1.
Un día más.
Mew pasó la tarjeta de plástico por el lector y entró en su área de trabajo. Llevaba ya diez años en aquel edificio y no habían cambiado ni un azulejos. Para alguien como el, que trabajaba en contabilidad, era inexplicable que la empresa hubiera repercutido pérdidas el último año, como había escuchado un día en la sala de descanso.
Poco a poco ese dato se convirtió en un rumor. Todos lo sabían. Desde la central enviaron unos auditores.
Mew no participaba en los corrillos de chismorreo. No le gustaba, aunque esta vez sentía curiosidad.
Empezó a preocuparse por su puesto. Había entrado allí para hacer las prácticas de la Universidad y por su eficiencia le ofertaron un contrato de seis meses que luego se convirtió en un indefinido.
Y eso le gustaba. Sabía exactamente cuánto cobraba cada mes, que trabajo haría cada día y esa rutina le resultaba confortable. Secuelas de un trauma de niñez, que recordaba vivida en pisos compartidos durmiendo en una cama con su madre, y luego en un piso tutelado que les habían prestado en los servicios sociales. Su padre había desaparecido en algún momento en su primera infancia, llevándose como siempre recordaba su madre "hasta el dinero de la hucha de emergencia".
Sí, le gustaba la rutina y mirar su cuenta corriente engrosarse. Seguía viviendo con su madre para ahorrar. Finalmente su madre tenia una estabilidad cuando una tía murió y le dejó su casa. Tenía que levantarse temprano porque estaba lejos de las oficinas, pero en algún momento tendría suficiente para comprarse una vivienda propia. Alquilar era tirar dinero, se repetía.
Además tampoco es que tuviese mucha necesidad de irse. Su vida amorosa llevaba años en la indigencia. Si lo pensaba bien era porque le daba ansiedad complicar su vida metiendo en ella a alguien más. Pero ya había pasado mucho tiempo.
Cosa que se encargaban de recordarle constantemente sus compañeros de su otro trabajo. Aunque no le gustaba llamarlo trabajo. Era en realidad su salvavidas, su válvula de escape, su lugar seguro y además ganaba dinero.
Había empezado a hacer espectáculo de drag por casualidad. Nunca había sido de esos niños que roban a su madre el maquillaje. Le gustaban los hombres pero no por ello había renunciado a su masculinidad.
Era extraño que alguien como él hubiese acabado vistiéndose con lentejuelas y trajes de fantasía mientras hacía un show de canciones y humor. Allí había descubierto todo un mundo alternativo que vivía en la noche, desde transexuales que ahorraban para operarse, mujeres que amaban esa estética e iban a verles siempre, hombres que se sentían más cómodos vestidos de mujer y otros como él, que llevaban una doble vida bien separada.
Eran sus dos realidades, y lo mejor era que ninguna chocaba con la otra.
Su madre creía que esas noches dormía con presuntas novias. No se había atrevido a decirle que era gay ya que su madre había llegado a la firme convicción de que su hijo era el único ejemplar macho humano bueno.
Volvió a la realidad, ese día tenía que cuadrar cuentas de unos barcos con mercancías alimenticias que habían salido el día anterior. Tenía tiempo para tomarse un café.
Entonces se fijo en que nadie trabajaba y todos iban de un lado a otro.
-Mew, ha venido la policía.
Miró a una compañera a la que no ponía nombre asimilando sus palabras. Y rememorando su nombre. Yan.
-¿Por qué ?
-Si salieses de tu burbuja de vez en cuando... los auditores llegaron a la conclusión de que el presidente estaba desfalcando dinero y lo tenía en cuentas privadas.
Mew vio al presidente que salía rodeado de policías. Los funcionarios llevaban cajas y ordenadores.
-¿Nos van a despedir?
Ambos miraron entonces su teléfono móvil. E-mail entrante.
Orden de seguir en sus puestos hasta que llegase un encargado desde la central, que revisaría la auditoría y decidiría de quien prescindir y quien no.
-Parece que todo va bien -dijo el.
Se dirigió a su mesa y como cada día se puso a trabajar.








