Capítulo I: La caravana
KAEL.
El frío mordía mi piel mientras corríamos, el aire helado se colaba entre mis ropas como si intentara arrancarme cualquier rastro de calor. Cada paso era un golpe seco contra el suelo, un eco en el silencio de la noche que solo era interrumpido por la respiración acelerada de Zelenka a mi lado.
“¿Por qué estoy aquí?”
La pregunta se aferraba a mi mente como un parásito, creciendo con cada latido.
¿Era realmente por Zelenka?
¿O era por mí?
Quizás quería demostrar que valía algo, que no era solo un huérfano perdido en la miseria, sino alguien capaz de cambiar el destino de otros.
Mi cuerpo seguía avanzando, pero mi mente era un campo de batalla.
Fue entonces cuando su aroma me alcanzó, limpio y fresco, como si no perteneciera a este mundo.
En un lugar donde el agua era un lujo, donde la suciedad era parte del aire, ella desafiaba las reglas del entorno, como si se negara a ser consumida por él.
Esa simple diferencia me golpeó como un puñal.
—Ya llegamos.
Su voz cortó el aire como una hoja afilada.
—¡Ya llegamos!
Parpadeé, despertando de mis pensamientos.
—Perdona.
Mi voz salió más suave de lo que esperaba, como si tratara de disipar el peso invisible que cargaba el momento.
Zelenka me miró de reojo, como si pudiera ver a través de mi fachada.
—Imagino que todo esto te ha dejado pensativo, pero quiero agradecerte, Kael. Por todo lo que haces por mi hermana y por mí.
Solté una risa amarga.
—Mis amigos cargan tanto como yo, quizá más. Tu petición no llegó en el mejor momento. El padre de Melo está enfermo. Thiara... su vida es un infierno constante del que apenas habla, y Stef, ella no es diferente. Si tuviera una familia a la que preocuparme, probablemente estaría igual que ellos, atrapado en una vida que no puedo controlar.
Zelenka bajó la mirada.
—Entiendo, y creo que les debo una disculpa.
—Descuida. Ambas son bienvenidas a nuestro círculo. Pero… ¿los nobles a los que sirves te permitirían algo así?
Una sonrisa ligera se formó en sus labios.
—Lo dudo. Pero siempre puedo fingir que necesito algo del mercado, o... quizá de noche, podría escabullirme para visitarlos.
No pude evitar sonreír también.
—Es momento de movernos.
Frente a nosotros, la caravana se alzaba como una fortaleza sobre ruedas.
No era solo un grupo de carretas.
Era un despliegue de poder, una advertencia silenciosa de cuán despiadado podía ser este mundo.
Cuarenta y cinco bestias Líbrorath tiraban de los carruajes, sus cuernos curvados reflejaban la luz de las antorchas, sus gruesos pelajes oscilaban con cada paso.
Las carretas, reforzadas con hierro y madera de roble, avanzaban con precisión militar, sus ruedas dejando marcas en la tierra húmeda.
Las llamas de las antorchas devoraban las sombras, como si se aseguraran de que nada se escondiera en la oscuridad.
Y ahí, en el centro de todo, estaba él.
Hugh.
El capataz.
Un hombre de complexión corpulenta, con una postura que gritaba autoridad.
Su cabello gris y corto estaba peinado hacia atrás, su barba bien recortada le daba un aire de hombre experimentado.
Pero lo que más destacaba era su mirada.
Pequeños ojos marrón oscuro, siempre atentos, siempre alerta.
Había una cicatriz sobre su ceja derecha, un recuerdo de un asalto fallido.
Si esa herida le dolía, no lo demostraba.
Nos estudió con la paciencia de un cazador.
Finalmente, su voz raspó el silencio con un tono tan firme como el acero.
—Buenas noches, jóvenes intrépidos. Me llamo Hugh, y claro que pueden unirse. Tomen sus provisiones y prepárense para el viaje.
Nos entregó un pan blando, aún tibio, y una cantimplora de Vynar.
La bebida, ligeramente amarga, se deslizó por mi garganta con un golpe revitalizante.
Era como si el líquido llevara consigo la resistencia de quienes habían recorrido este camino antes que nosotros.
—¿Han hecho esto antes?
Sus ojos se movieron entre Zelenka y yo, buscando mentiras.
Antes de que pudiera responder, Zelenka alzó la barbilla.
—Sabemos lo suficiente.
Hugh soltó una risa breve, cargada de sarcasmo.
—Claro que sí.
Su tono se endureció.
—Escuchen con atención: aquí no hay espacio para distracciones ni debilidades. Si alguno de ustedes causa problemas o se queda atrás, no espere una mano amiga. Este camino no perdona a los que titubean.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Sus palabras pesaban más de lo que quería admitir.
Este camino no perdona a los que titubean.
Zelenka no se inmutó.
Yo, en cambio… sentí mi estómago tensarse.
—¿Cuál será la paga?
Hugh me miró con una intensidad que parecía atravesarme.
—La paga se entregará al llegar al destino.
Cada esquirla depende de que todo llegue intacto.
Si algo se pierde o alguien provoca problemas…
No verán ni una sola Esquirla.
El aire se volvió más denso.
Y luego, soltó la cifra.
—Quince esquirlas para cada uno que llegue al destino con todo en orden.
Mis ojos se abrieron de par en par.
Quince esquirlas.
Cinco veces más de lo que jamás esperé ganar en un solo trabajo.
Miré a Zelenka.
También estaba sorprendida.
Pero en su mirada… había algo más.
Ambición.
Esperanza.
Hugh se cruzó de brazos, su tono volviéndose aún más severo.
—Pero no se equivoquen.
No será fácil.
Si algo sale mal…
No verán ni una sola Esquirla.
Zelenka dio un paso al frente.
Su postura hablaba por ella.
Había tomado una decisión.
—Kael, con esta paga podremos comprar las medicinas para mi hermana. No sé cómo agradecerte por esto.
Esbocé una sonrisa ligera, no tanto por alegría, sino para disipar la tensión.
—Zelenka, por ahora, concentrémonos en no cometer errores.
Nuestros ojos se encontraron.
Ella buscaba algo en mí.
Algo que yo aún no tenía claro.
Finalmente, asintió.
Y su sonrisa, tenue pero determinada, me dijo más que cualquier agradecimiento.
Había esperanza en sus ojos.
Frágil.
Pero inquebrantable.
Por primera vez en mucho tiempo…
Sentí que teníamos una oportunidad.
La caravana avanzaba con el ritmo pausado de una bestia dormida, el crujido de las ruedas contra el suelo rocoso mezclándose con los gruñidos de los Líbrorath, esas criaturas imponentes cuyo poderío era tan brutal como su temperamento. Sus cuernos desafiaban la penumbra mientras sus enormes patas removían la tierra como si la misma ciudad les quedara pequeña. Eran la fuerza que movía este convoy, un recordatorio viviente de que en este mundo solo los fuertes podían continuar adelante.
Seis relojes de arena nos separaban de la próxima ciudad.
Y cada uno de los Líbrorath tenía seis personas encargadas de guiarlos y evitar que se desviaran del camino. Zelenka y yo estábamos entre ellos.
El aire nocturno era denso, cargado de sonidos distantes que parecían susurrar advertencias. Los Durvalkas patrullaban la caravana, sus colmillos afilados brillaban bajo la tenue luz de las antorchas, una amenaza silenciosa para cualquier idiota lo suficientemente insensato como para intentar acercarse. Sus ojos luminosos, como brasas encendidas, atravesaban la oscuridad, asegurándose de que ninguna sombra se moviera sin su permiso.
Y aun así, había algo más inquietante que la propia noche.
Un hombre caminaba cerca de nosotros, su silueta rígida y su andar calculado como si cada paso fuera una decisión premeditada. No levantaba la mirada, sus ojos evitaban cualquier contacto visual, como si nuestra mera existencia le resultara incómoda. Había algo en su rostro que despertaba un eco en mi memoria.
¿De dónde lo conozco?
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era miedo. Era una advertencia.
Pero no tenía tiempo para distraerme. Debía concentrarme en el camino.
En el corazón de la caravana, un muro humano de setenta y dos guardias rodeaba las carretas más valiosas. Brillaban bajo la luz de las antorchas, como un tesoro esperando ser reclamado por los más osados. Pero no cualquiera se acercaría a esas carretas. El despliegue de fuerza era imponente, un claro mensaje de que no habría clemencia para quienes osaran robar.
“Debe ser por los infectados.”
Esa era la única explicación para tanta precaución.
Pero… ¿y si no lo era?
Algo más me inquietaba, algo en la forma en la que los guardias se movían con una tensión apenas contenida.
¿Qué más hay allá afuera que yo no conozco?
Pensar en eso me dejó un sabor amargo en la boca.
La verdad era simple: no sabía nada del mundo.
Para un Nim como yo, el mero hecho de tener la libertad de elegir un trabajo en esta caravana ya era un lujo. En otras partes del Orbis, los Nim ni siquiera podían aspirar a algo como esto. Eran poco más que campesinos sin derechos, nacidos para servir y morir sin ser recordados.
“Al menos aquí tenemos una oportunidad.”
Una voz ajena me sacó de mis pensamientos.
—Hola, ¿qué tal? ¿Es tu primera vez viajando en una caravana?
Me giré y vi a una muchacha de complexión delgada y un entusiasmo desbordante.
Su energía contrastaba con la quietud de la noche.
—Eh… sí.
Mi respuesta fue automática, sin saber bien cómo reaccionar. No estaba acostumbrado a que alguien ajeno a mi círculo se dirigiera a mí con tanta naturalidad.
—Debe ser emocionante, ¿no? Ver la ciudad desde lejos, caminar bajo un cielo sin luces que lo opaquen…
Su emoción era genuina.
—Oh, qué descuidada soy. No me presenté. Me llamo Eila. ¿Cuál es tu nombre?
—Soy Kael, y ella es Zelenka.
Zelenka saludó con amabilidad, aunque su tono estaba envuelto en una ligera reserva.
Fue entonces cuando noté algo en los ojos de Eila.
Eran enormes, de un azul profundo, como si reflejaran el mismo resplandor de las estrellas.
La conversación se tornó inesperadamente personal.
—¿Tienes una casa?
—Sí, tengo una.
Intenté sonar firme, pero su pregunta me tomó por sorpresa.
—Debe ser hermoso tener un hogar. Un lugar donde todo tenga su sitio: una cama esperándote al final del día, el aroma de la comida llenando el aire… un refugio en medio del caos.
Su tono tenía un deje de nostalgia que no esperaba.
—¿Tú no tienes una?
Eila sonrió, pero no con felicidad.
—No. La caravana es mi hogar. Vivo y duermo donde ella se detenga.
Su respuesta me hizo dudar.
—¿Y la lluvia? ¿No te asusta que caiga de repente y se lleve todo a su paso?
Eila se encogió de hombros, como si la incertidumbre del mañana fuera una amiga familiar.
—Cuando vives sin un hogar, aprendes que cada día puede ser el último. Pero no somos suicidas, siempre revisamos el clima antes de salir de una ciudad.
Sus palabras eran sencillas, pero cargadas de una realidad que jamás había considerado.
—Debe sentirse… liberador.
Fue entonces cuando Eila bajó la mirada.
—Al contrario. Tener un hogar, un lugar estable donde construir una rutina con tu familia… es algo que anhelo.
Su sinceridad me desarmó.
—¿Y tú? ¿Tus padres no te dicen nada por aventurarte en una caravana ilegal?
Su pregunta cayó como un peso invisible en mi pecho.
Respiré hondo.
Y hablé.
—Los perdí cuando tenía nueve años. La lluvia púrpura se los llevó. Con ellos, una parte de mí se desvaneció.
Mis palabras parecieron congelar el aire.
Zelenka desvió la mirada, pero su tristeza era evidente.
Eila no supo qué decir.
Antes de que el silencio se volviera insoportable, una voz seca rompió el momento.
—Eila, deja de hacer tantas preguntas.
Era un joven de nuestro grupo, su tono tenía un dejo de protección disfrazada de reprimenda.
La tomó del brazo y la alejó, como si quisiera evitar que escuchara más de lo necesario.
Sus miradas se cruzaron un instante antes de que desaparecieran entre los demás viajeros.
Zelenka habló.
—La soledad nos endurece, Kael… pero también nos ata a pesos que nunca deberían ser nuestros.
Su voz sonaba frágil.
—Los Davenforth… su crueldad no tiene límites. Pero no pueden quebrarme. No mientras mi hermana me necesite.
La miré.
A pesar de necesitar ayuda, irradiaba una fortaleza inquebrantable.
Me hacía sentir algo…
¿Admiración?
¿Tristeza?
¿Pena?
Tal vez todo a la vez.
Pero antes de poder responder, una voz desagradable rompió la quietud de la noche.
—Tienes una cara demasiado bonita para estar aquí. Seguro que podrías ganarte la vida de otra forma.
Mi sangre hirvió.
Mi cuerpo se tensó, mis puños se cerraron instintivamente.
El hombre que habló tenía la piel pálida y el rostro demacrado. Sus ojos, nublados y carentes de humanidad, reflejaban un desdén que me resultaba insoportable.
Zelenka no dijo nada al principio.
Pero cuando habló, su voz fue un filo helado que cortó el aire.
—Jamás prestaría atención a alguien como usted.
La mirada del hombre se oscureció.
Algo en mi interior gritó que esto no terminaría aquí.
El crujido de las ruedas contra el suelo rocoso era un sonido constante, una melodía sombría que marcaba el ritmo de la caravana. La noche, fría y despiadada, nos envolvía en su manto oscuro, ocultando más de lo que revelaba. Pero lo peor no estaba en la oscuridad. Lo peor estaba a plena vista.
El hombre frente a nosotros soltó una risa áspera, una mueca torcida en su rostro deformado por la arrogancia y la miseria. Sus dientes amarillentos destellaban con la luz parpadeante de las antorchas, mientras sus ojos, cargados de intención enfermiza, se posaban en Zelenka como si ya la hubiera reclamado.
Dio un paso adelante.
No lo pensé.
Me interpuse.
La tensión en el aire se volvió cortante, como si el frío se hubiera condensado en el filo de una espada invisible. No permitiría que se acercara más.
—¿Acaso disfrutas intimidando mujeres? —mi voz salió más firme de lo que esperaba, pero la furia ardía en mi interior.
El hombre ladeó la cabeza, como si analizara mi atrevimiento con una mezcla de burla y desprecio.
—¿Así que ahora eres un salvador? —su tono rezumaba desdén, como si mi intervención fuera poco más que una interrupción molesta.
Mi mandíbula se tensó. Quería golpearlo.
—Odio recurrir a la violencia, pero hoy no estoy en el mejor de los ánimos —dejé claro, sin moverme un centímetro.
El hombre entrecerró los ojos, estudiándome con la mirada afilada de un depredador que decide si vale la pena devorar a su presa o simplemente aplastarla. Su sonrisa torcida se amplió.
—Vaya, no solo pareces un niño blando —soltó, escupiendo las palabras como veneno—, pero de un modo u otro, me quedaré con tu mujer.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
“Con mi mujer”.
La manera en que lo dijo, con aquella seguridad asquerosa, despertó algo en mí.
—No tienes que preocuparte por gente así, estoy acostumbrada —intervino Zelenka, su tono frío pero cargado de una tristeza oculta que apenas lograba disfrazar.
Odié esas palabras.
—La belleza no siempre es un don. En este mundo torcido, puede ser una sentencia —murmuró Zelenka, su mirada clavada en el suelo—. Nos convierte en presas de los fuertes, de los miserables que solo buscan saciar su codicia. No importa si son nobles, poderosos o simples Nim como nosotros. Ese deseo nunca desaparece.
Se detuvo, como si sus propias palabras la hubieran traicionado.
Sus mejillas se tiñeron de vergüenza.
—Lo siento... pero odio a esas personas con cada parte de mí.
Un silencio cargado de electricidad se formó entre nosotros.
Finalmente, rompí el silencio.
—Tranquila, pero no podía quedarme callado.
Antes de que la tensión se desbordara, una voz grave cortó el aire como un trueno inesperado.
El anciano con el que había hablado en el mercado dio un paso adelante.
—¡Basta de acosar a los jóvenes! —rugió, su voz llena de una ira que solo aquellos que han perdido demasiado pueden comprender.
Sus ojos, afilados como una espada bien templada, se clavaron en el hombre sin titubeo.
—Debería darte vergüenza.
El aire se congeló.
El hombre, Draven, apretó los dientes y levantó el brazo, como si estuviera listo para golpear al anciano.
—No deberías meterte en esto, viejo...
Pero antes de que su puño pudiera descender, un guardia montado en un imponente Durvalka desenvainó su espada en un solo movimiento.
La hoja brilló con la luz de las antorchas.
—Una más, Draven, y serás hombre muerto —sentenció el guardia con una voz tan gélida como la noche misma—. Tu cadáver quedará en el camino, aplastado bajo las patas de los Líbrorath.
Draven vaciló.
En su rostro se reflejó una lucha interna, atrapado entre el instinto de supervivencia y el veneno de su orgullo. Finalmente, su miedo ganó.
Gruñó entre dientes y se alejó con pasos pesados, murmurando insultos incomprensibles que se perdieron en la oscuridad.
El anciano asintió lentamente, sus ojos reflejando la fatiga de una vida de sufrimiento.
—No podía quedarme callado —dijo, su voz firme pero marcada por una tristeza imposible de ignorar—. Ya he perdido demasiado en esta vida.
Luego, se giró hacia mí.
—Tú… eres el chico del mercado, ¿verdad?
—Sí —respondí sin saber qué más decir.
Su expresión se tornó sombría.
—Te preguntarás qué hace aquí un viejo que acaba de perder a su hija —suspiró—. Aún tengo ligeros motivos para llevar el pan a mi casa.
Mi pecho se oprimió con fuerza.
—Tengo tres nietos que esperan comer. Lastimosamente, ya todos tienen padres que no regresarán.
Tragué saliva, sintiendo el peso de cada una de sus palabras.
—Lo lamento, anciano… Sé lo que es luchar solo.
Harland, el viejo guerrero consumido por la pérdida, continuó hablando.
—Mi hija… La envié a las minas porque estaba enfermo.
Su voz se quebró.
—Porque no podía mantenernos solo. Creí que estaría a salvo…
Un silencio.
—Pero fue mi peor error.
Cada palabra suya pesaba como una piedra más sobre su alma.
—La busqué, ¿sabes? Nadie quiso hablar.
Harland bajó la mirada, su expresión una sombra de culpa y desesperación.
Luego, se irguió con dificultad y me miró con una intensidad que no esperaba.
—Tú, chico. Tienes algo en ti…
Una chispa.
—Si alguna vez llegas a las profundidades, prométeme que buscarás un collar de plata con un pequeño zafiro.
Su voz temblaba.
—Era de mi hija… un recuerdo de lo que fue y de lo que perdí.
El silencio se hizo pesado.
Otro favor más sobre mis hombros.
Pero no podía negarme.
—Lo prometo, anciano.
Antes de que pudiera decir algo más, el guardia que había intervenido se acercó.
Sus pasos eran firmes, cargados de autoridad.
Cuando habló, su voz retumbó en mi interior.
—Querer ayudar no basta, chico.
Sus ojos me perforaron como dagas.
—Si realmente deseas proteger a alguien, entrena hasta que no haya duda de que puedes hacerlo.
Mi mente se nubló.
Cada vez que quise actuar y no pude…
Cada instante en que la impotencia me frenó…
—Tiene razón —pensé.
Su mirada era severa, un juicio silencioso sobre lo que era y lo que aún no había logrado ser.
—Aunque tengas que comer tierra para mantenerte en pie… lo único que realmente puede detenerte es tu propia mente.
Las palabras golpearon con la fuerza de un martillo.
Y en ese instante, lo comprendí.
No podía seguir siendo alguien que solo sobrevive.
Tenía que mejorar.
Tenía que ser fuerte.
Mi mirada se endureció.
—No quiero ser un mediocre.
—Quiero ser alguien capaz de proteger a quienes amo.
Las sombras de la caravana se alargaban con el paso de la noche.
Y en mi interior, por primera vez en mucho tiempo, una llama se encendió con fuerza.
El crujido de las ruedas de la caravana se mezclaba con el ritmo monótono de los pasos de los Líbrorath, bestias imponentes que, a pesar de su fortaleza, reflejaban un agotamiento que me resultaba demasiado familiar. Sus patas golpeaban la tierra con pesadez, mientras su respiración áspera revelaba el precio de su interminable trabajo.
Y aún así, seguían avanzando.
Yo también debía hacer lo mismo.
Las palabras del guardia aún ardían en mi mente.
—Aunque tengas que comer tierra para mantenerte en pie, lo único que realmente puede detenerte es tu propia mente.
Era una frase que, hasta hace unos días, habría dejado pasar sin darle importancia. Pero ahora… ahora era como un eco constante en mi cabeza, un desafío lanzado directamente a mi orgullo. No bastaba con querer ayudar. No bastaba con sobrevivir.
Debía ser más.
Ser alguien capaz de proteger lo que me importa.
Me encontré caminando en silencio, las palabras grabándose en lo más profundo de mí. Zelenka, a mi lado, no dijo nada, pero su mirada de reojo me dejaba claro que había notado mi cambio de actitud.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que tenía una dirección clara.
Un sonido seco me sacó de mis pensamientos.
Al mirar al frente, vi a Draven forcejeando con el hocico del Líbrorath asignado a nuestro grupo, empujando con violencia un manojo de Klyther, el pasto especial que los ayudaba a mantenerse en ritmo.
El animal se negaba a comer, apartando la cabeza con movimientos torpes, su respiración pesada y sus ojos apagados. Claramente estaba al límite.
Draven chasqueó la lengua con fastidio, su paciencia agotándose.
—¡Maldito animal inútil! —gruñó, empujando el pasto contra su hocico con más fuerza—. Come de una vez o te dejo aquí para que mueras, idiota de cuatro patas.
El estómago se me revolvió.
Ya tenía suficiente con soportar su actitud hacia Zelenka, y ahora esto.
Antes de que pudiera pensarlo demasiado, di un paso adelante.
—Déjame intentarlo yo.
Mi voz resonó más fuerte de lo esperado.
El grupo entero se quedó en silencio.
Draven se giró lentamente hacia mí, su mirada reflejando incredulidad antes de deformarse en una sonrisa burlona.
—¿Tú? —espetó con desdén, cruzándose de brazos—. ¿Quieres jugar al cuidador de bestias ahora?
Algunos de los otros trabajadores intercambiaron miradas curiosas. No podían creer que me estaba metiendo en esto.
Tampoco yo.
—Haz lo que quieras, niñato —espetó Draven, dando un paso atrás con una sonrisa torcida—, pero si fallas, será a mi manera.
Ignoré sus palabras y me acerqué al animal.
Inspiré hondo.
Mi madre solía decir que las bestias no responden a la fuerza, sino a la intención. Que pueden sentir lo que llevamos dentro.
Así que, en lugar de forzarlo, bajé la voz y me dirigí a él con suavidad.
—Vamos, compañero. Sé que estás agotado, que esto no debería recaer sobre ti, pero necesitamos que resistas un poco más. Solo un poco más. Prometo que en cuanto podamos, tendrás el descanso que mereces.
El animal movió las orejas ligeramente.
Algunos murmullos surgieron a mi alrededor.
Draven bufó.
—¿De verdad estás hablándole? Qué patético. Esto no es un cuento de hadas, chico, y las palabras no van a salvarte.
Ignoré su comentario. Seguí concentrado en el Líbrorath.
El animal me observó con cansancio… y entonces, lentamente, abrió la boca y tomó el Klyther.
El grupo se quedó en silencio.
Draven maldijo por lo bajo y se alejó, murmurando algo inentendible.
Yo, por otro lado, sentí que algo se asentaba en mi interior.
No era solo una victoria contra Draven.
Era una pequeña prueba de que no siempre hace falta la fuerza para cambiar algo.
—Bien hecho, chico —dijo el guardia que nos vigilaba, aunque su tono seguía cargado de escepticismo—, pero no pienses que salvarás al mundo hablando con las bestias.
Lo miré fijamente.
No dejé pasar la oportunidad.
—Entréname.
El guardia me observó en silencio.
Aproveché el momento.
—Puedo pagarte —continué—. Te daré la mitad de lo que gane en esta caravana.
Algunos se rieron.
El guardia arqueó una ceja y dejó escapar una carcajada breve, pero cargada de ironía.
—¿La mitad de tu ganancia? Chico, ¿de verdad crees que eso vale mi tiempo?
Justo cuando bajé la mirada, algo cayó a mis pies.
Una espada de entrenamiento.
Un arma peculiar con un lado romo y el otro afilado, como si su diseño desafiara la lógica tradicional de la forja.
Levanté la mirada, sorprendido.
El guardia ya se había girado, alejándose sin decir nada más.
Pero antes de perderse en la penumbra, su voz resonó una última vez.
—Considéralo un adelanto del entrenamiento.
El corazón me latió con fuerza.
Tomé la espada.
No tenía idea de cómo usarla, pero la sostuve firmemente, sintiendo el peso real de lo que significaba tener un arma en mis manos.
Cerca de mí, Harland me observaba en silencio, su mirada cargada de algo que no supe identificar al instante.
Finalmente, habló.
—Serás un gran guardia algún día, muchacho. Ganarás respeto si sigues con esa determinación.
Mi pecho se llenó de algo desconocido.
—Mi hijo mayor lo logró —continuó Harland, su voz impregnada de un orgullo triste—. Siempre decía: “La fuerza radica en ser uno con el arma. El agarre debe ser firme, el movimiento simple, y el golpe siempre decidido.”
Lo observé en silencio.
Sabía que en sus palabras había algo más que consejos.
Había nostalgia.
Había pérdida.
Y, de algún modo, había puesto en mí una esperanza que no esperaba.
Apreté la empuñadura con más fuerza.
Sentí el frío del metal filtrarse en mi piel.
Sentí el peso de la responsabilidad.
Pero, por primera vez, no sentí miedo de cargarlo.
No podía permitirme ser débil.
No cuando Harland creía en mí.
No cuando Zelenka aún tenía que luchar por su hermana.
No cuando mis amigos contaban conmigo, aunque no lo dijeran en voz alta.
No cuando, por primera vez, veía un camino frente a mí.
Respiré hondo y observé la espada.
Si debía aprender a pelear, entonces no habría marcha atrás.
—No quiero ser solo alguien que sobrevive.
Un pensamiento cruzó mi mente.
Quiero ser alguien a quien nadie pueda arrebatarle lo que ama.
Y con esa certeza ardiendo en mi pecho, di el primer paso.





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