Amén.
El aire en el condado de Saint Michael siempre olía a incienso, a madera antigua y a tierra mojada. Era un lugar pequeño, donde las campanas de la iglesia resonaban cada domingo, marcando el ritmo de las vidas de aquellos que, como Taehyung, se dejaban guiar por la fe. El año era 1996, un tiempo en el que las dudas eran sombras que se disipaban con la luz de las velas en la misa matutina, y las preguntas se ahogaban en el eco de las oraciones.
Taehyung creció entre libros sagrados, susurros en latín y la serenidad de las aulas del seminario. Huérfano desde pequeño, la iglesia le había dado algo que el mundo nunca podría: pertenencia. El padre Gong Yoo, su único referente de paternidad, lo cuidaba como un hijo, guiándolo por los caminos de la fe, enseñándole a amar a Dios, a sentir su presencia en cada rincón de la vida. La vida de Taehyung estaba predestinada, y no había dudas en su corazón: sería sacerdote, dedicaría su vida a servir y a seguir el llamado divino.
Pero, aunque el amor por la religión lo envolvía, una semilla de inquietud comenzaba a crecer en su interior, una que no podía nombrar. La fe no estaba exenta de sombras, y las normas que dictaban su destino a veces parecían más pesadas que la misma cruz que el sacerdote llevaba sobre sus hombros. Sin embargo, en su alma purificada por años de devoción, Taehyung solo sabía una cosa con certeza: no importaba lo que viniera, siempre encontraría consuelo en la palabra de Dios, siempre respondería al llamado.
El sol se alzaba sobre el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja suave mientras la misa dominical comenzaba, y Taehyung, con la mirada fija en el altar, repetía en su mente lo que sabía que algún día diría con su propia voz: “Amén.”
El día que la familia Jeon llegó a Saint Michael, el sonido de las ruedas de la motocicleta de Jungkook rompió la quietud del pueblo. La moto rugió por las calles empedradas, una manifestación de rebeldía contra las normas que Taehyung había aprendido a seguir con devoción. Jungkook no era como los demás jóvenes del pueblo, no se detenía en las iglesias ni se inclinaba ante el altar; su alma parecía perdida, agitada como el viento que sacudía las ramas de los árboles. No creía en Dios, ni en nada. Solo creía en la libertad que le ofrecía su moto y su indiferencia hacia el mundo.
Sus padres, desesperados por encontrar una solución, acudieron a la iglesia, con la esperanza de que el sacerdote, el padre Gong Yoo, pudiera ayudarles a guiar a su hijo por el camino de la fe. Ante su ruego, el padre accedió a una petición que nunca había hecho: le pidió a Taehyung que se acercara a Jungkook, que lo vigilara, lo guiara, y, si era posible, se convirtiera en su amigo. Taehyung, con su corazón lleno de fe, aceptó sin dudar.
Al principio, todo parecía sencillo. Jungkook, con su actitud altiva y su mirada desafiante, nunca mostró mucho interés en las lecciones de la iglesia. Pero con el tiempo, la relación entre él y Taehyung comenzó a cambiar. Jungkook, en su forma rebelde, empezó a hablar con Taehyung sobre temas que nunca antes había tocado con otro ser humano, y entre esas conversaciones, hubo una que dejó una marca indeleble en el joven seminarista.
“¿Qué pasaría si a mí me gustaran los hombres?” Jungkook preguntó una tarde mientras ambos caminaban por el sendero junto a la iglesia, la luz del atardecer pintando todo de tonos dorados.
Taehyung se detuvo un momento, su mente atónita ante la pregunta. Las enseñanzas de la iglesia, la palabra de Dios, nunca habían tocado ese tema de forma clara. En su corazón, había siempre certeza sobre el camino hacia el cielo, pero ahora, frente a la vulnerabilidad de Jungkook, Taehyung no estaba tan seguro. “¿Y si...?“, pensó, sintiendo una pequeña chispa de duda.“¿Y si a mí también me gustaran los hombres? ¿Podría aún ir al cielo?”
Esa noche, Taehyung se arrodilló ante el altar, su mente llena de preguntas que no sabía si podría responder. Mientras el eco de las campanas resonaba en el pueblo, Taehyung entendió algo que no había considerado: las dudas también formaban parte de la fe.
