caseta, algunos con las manos alzadas y billetes en ellas, gritando como locos por ser atendidos primero. La señora Amparo, dueña de la caseta, intentaba moverse de un lado a otro, abrumada por la avalancha de pedidos.

El desorden escaló cuando un par de estudiantes comenzaron a empujarse y golpearse con “discreción”, peleando por ganar un lugar en la fila que aún no se formaba. Todo continuó hasta que una voz firme resonó por encima del griterío:

—¡Suficiente! —.

El patio entero se congeló. Los estudiantes se quedaron en silencio, mirando hacia donde estaba el profesor Alberto, que se plantó con café en mano y un gesto severo.

—¡Ingenieros, hagan las filas ahora mismo! —ordenó.

El grito bastó para romper la efervescencia; los estudiantes, todavía jadeantes, comenzaron a organizarse, formando cinco filas que llegaban hasta la caseta. Claro, aunque ya habían filas, algunos intentaron colarse. López aprovechó el tumulto, avanzando con pasos pequeños entre los hombros de sus compañeros, hasta posicionarse en tercer lugar de la segunda fila.

El profesor Alberto, con un ojo agudo, detuvo a varios de los que intentaban adelantarse, pero López logró camuflarse bien como para pasar desapercibido. Al final, el orden quedó establecido, y la señora Amparo comenzó a atender a los estudiantes uno por uno.

López permanecía inmóvil en aquella fila, pero su rostro delataba todo su nerviosismo. A su alrededor, los demás estudiantes no decían nada; sin embargo, la ansiedad se reflejaba en sus expresiones y en el inquieto movimiento de sus dedos. Algunos tamborileaban sobre sus mochilas, otros cruzaban y descruzaban los brazos, pero nadie se atrevía a romper el silencio. La figura del profesor Alberto, plantado con autoridad, con los brazos cruzados y una mirada imperturbable, parecía contener el desorden que amenazaba con desbordarse, mientras que cada estudiante, en un gesto casi ritual, se persignaba como si dependiera de ello, que no se acabaran los fritos.

El profesor, con su tinto mañanero en mano, caminó con tranquilidad hasta colocarse justo frente a la caseta, observando con mirada crítica a los estudiantes que seguían llegando al patio. Se paró erguido, sacando pecho y haciendo que aquella barriga izara bandera como un símbolo de dominio. Del bolsillo de su bata, sacó un fajo de billetes de mil pesos con la misma calma con la que ordenaba las filas.

—Amparito, una empanada de pollo —pidió el profesor, su voz firme pero familiar.

—¡Claro profe! —respondió doña Amparo con una sonrisa.

Mientras doña Amparo preparaba el pedido del profesor Alberto, este se giró hacia los estudiantes. Hizo un rápido sondeo con la mirada, movió su llamativo bigote y dio un sorbo a su café, sin dejar de observarlos con atención.

«Viejo hijueputa», pensaron varios, aunque nadie se atrevió a decirlo.

—Aquí tiene profe —dijo doña Amparo, entregándole la empanada con una sonrisa.

El profesor Alberto se dio vuelta, dejó su café sobre la caseta y comenzó a contar cinco mil pesos de su fajo con un gesto decidido. Sacó los billetes y se los entregó a doña Amparo mientras tomaba la empanada de sus manos.

—Guarda el cambio —dijo con una sonrisa segura, dirigida a la señora, quien le devolvió una sonrisa algo incómoda.

Luego, recogió su café y volvió a girarse para retomar su vigilancia. Sin embargo, al dar un mordisco apresurado a la empanada, terminó atragantándose. Tragó con dificultad y bajó el bocado de golpe con un sorbo de café, todo mientras lanzaba una mirada rápida a los estudiantes, como desafiándolos a burlarse. Nadie se atrevió a reír en voz alta; en cambio, las risas quedaron atrapadas en sus mentes mientras desviaban la mirada, fingiendo interés en cualquier otra cosa.

Mientras tanto, López, ahora sumido en sus pensamientos, repetía una y otra vez en su cabeza: «Panzerotti de carne, de pollo y champiñones... flautas... panzerotti de carne, de pollo y champiñones... flautas...» Su mente giraba en torno a su pedido, mientras sus ojos recorrían las distintas vitrinas de fritos, cuyas pequeñas bombillas ardían con fervor, dedicadas a mantenerlos tibios y dorados.

Un grito irruptivo cortó sus pensamientos.

—¡De champiñones! —volvió a gritar Valencia desde el fondo, su voz resonando con la misma energía de antes. Esta vez, sin embargo, avanzaba hacia la fila con una leve cojera.

Por reflejo, López giró la cabeza hacia el fondo de la fila, pero la devolvió al frente al escuchar la llamada de doña Amparo. Avanzó al mostrador, donde ella ya lo esperaba con una sonrisa.

—¡Amparito! —dijo López con una sonrisa que mezclaba confianza y coquetería.

—¡Dieguito! —respondió doña Amparo, sonriendo con cariño mientras comenzaba a preparar la bolsa del pedido—. ¿Qué vas a querer hoy? —.

—Me das porfa; dos flautas de pollo, un panzerotti de champiñones, otro de carnes… y… unas Chokis, ¡de las azules! —dijo López, señalando las galletas con un dedo firme.

Doña Amparo soltó una risa suave mientras recogía los pedidos.

—¡La cuestión es de hambre! —le dijo, colocando con cuidado la comida en la bolsa.

—Más bien es comunitaria —respondió López con una sonrisa, apoyándose en la caseta.

—Así es que es mijo, deben comer para crecer—continuó doña Amparo mientras terminaba de empacar el pedido.

—¡Dios te oiga Amparito! Ya me estoy quedando enano… —exclamó López, fingiendo preocupación.

—Tranquilo mijo, tus papás son altos… —dijo ella, entregándole el pedido con cariño.

—De corazón…. —dijo López mientras se persignaba. Con una mano tomó la bolsa y con la otra sacó un billete de 20 mil que entregó a doña Amparo.

—Completo —afirmó ella, guardando el billete.

—Gracias… —respondió López con cordialidad.

Luego giró hacia el profesor Alberto, y con una sonrisa, levantó el pulgar. El profesor, sin perder su pose solemne, alzó su taza de café en señal de respuesta.

López salió de la fila rumbo a su izquierda, la bolsa de comida balanceándose en su mano. Desde el fondo, Valencia le gritaba algo que se perdía entre el bullicio del patio. Sin detenerse, López siguió caminando, aunque giró la cabeza al escuchar la insistencia. Vio a Valencia avanzando a pequeños saltos, y con un gesto de la cabeza le indicó que lo esperaría en la rampa de la cancha.

La cancha era grande, un rectángulo inmenso de puro cemento sin pavimentar, con grietas que delataban sus años de uso. Al costado izquierdo se alzaba el portón principal del colegio, una estructura de metal negro que separaba el bullicio interno del mundo exterior. Frente al portón, destacaba un enorme garaje, destinado al auto de la rectora. Sus puertas de madera negra, altas y robustas, imponían su presencia sobre el espacio. López llegó al desnivel donde la cancha terminaba y comenzaba el camino hacia el garaje. La rampa, un pequeño descenso de concreto desgastado, resultaba el lugar perfecto para esperar a Valencia. Con cuidado, se dejó caer al borde, sentándose mientras sus ojos recorrían el camino frente a él.

No tuvo que esperar mucho. Apenas unos segundos después, Valencia apareció, avanzando como podía. Cada paso era un pequeño salto, acompañado por un leve balanceo de brazos para mantener el equilibrio. Al llegar a la rampa, sonrió de oreja a oreja, orgulloso de su peculiar manera de moverse.

—Ñero, creo que me quedé chengo —dijo, dejándose caer junto a López.

—Se dio duro… —comentó López, mientras observaba el roto en el pantalón de Valencia y la herida recién fresca.

—Sí… —respondió Valencia, mirando también la herida. Luego, encogiéndose de hombros, añadió—: En fin, ¿me da lo mío?

López abrió la bolsa y sacó el panzerotti, aún tibio, entregándoselo.

—¿No había servilletas? —preguntó Valencia al tomar el panzerotti de las manos de López.

—Pailas —respondió López, ya hurgando en la bolsa en busca del suyo.

—Qué hijueputas… —dijo Valencia, antes de darle un mordisco al panzerotti.

Ambos comieron mientras el recreo apenas comenzaba. Los estudiantes seguían llegando en pequeños grupos, y la cancha empezaba a llenarse de ruido y movimiento. Algunos jugaban fútbol con balones desgastados, otros se sentaban en los bordes a conversar, mientras unos cuantos hacían fila en la caseta, todavía ansiosos por conseguir algo de comida.

López y Valencia, relajados, le dieron un mordisco al panzerotti del otro, como si fuera un ritual habitual. Valencia hizo una mueca exagerada.

—El suyo es puro salchichón con queso —dijo, fingiendo desdén.

—¡Si! Y el suyo es pura sopa instantánea con algo de pollo —respondió López entre risas, mientras limpiaba las migajas de su pantalón.

—¡Ahí está el sabor! —dijo Valencia, riendo también.

La conversación continuó entre bromas y carcajadas, hasta que alguien se dejó caer junto a Valencia sin previo aviso. López, al notarlo, empezó a buscar la flauta de pollo en la bolsa, mientras Valencia se giraba para saludarlo.

—¿Qué más? —dijo el recién llegado con voz despreocupada.

—¿Qué dice lo más lindo de Girón? —preguntó Valencia, saludándolo con entusiasmo.

—Reposadito, ¿y ustedes? —respondió Eric, chocando puños con Valencia.

López, sin decir nada, sacó la flauta de la bolsa y se la extendió.

—Tome —dijo, mientras Eric la tomaba con una sonrisa.

—Tan bello —contestó Eric, picándole el ojo a López.

—Lo que sea por esas nalgas —respondió López, devolviéndole el gesto.

Eric soltó una risa mientras acomodaba la flauta en sus manos.

—¿Cuánto le debo? —preguntó con una sonrisa burlona.

—Esta vida y la otra —respondió López, serio, mientras Valencia asentía como si estuviera de acuerdo.

—Complejo… —murmuró Eric, fingiendo preocupación—. ¿Aceptas credinalga?

—Sí, pero los intereses ya están subiendo —continuó López con el tono de broma.

—Rico —dijo Eric, sonriendo de oreja a oreja.

La conversación continuó entre risas y comentarios al aire. Los tres amigos, cómodos en la rampa, hablaban de bobadas como siempre, recordando bromas del pasado y comentando sobre las cosas que veían a su alrededor.

—¿Podemos hablar de lo lindo que está López ahora? —preguntó Valencia entre carcajadas.

—Ahora sí se lo meto —coincidió Eric, señalándolo con la flauta medio comida.

—De usted sí me dejo —respondió López, mordiéndose el labio de forma exagerada.

Las carcajadas se interrumpieron al notar a un grupo de estudiantes más jóvenes lanzándose patadas en un rincón de la cancha.

—Severo virgo le metieron —comentó Eric, señalándolo con la barbilla.

—Lo van a volver mierda —añadió Valencia, mientras veía al más pequeño caer al suelo.

—¿Dónde será la base?, Porque fijo se va a poner a llorar… —dijo López, preocupado de que el profesor Alberto llegara a detener el juego.

Siguieron observando y comentando, hasta que una sombra se proyectó sobre ellos.

—¡Muchachos! —exclamó el profesor Pablo al ver que el joven seguía en el suelo recibiendo castigo.

Los estudiantes obedecieron de inmediato, dejando libre a la pobre víctima, que se levantó tambaleándose mientras se sacudía el uniforme.

Los tres amigos levantaron la mirada al mismo tiempo, para encontrarse con el profesor Pablo, que mostraba su característico aire despreocupado y una expresión de cansancio casi eterna.

—¿Qué más profe? —dijo Eric, saludándolo con la flauta en mano.

—Cansado… —respondió el profesor mientras se dejaba caer en la rampa junto a ellos, soltando un suspiro profundo.

Valencia lo saludó con un leve movimiento de cabeza, mientras López le entregaba la bolsa con la flauta.

—Gracias —respondió el profesor, tomando la bolsa y echándole un vistazo rápido. Luego levantó la mirada, arqueando una ceja.

—¿No había servilletas? —.

—No señor —respondió López con calma, negando con la cabeza al mismo tiempo.

—Amparito… —murmuró el profesor, como si estuviera acostumbrado al olvido, pero sin darle más vueltas, usó la bolsa como servilleta y comenzó a comer junto con los muchachos.

En la rampa, de derecha a izquierda, los cuatro parecían un grupo sacado de un cuadro caótico pero familiar.

El profesor Pablo, a la derecha, destacaba no solo por ser el único adulto, sino por su aspecto desaliñado y su actitud relajada. Alto y delgado, con piel blanca y ojos verdes que contrastaban con su cabello rubio, amarrado en una larga cola que apenas controlaba el desorden. Sus gafas se resbalaban apenas por su nariz mientras le daba un mordisco despreocupado a la flauta. Su bata blanca abierta ondeaba con cada movimiento, revelando una camisa polo amarilla y unos jeans gastados, combinados con tenis blancos que ya habían visto mejores días.

A su lado estaba López, destacando no solo por ser más bajo con sus 1.65 de altura, sino también por su leve musculatura que resaltaba bajo el uniforme. Moreno, con pecas que brillaban bajo el sol de la mañana, seguía comiendo su panzerotti con tranquilidad, como si nada más importara. Su cabello, que ya necesitaba un corte, enmarcaba un rostro relajado pero atento. Su uniforme impecable contrastaba con su actitud casual: la guayabera metida con precisión en el pantalón, sin un solo pliegue fuera de lugar.

Valencia, junto a él, estaba medio recostado, con una pierna extendida y la otra flexionada mientras masticaba su panzerotti sin prestar mucha atención. Su tez más clara que la de López, aunque sin pecas, y el infame corte ‘los 7’ dejaban su frente expuesta. Flaco y atlético, lucía una guayabera desabotonada en el pecho, sin camiseta interior, que ondeaba al moverse. El pantalón roto en la rodilla y la herida de su caída anterior parecían formar parte de su estilo despreocupado.

En el extremo izquierdo estaba Eric, cuya figura alta rivalizaba con la del profesor Pablo. Con movimientos calmados, terminaba un bocado de su flauta mientras su cabello largo y ondulado caía con desorden intencionado. Su barbilla marcada y su rostro definido le daban un aire de confianza natural. El uniforme, desordenado pero estilizado, hablaba de alguien que sabía cómo destacarse: la guayabera mal acomodada, los pantalones ajustados y los zapatos bien lustrados completaban el conjunto. Sus ojos cafés observaban a los demás con una calma que parecía inquebrantable, como si siempre tuviera el control.

Todo parecía seguir su curso habitual. Los cuatro permanecían en la rampa, disfrutando de la comida y de la tranquilidad que traía el recreo. El bullicio de la cancha se mezclaba con el sonido de los pasos apresurados de los estudiantes que aún corrían hacia la caseta o se agrupaban en la sombra para charlar.

El profesor Pablo, hasta ese momento callado y perdido en su flauta, de pronto rompió el silencio. Se giró hacia los estudiantes, apoyando un brazo en su rodilla, y con su tono característico, preguntó:

—Muchachos, ¿en serio no saben la diferencia entre mito y leyenda? ¿O era solo para molestar a Luisa? —preguntó el profesor Pablo.

López y Valencia no respondieron; optaron por hacerse los locos. Eric, en cambio, se giró hacia ellos con una mirada de incredulidad:

—¿De verdad no lo saben? —preguntó, notando las caras de desconcierto, sobre todo la de Valencia, quien respondió:

—¡Si está de lámpara, díganosla usted a ver!

Eric sonrió con suficiencia antes de responder:

—La madre monte y la llorona.

—¡Eso no es la diferencia! —replicó Valencia de inmediato.

—Claro que sí. Piénselo bien: ¿en qué se diferencian ambas? —preguntó Eric, con una ceja levantada.

—Muy buena pregunta, ¿en qué se diferencian? —intervino el profesor Pablo, mirando a Valencia.

López, alzando los ojos al cielo, murmuró entre dientes:

—En que una da miedo y la otra no…

—¡No! —respondió el profesor Pablo, negando con la cabeza.

—Que Valencia no lo sepa no me sorprende, pero… ¿usted? —dijo Eric, fingiendo asombro.

—¡¿Cierto?! —añadió Valencia, imitando el tono de Eric, mientras miraba a López con fingida decepción.

—Sea serio… —replicó López, fulminándolo con la mirada.

El profesor Pablo sonrió, animándolo:

—Vamos López, yo sé que usted puede.

—Me pide mucho profe… en serio no le veo utilidad alguna en saber la diferencia —respondió López, encogiéndose de hombros.

El profesor lo miró incrédulo:

—¡¿Cómo así que no le ve la utilidad?! —preguntó, cruzando los brazos, ya habiendo terminado su flauta.

—Pues… la vida sigue sin saber la diferencia. Es lo mismo que con la cuadrática, nunca la voy a usar en mi vida —dijo López, con una analogía improvisada.

El profesor suspiró de forma dramática:

—Dios mío, esta juventud… sale en el Icfes, y por sobre todo, forma parte del folclor del país.

—Pero igual puedo vivir bien sin saber la diferencia… —replicó López, cansado del tema.

—Por ese comentario les voy a dejar tarea, para que no se les olvide —afirmó el profesor con firmeza.

—¡Huy profe! ¿Cómo así? —protestó Valencia, indignado.

—Nada de ‘huy profe’ —respondió el profesor, mirándolo serio, mientras Eric estallaba en carcajadas.

Las carcajadas de Eric se interrumpieron de golpe por un grito que resonó desde el otro lado de la cancha.

—¡Diego! —gritó Luisa, mientras caminaba con las manos en la cintura y el ceño fruncido.

López y Valencia cruzaron miradas enseguida, tratando de ubicar a cuál Diego Luisa hacía referencia.

—¡Mauricio! —volvió a gritar Luisa, ahora con más molestia.

López y Valencia continuaron intercambiando miradas, delatando su confusión.

—¿Usted? —murmuró Valencia.

—No, usted —respondió López, arqueando una ceja.

Luisa, al borde de la paciencia, aceleró el paso mientras alzaba la voz aún más:

—¡LÓPEZ! —gritó con fuerza, haciendo que todo el patio guardara silencio por un momento.

Valencia soltó una risa contenida y le dio un leve empujón a López en el hombro:

—Usted —dijo con burla, señalándolo.

López cerró los ojos con resignación, mientras Luisa se acercaba a paso acelerado con una mirada feroz. El profesor Pablo, al notar la escena que se avecinaba, se levantó de la rampa con una sonrisa:

—Bueno, gracias por la flauta. Suerte—dijo, dándole una palmada en el hombro antes de irse a paso rápido.

Eric y Valencia no tardaron en seguirlo, sonriendo de oreja a oreja. Eric incluso se giró antes de irse y le lanzó un beso en el aire a López, que lo miraba con desesperación.

—¡Pirobos! —exclamó López, con una mezcla de pánico y resignación, mientras veía cómo Luisa se acercaba cada vez más.

Valencia, sin mirar atrás, agitó una mano en señal de despedida, mientras Eric reía de camino al área colonial del colegio.

Luisa llegó a la rampa al cabo de unos segundos, su expresión diciendo más de lo que las palabras podían. Se paró frente a López, erguida y con una actitud firme, esperando una explicación.

Era alta, muy alta, más que cualquiera de los muchachos, con una presencia que no pasaba desapercibida. Su piel morena brillaba bajo el sol de la mañana, y su cabello largo y lacio caía con una perfección que parecía sacada de un comercial. Las pecas, iguales a las de López, se dibujaban con sutileza sobre sus mejillas, y sus ojos oscuros tenían una intensidad que parecía atravesarlo en ese momento. Su uniforme era una jardinera de matices grises y blancos, combinada con una camisa de manga corta debajo. Las medias blancas y altas, los zapatos estilo Mafalda completaban el conjunto, mientras que un pequeño atrapasueños asomaba por el cuello de su camisa blanca, oscilando apenas al compás de su respiración.

López, al verla, cerró los ojos como si intentara ordenar sus pensamientos. Pero en lugar de proyectar serenidad, sus muecas parecían más un intento fallido de buscar una excusa. Luisa frunció el ceño y comenzó a mover el pie con más impaciencia, el leve golpeteo marcando su frustración:

—Estoy esperando…—dijo, sin alzar demasiado la voz, pero con un tono que dejaba claro que su paciencia estaba llegando a su fin.

López no respondió. En cambio, hizo un movimiento nervioso con las manos, como si buscara algo en su bolsillo, para luego detenerse. Parecía a punto de decir algo, pero volvió a quedarse en silencio.

Luisa cruzó los brazos, ahora clavando sus ojos en él con la fuerza de alguien que no aceptaría ninguna tontería.

Entonces, sin abrir los ojos, López extendió la mano hacia ella con las Chokis en la palma. Su gesto fue lento y cuidadoso, como si estuviera ofreciendo un ramo de flores a un tigre.

Luisa miró el paquete por un segundo, luego al rostro de López, que en ese momento abrió los ojos y le dedicó una sonrisa amable:

—¿Chokis? —preguntó con voz tranquila.

Por un momento, Luisa no supo si reír, gritar, o aceptar las galletas.

Luisa miró el paquete por un segundo más, luego soltó una risa breve y aceptó las galletas. Con un movimiento fluido, se sentó al lado de López en la rampa, dejando que el sol de la mañana les bañara el rostro.

López la observó de reojo mientras ella abría las Chokis y sacaba una, mordiéndola sin prisa.

—¿No debería estar con su novio? —preguntó López, rompiendo el silencio con un tono medio en broma, medio en serio.

Luisa le lanzó una mirada entre divertida y audaz mientras tomaba otra galleta:

—Deje los celos —dijo, mirándolo fijo a los ojos.

—No son celos, me preocupa el qué dirán… no quiero ganarme a los de once como enemigos —respondió López, abriendo los ojos de par en par con fingida preocupación.

Luisa soltó una breve risa, relajándose un poco mientras se recostaba apenas hacia atrás:

—Tan bobo, no se los va a ganar. Y si algo llegase a pasar, Eric lo salva —contestó segura, mordiendo otra galleta.

—No me preocupo por mí, me preocupo por su novio —respondió López con confianza, cruzando los brazos.

—¿Cómo te vas a preocupar por él, si es mucho más alto que tú? —dijo Luisa con una sonrisa maliciosa.

—Eso no importa, la altura nunca los ha ayudado —respondió López con una sonrisa aún más amplia.

Luisa lo miró un momento antes de asentir con una risa:

—Punto para López —dijo, dejando caer la mano con las galletas sobre su regazo mientras seguía sonriendo.

López sonrió y también se medió recostó:

—¿Y bien? ¿Están peleados o qué? —preguntó, arqueando una ceja.

Luisa lo miró con calma antes de responder, jugueteando con la galleta entre sus dedos:

—No, estamos normal —dijo, mirando la galleta por un momento—. ¿Tanto le molesta que esté aquí con usted? —

López soltó una risa corta y negó con la cabeza:

—No es eso. Solo digo, tenemos 20 minutos de descanso, y pues… ¿no deberías estar con tu “papi riqui” para aprovechar el tiempo? —.

Luisa levantó la vista, rodando los ojos con una leve sonrisa:

—Por eso, son 20 minutos en los que aprovecho para ir al baño y comer. Además, a él lo veo casi todos los días —contestó mientras guardaba el resto de las galletas en el bolsillo de su jardinera—. Además… ¡él no me hizo pasar pena! —.

Dicho esto, golpeó a López en el hombro con la fuerza justa para hacerlo retroceder un poco.

—Ey… ¿qué es esa agresividad? —protestó López, fingiendo dolor mientras se sobaba el hombro.

Luisa rió, negando con la cabeza:

—No sea niña —respondió con una sonrisa amplia.

—No es mi culpa que usted pegue más duro que Valencia —continuó López, sobándose el hombro.

—Severa reina… —dijo Luisa riendo—. Vas a ir, ¿cierto?

—¿A dónde? —preguntó López, haciéndose el desentendido, aunque su reacción solo provocó que Luisa lo fulminara con la mirada.

—¡No me perdería tus quince por nada del mundo! —respondió López, esta vez con “seriedad”.

—Así me gusta —contestó Luisa, sonriendo con satisfacción. Luego se quitó las migajas de la jardinera y se puso de pie con gracia—. Nos vemos en clase —añadió, dedicándole una última sonrisa.

—Vemos —respondió López, devolviéndole la sonrisa mientras se recostaba por completo, dispuesto a pasar el resto del recreo tumbado en la rampa.

El timbre marcó el final del recreo, y con él, los estudiantes regresaron a sus salones. Las clases continuaron entre murmullos y risas, hasta que el reloj por fin marcó la 1 de la tarde, señalando el final del día escolar.

A la salida, el portón principal del colegio era un hervidero de actividad. Padres y madres se agrupaban en el andén, llamando a sus hijos para regresar a casa. Los estudiantes se mezclaban entre ellos, algunos despidiéndose con prisa y otros quedándose un poco más para charlar. Justo frente al hospital de Girón, el movimiento era continuo, con personas que no pertenecían al colegio ocupando los estrechos andenes, formando filas para entrar al pequeño hospital del pueblo.

En un lado del portón, Luisa estaba con su novio, Luciano, quien era incluso más alto que ella y tenía un rostro bien definido que lo hacía destacar entre los demás. Él la abrazaba con una sonrisa confiada, pero ella no correspondía el gesto. Junto a ellos, los demás chicos de once reían y conversaban con sus respectivas novias, formando un círculo animado. El único que estaba solo era Eric, apoyado contra una pared cercana, con las manos en los bolsillos. Aunque no tenía compañía romántica, su expresión relajada y su sonrisa ocasional mostraban que no le molestaba.

En medio del gentío, Eric mantenía la mirada fija en la salida, buscando entre la multitud. En cuanto logró ver a López y Valencia saliendo entre el tumulto, alzó una mano en señal de saludo.

López y Valencia caminaban juntos, riendo entre ellos como si compartieran un chiste privado. López llevaba su mochila colgada de un solo hombro, sus ojos exploraban el bullicio a su alrededor. Valencia, con la mochila al frente y el pantalón roto por la caída ya olvidada, caminaba con las manos en los bolsillos, manteniendo una actitud relajada.

Al verlos, Luisa se tensó por un segundo. Su sonrisa nerviosa desapareció antes de que pudiera recuperarla, como si temiera que algo se notara. Luciano, ajeno a todo, continuaba abrazándola con la misma confianza de siempre, mientras ella levantaba una mano tímida para saludarlos, saludo el cual fue devuelto con sutileza por ambos.

Eric, que había permanecido apoyado contra la pared, se despidió de los chicos de once y caminó hacia López y Valencia con pasos tranquilos.

—Perdón por la demora, Valencia casi se va por el inodoro —bromeó López con una sonrisa amplia.

—Se hubiera ido, nos hacía un favor —respondió Eric, señalándolo con un movimiento de cabeza.

—Admita que me extraña y ya —añadió Valencia, guiñándole un ojo mientras se unía a las risas.

Los tres amigos partieron hacia la derecha, caminando con pasos despreocupados mientras dejaban atrás el bullicio de la salida. Luisa, aún abrazada por Luciano, intentó mirarlos una última vez, pero al final decidió no hacerlo y desvió la mirada hacia el portón.

Eric, López y Valencia continuaron su camino por la acera que bordeaba la empedrada del sitio. La bajada era irregular, y aunque estaban a salvo de tropezar con las piedras del camino, las risas y comentarios sobre lo estrecho de la acera mantenían el ambiente animado. Pasaron junto al hospital, dejando atrás la larga fila de personas que aguardaban su turno, y el bullicio empezó a desaparecer conforme se acercaban a la plazoleta del Cocal.

—¿Entonces qué? —preguntó Eric, rompiendo el silencio con tono casual—. ¿Pablo sí les dejó tarea? —.

Valencia resopló, sacando las manos de los bolsillos:

—Que para Semana Santa… —respondió con un gesto despreocupado—.

López bajó la mirada y luego la echó hacia atrás con molestia:

—¡Todavía falta una semana, y ya están jodiendo!—.

Eric no pudo evitar reírse mientras añadía con sorna:

—¿Quién los manda a no saber la diferencia entre mito y leyenda? —

La broma desató la indignación de los otros dos. Valencia, sin perder el humor, apuntó con una sonrisa amplia:

—¡Ojalá le vaya mal en el Icfes por sapo! —.

—Siga rezando, en esta vida y la otra —comentó Eric, riendo con confianza.

López frunció el ceño con sutileza y lo miró:

—Marica, esta vez sí se pasó… —dijo, molesto pero sin elevar el tono. Su comentario dejó clara su incomodidad, algo que Eric notó de inmediato.

—Perdón, en serio. Si quieren les digo la diferencia entre mito y leyenda —dijo Eric, levantando las manos en señal de disculpa mientras miraba a ambos.

López suspiró, dejando la molestia atrás:

—Todo bien. Para eso está ChatGPT—.

Valencia, fingiendo indignación, señaló a ambos con un dedo acusador:

—¡Bésense ahora! —exclamó antes de salir corriendo. Ya con ventaja, volteó para gritar:

—El último en llegar al puente de la plazoleta es gay—.

López y Eric se miraron y sonrieron, acostumbrados a los arranques de Valencia. Sin pensarlo mucho, le siguieron la cuerda, y una minicarrera se desató entre risas y un verdadero esfuerzo por dejar a Valencia de último.

La gente que caminaba por la empedrada se quedó observándolos, algunos con curiosidad y otros con indiferencia, pero ninguno de los tres pareció notarlo. Sus pasos resonaban con fuerza mientras aceleraban, esquivando pequeñas piedras y baches hasta que llegaron al puente. El resultado quedó claro: Eric primero, Valencia segundo y López en último lugar.

—¡No, no, no! —protestó López entre risas, apoyándose en sus rodillas para recuperar el aliento.

—¡Lo sabía! —respondió Valencia, jadeando mientras levantaba una mano con orgullo.

Eric, con las manos en la cintura, los miraba con una sonrisa confiada:

—Severo marica López— dijo, estirándose un poco.

El sprint les había robado el aliento, y por unos momentos solo se quedaron parados, tratando de recuperar la respiración. Fue entonces cuando algo inesperado ocurrió. Desde debajo del puente que conectaba a la plazoleta, un habitante de la calle emergió con rapidez.

Lo vieron escalar con destreza los bordes del puente hasta quedar frente a ellos. Tenía un costal al hombro y vestía un pantalón beige desgastado y roto en algunos puntos. Iba sin camisa, dejando al descubierto una musculatura que reflejaba fuerza, resistencia y una capacidad física notable, inusual para alguien de su edad y situación. Llevaba unas botas maltrechas pero funcionales, y su cabello, estilo militar, acentuaba su aspecto rudo. Su piel morena contrastaba con unos ojos verdes que parecían brillar con vida propia.

—¡Los Diegos! —saludó el hombre con una voz amigable mientras alzaba el pulgar en alto, el típico gesto de “todo bien”.

—¡Tata! —respondieron al unísono, chocando puños con él.

—¿Qué más Tatica? —preguntó Eric, extendiendo el puño con confianza.

—Bien pelao, aquí, yendo a trabajar —respondió Tata, devolviéndole el gesto con la familiaridad de alguien que lo había visto crecer.

—¿Va para la Broster? —preguntó Eric con curiosidad.

—Sizas —confirmó Tata, asintiendo con la cabeza.

—¡Vamos! —respondieron López y Valencia con entusiasmo, dando un paso hacia él.

—No pelaos. Están con el uniforme, eso es mucho azare. Mejor nos vemos luego —dijo Tata, al notar las miradas desaprobatorias que estaban recibiendo.

—¡Eso no importa! —protestó López, molesto, clavando su mirada en quienes pasaban y observaban con desdén.

—¡Que se vayan a la mierda esos hijueputas! —exclamó Valencia en voz alta, haciendo que varias personas voltearan a mirarlo.

Eric, como de costumbre, tomó el papel de mediador. Dio un paso al frente y sujetó a López y Valencia por los hombros.

—Nos vemos más tarde Tatica —dijo con calma, mientras intentaba relajar el ambiente.

—Va pa’ esa pelao —respondió Tata, mostrando el pulgar arriba a Eric antes de voltear hacia los otros dos—. Diegos, no den tanta papaya —les advirtió con una sonrisa cómplice antes de despedirse con un gesto.

Mientras Tata se alejaba por la misma empedrada que ellos recorrerían en unos momentos, López y Valencia intercambiaron miradas llenas de inquietud.

—¿Pero por qué se fue? —preguntó Valencia, alzando la mirada mientras veía cómo Tata desaparecía entre la multitud.

Eric, a su lado, respondió con tono sereno:

—Porque nos metería, y lo metería en un problema si lo ven hablando con estudiantes como si nada. Es mejor parchar sin el uniforme—.

Ambos asintieron con desgana. Aunque entendían las razones, no podían evitar sentirse incómodos por la situación. Sin decir mucho más, retomaron su camino hacia el centro del poblado de Girón.

A medida que avanzaban, el paisaje empezaba a transformarse. Las estrechas aceras empedradas se abrían paso hacia calles más amplias y bulliciosas. A ambos lados se alineaban innumerables tiendas: “Todo por 5 mil”, ferreterías, zapaterías, tiendas de ropa, pequeñas misceláneas, locales de celulares y un sinfín de vendedores ambulantes que competían por la atención de los transeúntes. Sus voces se alzaban en un coro de ofertas, mientras los peatones, cargados de bolsas, se movían con prisa, esquivando a otros en su camino.

En la carretera principal, los buses pasaban sin cesar, llenando el aire con el rugido de sus motores y el sonido de las bocinas. Los muchachos caminaban recto, perdiéndose entre el bullicio del pueblo. Cuando estaban cerca de la parte más concurrida, donde comenzaba el “poblado-poblado” de Girón, Eric se detuvo.

—Bueno, hasta aquí llego yo —dijo, señalando con la barbilla el conjunto Alicante Campestre, su destino.

—Vemos —respondió Valencia, chocándole el puño con camaradería.

—Hablamos —añadió López, devolviendo el choque de puños con el mismo gesto cómplice.

Valencia y López siguieron su camino hasta llegar al conocido Romboi de Girón, un cruce emblemático en el corazón del poblado. A medida que se acercaban, el aire se llenó con el bullicio característico de la zona. En el centro del cruce, los grandes árboles proyectaban sombra sobre los bancos dispuestos alrededor, donde algunos transeúntes se sentaban a descansar o a charlar. El lugar estaba vivo, rodeado de pequeños comercios y vendedores que ofrecían desde empanadas hasta cargadores de celular.

El continuo vaivén de motos, motocarros y taxis añadía ruido al entorno, mientras peatones esquivaban los vehículos con la soltura de quienes están acostumbrados al caos organizado del pueblo. Las calles empedradas conectaban con avenidas más transitadas, creando un contraste que reflejaba la esencia animada del lugar.

—¿Nos vemos el domingo? —preguntó López, antes de despedirse.

—Sizas —respondió Valencia, chocando puños con López. Luego giró hacia la izquierda, dirigiéndose a la zona donde quedaba el Pollo a la Brooster, lugar donde trabajaba Tata descargando mercancía. Como de costumbre, Valencia se detuvo un momento para saludarlo antes de continuar hacia su casa.

Por su parte, López continuó derecho, pasando frente a Drogas La Rebaja. Siguió avanzando cuadra tras cuadra hasta llegar a la calle 49. Allí giró a la izquierda y se detuvo frente a una casa al mero estilo colonial del pueblo: paredes blancas con bordes amarillos, una puerta de madera maciza y un pequeño balcón con plantas que colgaban de macetas de barro. Su hogar.

Empujó la puerta con familiaridad, dejando atrás el bullicio de las calles, y se adentró en el silencio de su casa, listo para empezar su fin de semana.

El cántico de “Eucaristía, milagro de amor, Eucaristía, presencia del Señor” resonaba en el aire, suave pero firme, marcando el inicio de la misa de las 11 en punto. Entre los fieles que se levantaban de sus bancos y entonaban la melodía con fervor estaban López y su abuelita materna, doña Ana, siguiendo al coro que dirigía con voces claras desde un lateral del altar.

A sus 60 años, doña Ana irradiaba una serenidad que solo el tiempo y la fe podían otorgar. Su cabello gris, recogido en un moño impecable, enmarcaba un rostro marcado por la experiencia, pero aún terso, reflejo de una vida dedicada al cuidado y la fortaleza. Vestía con sencillez y elegancia, un vestido de tonos neutros que hablaba de su respeto por la ocasión. A su lado, López permanecía erguido, con un aire tranquilo y respetuoso. Aunque la fe no era suya, López imitaba la devoción de doña Ana, un gesto de respeto hacia las creencias que para ella eran sagradas.

La basílica de Girón, majestuosa y solemne, se alzaba como testigo de siglos de historia. Las torres gemelas flanqueaban la entrada principal, alzándose contra el cielo azul con campanas que guardaban su eco. Sus paredes blancas, adornadas con detalles de piedra en tono beige, captaban la luz matinal, resaltando aún más su belleza colonial. El interior no se quedaba atrás. Altos techos abovedados, frescos religiosos y robustas columnas flanqueaban el pasillo central. El altar dorado resplandecía bajo la luz filtrada de los vitrales. El aroma a incienso flotaba en el lugar, mezclándose con el murmullo de los feligreses que llenaban cada rincón del recinto.

Las familias estaban distribuidas por todo el lugar. Algunos niños jugueteaban cerca de los bancos, ajenos a la solemnidad del momento, mientras sus madres intentaban mantenerlos quietos. Los ancianos se encontraban más cerca del altar, algunos rezando en silencio y otros siguiendo con devoción las palabras del sacerdote. Turistas y locales llenaban el amplio recinto, aportando al lugar un aire animado pero respetuoso.

La misa avanzaba con normalidad. Los cantos y las oraciones llenaban cada rincón de la basílica. López permanecía atento por su abuelita más que por la ceremonia en sí. Doña Ana sostenía su rosario con firmeza, inclinando la cabeza al ritmo pausado de las palabras del sacerdote, como si en cada gesto reafirmara su fe.

Al finalizar la ceremonia, el coro retomó su canto, despidiendo a los feligreses con un tono alegre. La multitud comenzó a salir de la basílica en un flujo continuo, inundando el parque de Girón, justo al frente del templo. Era mediodía, y el sol caía con fuerza, iluminando cada rincón del lugar. El parque, con su diseño clásico, lucía en su apogeo. Los caminos de piedra rodeaban una fuente central que lanzaba chorros de agua, refrescando el ambiente bajo el calor. Bancas de hierro forjado estaban ocupadas por familias, parejas y ancianos, mientras algunos niños corrían alrededor de los árboles que brindaban sombra preciosa.

Las palmas que adornaban el parque se erguían majestuosas, balanceándose con suavidad bajo la brisa ocasional. Los vendedores llenaban el lugar con sus coloridos puestos: helados, frutas, empanadas y dulces típicos. El aroma de obleas recién preparadas se mezclaba con el del café. Ese contraste dulzón era el alma cálida del pueblo.

A su alrededor, las fachadas coloniales de las casas y comercios completaban el cuadro: paredes blancas con tejas rojas, balcones adornados con flores y puertas de madera que parecían guardar historias centenarias. Todo el lugar parecía congelado en el tiempo, pero lleno del pulso de la vida cotidiana de los gironeses y forasteros.

López y su abuela se abrieron paso entre la multitud, deteniéndose en ocasiones para saludar a conocidos. El sol arrancaba un brillo cálido a sus rostros. Doña Ana, con su caminar pausado pero firme, parecía disfrutar del momento. Para López, acompañarla a misa y luego recorrer ese parque lleno de vida era una rutina, pero también una conexión con el encanto y la tranquilidad que el pueblo de Girón ofrecía.

López, a pesar del amor que sentía hacia su abuela y sabiendo que estaba creando momentos especiales con ella, tenía otras dos razones para acompañarla cada domingo. La primera, sin excepción alguna, era el helado que doña Ana siempre le compraba al finalizar el paseo. La segunda razón, sin embargo, lo esperaba unos metros más allá del parque.

Saliendo a la derecha de la iglesia, cruzaban la carretera y pasaban junto a la Panadería Croasantina, cuyo aroma a pan recién horneado siempre flotaba en el aire. Más adelante, una fila de locales se desplegaba, ofreciendo desde reparaciones de celulares hasta papelerías, peluquerías y tiendas de regalos. Entre estos establecimientos, destacaba un pequeño negocio de artesanías, modesto en apariencia pero cuidadoso en cada detalle: el negocio de la abuela materna de Luisa.

Doña Ana empujó con mesura la puerta de madera, que emitió un ligero crujido al abrirse. En el interior, el aroma del “Fabuloso” y el “Tante” lo envolvió todo, mezclándose con la frescura característica del lugar. Las paredes estaban adornadas con estanterías repletas de collares, aretes, manillas, pulseras. Todo hecho a mano, y organizados con precisión. El mostrador principal, de madera oscura, tenía una vitrina que exhibía las mejores muestras de la artesana.

—Buenos días mija—saludó doña Ana con su tono afable, mientras López, acostumbrado a la rutina, se adelantó a explorar una esquina donde siempre encontraba algo que llamara su atención. Desde detrás del mostrador, una figura se giró al oírla, dejando lo que hacía para atenderlos.

Luisa, sin decir palabra, les dedicó una mirada tranquila y preparó todo con la misma naturalidad de siempre. Aunque el helado aún no llegaba, López sabía que esta parada formaba parte del ritual. Mientras su abuela conversaba de forma puntual con Luisa, él se permitió observar el lugar, percibiendo los pequeños detalles que lo hacían único: la luz tenue que entraba por las ventanas, las notas escritas a mano en algunos productos, e incluso una pequeña planta que se balanceaba con delicadeza al lado del mostrador.

El silencio en el local se extendió más de lo esperado, y López se encontró observando de nuevo aquella planta que parecía moverse al compás de su respiración. Fue entonces cuando la voz firme de su abuela rompió la quietud:

—Mijo, ¿no va a saludar? —

López alzó la vista, algo incómodo por la atención repentina. Y ahí estaba ella. Su presencia no pedía permiso; solo se imponía. El vestido wayuu que llevaba, de un violeta profundo con bordados azul aguamarina, parecía moverse con vida propia bajo la tenue luz de la tienda. Pero no era solo el vestido. Era ella.

Alta. Arrolladora. La clase de presencia que uno no puede ignorar. Su piel morena brillaba como si atrapara los rayos del sol que apenas lograban entrar por las ventanas. El cabello largo y lacio caía sobre sus hombros con una perfección tan irreal que López casi sintió que lo hacía a propósito.

Cuando su mirada llegó a su rostro, no pudo evitar perderse en aquellas pecas. Esas diminutas manchas que adornaban sus mejillas, idénticas a las suyas, como un eco que resonaba más de lo que él quisiera admitir. Pero sus ojos... esos ojos oscuros lo atraparon con una intensidad que lo inquietó. Era una mirada fija, como si pudiera atravesar cualquier barrera y ver algo dentro de él que prefería esconder.

En cualquier otro momento, habría desviado la mirada hacia aquel atrapasueños que siempre oscilaba en su cuello, pero hoy algo en ella lo detuvo. Estaba tan hermosa que no pudo evitar perderse en ella.

—Hola… —dijo al fin, su voz sonando más seca de lo que pretendía.

—Hola —respondió Luisa con un tono bajo, casi inaudible. La incomodidad era palpable en su postura, y ambos desviaron la mirada casi al mismo tiempo. Luisa dirigió su atención a doña Ana, forzando una sonrisa que delataba cierto nerviosismo.

La abuela, en cambio, sonrió con picardía, como si disfrutara del momento. Tras un breve silencio, habló:

—Mijo, ¿por qué no va con Luisa por un helado? Yo tengo que hablar con la comadre—.

Ambos se quedaron petrificados por unos segundos al escuchar aquello. López miró a su abuela, esperando encontrar alguna señal de broma en sus palabras, pero lo único que halló fue una mirada firme que dejaba claro que no aceptaría un “no” como respuesta.

—Sí señora —dijo al final, con un suspiro interno de resignación. Caminó hacia donde ella, quien ya sacaba un billete de 20 mil pesos de su monedero. López lo tomó en silencio, y luego miró a Luisa, haciéndole una seña con la cabeza.

Luisa, que parecía tan sorprendida como él, asintió sin dudar y comenzó a salir del mostrador. Sin embargo, justo antes de cruzar al otro lado, se detuvo de golpe y murmuró:

—Mi nonita no está…—.

Doña Ana, sin perder la calma, respondió con dulzura:

—Tranquila, yo cuido del local. Ve—.

Y, acercándose, le susurró al oído con una sonrisa:

—No te preocupes mijita, disfrútalo—.

Luisa, aunque a simple vista nerviosa, agradeció el gesto con una leve inclinación de cabeza, sus mejillas teñidas de un tenue sonrojo. Todo esto sucedía mientras López esperaba junto a la puerta, con las manos en los bolsillos, fingiendo que no había oído nada.

Tan pronto como Luisa llegó hasta él, López abrió la puerta sin mirarla a los ojos y salió al exterior, sintiendo cómo el aire fresco del parque le ayudaba a despejar un poco la tensión acumulada en los últimos minutos. Ambos caminaron en silencio hacia el parque, pero antes de llegar, giraron a la izquierda hacia una tienda de helados artesanales.

López pidió un cono de helado de chocolate, sencillo y directo, mientras Luisa, tras unos segundos de indecisión, optó por un cono doble de vainilla. Desde que se dirigieron a la heladería hasta que salieron con sus helados en mano, ninguno de los dos habló. El silencio los acompañó también en el camino de regreso, resaltando aún más la incomodidad que compartían.

Luisa se preguntaba, «¿Por qué estoy tan nerviosa?». Mientras tanto, López se gritaba a sí mismo, «¡Cálmate idiota!». A cada paso, sentía cómo las miradas del resto de la gente se posaban en ellos, o más bien, en Luisa. Su presencia parecía atraer todas las atenciones, lo que no ayudaba en absoluto a calmar sus nervios.

Fue entonces cuando vieron una banca vacía, recién desocupada, en medio del parque. En aquel momento, ambos pensaron lo mismo, sin embargo, una familia que venía desde otro lado parecía tener la misma intención. López titubeó por un momento, pero al mirar de reojo a Luisa y ver cómo seguía su mirada hacia la banca, tomó una decisión.

Sin pensarlo demasiado, tomó su mano.

Ella lo miró sorprendida, pero antes de que pudiera decir algo, él ya la había jalado con delicadeza, y comenzaron a correr. Con helado en mano, esquivaron el camino empedrado mientras el chocolate de López comenzaba a derretirse con cierta urgencia por un costado.

—¡Corra que nos ganan! —dijo López, entre risas nerviosas que no sabía si eran por la situación o por el absurdo de correr con helados en la mano.

La banca parecía alejarse con cada paso, pero llegaron justo antes que la familia, quienes, al notar su determinación, se detuvieron con una mezcla de resignación y diversión.

López y Luisa se dejaron caer en la banca, jadeando con suavidad. El helado de Luisa seguía intacto, mientras que el de López mostraba una grieta que amenazaba con desmoronarse en cualquier momento.

—Casi nos ganan….. —murmuró López, rompiendo el silencio con un intento torpe de normalidad.

Luisa soltó una risa breve mientras observaba su helado:

—Pensé que iba a perderlo… —dijo en voz baja, como si hablara más para sí misma que para él.

López la miró de reojo por un momento, notando el leve sonrojo en sus mejillas. Luego, desvió la mirada hacia su helado, dándole una mordida para ocultar la sonrisa, que sin poder evitarlo, asomaba en su rostro.

A su alrededor, las risas de niños y el murmullo de las familias llenaban el espacio, pero para ellos, la banca parecía aislada del resto del parque. En un arranque de conciencia, López volvió en sí y se dio cuenta de que aún sostenía la mano de Luisa. Alarmado, intentó soltarla con prisa, pero para su sorpresa, ella no lo permitió y se aferró a su mano.

Con una risa breve, Luisa miró su helado intacto y dijo en voz baja:

—¿Qué harás este sábado? —preguntó Luisa, rompiendo el silencio.

López afianzó el agarre de su mano y respondió sin mucho pensar:

—Ir al cumpleaños de una amiga—.

Aquella respuesta pareció incomodarla un poco:

—¿Una muy buena amiga? —preguntó, intentando sonar casual.

—Sí, mi mejor amiga —dijo López, aunque su agarre perdió algo de firmeza—. ¿Te puedo preguntar algo?

—¡Sí! —respondió Luisa de inmediato, la expectación marcándose en su rostro.

López tomó aire, y girándose hacia ella, preguntó:

—¿Por qué… te ennoviaste con Luciano? —.

Luisa desvió la mirada de golpe, enfocándola en su helado. López guardó silencio, esperando su respuesta, notando cómo la tensión entre ellos crecía.

—Me invitó a salir… y ya —respondió con algo de duda, entendiendo la simplicidad de su respuesta.

—¿Solo por eso? —insistió López, sintiendo cómo ella esquivaba la pregunta.

—Tal vez esperé mucho… y no sé, es muy confuso —admitió Luisa, su agarre debilitándose.

—¿Qué es confuso? —preguntó López, apretando su mano con más fuerza.

—Que uno quiere algo… y piensa que se hará realidad, pero luego no pasa nada —dijo Luisa, esta vez girándose para mirarlo a los ojos.

—Tal vez… ese algo esperaba el momento perfecto —respondió López, también sosteniendo su mirada.

—¿Cuándo? —preguntó Luisa con seriedad, su corazón latiendo con fuerza.

López bajó la mirada, comenzando a acariciar la mano de Luisa con su pulgar.

—Cuando ese algo sea digno. La realidad es muy brillante, y ese algo es opaco —dijo, subiendo lentamente la mirada hacia ella—. Querer que la realidad deje de ser una fantasía es algo que ese algo desea, pero tiene miedo de que… si la fantasía se vuelve realidad, tal vez terminen separándose. Aunque, lo que en serio le aterra es que esa mirada, que pensó solo suya, se la dé a alguien más… Ese algo es muy egoísta, y la realidad es libre y no puede encadenarla… pero la quiere para sí mismo —afirmó, su voz cargada de emociones reprimidas.

Luisa lo escuchó con atención, sus ojos brillando con una mezcla de comprensión y emoción:

—¿Y-Y ese algo ha pensado en lo que la realidad quiere? —preguntó con suavidad.

—No… —admitió López—. Solo ha pensado en lo que él quiere, porque tiene mucho miedo de que la realidad se vaya, y lo deje con nada más que una amarga fantasía.

Luisa respiró hondo y dijo, con una sonrisa cargada de emociones:

—¿Y si la realidad también quiere la fantasía? —.

López la miró sorprendido, procesando sus palabras:

—Pero… la realidad tiene otra realidad ahora —respondió, inseguro.

—No más —dijo Luisa, su sonrisa ampliándose, iluminando todo su rostro.

—¡¿KHE?! —gritó López, poniéndose de pie de golpe, apretando su helado con tanta fuerza que este se rompió, llenándole la mano de crema derretida—. ¡Aaa! —gritó, sacudiendo la mano mientras el helado chorreaba por sus dedos, pero sin soltar la mano de Luisa.

Luisa no pudo contener la risa, sus carcajadas llenando el aire entre ellos, mientras López intentaba, sin éxito alguno, mantener algo de dignidad con la mano pegajosa aún entrelazada con la de ella.

Lo observó con atención, con la excusa de su torpeza con el helado, pero en realidad buscando algo más. Para los demás, López tal vez pasaría desapercibido: el chico de baja estatura con pecas en las mejillas y un cabello que gritaba por un corte. Pero para ella, era imposible no verlo.

Esa camisa polo blanca con rayas marrones, metida en su pantalón marrón ancho, la correa que parecía ajustada con precisión y los tenis blancos sin ninguna mancha, todo eso parecía hablar de alguien que cuidaba cada detalle, aunque su naturalidad hiciera parecer lo contrario. Pero no era su ropa lo que la atrapaba, sino cómo esa imagen sencilla reflejaba a la persona que él era: alguien que irradiaba autenticidad sin siquiera intentarlo.

López siempre había sido mucho más que lo que los ojos podían captar. Era el niño que, con una sonrisa, había logrado hacerla reír cuando creía que no podía, un pequeño pero poderoso lucero que iluminaba sus días más grises. En ese momento, mientras él luchaba con el desastre del helado en su mano, ella no veía torpeza; veía a alguien que le traía una alegría tan sincera, que por un instante, el resto del mundo dejó de importar.

Mientras lo miraba, López levantó la vista y notó su mirada. Por un segundo, pareció confundido, pero luego sonrió, de esa forma que siempre parecía involuntaria, casi tímida.

—Bobo…—murmuró Luisa, con una sonrisa que reflejaba todo lo que sentía.

Él frunció el ceño, bajando la vista hacia el desastre de su helado:

—Mi helado… —dijo, achicopalado, como un niño al que acaban de quitarle su juguete favorito.

Luisa desvió la mirada hacia su propio helado, que seguía intacto, y dejó escapar una risa breve.

—¿Quieres? —preguntó, extendiéndoselo con delicadeza, aunque en su interior sabía que esa palabra decía mucho más de lo que parecía.

López caminó hacia Luisa, tomó el helado y le dio un mordisco mientras la miraba, dejando que su mirada hablara por él. Luego, con una calma que él mismo no sabía que poseía, se sentó a su lado y entrelazó sus dedos.

Luisa, sorprendida y con las mejillas al rojo vivo, se recostó en su hombro sin decir una palabra. Por unos segundos, todo pareció perfecto, pero entonces López volvió a ser López: su cuerpo se tensó, y el miedo comenzó a notarse en sus movimientos torpes. Luisa lo notó de inmediato, y en lugar de apartarse, soltó una sonrisa que hablaba de ternura y complicidad.

Pasaron varios minutos en silencio, compartiendo el helado. Las palabras eran innecesarias; el simple hecho de estar juntos era lo único que importaba. Cuando el helado llegó a su fin, Luisa tomó el último bocado y lo saboreó con una sonrisa de satisfacción.

—¿Pa-pasamos el descanso juntos… solos? —preguntó López, rompiendo el silencio con una mezcla de valentía y nerviosismo.

—¡Sí!—respondió Luisa de inmediato, su sonrisa iluminando el momento. Antes de que López pudiera decir algo más, ella se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

Ese simple gesto lo dejó paralizado, su mente al borde del colapso. “Casi despertando al titán”, pensó con una risa interna, pero decidió no arruinar el momento con un comentario tonto.

Con las manos aún entrelazadas, caminaron de regreso a la tienda de la abuela de Luisa. Al entrar, ambas abuelas los esperaban con expresiones que mezclaban picardía y aprobación, cada una sosteniendo una taza de tinto en las manos.

Luisa, que hasta hacía poco había estado tranquila, ahora parecía un tomate, evitando cruzar la mirada con las mujeres. López, en cambio, no soltó su mano y entró con calma, como si el gesto fuera lo más natural del mundo. Ese pequeño acto hizo que Luisa se sonrojara aún más, mientras ambas abuelas compartían una mirada que decía lo mismo: “Muy buen mijo”.

López y Luisa siguieron avanzando hacia el interior de la tienda. López saludó a doña Yoruja, quien, al igual que doña Ana, se veía conservada para su edad. Con una sonrisa pícara mientras sostenía su taza de tinto, respondió al saludo con amabilidad, pero sin perder la oportunidad de añadir algo de malicia.

—¿Y ustedes para dónde van? —preguntó, con un tono que hizo que Luisa se tensara de inmediato.

—Pa-para el cuarto... —tartamudeó Luisa, roja como un tomate.

López la miró con los ojos bien abiertos, el color subiendo de inmediato a su rostro. Ambas abuelas rompieron en carcajadas, disfrutando de la incomodidad de los jóvenes.

—Nada de cuarto…—dijo doña Yoruja entre risas—. Se quedan aquí con nosotras—.

Sin más opción, López y Luisa se sentaron junto a ellas. La conversación transcurrió como todos los domingos, entre anécdotas familiares, chismes y risas. Fue entonces cuando doña Yoruja, con su tono siempre maternal, propuso:

—¿Por qué no se quedan a almorzar? Estoy haciendo sudado con sopa de patacones, como a ti te gusta mijo—.

López levantó la vista hacia su abuela, pero fue doña Ana quien intervino con un gesto amable:

—Comadre, gracias pero no podemos. Ya tenemos planes para almorzar en la “Marinada” con mi niña y Carlos—.

López asintió con la cabeza, agradeciendo con educación mientras negaba de forma discreta con una sonrisa. Sin embargo, no pudo evitar volver a mirar a Luisa, quien ya no estaba sonrojada, pero lo miró con cierta tristeza al darse cuenta de que no se quedaban a almorzar.

Sin embargo, doña Ana, al notar la tristeza de su ya proclamada nieta, decidió especiar las cosas:

—Comadre, ¿y por qué no nos acompañan? —preguntó con una sonrisa traviesa que delataba sus intenciones.

Doña Yoruja captó de inmediato la indirecta de su amiga y dirigió su mirada hacia su ya proclamado nieto, quien parecía iluminarse con la sola idea de compartir el almuerzo juntos. Sin embargo, manteniendo su compostura, propuso una alternativa:

—Hagamos algo, almorcemos todos juntos este domingo—.

Luisa, incapaz de contener su emoción, la miró sonriendo de oreja a oreja, como si aquella propuesta fuera el mejor regalo que podía recibir.

Doña Ana entendió el plan, y sin perder su picardía, regaló a su comadre del alma una mirada maliciosa que confirmaba la complicidad entre ambas. Mientras tanto, los dos jóvenes, emocionados, se tomaron de las manos, intercambiando una mirada que hablaba más que cualquier palabra.

Después de un rato más de charla y risas, llegó el momento de despedirse. López, una vez más poseído por una confianza fuera de lo común, se acercó a Luisa. Se puso de puntillas, acortando la distancia entre ellos, y le dio un beso en la mejilla, dejando que el gesto hablara por él.

Luisa, emocionada, sorprendida y apenada al mismo tiempo, intentó devolverle el beso, pero fue detenida por doña Ana, quien, entre risas, exclamó:

—¡No estén tan calenturientos, mano!

La broma desató carcajadas en doña Yoruja, dejando a Luisa aún más roja mientras López solo podía bajar la cabeza, intentando ocultar su sonrisa.

—Mijo, ¡échese hielito! —añadió doña Yoruja, provocando que ahora fuera López quien se pusiera rojo como un tomate, mientras Luisa soltaba una sonrisa divertida.

Tras la despedida, cada abuela dedicó el resto de la tarde a molestar a su respectivo nieto. Doña Ana no dejó de recordarle a su nieto la importancia del condón, mientras doña Yoruja se reía al recordar lo rojo que había quedado Luisa, asegurándole que ya no había nada que disimular.

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